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miércoles, 11 de abril de 2018

Nastasia va a una manifestación


https://www.amazon.es/dp/B07C9BZ6TS

 Aventuras de Nastasia. A continuación pongo una:

Yo tenía una amiga..., vamos, tenía varias..., pero tenía una que se llamaba Natalia, con la que discutía estas cuestiones.

–¿Tú sabes lo del dividendo y lo del divisor?

–¿Cuál?

–No, que si sabes lo del dividendo y lo del divisor.

Natalia me miraba incrédula. Yo creo que aquel asunto no le interesaba absolutamente nada.

–¿Vamos a mi casa?

–Bueno –e íbamos.

Su casa estaba muy cerca de la mía y no se parecía en nada. Era muy grande, y todos los muebles eran oscuros y antiguos y aparatosos.

–¡Jo!, vaya armario...

A Natalia, como lo conocía desde pequeña, no le llamaba la atención.

–¿Qué le pasa?

–Pues que es grandísimo.

–¿Grandísimo...? ¡Qué va! Tenías que ver el del cuarto de mis padres. Ese sí que es grande. Bueno, ¿jugamos a algo?

Natalia tenía muchísimos juguetes y muñecas.

–Esta es mi preferida. Antes era esa otra, pero ahora es esta. Se llama Lucrecia, pero yo la llamo Lucre. Tiene un montón de vestidos, y algunos se los ha hecho la costurera. ¿En tu casa hay costurera? –y luego, cuando estábamos enfrascadísimas con lo de las muñecas, se abrió la puerta y asomó la cabeza una señora muy peripuesta.

–¡Tía Natalia!

Natalia se levantó corriendo y fue a darle un beso mientras por detrás asomaba la cabeza de su madre.

–¿Y quién es esta amiga tuya? ¡Qué guapa...! Ven, dame un beso –y yo, obedientemente, fui y se lo di.

La señora era medio joven y bastante guapa. Además iba muy bien vestida, y olía también muy bien, bastante fuerte pero bien. Debía de usar algún perfume de esos caros, de los que le gustaban a mi madre. Estuvieron allí un rato y la tía nos dijo,

–¿Me vais a acompañar el día de la manifestación? –y Natalia contestó,

–¡Pues claro! ¿Tú quieres venir? –y yo, que no tenía ni idea de qué era aquello de la manifestación, por no parecer grosera dije,

–Bueno –y la señora se deshizo.

–¡Qué simpática! Bueno, pues ya hablaremos –y se fueron y allí quedó la cosa.

A los pocos días, Natalia, a la salida de clase, me dijo,

–Oye, ¿te quieres venir a casa a probar? –y yo contesté,

–¿A probar qué?

–Pues el uniforme.

–¿El uniforme? ¿Qué uniforme? –y Natalia me puso en antecedentes.

–Es que a la manifestación hay que ir de uniforme, todos vamos de uniforme. Además es muy bonito, ya lo verás, tiene una gorra roja.

–¿Una gorra roja?, ¿sí? –y allá fuimos.

Subimos a su casa y su madre nos dijo,

–¡Ah!, ¿ya estáis aquí? A ver, Natalia, enséñale a Nastasia su uniforme y os lo ponéis, que os quiero ver, ¿vale?

–Vale.

Total, que fuimos a su cuarto y nos los pusimos. El uniforme era azul marino. Era una falda como de palas y un jersey normal. También tenía medias del mismo color, pero esas no nos las pusimos, y la gorra roja era una especie de boina que tenía bordadas con hilo amarillo dos letras: efe y ene.

–Y esto, ¿qué significa?

–Ni idea.

–Bueno, da igual.

Salimos, y su madre nos pasó revista.

–¡Hijas mías!, ¡pero qué bien os queda...! A ver, Nastasia, date la vuelta... ¡Pero, hija, si parece que te lo han hecho a medida! –y con aquello hasta a mí me convenció.

Me quedé muy ufana y orgullosa y no me lo quise quitar, y la gorra menos, hasta que me fui, por la noche, cuando volví a casa.

La manifestación era un sábado por la tarde. Yo salí de casa y no dije nada. A mi padre por supuesto, pero tampoco se lo dije a mi madre, no sé por qué. A mí me daba la impresión de que estaba haciendo algo prohibido, de forma que no dije una palabra.

–Oye, que me voy a casa de Natalia.

–Bueno, hija. Si no estoy cuando vuelvas, vete a buscarme al bar.

–Vale –y me fui.

En casa de Natalia nos disfrazamos entre risitas histéricas y nos estuvimos mirando en el espejo. Yo me ponía la boina ladeada, que me quedaba mejor, pero su madre dijo que no era así.

–No, mujer, póntela bien que tenéis que ir muy guapas, ya verás. Ahora vendrá la tía Natalia, que os va a llevar –y, en efecto, al cabo de un rato llegó su tía, que no iba de uniforme sino de normal, de calle, y nos dijo,

–Muy bien, estáis muy bien. Ahora vamos a buscar a los otros chicos, y cuando acabemos nos vamos a merendar. ¿Queréis ir luego a merendar conmigo? –y Natalia dijo,

–¡Huy, sí, claro! –así que nos fuimos con ella a donde se celebraba la manifestación, que era allí al lado, unas manzanas más allá.

Todo el mundo nos miraba, pero es que pocas veces se ve a dos niñas de uniforme raro. Imagino que pensarían que éramos de algún colegio, no sé, y en seguida llegamos y resultó que había muchos niños más, todos vestidos igual que nosotras. Entonces, un señor bastante raro, uno calvo, con camisa azul marino como las nuestras, bigotito y gafas negras, nos hizo formar, como los soldados de las películas, y nos dijo que íbamos a ir a un sitio que no entendí, nos hicieron ir a todos en fila por la acera otras dos manzanas hasta el sitio que ellos decían. Los mayores iban como desfilando, medio haciendo el tonto pero como si desfilaran, y nosotras los imitábamos muertas de risa, y así llegamos a una calle bastante ancha en donde, al parecer, tenía lugar aquello. Era enfrente de un bar que se llamaba no sé qué 47. A mí eso de los nombres nunca se me ha dado bien, y además aquel sólo lo vi una vez, pero de los números sí que me suelo acordar. ¿Cómo no me voy a acordar del 47? Es facilísimo. Bueno, pues estábamos allí, en una calle ancha que estaba cerca de casa, todo lleno de coches y autobuses y gente, porque era la hora en que todo el mundo sale a la calle, cuando algunos de los mayores que iban con nosotros se pusieron a gritar. Sacaron unos altavoces muy raros, unos aparatos con forma de altavoz y que se agarraban con la mano, y se pusieron a dar voces. Qué decían, no lo sé, no se entendía nada; desde donde nosotras estábamos sólo se oía un ruido muy raro y las palabras no se entendían. Era como una letanía, y algunos de los niños contestaban. Debía de ser que ellos sabían lo que había que contestar, pero a nosotras no nos lo habían dicho y nos limitamos a mirar, y en esto estábamos, en lo de la letanía, cuando aparecieron algunas furgonetas de la policía que aparcaron por allí cerca, unas a la derecha y otras a la izquierda, y de ellas se bajaron muchos guardias que se colocaron en fila en la acera de enfrente a la que ocupábamos nosotros. Se pusieron todos allí y nos miraban, pero no hacían nada. Los guardias eran los de siempre, los que veías por la calle. Iban vestidos con unos abrigones grises muy grandes y aparatosos que no sé cómo les dejaban moverse, y desde que llegaron se redoblaron los gritos que daban los que estaban con nosotros. Gritaba todo el mundo, hasta la tía de Natalia, que estaba allí detrás. Bueno, más que gritar, resulta que se transfiguró. De la que yo vi el primer día en su casa no quedaba nada, seguro que ya ni olía bien. Se puso hecha un basilisco, toda colorada, encendida; yo creo que se puso hasta cardíaca. Gritaba a voz en cuello, aunque no sé qué decía porque tampoco se la entendía, pero una vez, en lo más alto de su exaltación, sí le entendí una cosa, ¡policía comunista!, y luego lo decían todos, ¡policía comunista!, ¡policía comunista!, y los guardias de enfrente nos miraban con no muy buena cara. Estaban tranquilos y no se movían, pero estaban allí enfrente, todos tiesos y con las manos atrás...

Nosotras nos encontrábamos bastante asustadas, yo desde luego, y Natalia por un estilo, pero algunos niños de los que había alrededor hacían bromas.

–No, si no pasa nada.

–Sí, tú fíate de la Virgen y no corras.

–¿Has visto lo que dice este?

–¿Qué dice?

–No sé. A ver, dilo otra vez.

–Pues que te fíes de la Virgen y no corras.

–¡Jo!, ¿y eso qué es?

–Pues no sé, pero lo dice mi padre.

–¡Jo...! –y de repente se oyeron sonar unos pitos, ¡pi pi piiiii...!

Miramos y vimos que un grupo de guardias con las porras levantadas venían a todo correr hacia nosotros, y allí se organizó la desbandada.

Todo el mundo salió corriendo hacia donde pudo, unos hacia arriba y otros hacia abajo. Yo agarré de la mano a Natalia y le dije,

–Venga, corre, vámonos –pero Natalia se había quedado paralizada.

Ni me oía ni me escuchaba, se había quedado de pie con la boca abierta y parecía que estaba alelada, así que como los guardias estaban ya muy cerca, y a los que estaban en el extremo, que eran mayores, les estaban dando palos, no lo pensé más y salí pitando hacia donde parecía que había menos gente. Guardias había por todas partes, pero yo hice unos cuantos regates y no me tocó nadie, aunque era difícil salir de aquel tumulto. Todo estaba lleno de gente que se caía y se levantaba, sobre todo los mayores. Yo no sé cómo los guardias podían pegar a todos aquellos viejos, pero el caso era que lo hacían, les pegaban unos porrazos que no veas. ¿Serían comunistas de verdad? Vaya usted a saber, y en mitad de la refriega me encontré al lado de un guardia con la porra en la mano. Yo le miré como con miedo y sin saber qué hacer, pero él se dio la vuelta y se fue corriendo a pegar a otros. Yo también me di la vuelta para salir huyendo, pero había tanta gente que me tropecé con alguien y me caí al suelo. Me hice bastante daño en una rodilla, o sea, me hice hasta sangre, aunque de eso no me di cuenta sino cuando llegué a casa. De lo que sí me di cuenta fue de que allí, en el suelo, ante mí, había una cartera de cuero de las que se llevan en el bolsillo, que seguro que con todo el lío se le había caído a alguien. Era una cartera muy lujosa, muy buena, y tenía grabados unos dibujos que parecían un montón de flechas. Yo la vi y pensé, ¡ahí va!, ¡una cartera! La cogí, me levanté y eché a correr otra vez, esta vez hacia arriba, porque los guardias se iban en sentido contrario persiguiendo a otros grupos, pero como yo corría muchísimo, y más en aquellas circunstancias, en seguida estuve fuera de su alcance y me metí por la primera bocacalle que pude, luego por otra..., y al cabo de un momento resultó que estaba sola.

Iba a toda velocidad por una calle en la que ya había poca gente. Las personas me miraban al pasar y se apartaban, pero allí ya no había guardias ni nada. Yo iba con la cartera en la mano, y cuando me di cuenta de que nadie me perseguía paré un poco, miré a mi alrededor y volví a casa dando un rodeo. Durante todo el trayecto no vi a nadie que fuera vestido como yo, ni guardias, así que con el susto en el cuerpo, mirando sin parar por las cercanías, sobre todo desde las esquinas, por si acaso, y apretando la cartera todo lo que pude, llegué al portal, subí la escalera como un meteoro, entré y cerré de un portazo.

Una vez dentro respiré y entré en mi cuarto. En casa no había nadie porque mis padres estaban trabajando, así que lo primero que hice fue cambiarme de ropa. Me despojé de aquel uniforme, que se había ensuciado bastante, y me vestí como siempre, y al hacerlo vi que tenía sangre en una rodilla, pero me la lavé un poco y se me quitó en seguida. Luego fui a mi cuarto, cogí la cartera y la abrí. Dentro había billetes, había mucho dinero, y papeles, pero los papeles no quise ni mirarlos. Saqué el dinero y lo conté. Allí había más de dos mil pesetas, lo que me pareció un capital, claro, porque para mí era muchísimo, pero ni se me ocurrió devolverlo; después de lo que había sucedido yo no pensaba volver a ver a ninguno de aquellos. A Natalia ya la encontraría en el colegio, pero eso me daba igual, de forma que lo escondí en el armario debajo de todos los jerséis. Estuve un rato dando vueltas por casa para que no se me notara lo que había sucedido, me peiné y me fui a buscar a mi madre al bar. Me daba un poco de miedo salir a la calle, pero como ya no llevaba el uniforme pensé que no importaba, y al salir del portal miré hacia los lados, pero allí no ocurría nada. La gente era la misma de siempre y todo parecía estar en calma, así que tiré la cartera en una papelera, hasta con los papeles, y salí corriendo; yo creo que no me vio nadie.

Este es uno de los capítulos de un libro que se puede ver AQUÍ, y AQUÍ se pueden ver otras cosas. 

martes, 27 de marzo de 2018

Un libro sin dibujos y sin diálogos..., ¿para qué sirve?


Como tengo muchísimos, he puesto un libro nuevo en Amazon. Es la historia de una chica que se llama Anastasia, a la que seguramente por abreviar, aunque tampoco sea abreviar mucho, todo el mundo llama Nastasia.


Es una novela, pero está hecha de retazos cortos (de dos o tres páginas), tales como Yo nací con los Bitels, Mi madre y mi vida, Cuando fui concebida, Primeras aventuras, El pueblo y el mundo, Viaje en tren... (etc., etc.), que parece que es una forma de desarrollar las narraciones que a la gente ahora le gusta.
(Esto, yo creo, se debe a la vagancia del público lector, que piensa más o menos lo mismo que la protagonista de Alicia en el país de las maravillas, la cual, en el prefacio, dice:
–Un libro sin dibujos y sin diálogos..., ¿para qué sirve?)
En el libro se relatan los primeros veinte años de la existencia de esta chavala, durante los que le dio tiempo a crecer, a estudiar, a correr delante de los guardias en las manifestaciones, a acercarse sola hasta Valencia en una lambretta porque nunca había visto el mar, a trabajar en un bar de copas, a conocer al Rockero (personaje importante), a organizar su propio negocio (que recibió un nombre célebre: la guerra de las galaxias), y, en fin, a mil cosas más que ahí se detallan. Y al final, ¿qué sucede? ¡Ah!, eso lo descubrirá el que lo lea.
O dicho de otra manera:
Nastasia nació con los Bitels, desde luego, y emigró a la capital de la nación en busca del país de la Bella Durmiente, lo que era de rigor en los tiempos que decimos. Acompañada por su oso Sososo, su madre y su tía Conchita –mentora y consejera de su vida al completo–, conoció en la gran ciudad al hacedor de sus días, que sin conseguirlo intentó llevarla por la senda de la amargura, aunque asimismo al Rockero, el Rockero solitario, también llamado Monticola solitarius, fundador de aquel célebre bar de copas, la «Casa de cabras», y  trasunto del homónimo pájaro de acantilado que pasa su vida en la más estricta soledad, muestra acerados colores y posee un pico de oro como no se ha visto igual...
Nastasia, sí, hay que decirlo, fue afortunada, a pesar de su temprana y trágica desaparición, pero mientras esta llegó, recorrió los primeros veinte años de su vida dedicada a los menesteres que son propios a los años de la juventud, aquello de la Caravana de la Estrella Polar o lo no menos famoso de la Guerra de las Galaxias...
Ahora sólo queda por aclarar quiénes son los personajes. Yo soy Nastasia, todos somos Nastasia, ¿o debería decir, Nastasia somos todos?

Semejante libro (casi 300 páginas) puede verse aquí:

De paso, también podéis ver esto otro: