sábado, 16 de septiembre de 2017

Lugar misterioso

Esta es la retención tercera, al lado de Ribas de Campos (provincia de Palencia), en el canal de Castilla, paraje a propósito para hacer un alto en el camino, sentarse en la margen y contemplar lo que te rodea mientras escuchas a los pajarillos que juegan en las ramas de los árboles. Por supuesto, no hay nadie, como no sea algún circunstancial pescador de cangrejos, y eso está ahí, al alcance de quien se atreva a acercarse hasta él. Es muy fácil: se va en coche hasta las esclusas de Calahorra, y luego se caminan dos kilómetros por el camino de sirga (el que está a la derecha de la imagen...).
En el mundo que nos ha tocado vivir ya quedan pocos sitios como este, obra de ingeniería hidráulica del siglo XVIII (el canal), que fue calificado por las personas de aquellos tiempos como fantasía propia de gigantes
Lugares como el que aquí se muestra son perfectos para olvidarse de lo que nos rodea, y si alguien tiene veleidades artísticas de algún tipo, no dude de que el escenario le inspirará.

Y a propósito de esto de las veleidades, también puede mirar AQUÍ.

 

lunes, 11 de septiembre de 2017

Esta novela, GRATIS


Desde hoy, 11 de septiembre, hasta el día 15 (cinco días), se puede descargar gratis este libro sobre las andanzas de dos chavalas a las que nada se les pone por delane. Novela ejemplar. 

Esto, lo de descargarlo por la cara, se puede hacer aquí:



Y si aún tenéis ganas de leer otras cosas, mirad AQUÍ.
 

lunes, 28 de agosto de 2017

La novela histórica (y 8): OJOS AZULES


Hasta aquí llegó esta serie de posts sobre la novela histórica contada por épocas, cuyo elementos pueden consultarse aquí:

¡Ah!, pero he dejado para el final un libro que es algo a modo de recopilación de los anteriores subgéneros, pues los comprende todos o casi todos.

Narraciones históricas de Camargo Rain
Se trata de Ojos azules,

 
novela en quince capítulos que narra una historia de la humanidad utilizando como nexo lo que su título dice, los ojos azules (ene algunos casos extrañamente azules) que exhiben los sucesivos protagonistas. Sí, porque unos descienden de otros (algunos muy lejanamente), y de esta forma he tenido buen cuidado de ir narrando (no en todos los casos, pero sí con frecuencia) la fecundación y génesis de quienes aparecerán en capítulos posteriores.
Por sus páginas desfilan los antecesores del hombre moderno, las flores, las zarigüeyas, los australopitecos, neandertales, cazadores de las llanuras y primeros y esforzados agricultores, y también, cuando la sociedad humana, por las razones que fueran, se asentó sobre la tierra, algunas de las sucesivas civilizaciones de que nos habla la historia. Sumerios, fenicios, romanos, bárbaros, reinos medievales, conquistadores de lo desconocido..., unos fueron sustituyendo a otros en la eterna tarea de ir más allá de la última frontera conocida, tarea, por otra parte, que hoy seguimos afrontando rigurosamente en nuestro empeño por traspasar los límites de la Tierra. Yo soy la nave es el último de los capítulos, cuando la muchacha de ojos azules emprende el viaje del que sabe que no regresará y el narrador dice,
El ser transparente parte hacia las estrellas, en donde algo le espera, y despejará las incógnitas como siempre las ha despejado la materia en cuanto ha puesto la vista sobre ellas. Dime, chica, ¿adónde llegarías si te lo propusieras? Ante ti se abre el Universo de las mil direcciones y sólo tienes que acceder a la nave metálica y pulsar los botones mágicos, pero no te apures, que será por poco tiempo, pues en seguida tu cuerpo será la nave. Nadie sabe, ser de transparentes ojos azules, adónde podrás llegar recorriendo el curvo e ilimitado espacio que te contiene, pero el Homo ludens se ha reído y eso es lo importante. Lejos de nosotros calamidades y padecimientos y venga cuanto antes la deseada luz de la dicha. [...]

Este último capítulo, que es muy corto (tres páginas), parece tener unas ciertas connotaciones extrañas, pero no hay que olvidar que se refiere al futuro, a lo desconocido, lo que podría explicar su carácter fantástico. Sin embargo, el libro no tiene nada de fantástico sino que se ajusta a la más estricta realidad, como se puede ver en este otro fragmento, en el que se habla de un niño ávido de carne:

[...]
Los largos y calurosos días del verano pasan entre las mil tareas a que la estación obliga, y una de ellas es la sempiterna caza, pues las labores agrícolas no excusan a los miembros del poblado de salir, con mejor o peor fortuna, a buscar el pan de cada día. Cierto que en sociedades asentadas resulta rara esta tradicional manera de procurarse el sustento, puesto que no pueden desplazarse a los lejanos lugares que frecuentan los animales, pero en mundos tan míseros y primitivos cualquier presa es bienvenida, regalos de la naturaleza que llevarse graciosamente a la boca.
Una de aquellas bochornosas tardes, cuando sólo les restan unas jornadas para finalizar el agosto, pues casi han conseguido acopiar el grano que la parcela tan rudamente trabajada les procura, la cuadrilla que merodea por tierras fronteras regresa con un cuantioso botín. Dividido en partes, y sobre los hombros, portan un cerdo salvaje que a costa de muchos sudores y peligros han conseguido atrapar. La llegada de los ausentes provoca no poco júbilo y griterío, en el que entre otras voces destaca la palabra «carne», y de inmediato los trabajos son abandonados y todos se dirigen al lugar de su morada para solazarse con lo que traen los recién llegados.
Avivan los fuegos y restriegan las marmitas de piedra, arrinconadas desde la última celebración, que son colocadas sobre las brasas, y luego, mientras el agua comienza a hervir, despedazan el animal. Las mejores tajadas caen pronto sobre los fogones de piedra candente, y las pieles, huesos y entresijos del animal son introducidas en las ollas, de las que saldrá un grumoso y suculento caldo a cuyo aroma acuden tantas bocas como el poblado contiene, y cuando alguien, forzado por la avidez, se aproxima en demasía a lo que se cocina, es rechazado con muy malos modos.
¡Yoé!, dicen a veces con acento de reconvención, y Yoé, el comedor de carne a quien la boca se hace agua, cuando escucha su nombre se envara y retrocede, y Espiga, que seguramente es su hermana, desde la sombra observa la escena inquieta y torciendo el gesto. Yoé, sin embargo, es obstinado y sólo atiende a lo que le dictan los sentidos, y cuando de nuevo intenta aproximarse, la mujer que cuida del caldero se lo impide y, con gesto adusto y que no admite réplica, de manera oscura pronuncia una sola palabra: «lejos». Yoé se aparta como si le hubieran pinchado, y Espiga, que quién sabe si es su hermana, inmóvil y con la zozobra bailándole en el alma continúa observando la escena desde un rincón.
Los niños de esta aldea son muy dóciles; presentan un aspecto tristón y siempre hacen lo que se les ordena. Yoé, en cambio, no, pues él quiere carne, no el oscuro pan ni el amargo e insustancial sopicaldo de los días de abundancia, pero como no le permiten acercarse, durante un buen rato tiene que reprimir el ansia y conformarse con su negra suerte y los apetecibles efluvios que transporta el aire.
Al fin el asado está hecho y todos se disponen a engullirlo. Chamuscados trozos circulan de mano en mano acompañados de tremenda algarabía, y cada cual intenta hacerse con los mejores bocados de la pantagruélica comilona que quizá no se repita hasta pasados varios meses. Sólo los niños, a quienes ni sus madres logran amparar, quedan al margen y deben conformarse con los despojos, pues su ración es ínfima, pero nuestro protagonista está de suerte, pues Espiga, que tuerce el gesto ante la carne e íntimamente prefiere el pan que todos desdeñan, sin que los demás lo vean le da su parte, y él se lo agradece y al instante la devora, aunque en su mirada se transparente la más cruda insatisfacción..., y cuando el multitudinario banquete finaliza y las hartas personas se aprestan a descansar, allí queda el descontento chico mano sobre mano y la desdicha pintada en ojos a los que falta poco para que asomen las lágrimas.


La tarde declina, y los habitantes del poblado duermen profunda y rumorosamente, unos tendidos sobre el simple suelo y otros apoyados en las paredes de las cabañas. Las mujeres han recogido los restos y remueven los grasientos caldos que guardarán para posteriores ágapes, y como poco ha de esperarse de las horas que vendrán, Yoé se ha ausentado sin que nadie lo advierta. Ha descendido por la pendiente que lleva hasta el llano, y durante un buen rato ha rumiado su menesterosa condición en las lindes de la parcela, ahora cubierta de rastrojos, de la que extraen el cereal. Luego ha alargado sus pasos sin rumbo hasta encontrarse, como en un sueño, en las orillas de la nauseabunda marisma en la que desembocan las aguas de las huertas.
La laguna está casi seca porque corre el verano, aunque se adivina su extensión, y los escasos peces que sobreviven lo hacen en charcas y como pueden. Sobre las aguas ve saltar algunos, y por un momento, enajenado, piensa que es capaz de comérselos.
–Carne, pez... –pronuncia a media voz y como si recitara un conjuro, y desciende atolondradamente por el talud que lleva al más cercano de los podridos estanques.
Inmóvil permanece ante el agua, ojo avizor, y de repente..., ¡plup!, un habitante de las fangosas profundidades emerge de manera fugaz, seguramente para respirar. Luego, a su lado, se producen otros ¡plups!, aquí y allá, ¡plup!, ¡plup...!, y Yoé se abalanza hacia lo que cree agua y resulta ser barro. Resbala en el fondo y cae de bruces en un pozo cenagoso, y cuando entre gemidos y a duras penas consigue enderezarse y alcanzar la orilla, ve a su lado un pez muerto y comido por los gusanos.
–Pez... –dice de nuevo contemplándolo, y en un vano intento de aliviar su afligida situación, toma entre los dedos el viscoso cuerpo y lo despedaza.
Un gran trozo queda en su poder, y lo lleva a la boca y lo mastica, pero es tal su repulsivo sabor, y la abundancia de espinas que le hieren, que al instante vomita mil líquidos que fluyen desde cualquier poro de su cuerpo, y durante un buen rato persiste en las más ruidosas toses y escupitajos. Al fin, sumido en el aturdimiento y convulsionado por incontrolables espasmos se derrumba por entero sobre la tierra, y de su boca, de la que manan mil líquidos, atragantadas y roncamente salen estas palabras que apenas comprendemos.
–Carne..., no pez...


Han finalizado las tareas de la siega, hito anual en la vida de estas gentes, y el grano ha sido separado de la paja por las mujeres, que durante días y en lo alto del otero que corona la loma han apaleado las espigas sobre piedras planas. Los vientos del principio del otoño han hecho el resto, es decir, han aventado la paja entre el jolgorio de quienes manejan las estacas. El grano, que es su tesoro, se transporta en apretadas seras de esparto hasta el poblado, y allí es puesto a orear y continuamente volteado bajo el sol del mediodía, pues su principal enemigo, como bien saben, son las humedades y roñas que se esconden en donde nadie puede percibirlas. ¡Cuántas leyendas corren y han corrido a este respecto, antiguas fábulas que hablan de hambrunas causadas por agentes invisibles, castigos de Quienes todo lo pueden...!, pero las ineludibles ceremonias de purificación, también derivadas de la tradición oral, parecen surtir efecto año tras año y a ellas se atienen.
De esta forma van llenando las pétreas paneras en las que, protegido por pieles y gruesas capas de ceniza, cuyas singulares propiedades se desvanecieron en el mar del tiempo, lo almacenan, y cuando los días transcurren y el volumen de lo cosechado es suficiente, los habitantes del poblado vislumbran la inminente llegada de la principal celebración de su agrícola año. Es la fiesta de la molienda, que hoy se celebra aquí y mañana allá, porque los habitantes de los oasis que encierra el valle, aunque dispersos, conservan lazos que, como sucede con las costumbres que mencionamos, a lo mejor datan de cientos o miles de años atrás.
Desde las tierras vecinas llegan las filas de caminantes que asistirán al festejo y son alojados entre voces, saludos y reverencias. Sucede durante un dorado y ventoso atardecer, y el escenario que acoge el acontecimiento es la plaza que contiene el brocal de pozo y las enhiestas palmeras. Allí se abrazan los grupos comandados por sus capitanes, y las alegrías y los apretones sustituyen al confuso runrún de los idiomas modernos, aunque no faltan las risas que lo dicen todo. Luego son conducidos a los aposentos que les han preparado, en donde abundan los dátiles y otras viandas, y desde las azoteas iluminadas por el sol poniente los notables contemplan sentados en el suelo el ocaso del último día del verano. Allí es donde uno de los recién llegados, un individuo decrépito, cenceño, entrado en años, como jefe del cónclave que soñando con buenos augurios se asoma al luminoso panorama desde el terrado, bronca y ásperamente dice lo que sigue.
–Vega fructuosa que ante nosotros te enseñas...: que te vaya muy bien durante los tiempos fríos que vendrán.
Quienes le escuchan, sumidos en meditaciones y embebidos en la visión del paisaje, mueven la cabeza con anuencia, pero pocos se atreven a despegar los labios. Un odre de piel de cabra circula entre los presentes y todos beben de él con evidente placer. ¿Es agua? ¿Es hidromiel? ¿Es sidra u otra clase de bebida fermentada...? Pero no tenemos forma de averiguarlo, y la naturaleza de su contenido seguirá perteneciendo al reino de las conjeturas.
[...]

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Y para finalizar, coloco aquí los enlaces a los libros históricos que tengo disponibles en Amazon:

Ojos azules en versión Kindle =
Ojos azules en papel =
Blog en el que se habla de Ojos azules:

Dios conmigo en versión Kindle =
Dios conmigo en papel =
Blog en el que se habla de Dios conmigo:

Además, podéis mirar aquí:

domingo, 20 de agosto de 2017

La novela histórica (7): el siglo XIX


El siglo XIX es importante dentro del panorama de la novela histórica, no sólo porque el nacimiento del género tuvo lugar durante su transcurso, sino también porque ha sido ampliamente divulgado por los autores, puesto que de él tenían referencias de primera mano. A guisa de ejemplo pongo esta lista de libros que tienen como escenario sucesos acaecidos durante el siglo XIX.

La cartuja de Parma (Stendhal, 1839)
El conde de Montecristo (A. Dumas, 1844)
Crimen y castigo (F. Dostoyevski, 1866)
Guerra y paz (Tolstoi, 1869)
Episodios nacionales (Pérez Galdós, 1872-1912. 46 libros)
El archipiélago en llamas (Julio Verne, 1884)
Los tigres de Mompracem (Emilio Salgari, 1900)
Sonatas (Valle-Inclán, 1902)
Memorias de un hombre de acción (Pío Baroja, 1913. 22 libros).
Mi Antonia (Willa Cather, 1918)
La marcha Radetzky (Joseph Roth, 1932)
Pedro Blanco, el negrero (Lino Novas Calvo, 1933)
Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell, 1936)
Absalom, Absalom!, (W. Faulkner, 1936). (Habría que añadir que otras novelas de Faulkner –como Desciende, Moisés o Los invictos– podrían considerarse históricas.)
El gatopardo (G. T. di Lampedusa, 1958)
Yo el Supremo (A. Roa Bastos, 1974)
El gran robo del tren (Michael Crichton, 1975)
Raíces (Alex Haley, 1976).
La guerra del salitre (Guillermo Thorndike, 1977)
Noticias del Imperio (Fernando del Paso, 1987)
El general en su laberinto (García Márques, 1989)

 Narraciones históricas de Camargo Rain que suceden durante el s. XIX
Era de las máquinas, el tercer libro de la Tetralogía de Juan Evangelista, está dedicado por entero a esta época, y de esta forma se habla de la revolución francesa, de la española guerra de la independencia, del comienzo de la revolución industrial en Inglaterra, del tendido de los ferrocarriles en Europa y América y de mil asuntos más.
Episodio del libro Chica encuentra chico (aún sin publicar) que se llama El papel de Londres, en el que una niña hija de una criada, Melba, narra lo que vio (y vivió) en casa de un marqués de Córdoba a la que acudía un grupo de conspiradores en la época de Fernando VII.
De esta última narración coloco un trozo para que lo lean aquellos a los que les gusta leer.

[...]
Una tarde, cuando estaba en la cocina, oí aquellas notas de música que había oído desde la cama, y me acordé de lo que me había dicho Carmela. Subí al vestíbulo, en donde no había nadie, y procurando no hacer ruido me acerqué al salón en el que estaba el piano. Atisbé desde la puerta, que estaba a medio abrir, y vi que habían colocado el aparato aquel, que era grande, en medio de la habitación, sobre la alfombra, y delante del teclado, del sitio en donde se toca, había una banqueta. Habían quitado algunos muebles, y las mesas y sillas que quedaban estaban arrimadas a las paredes, junto a las estanterías. Allí también había libros, y figuritas y algunos cuadros antiguos, y un jarrón muy grande con flores debajo de la ventana. Una figura alta, en mangas de camisa y que me resultó familiar, estaba inclinada sobre el interior de la caja. Parecía que hacía algo... Luego se enderezó, y aunque estaba casi de espaldas, le reconocí al instante: era el conspirador..., aquel de los ojos verdes...
Mi primera intención fue la de retirarme, pero debí de hacer algún ruido, porque de repente levantó la cara y me vio.
–Ah, hola, eres tú...
Yo me quedé sin habla, pero en seguida se me ocurrió algo. Si no, iba a pensar que era tonta...
–Sí. ¿Puedo quedarme a oírlo?
–Sí, claro, quédate lo que quieras. ¿Te gusta la música?
–Sí, mucho.
Yo entré en la habitación y permanecí en pie sin saber qué hacer, y él, Martín (ahora sabía cómo se llamaba...) me miró y sonrió. Se volvió a inclinar y metió la mano en el mueble. Tenía una herramienta con un mango negro y apretaba aquí y allá.
–Ahora estaba afinándolo. Pero ven, tú siéntate aquí –y arrastró una silla y la colocó a un lado, detrás de él.
Yo lo hice, y él, después de mirarme, me preguntó,
–¿Estás bien, te encuentras a gusto?
–Sí.
–Pues escucha.
Se sentó en la banqueta, pareció pensar, levantó las manos y, tras una pausa, las apoyó en el teclado y tocó una cosa muy fuerte y complicada que me sobresaltó un poco. Luego hubo un silencio..., y a continuación volvió a apoyarlas, dijo, andante..., y se fue por otro camino.
¿Por qué pensé aquello? En realidad no se fue a ningún lado, sino que lo que sucedió fue que recorrió las teclas con los dedos y yo me imaginé a alguien que caminaba por un lugar muy bonito... Era una música muy tenue que subía y bajaba...
Aquello duró muy poco, unos segundos, y entonces se detuvo, se quedó inmóvil, y al fin se volvió hacia mí. Me miró y preguntó,
–¿Qué has pensado?
Yo no supe qué contestarle.
–¿Qué has visto? –repitió él–. ¿No te ha parecido una chica vestida de blanco que va por un bosque...?
–¿Y da saltitos?
–Sí, eso. Y se detiene aquí y allá y va cogiendo flores.
Yo sonreí. Aquel personaje, Martín, decía las mismas cosas que a mí se me ocurrían.
Luego se levantó y estuvo apretando algo dentro de la caja.
–Aquí hay algo que no suena bien... ¿A ver? –y con la mano que le quedaba libre tocaba una tecla y luego otra.
Al fin pareció quedar satisfecho y volvió a sentarse. Me miró y dijo,
–Esto lo escribió un señor del que a lo mejor has oído hablar. Se llamaba Mozart. ¿Sabes quién fue? –y yo negué con la cabeza.
–No.
–Pues ha sido uno de los músicos más conocidos de los últimos años. Sin embargo, murió joven... Bueno, ¿quieres que toque otra cosa?
... y se puso a ello, aunque aquella vez sin estridencias, y duró más, no mucho más, como un minuto o dos, y a mí se me fueron abriendo los ojos al internarme en aquellos vericuetos que subían y bajaban, y al final tuve que acabar aplaudiendo y riendo.
–¡Qué bien...!
–¿Sí, te ha gustado?
Yo afirmé vehementemente con la cabeza y los morros fruncidos.
–¡Muchísimo!
Martín se había quedado quieto.
–¿De verdad?
–Sí. Es que lo haces muy bien... –y en cuanto lo pronuncié me di cuenta de que le había llamado de tú...
Le miré, a ver qué cara ponía, pero él no parecía haber reparado en tal extremo. Todo lo contrario, pues simulaba estar muy satisfecho del cumplido, aunque yo creo que eso es algo que le gusta a todo el mundo.
Luego, en vez de aludir a ello, dijo,
–¡Ay, hija!, si todos los públicos fueran como tú... –y como volvió a ponerse en pie y a manipular en aquello que estaba haciendo, me pareció que había llegado el momento de dejarle solo.
–Bueno, que yo me tengo que ir...
–¡Ah...!, sí, haz lo que quieras, pero si algún día quieres oír otras cosas, ven y toco lo que me digas –e hizo una pausa y añadió–. Adiós, más que guapa.
... y a mí me encantó el epíteto, ¡aquel sí que era un elogio!, y sonreí sin poderlo evitar, y cuando me levanté y di la vuelta para irme, lo hice hinchada de una extraña satisfacción y andando poco menos que de puntillas, tan hondo me había llegado lo que acababa de oír.
Después, cuando pasaba por el vestíbulo y bajaba por la escalera, de nuevo me vino a la cabeza: ¿por qué de repente le había tuteado? Era el primer día que hablaba con él, y eso no se hace con los señores; si acaso con los criados, y si no son muy mayores. ¿Me parecía él un criado? No, desde luego que no. Martín parecía un señor. Iba muy bien vestido, y por lo que había podido observar, el marqués le trataba de igual a igual..., y luego se me ocurrió que a lo mejor era que me inspiraba confianza. ¿Me inspirará confianza?, y a aquello ya no supe qué responderme porque esas son ideas que los niños no acabamos de entender, cosas que hemos oído y se nos van y se nos vienen, como lo de la música, y yo creo que ni sabemos lo que significan, ¡vaya lío...!, y al final iba incluso hablando sola, porque cuando entré en la cocina, que mi madre estaba con otra señora, me miró un poco extrañada y dijo,
–Melba, hija, ¿qué vas diciendo? –y yo pegué un respingo y procuré disimular.
–No, nada.
Ella me miró.
–¿Quieres salir con Isabel? Va a comprar jamones.
Comprar jamones no es fácil, pero en casa había un ama que sabía hacerlo. Siempre era ella la que se encargaba de traerlos, y a veces me decía que la acompañara.
–Sí, ven conmigo, que de todo conviene aprender en la vida.
Isabel, el ama, era mayor y muy amiga de mi madre. Era bajita, pequeña y muy alegre, seguramente porque como era mayor ya no trabajaba en la cocina.
En tales ocasiones nos acompañaban dos criados con un carro para llevar lo que comprábamos, y aquella vez vinieron Damián y su hijo. Damián es uno de los porteros, uno de los criados de confianza del marqués, con el que va a cazar, y manda sobre los demás. Su hijo se llama Erasmo y tiene catorce años, o por ahí. Años antes asistía conmigo a las clases, pero luego le hicieron ir a la escuela.
–¿Has aprendido algo?
Erasmo afirmó con la cabeza.
–Sí, historia del arte. Es lo que más me gusta. Ahora sé lo que son muchos de los cuadros de la casa..., y los muebles.
–¿Los muebles?
–Sí, y las alfombras. Algunas tienen más de cien años, y las hicieron en Italia.
Yo me reí.
–Claro: por eso tienen siempre tanto polvo.
Entramos en la ciudad por una de las puertas y nos dirigimos a los barrios altos. Allí había almacenes en donde vendían de todo y siempre estaba lleno de gente. Aquella parte era antigua, muy antigua, y las callejas eran tan estrechas que casi no cabían los carros. Nosotras solíamos ir a una placilla que tenía el suelo de piedras puntiagudas, en uno de cuyos lados había un edificio grande que parecía un antiguo palacio y tenía el tejado roto por algunos sitios. Enfrente se veían varias tabernas con hombres en las puertas, y también alguna mujer con flores en el pelo. Ellas gritaban, y luego entraron y el ruido cesó.
Damián señaló una de ellas y se dirigió al ama.
–Nosotros estaremos ahí. Avísenos usted.
–Sí, no se preocupe.
Isabel y yo entramos en aquella gran casa, y en el portal, uno de los hombres se dirigió a ella con oficiosidad.
–Doña Isabel..., y la niña Es un gusto verlas por aquí.
–Sí, ya te estarás preparando... –y ella se rió con malicia pero él no le hizo caso.
–¿En qué puedo servirlas?
–Venimos a ver los jamones.
–¡Ah, los jamones...! Ya sabe usted que esta casa...
–Sí, sí... ¿Habéis recibido ya los de Aracena?
Por una ancha y ruinosa escalera de tablas subimos a la primera entreplanta, cuyas ventanas estaban destrozadas y ninguna tenía cristales, y allí, pendientes del techo, se mostraban infinidad de canales, perniles y enormes racimos de embutidos a los que no supe qué nombre dar. Miles de moscas zumbaban furiosamente en torno a ellos, y algunos chicos, ayudándose con grandes plumeros de los que había en el río, se ocupaban en espantarlas. El suelo estaba lleno de grasa, e Isabel me dijo que anduviera con cuidado. Un enorme mocetón negro, con la piel grasienta y desnudo de cintura para arriba, se entretenía en revolver el contenido de una borboteante caldera que despedía olor a azufre y nos contempló al pasar. Al fondo, lejos, recortándose contra la luz que entraba por los vanos, había unos hombres que, en medio de gritos, trajinaban izando reses desde la calle.
–Vengan por aquí –dijo aquel señor, y nos llevó hasta un extremo del enorme cobertizo, y allí, someramente protegidos por telas de sacos que ondeaban con el viento que de lado a lado recorría la nave, había otros jamones aún más gordos y relucientes.
Isabel paseó entre ellos y los estuvo examinando, y luego sacó una larga aguja de las que se usan para la calceta y pinchó algunos. Introducía la aguja hasta el fondo y luego la sacaba, y después se la arrimaba a las narices entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño.
–Material de primera –dijo el hombre aquel.
–Sí, pero enséñame otros.
De tal guisa recorrimos algunos aposentos separados por tabiques y apartados del resto, y al final el ama señaló varios y dijo,
–Quiero esos. Esos de ahí y los que te he dicho antes.
El hombre no respondió, pero descolgó dos o tres y los dejó en el suelo. Luego dio unas voces y acudieron varios chicos sucísimos y medio desnudos que cargaron con ellos, y nosotras descendimos al piso inferior e Isabel estuvo rematando aquella compra con un individuo de levita astrosa que se tapaba la frente con una visera. Alrededor de nosotros continuaba el tumulto, pues allí se trabajaba mucho, y vi que otras señoras entraban y salían por el portal limpiándose los zapatos con trozos de saco que les daban en la puerta.
Al fin estuvieron los jamones cargados en el carro, que había no menos de dos docenas, y el de la visera salió a despedirnos y hacernos reverencias, tras lo que enfilamos la calle hacia abajo.
Damián conducía los animales por la brida, pues había bastante gente y los pasos eran estrechos, y Erasmo iba montado sobre uno de ellos. Para tirar del carro habían enganchado unas yeguas de las caballerizas, y unos hombres de pelo brillante que estaban apoyados en una pared las observaron al pasar.
–Buenas jacas –dijo uno de ellos.
[...]

Como de costumbre, coloco aquí los enlaces a los libros históricos que tengo disponibles en Amazon:



Ojos azules en versión Kindle =
Ojos azules en papel =
Blog en el que se habla de Ojos azules:

Dios conmigo en versión Kindle =
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Blog en el que se habla de Dios conmigo:

En entregas posteriores (en este y otros blogs) seguiré hablando de estos asuntos (la novela histórica), y mientras tanto podéis mirar aquí:

sábado, 12 de agosto de 2017

La novela histórica (6): siglos XVIII al XX


Los asuntos que se encuadran en los siglos XVIII, XIX y XX son también a propósito para este asunto de las novelas históricas, aunque quizá menos interesantes para el lector dada su relativa cercanía. Sin embargo, esta vez no voy a hacer una lista de ellas, que cada cual puede buscar en internet, sino algo mucho mejor. Voy a hablar de un libro (en realidad cuatro, lo que se conoce como tetralogía) que escribí hace años y, sin duda, publicaré próximamente. 



Narraciones históricas de Camargo Rain
Digo todo esto porque el libro completo se desarrolla durante esa época. Comienza en Ciudad Rodrigo (provincia de Salamanca) en 1680, a fines del siglo XVII, y finaliza en una isla caribeña cuando se inicia el siglo XXI, es decir, 320 años depués. ¿Y por qué? Muy sencillo: porque esos fueron los años que vivió el protagonista, niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario.
Que nadie piense que este es un libro de magia, o de magos, porque pretende ser un relato tremendamente realista y narrar lo que durante aquellos siglos aconteció a nuestro héroe, a quien bautizaron como Juan Evangelista y personaje que, como es lógico, vivió un montón de vidas. ¿Qué sucede cuando a tu alrededor todo el mundo envejece y tú pareces mantenerte incólume pese al inevitable transcurrir del tiempo?.
Él se encontró obligado a huir de continuo de quienes quería, mujeres, hijos, incluso nietos..., y unas veces escondiéndose de sus semejantes y otras apoyado por ellos, como le sucedió con miss Gold, una de sus mujeres, médica inglesa que le dirigió a la construcción de los ferrocarriles del mundo (lo que sucedió durante los años que mediaron el siglo XIX).
Esta novela, que escribí de cabo a rabo durante seis años, tiene 1200 páginas, y claro es, cuando la acabé (o bastante antes) la dividí en cuatro libros, a saber:
Edad de las tinieblas, es decir los tiempos de la infancia.
Siglo de las luces, el XVIII.
Era de las máquinas, el XIX, y
Perpétuum móbile, el XX.
Juan Evangelista recorrió el planeta entero, dio varias veces la vuelta al mundo y raro fue el lugar que no visitó. La declinante España de los Austrias, la América colonial, la revolución francesa, la española guerra de la independencia, el nacimiento y desarrollo de la revolución industrial, el océano Pacífico, la alborotada Europa de la primera mitad del siglo XX..., son algunos de sus escenarios...
Pero no es esto todo, ni muchísimo menos, pues ¿se hacen ustedes una idea de la cantidad que sucesos que pueden formar una vida de más de tres siglos? No, no se lo imaginan, pero para que puedan leerlo, próximamente la sacaré a la luz. De momento, aquí pongo un trozo. Se trata de algo que él mismo dice al principio del cuarto libro (Perpétuum móbile) con motivo de una conversación que mantiene con alguien. Como es una especie de resumen de su vida, me ha parecido adecuado para poner aquí.

[...]
Aquel fauno, personaje mitológico al que bien podría representar, pues la afición a los disfraces, las bromas y los equívocos era el más acusado rasgo de su carácter, organizaba ocasionalmente reuniones, a las que acudían personalidades de nuestra sociedad, en especial señoras, para invocar a los difuntos, a famosos que yacían exánimes decenios ha y a cuantos héroes antiguos podían recordar quienes asistían. En una ocasión me invitó a una de ellas y me pidió que llegara con antelación, pues deseaba mostrarme algo. ¿Qué era aquello? Pues al punto lo van a averiguar.
El notario de Liébana era aficionado a la cocaína, distracción de ricos y eruditos de aquellos tiempos, y la tarde que digo, en seguida que llegué, tras despedir a los criados y recomendarles que se mantuvieran atentos ante la llegada de los invitados, exhumó los adminículos que para tales cuestiones se precisan y se administró una dosis, y conmigo hizo lo propio. Fue una inyección subcutánea, pues la sustancia se aplica bajo la piel de la mano, y de allí en adelante, pese a que su efecto no fuera por entero de mi agrado –pues de sobra me juzgaba despierto–, me encontré inmerso en un mundo que me recordó a lo que había sucedido (tantos años atrás, pero no diré la fecha, pues demasiadas cifras se han mentado en estos libros) cuando Matatías, el principal de los mayordomos de la marquesa de los ojos violetas, en el curso de uno de los viajes que entonces hacíamos me llevó a conocer lo que se servía a la clientela en los incipientes cafés de la plaza mayor de Valladolid, l'eau heröique. Yo era poco más que un niño, y cuando volví y me crucé con Marifló, mi amada a la sazón, en un pasillo oscuro de la posada que nos albergaba...
Mientras me duró el efecto de aquella droga me comporté de la manera más precipitada, como antaño, y allí, sentados en los sillones de mimbre que amueblaban su mirador, no me importó disparatar sin tino, y llevado por la vorágine que al cerebro procura la absorción de semejante extracto, encontrándome tan acorde con la placidez del momento y lo que me rodeaba, comencé una perorata que me iba a llevar lejos, muy lejos...
–Puesto que se empeña en experimentar conmigo, mientras llegan los convidados le corresponderé con una historia. Es una historia extraña, pero no importa, pues supongo que usted, tan aficionado a lo irregular, la apreciará.
Hice una pausa y dije,
–Yo viajé en el convoy de Indias, sí, y en tiempos muy remotos visité los harenes de los heresiarcas musulmanes que enviaban esclavos a América desde el golfo de Guinea. Allí tuve amores con la negra Esmeralda, muchacha de pocos años de la que llegué a enamorarme, aunque ella prefería a los eunucos... Sin embargo, no se lo reprocho, pues mi fogosidad era propia de la incontenible juventud, y ya sabe usted lo que sucede en tales casos.
El notario me miraba divertido, y yo continué.
–En tierras cercanas al Matto Grosso, por el precio de un inigualable rubí compré una niña que no me quería, y cuando me llegó la edad de la cordura, en vez de enamorarme de mi mujer, como hubiera sido de rigor, lo hice de mi cuñada, Inés, la experta violinista que me instruyó en las virtudes y beneficios de las olas del mar. Luego huí de ellas en pos de la revolución, porque nada es para siempre, y encontré a Isabelle, campesina en París y anónima mártir del progreso. Más tarde a mi mujer inglesa, la divina Alessandra, que me dio dos hijas rubias y con los ojos tan azules que parecían violetas... Sí, eran muy parecidas a mi señora la marquesa, la marquesa de los ojos violetas, a quien en buena hora conocí en su mansión dieciochesca de la plaza fuerte de Ciudad Rodrigo, que usted sabrá dónde está... También podría hablar de Dolores, india pueblo con sangre de extremeño en sus venas, y de Doloritas, que me enseñó a tejer cestos; de la farera del fin del mundo, que llegó cargando con un piano desde su ciudad barroca del imperio austrohúngaro, o de mis amigas oceánicas, Alción y Merope, componentes de las celestes Pléyades, como todos sabemos..., y hasta del aya, que dio su vida por mí, aunque eso sea remontarse a la prehistoria.
Luego, bajo el sol de la tarde, me quedé pensando.
–¿Por qué me habré acordado de las mujeres...?, porque mi vida no se circunscribe a ellas, sino que se extiende por la superficie entera de los continentes, todos los cuales visité..., y lo que he nombrado tampoco es lo más antiguo de lo que podría hablar, pues a mi cabeza vienen las luces de las mil velas que iluminaron las calles por la que discurrió el cortejo que me llevó a la catedral a sacramentar..., hace muchísimo tiempo de eso, y el sistema métrico decimal, que me tocó transportar a tierras de seres atrasados, y la jara de la sierra de la Peña de Francia, cuya resina sirve para fabricar los perfumes ambarinos que mi madre quemaba en las estufas de nuestra casa de la vega del Águeda. ¡Y el niño salvaje también, Silvestre, y el prior del convento de Úbeda!, personajes importantes en mi vida..., y Mendoza, que me llevó a conocer al mensajero de los Dioses y me enseñó a encender fuego con hielo... Podría hablar de tantas cosas que le aburriría, pero no es esta mi intención, así que sólo le mencionaré el final, como fue mi estancia en el océano Índico en persecución de las mil y mil especies de aves que en este planeta existen, la explosión del Krakatoa, la larga y fructífera época de robinsón y el milagroso salvamento por un barco inglés que contra todo pronóstico me ha devuelto a Europa...
Hice una larga pausa, y al final añadí,
–Qué..., ¿qué me dice usted de esto? Algún día escribiré esta historia, pero no sé cuándo llegará el momento –y el notario, suspenso ante la retahíla, soltó la carcajada y se quedó mirándome de hito en hito.
–¿Sabe que es usted un enorme fabulista...? No conocía esa faceta de su carácter, pero podría ganarse la vida con ello, pues lo cuenta como si lo hubiera vivido –e hizo girar en el aire la contera de su bastón, que nunca abandonaba, y luego, tras una comedida pausa, me miró serio y dijo–. Pero ahora, compórtese, que me parece escuchar la llegada de los invitados.
... como así en efecto sucedió, viéndonos de inmediato rodeados de señoras lujosamente vestidas [...]

--------------------------------------- 

¿Qué me dicen tras esta retahíla? ¿Sé o no sé fabular? Hasta el notario se quedó turulato, con lo que él era..., pero en fin, aquí queda la cosa hasta que a estos libros les toque el turno, y pondré una vez más los enlaces a los que ya están disponibles. Si alguien quiere leer algo más no tiene más que consultar los posts anteriores, en donde se dicen muchas cosas.

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En entregas posteriores (en este y otros blogs) seguiré hablando de estos asuntos (la novela histórica), y mientras tanto podéis mirar aquí:

 

viernes, 4 de agosto de 2017

La novela histórica (5): siglos XVI y XVII


Los siglos de oro españoles


 
Esta es la época de los grandes descubrimientos, comenzando por el de América, y el hallazgo de nuevos imperios, como el azteca o el inca, o de extensas tierras que antes no se conocían sino de oídas, como China, Japón o el Pacífico en conjunto, son terreno propicio para que sobre él se lancen mentes dispuestas a fantasear con lo habido y por haber.
Como es lógico, hay muchos libros de novela histórica que tratan sobre este tiempo. La conquista y colonización de América, y las múltiples aventuras que en semejante escenario tuvieron lugar, ha inspirado a gran cantidad de autores, y no digamos la turbulenta vida en Europa durante aquellos años. Aquí debajo pongo una lista de novelas más o menos históricas (algunas, pese a su barniz histórico, son más bien de aventuras) ambientadas durante los siglos XVI y XVII. El año que se cita es el de la primera edición.

La Princesse de Clèves (Mme. de La Fayette, 1678)
Diario del año de la peste (Daniel Defoe, 1722)
Los novios (Alessandro Manzoni, 1842)
Taras Bulba (Nicolás Gogol, 1842)
Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas, 1844)
La letra escarlata (N. Hawthorne, 1851)
Príncipe y mendigo (Mark Twain, 1881)
El capitán Blood (Rafael Sabatini, 1922)
El caballero de la Virgen (Blasco Ibáñez, 1929)
El dios de la lluvia llora sobre México (Laszlo Passuth, 1939)
El Enano (Pär Lagerkvist, 1944)
Esa Dama (Kate O'Brien, 1946)
De noche, bajo el puente de piedra (Leo Perutz, 1958)
La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (Ramón J. Sender, 1964)
Opus nigrum (Marguerite Yourcenar, 1968)
El samurái (Shüsaku Endö, 1980)
Tenochtitlan: la última batalla de los aztecas (José León Sánchez, 1984)
León el africano (Amin Maalouf, 1986)
La gesta del marrano (Marcos Aguinis, 1991)
La isla del día anterior (Umberto Eco, 1994)
El galeote de Argel (Bartolomé Bennassar, 1995)
Me llamo Rojo (Orhan Pamuk, 1998)
Rojo amanecer en Lepanto (Luis Zueco, 2011)

Narraciones históricas de Camargo Rain
Camargo Rain también ha escrito sobre aquellos tiempos, en especial un libro, El viaje del morisco (de próxima publicación), que sucede durante la frontera de estos siglos, 1600 y 1601.


Pero, además, hay otros episodios históricos que se refieren a este período. En Ojos azules está Cortejo en la selva, narración del paso del istmo de Panamá por una tropa de piratas en Tierra Firme, que era como se conocía entonces aquella parte, y en Chica encuentra chico (se publicará también próximamente), el capítulo llamado La llanura, crónica al modo de la de Vázquez de Coronado, cuando a mediados del XVI emprendieron viaje desde las tierras mejicanas hacia el norte en busca de las siete ciudades de Cíbola, que presumían de oro. Este episodio está narrado por una negra antillana que va en la expedición como esclava y se llama Melisa. La aventura acaba como el rosario de la aurora, pero eso ya lo contaré otro día. Lo que hago hoy es colocar aquí un trozo de El viaje del morisco, que cruzó de sur a norte la península ibérica abriendo nuevas vías de comunicación para el establecimiento de oficinas de correos por encargo de una familia de judíos que tenían un nombre muy curioso: los Taxis. Este fragmento, que sucede durante la primavera de 1601, dice así:


LA VÍA DELAPIDATA

Aquí comienza el viaje del morisco llamado Juan Rui, que se aventura por esos mundos que tan poco conoce,
los conocí de joven, cuando mi padre me llevó a visitar países lejanos, el reino de Galicia, las Asturias, esa costa norte barrida por los vientos y en donde he pensado iniciar una nueva andadura. Lo del pescado es un pretexto al lado de mis verdaderos propósitos. La madre de mi novia estaba en lo cierto cuando llorosamente me llamó pederasta, ladrón de almas, polígamo..., pero quién puede resistir a las pasiones cuando tiene cuarenta años... Además, su madre es una esclava, no tiene ningún poder sobre mí y poco me importan sus denuestos..., aunque resulten más que justificados.
Cada día que transcurre el pescado pierde parte de su valor, envejece, la mercancía mengua si pasa semanas sin cuento en una bodega o el fondo de un barril y es preciso alcanzar el destino cuanto antes, y como nuestro convoy es pesado, y pesada la carga que transporta, he dispuesto la formación de la siguiente columna: al frente marchará uno de los carros más ligeros con varios de a caballo. Ellos nos precederán en una jornada y nos irán dando aviso sobre el estado del camino y los posibles entorpecimientos. Detrás de ellos circularán varios de los carretones, asimismo guardados por gente de armas, y al fin, a media jornada de distancia de los anteriores, el segundo grupo de galeras, el más grande, con el grueso de la tropa. Ni que decir tiene que deberemos comunicarnos continuamente, pero para eso he prevenido varios jinetes, chicos jóvenes que están deseando hacer méritos y sin cesar se desplazarán de un grupo a otro. Quizá, si prospera el asunto de los Taxis, encuentren acomodo en la nueva sociedad, pues necesitaremos caballeros experimentados y leales.
Los carros grandes, galeras de seis ruedas y caja ovalada, son arrastrados por tiros de doce o quince mulas, y como de ellos tenemos más de una docena, inquieto me cuestiono en dónde encontraremos, durante tan largo viaje, alimento para las bestias. Para algunos días cargamos con grano y otras raciones a que los animales están acostumbrados, pero me pregunto qué sucederá cuando estas se terminen. Los arrieros, sin embargo, están habituados a los días de camino y no dan importancia a mis palabras, Dios proveerá, maese Juan, me dicen, y se ríen entre ellos, lo que no deja de tranquilizarme. A ello hay que sumar otros carros más pequeños..., y las mujeres.
Ellas son parte importante de la expedición, pues ¿quién se encargaría, si no, de la intendencia y otras labores de las que los hombres no quieren ni oír hablar? Alguien debe cocinar para tan numerosa tropa, y llevar a cabo las cotidianas tareas que nimias parecen si no se piensa en ellas con la debida hondura. ¿Quién lavará durante los atardeceres en los arroyos, o quién acopiará la necesaria leña, y quién guardará el mayor tesoro que en esta nutrida comitiva se encuentra...? Varias de estas mujeres son las novias de algunos de los que forman parte de la expedición, de quienes no van a separarse y en ella han reclamado con vehemencia su puesto, y algunas son jóvenes o están a punto de dejar de serlo, chicas que aspiran a mejorar su vida al lado de quienes desean, pero la mayoría son mayores, personas de edad y raciocinio que cargan con la mayor parte de los trabajos, y entre ellas va la niña, a la que llevan medio a escondidas, dado que en el convoy viajan muchos hombres. Para prevenir conflictos les he dicho que la vistan de la peor manera, andrajosa y sucia, y así hurtarla de las capciosas miradas de quienes nos acompañan.
De Cádiz hemos partido con un verdadero ejército, criados de Bartolomé y don Joaquín de los que pocos me gustaron, imagino que a ellos tampoco les gustaban y por eso los enrolaron en la partida, pero como los míos son mayoría, en ningún momento he dudado sobre el éxito de la empresa. Es mucha y muy preciosa nuestra carga, y no debe confiarse al albur, así que, entre otras disposiciones, he decretado que todos deben disfrazarse de castellanos, nadie debe vestir a la morisca, ya sé que es preferible esa ropa cuando hace calor, pero nuestra suerte es comprometida y no quiero sorpresas, pongamos los medios para llevarla a buen puerto, y cuando os licencie podréis vestiros como os plazca, que nadie os lo va a impedir.
Algunos me contemplaron con torcidos ademanes, pero como lo más importante es cobrar los haberes, nadie pronunció una palabra.
Hemos sorteado la ciudad de Sevilla pues el paso por ella no podía producirnos más que inconvenientes, urbe disoluta y plagada de ladrones y burócratas, la hemos rodeado por el sur, y durante el transcurrir por sus inmediaciones los hombres han sido tentados por el fabuloso aspecto de sus lejanas torres y la multitud de mendigos que han intentado asaltarnos describiéndonos las maravillas que entre sus muros se encierran, a lo que hemos respondido con hierros, en firme y sin ambages.
Nuestra marcha discurre ahora por las montañas que preceden a la meseta, sierra de Aracena, me señalan, y allí, Cumbres Mayores, ¿ve su señoría el blanco caserío, adornado de castillo, que sobre la loma se encuentra?, en tiempos fue capaz refugio de los torvos infieles, pero tiempo ha que sobre el más alto torreón luce el pendón de Castilla.
Este camino que a duras penas recorremos es la vía delapidata, que yo juzgo restos de una antigua calzada romana, y cuyo nombre lo da a entender. Delapidata es lo mismo que solada, pavimentada con lápidas, piedras planas, y esta que recorremos, aunque a trechos, así se presenta, lo que no es parco alivio para los carros, más si son grandes, que mejor circulan por lugares embaldosados que por infames y enlodadas sendas carreteras, de las que cubierto está nuestro país. El agrimensor que nos acompaña, Germán, que asegura haber llegado desde los países de Flandes, lo que quizá sea digno de creer pues su habla es insegura y sumamente confusa, parece entusiasmado de encontrarse en donde se encuentra, ¡el camino de la cofradía de la Mesta...!, dice con arrobo y poniendo los ojos en blanco, mil veces oí hablar de él allá en mi país..., Castilla, la lana, los caballeros que lo recorren..., caballeros españoles flacos y larguiruchos y con la austeridad pintada en el semblante, que, sépalo vuecencia, son los mejores del mundo..., y no lo digo por darle coba sino porque Europa entera así lo acepta, ¡país lejano y lleno de maravillas!, patria de quienes a despecho de las dificultades y los incontables peligros de que hablan las leyendas antiguas osaron internarse en el océano abierto para descubrir nuevas e inmensas y desconocidas tierras..., y como le veo venir en sus ponderaciones, le pregunto, y dígame, Germán, ¿qué le parece nuestra comida?, y él de nuevo bizquea y exclama lleno de encomio, ¡ah, la comida...!, ¡esos durísimos garbanzos!, las razas obstinadas están hechas de pétreos alimentos y procuraré arrimarme a ellos, no lo dude su merced, y llevarlos a mi tierra cuando regrese, ¿y las mujeres...?, ¿qué le parecen a su merced nuestras mujeres, tan diferentes seguramente a las que antes conoció?, y él se explaya de nuevo con la escudilla en la mano mientras la tropa le escucha entre embobada y divertida.
En la vía delapidata de la leyenda clásica encontramos enormes rebaños de merinos que emigran hacia el norte levantando nubes de polvo que oscurecen el cielo. El mes de abril es de enorme ajetreo en esta región, y en una polvorienta población, un enorme pueblo en la estepa por la que discurrimos, le llaman Zafra, cambiamos las peores mulas de las galeras por otras más capaces, pues algunas flaquean ya y sabemos que no llegarán muy lejos. Los mayorales hacen recuento y eligen las más jóvenes entre gritos y latigazos, y una vez rehechos los tiros reanudamos el camino tras haber dormido bajo techado durante dos noches y repuesto los cuerpos en los mesones.
Por aquí llegaremos a Cáceres y a Trujillo, importantes enclaves en los que quizá podamos colocar parte de la mercancía, lo que nos permitiría desembarazarnos de algunos carros, pues la caravana es larga y difícil de manejar. Hasta ahora no hemos sufrido problemas dignos de mención ni encontrado las partidas de bandoleros ante las que nos han prevenido en todas partes, pero creemos que ello se debe a nuestro número, pues los bandidos están acostumbrados a desvalijar pequeños grupos o viajeros solitarios, y la aparición en el camino de una veintena de enormes carros y no menos de cincuenta jinetes les obligará a sopesarlo. Quizá consideren el caudal que ante sus ojos se esfuma, pero como las partidas están enfrentadas unas con otras, o ello es fama, ni su sombra hemos percibido. [...]


Aquí dejo los enlaces a los libros disponibles en el mercado, Ojos azules y Dios conmigo, por si alguien siente curiosidad:
Ojos azules en versión Kindle =
Ojos azules en papel =
Blog en el que se habla de Ojos azules:

Dios conmigo en versión Kindle =
Dios conmigo en papel =
Blog en el que se habla de Dios conmigo:

En entregas posteriores (en este y otros blogs) seguiré hablando de estos asuntos (la novela histórica), y mientras tanto podéis mirar aquí:

jueves, 27 de julio de 2017

La novela histórica (4): la Edad Media


Esta, la Edad Media, es quizá la época preferida por los escritores de novela histórica. Sin embargo, es difícil encontrar novelas realistas que se refieran a la Edad Media tal y como debió de ser. La mayoría (sobre todo las modernas) abundan en los aspectos fantásticos, en los que se suele poner el énfasis, por lo que no son propiamente históricas. Las leyendas en torno al rey Arturo se repiten en exceso (hay muchos libros sobre ello), y no digamos todo lo que tiene que ver con la magia y los poderes sobrenaturales de los protagonistas, lo que resta bastante realismo a las narraciones.
Sin embargo, hay también muchas novelas históricas de esta época que merecen ser leídas, y aquí debajo hago mención de unas cuantas:

La flecha negra (Stevenson, 1888)
Belisario (Robert Graves)
El nombre de la rosa (Eco)
Samarcanda (Amin Maalouf, 1988)
Un yanqui en la corte del rey Arturo (Mark Twain, 1889)
Ivanhoe (Walter Scott, 1820)
El puente de Alcántara (Frank Baer, 1991)
Leon el africano (Amin Maalouf)
El libro de Saladino (Tariq Ali)
A la sombra del granado (Tariq Ali, 1993)

Narraciones históricas de Camargo Rain

Quien esto escribe también ha escrito acerca de la Edad Media, en especial un libro, Dios conmigo, que relata la vida de un personaje (el calatravo) que vive esa época y, entre otros sucesos, asiste a dos batallas que figuran en la historia: la de Alarcos (1195) y la de las Navas de Tolosa (1212). Es un libro largo (500 págs.) en el que cuenta su vida como niño, joven, señor de la guerra, cantero, escultor (etc., etc., que se narran muchas cosas).
En Ojos azules se habla de la 2ª cruzada (s. XII) en el episodio denominado Hueste cristiana en las cruzadas, y asimismo en otro libro, Chica encuentra chico, se puede encontrar una historia medieval (siglo X) que se llama La torre y versa sobre la construcción de la torre de un monasterio.
A continuación pongo un trozo de un texto. Se trata del comienzo de la batalla de Alarcos en Dios conmigo.

[...]
Pocos días duró semejante estado de cosas, y en seguida llegaron mensajeros que nos ordenaban partir hacia el oeste y unirnos al grueso del ejército en las inmediaciones de la fortaleza de Alarcos, cuya guarnición continuaba encastillada. En compañía de Rubén me despedí de mis hermanitas como si no nos fuéramos a volver a ver, y con el amanecer del día siguiente nuestra hueste de Calatrava, unida a una interminable procesión de caballeros, carros y peones, partió hacia donde se encontraban las ingentes fuerzas venidas del norte, lugar al que accedimos rondando el mediodía y desde cuyas alturas pudimos contemplar las tropas que nos aguardaban y se guarecían en torno a las murallas a medio construir, y enfrente, lejos pero no tanto como para no poder distinguirlo, con quiénes teníamos que habérnoslas...
El ejercito musulmán, acampado en torno a un cerro, a primera vista no nos pareció invencible, pues manifiestamente se apreciaba que la fuerza de nuestra caballería era mucho mayor. En aquel lejano campamento podían observarse incontables carros, y de su interior surgían fumaradas sin fin, lo que daba indicios del enorme número de sus ocupantes, pero tampoco era menor el nuestro, cuyo aspecto nos produjo un gran asombro, pues ni yo, ni ninguno de los que me acompañaban, habíamos estado nunca en un real tan grande, que agrupándose en torno a la fortaleza en obras y el poblado aledaño, se extendía bajo nuestros pies y abarcaba hasta los más próximos oteros.
La columna en la que nos encuadrábamos descendió hasta la llanura, y habiéndonos señalado sitio para que nos instaláramos, recorrimos el campo y procuramos informarnos de lo que en él se decía.
Pasó la tarde entre unas cosas y otras, y aunque el revuelo y las incontenibles ganas de pelea se hacían patentes aquí y allá, no hubo más por aquel día y en seguida se echó la noche, encendiéndose hogueras en todos los rincones. Nosotros, al abrigo de unos carros que habían venido de Calatrava, hicimos lo propio, y alrededor del fuego de campamento fueron muchas las voces que se manifestaron y dieron su opinión sobre lo que nos esperaba. Corrió el vino y la comida, y todo fue el hacer cábalas sobre lo que pretendía el rey, aunque alguien apuntó que estaba esperando a que llegaran nuevas tropas de refuerzo, fuerzas procedentes de los reinos de León y de Navarra.
Luego transcurrió la noche, y tras el amanecer sonaron trompetas y clarines llamando a la lucha. En medio de la mayor de las confusiones y los gritos de ceñudos capitanes, una parte de la caballería se alineó y formó un enorme bloque. Nosotros lo observábamos expectantes desde el lugar que nos habían señalado, pues aquel día no entramos en combate, y de esta forma vimos cómo la muralla de hierro avanzaba lentamente al principio, para cargar luego contra las vanguardias enemigas, pero estas, que no eran numerosas, retrocedieron al galope y rehusaron la lucha. En su lugar aparecieron grupos de arqueros que lanzaron nubes de flechas sobre nuestros jinetes y después se escabulleron en el terreno. Semejante maniobra se repitió varias veces, pero no encontrando enemigo con el que luchar, nuestros caballeros tornaron al campamento sudorosos y gesticulantes y, por lo que me pareció entender, muy descontentos de lo sucedido.
Entre carreras, gritos, rebatos de los clarines y nubes de polvo que se levantaban aquí y allá transcurrió el día entero, día de sobresaltos, de llamadas, de formarse escuadrones y rendir luego las lanzas, de acudir a un lugar y otro y desgañitarse los capitanes sin motivo, y al fin, fuera de algunas escaramuzas en las alas de los ejércitos enfrentados, que se observaron y midieron sus fuerzas sin querer entrar en la pelea, no sucedió nada, sino que con la caída de la tarde retornaron las fumaradas en el campo enemigo y los fuegos de campamento en el nuestro. Todo se pobló de hogueras y centinelas que canturreaban sus consignas, y mientras dábamos cuenta de la pitanza y el vino, que en buenas cantidades guardábamos en los carros, más de uno nos preguntamos si no estarían los musulmanes esperando a que llegara la noche profunda para lanzar un ataque que nos cogiera desprevenidos... Allá, a lo lejos, en la falda de un terroso y alargado cerro que había a nuestra izquierda, eran aún más brillantes los fuegos, pues, según decían, era allí en donde estaban el rey y sus oficiales, que a buen seguro estarían discutiendo sobre el significado de aquella jornada de irracionales alborotos en la que el enemigo había sabiamente eludido la pelea.
Llegó el nuevo día, y con él las señales de que la jornada se anunciaba importante. Desde muy temprano sonaron los cuernos, y en seguida, advertidos por las ingentes nubes de polvo que al otro lado de la llanura se levantaban, pudimos entender que el ejército musulmán se ponía en marcha.
Todos nos aprestamos a armarnos como correspondía, y una vez sobre las cabalgaduras y tranquilizadas estas, pues se mostraban inquietas como si presagiaran lo que se avecinaba, cuando entre el fragor nos dirigíamos a las filas que se estaban formando, vi a Lope, revestido de la blanca túnica de la Orden a que pertenecía y caballero de una magnífica montura. Iba a dirigirme a él, pero era tal el tumulto que alrededor de nosotros había, que me contenté con hacerle un gesto con la mano, ademán que él me devolvió. Luego observé que a su lado estaba su padre, don Lope, que se ocupaba en ordenar la disposición de su hueste. Él me contempló con sorpresa, pues seguramente me creía muerto, pero luego apartó la mirada y la dirigió al frente.
Al fin, cuando las filas se cerraron, vi que a mi lado estaban Moisés y otros hombres que habían venido desde Calatrava. Nos encontrábamos en medio de un denso escuadrón, pero delante de nosotros había muchas líneas, lo que parecía indicar que nuestra entrada en la lid no iba a ser inmediata. Moisés me tendió un mendrugo de pan que sacó del zurrón.
–Cómelo –me dijo–; quizá sea el último.
Yo lo mordí con ansia mientras entre las recién formadas filas se levantaban clamores que hablaban de Dios y la victoria, y al compás de aquellas voces que parecían surgir de todas partes, los caballos relincharon y patearon y a duras penas fueron retenidos por los acorazados jinetes, alguno de los cuales rodó por el suelo.
Ante nosotros se mostraba una multitud de zenetes vestidos de negro, tribus enteras llegadas de África, según decían, provistos de escudos y largas espadas que nos observaban imperturbables. Estaban tan cerca que podíamos distinguir los rasgos de sus caras oscuras, y cuando me entretenía en intentar desentrañar sus emociones, se escucharon agudos gritos que partían de la parte delantera y pudimos observar cómo las primeras líneas, en cerrada formación, iniciaban un trote moderado hacia el centro del ejército enemigo, aquellos gigantescos jinetes que les aguardaban impávidos.
La masa de caballeros se precipitó contra las filas almohades, y vimos cómo las lanzas se rompían y las espadas centelleaban. Algunos caballos rodaron por el suelo causando gran confusión, y después el polvo levantado por el combate nos ocultó lo que sucedía.
Todos mirábamos ansiosamente hacia el lugar cuando se escucharon nuevos gritos, y vimos que las siguientes filas de acorazados caballeros emprendían la carrera y se internaban lanza en ristre en la polvareda.
Durante algún tiempo no supimos qué sucedía ni cuál era la suerte que habían corrido nuestros soldados, pero luego, emergiendo de la nube, grupos de jinetes retrocedieron al galope hacia nuestras filas, las sobrepasaron y parecieron ir a colocarse en la parte trasera del ingente conglomerado de hombres y caballos que aguardaba su turno.
Cuando el polvo se reposó vimos que la primera línea enemiga había sido deshecha, y aquí y allá podían observarse caballos y hombres, unos agonizantes y otros derribados, en desordenada confusión. En el centro de aquel cuadro se sostenían múltiples y descabaladas figuras que, a pie y utilizando las espadas a guisa de molinetes, arremetían contra las negras filas de seres armados de picas, que parecían retroceder ante el empuje demostrado por los nuestros.
Los más terribles alaridos sonaron entonces, y obedeciendo a ellos, varios escuadrones que se situaban en los flancos y portaban enseñas en el extremo de sus lanzas, embistieron furiosamente las compactas filas enemigas, en las que abrieron amplios huecos. Delante de nosotros se trabó una furiosa batalla, [...]

... y hasta aquí este principio de la batalla de Alarcos.  Debajo coloco los enlaces a estos libros.


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viernes, 21 de julio de 2017

La novela histórica (3): primeras civilizaciones


Época segunda: de las primeras civilizaciones a la caída del Imperio Romano.



Esta época ha sido una de las preferidas por los escritores del género al que aludimos, sin duda porque de aquellos tiempos nos han llegado multitud de documentos. Geógrafos como Estrabón o Plinio el viejo; historiadores como Tito Livio, Suetonio o Apiano; filósofos como Platón, Séneca o Virgilio... Todos nos han hablado de su tiempo, en algunos casos con multitud de detalles de la vida cotidiana de tales entonces, y los autores modernos dedicados a glosar aquellos tiempos han encontrado la mitad del trabajo hecho, pues no sólo se han apoyado en obras que nos llegan directamente desde dos o tres mil años atrás, sino también –y esto es de justicia decirlo– en libros de historiadores modernos, como Carcopino. Esto (lo de inspirarse unos en otros), ha sucedido siempre, pues tanto Estrabón como Plinio el viejo –por poner un ejemplo–, al hablar de Iberia (o Hispania) se basaron en testimonios de personas ajenas, puesto que ellos nunca estuvieron en la península.
Libros de estas épocas hay muchísimos, y por citar unos cuantos nombraremos algunos de los más famosos, tales como Sinuhé el egipcio (Mika Waltari); Quo Vadis? (Sienkiewicz); Ben-Hur (Lewis Wallace); Yo, Claudio (Robert Graves); Memorias de Adriano (Marguerite Yourcenar); Los últimos días de Pompeya (Edward G. Bulwer Lytton); El asirio (Nicholas Guild) y Salambó (Gustave Flaubert, 1862).

Narraciones históricas de Camargo Rain
Para no ser menos, también Camargo Rain (servidor) ha dedicado cierta parte de sus escritos a aquellas épocas, y de esta forma hay episodios de Ojos azules que tratan de ellas, tales como Guerreros entrando en una ciudad (los sumerios), Tirios hacia la Puerta de Melkart (fenicios), Romanos en la urbe (romanos), o Bárbaros atravesando una cordillera (aventura protagonizada por un suevo que encontró a una chica en un bosque), y asimismo en otro libro, Chica encuentra chico, en el que se puede leer una historia del tiempo de los hispano-romanos ambientada en el siglo IV y en la cuenca del Duero que se llama El río. (Este libro [Chica encuentra chico] existe, pero aún no está publicado.)

A continuación coloco un trozo de este libro, Ojos azules, para que lea el que le guste hacerlo:

CINCO MIL AÑOS ATRÁS
GUERREROS ENTRANDO EN UNA CIUDAD
LA SUBIDA A LA MONTAÑA

Los tambores atruenan los oídos de quienes nos encontramos formados en la llanura. Atrás queda el gran campamento que nos ha albergado durante los últimos meses, multitud de lienzos que transportamos por el desierto lejos de las tierras feraces y las riberas bañadas por las aguas de nuestro ancho y amado río, ingratos lugares a los que no volveremos tras la incontestable victoria. Ante nosotros, iluminadas por la luz de la mañana, se alzan las poderosas murallas de la gran ciudad a la que pertenecemos, que se libró del asalto y el pillaje merced a nuestra sangre y esfuerzos.
Desde el amanecer permanecemos ordenados en largas filas que se extienden hasta donde alcanza la vista. Los capitanes vocean las órdenes con dificultad ya que somos muchos los hombres que ansiamos sobrepasar las puertas, y los cuernos emiten sus roncos quejidos llamando a la población al acontecimiento. Nosotros hemos ocupado los puestos que nos corresponden, pero antes nos han distribuido dobles raciones porque la jornada va a ser larga. ¡Qué lejos de las privaciones pasadas en el campo de batalla!, donde los cupos eran escasos y la miseria de la tierra quemada nos obligaba a pelear para alcanzar algunas migajas, pero aquello pasó, y con la victoria se han abierto las puertas de los almacenes y graneros de la ciudad, de los que nos han servido en abundancia.
Los extranjeros que vinieron de oriente son los enemigos cuya capital es Umma, enorme y cochambrosa ciudad que no disfruta de las ventajas de la cercanía de los ríos y sus rimeros de frondosas huertas; lo sé bien, yo, que estuve en ella y por sus calles corrí tras los habitantes enarbolando la aguda espada de bronce. En sus planes entraba el privarnos del agua y esclavizarnos, y por eso levantaron un nutrido ejército que intentó llegar hasta nuestras tierras, pero ahora nos pagarán tributo, pues la fuerza que les opusimos se reveló superior a la suya. Todos cayeron ante nuestro empuje. Primero fueron los pastores de las vegas; más tarde las desorganizadas huestes que guardaban la ciudad, y al fin sus habitantes, muchos de los cuales no verán amanecer otra vez. Corrió la sangre en abundancia y las mujeres y los niños llevaron la peor parte, como sucede siempre que el dios de la guerra revive hazañas pasadas..., pero no es el momento de pensar en ello, pues aquellos días quedaron atrás y su memoria será pronto cubierta por el polvo del desierto.
Ahora ya decrecen los gritos y únicamente quedan los cadenciosos golpes en los parches de los tambores. Los murmullos recorren las filas, y las nubes de polvo que vemos al frente nos indican que el ejército se ha puesto en marcha y las vanguardias se aproximan a la más fuerte y guarnecida de las puertas de la muralla, en cuyas inmediaciones nos aguarda el pueblo apiñado y vociferante...


Lugalbanda, hijo de Enmerkar, biznieto del dios sol que le salvó la vida; rey de Uruk y sus llanuras canalizadas y ahora también de Umma y Kutallu y las turbulentas bandas de pastores que habitan las tierras intermedias y no pudieron con nosotros. Lugalbanda, rey sacerdote de Uruk, la ciudad que fundaron los dioses en el principio de los tiempos, puso en pie un ejército para restaurar el omnímodo poder que algunos le discutían, y poniéndose a su frente recorrió la ancha tierra hacia el norte hasta alcanzar el lugar de los conflictos y las matanzas. A él debemos acatamiento, y a sus propósitos, que a todos convienen.
Nuestro objetivo es la mastaba que en el extremo opuesto de la ciudad se yergue, altísima construcción escalonada desde cuya cúspide los poderosos se relacionan con los dioses. Hasta la cumbre arrastraremos los carros del rey y su séquito ayudados por los asnos y los látigos de que disponemos. Somos atroces como ejército triunfador, y estamos embebidos en la soberbia de la victoria, que no fue fácil sino áspera e inclemente, aunque al fin los que todo lo pueden se dignaran derramar fortuna sobre los elegidos. Nuestro designio es la cima de la mastaba, a la que conduciremos el carro del rey y las hileras de guerreros cautivados, que ascenderán derramando sudor por la inclinada rampa, ahora esclavos y antes individuos libres en los campos, que se aventuraron a cambiar su plácida vida engañados por reyes y llevados a ello por la codicia.
Ya suenan urgentes los clamores de la victoria, y precedidos del enorme y albino onagro, rey de su manada, al son del tambor emprendemos la marcha triunfal que nos llevará hasta la más alta de las terrazas del zigurat. ¡Allá vamos!, pueblo de Uruk que nos admiras y agradeces lo que por ti hicimos; pueblo de Uruk, que ocasión tendrás en breve de reintegrárnoslo.


Ante nosotros se alza la puerta poderosa y abierta, y las gentes vitorean al ejército que penetra en la ciudad a la que libró del saqueo. Las columnas de hombres sudorosos patean el suelo siguiendo la cadencia que cantan los tambores, y el polvo se levanta y nos ciega. Más allá de la nube adivino caras jubilosas, expresiones histéricas, presencias que surgen y desaparecen y cuerpos que caen al suelo y son arrollados por la chiquillería que sin cesar se desplaza en busca de los mejores avistaderos... Sobre nuestras cabezas llueven briznas de paja que nos arroja la multitud enfervorizada, y aquí y allá observo el continuo circular de secos pétalos de flores que algunos personajes portan en enormes cestos y quedan prendidos en nuestras guedejas y corazas de cuero. La polvareda y el griterío nos envuelven, pero nosotros no cejamos en nuestro rítmico caminar tras el onagro albino, portador de las enseñas, que precede a cada regimiento. Las primeras callejas, ahora que hemos sobrepasado las formidables murallas, se muestran a derecha e izquierda, y por ellas afluye sin cesar una muchedumbre que parece no tener fin. Los tejados están repletos de personajes vociferantes, y el ruido de nuestros pasos resuena en la calle de paredes de barro ocultando casi el sonido de los tambores que ya doblaron la más cercana esquina. Apenas hay sitio para que las tropas transiten, y varias personas son apartadas a empellones por quienes nos preceden, sudorosos soldados que con el torso desnudo, a duras penas y provistos de látigos contienen a las gentes y azuzan a los animales que abren la marcha. [...]


Aquí dejo los enlaces a Ojos azules, por si alguien siente curiosidad:
Ojos azules en versión Kindle =
Ojos azules en papel =
Blog en el que se habla de Ojos azules:

En entregas posteriores (en este y otros blogs) seguiré hablando de estos asuntos, y mientras tanto podéis mirar aquí: