viernes 6 de noviembre de 2009

Cuando le cortaba las uñas de los pies...

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Este es un trozo de una de mis novelas, "Las estaciones", que está contada por un chaval de trece años. Él tiene una hermana de su edad, y ella una amiga que se llama Rosana. Están de veraneo en un sitio con lago y bosque y todo eso que tanto le gusta a los críos, y un día, jugando, a él se le ocurre una cosa...

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... y los dejé allí e hice como que me iba a la casa, hasta luego, hasta luego, pero cuando ya no me veían torcí y, entre los árboles, escondiéndome, bajé hacia el embarcadero del lago, y cuando pude verlo resultó que Rosana no estaba allí como yo creía y me dije, ¿dónde estará?, y entonces la vi entre los árboles, lejos, que andaba muy despacio y mirando al suelo, como si fuera pensando, y sin que me viera la estuve siguiendo muchísimo rato, de árbol en árbol y procurando no hacer ruido. Rosana llegó hasta la cabaña que había al lado de la tapia y se sentó en el suelo, se abrazó las rodillas con las manos y estuvo cantando bajo y mirando el lago, aunque desde donde estaba escondido se la oía un poco, y yo estuve sin poder dejar de mirarla hasta que las voces de los gemelos se perdieron a lo lejos, que seguramente se habrían ido a perseguirse al pinar, y tras pensarlo salí de detrás del árbol y, como hacía ella, o sea, muy despacio, fui andando hasta la cabaña, y ella no se movió sino que me miró llegar.
–Hola.
–Hola. ¿Qué haces?
–Nada.
Yo me senté a su lado.
–Hoy hace poco calor, ¿verdad?
–Sí, ¡se está más bien aquí...!
Entonces estuvimos un rato callados, yo mirándola de reojo, y Rosana, como sabía que la estaba mirando, arrancó una hierba del suelo y se la metió en la boca y empezó a chuparla.
–¡Jo, qué bueno hace...!
–Sí... –y como no dejaba de mirarla llegué hasta los pies y vi que llevaba sandalias, que las llevaba siempre.
–¿Nos bañamos en el lago?
–¿Ahora?
–Bueno, pues vamos al pueblo.
–No, que Patricia dice que no vayamos ahora, que hace mucho calor. Mejor luego.
–Ya, pero de todas formas podíamos hacer algo... –y de repente me vino una idea–. ¡Ya sé...! Oye, ¿quieres que te corte las uñas de los pies, como aquella vez?
–¡Ah!, ¿como aquella vez...?
–Sí.
Rosana lo pensó.
–Pero es que aquí no tenemos tijeras –y a mí se me ocurrió otra idea.
–Bueno, pues con los dientes... –y Rosana se asustó un poco, aunque luego dijo,
–¿Con los dientes...? ¿Tú crees que se podrá?
–No sé, podemos probar. ¿Probamos?
–Bueno, a ver –y se echó en la hierba mirándome.
–¿Así?
–No. Yo creo que mejor boca abajo –y Rosana, que llevaba unos pantalones cortos y una camiseta, se dio la vuelta.
–¿Así?
–Sí, así. Ya verás, levanta el pie –y dobló la rodilla y yo le cogí el pie con la mano, le quité la sandalia y ella dio un respingo.
–¡Huy...!
–¿Qué pasa?
–No sé... Que me ha dado como una cosa..., así...
–Bueno, espera, que no pasa nada, a ver si puedo –y me llevé el pie a la boca y sin poderlo evitar me metí un dedo dentro, y Rosana respingó de nuevo como nunca le había visto hacerlo.
–¡Ayyy...!
... y la cabeza se le cayó sobre la hierba, pero como no decía nada ni quitaba el pie yo seguí, se lo miré y seguí, mordí un poco la uña, por el extremo, y no era demasiado dura y parecía que se podía cortar bien, pero claro, al hacerlo le chupaba el dedo, o sea, tenía que chupárselo obligadamente, aunque fuera poco, porque si no, a ver cómo iba a hacer aquello, pero no me importaba porque estaba buenísimo, y seguí royendo hacia adentro y observé que a Rosana le daban como calambres y clavaba las manos en la hierba mientras hacía, ¡mmmhhh...!, y se movía un poco, y entonces le dije, oye, ¿te hago daño?, y ella no se dio ni la vuelta, sólo dijo otra vez, ¡mmmhhh...!, pero más fuerte, y con la cabeza parecía que decía que no, y yo entonces apreté los dientes más y le corté un trozo y ella dijo, ¡huy...!, y pegó otro respingo porque a lo mejor notó cómo se desprendía, y luego, después de observar mi obra, que sólo quedaba media, me volví a llevar el pie a la boca y seguí apretando con cuidado y pensé, es que lo tengo que hacer más despacio, y así estuve un rato, mordisqueando con mucho cuidado lo que quedaba, y ya parecía que lo había logrado cuando resultó que Rosana se había puesto muy nerviosa y se le movía el culo, no mucho, sólo un poco arriba y abajo, y como yo creía que se iba a soltar y ya no me quedaba nada, sólo una esquina, y ella seguía con las uñas clavadas en la hierba y se movía tanto, al final casi grité.
–¡No, espera, espera, que ya está! –y tras tantas contorsiones y no menos visajes, que ella se retorcía como si le estuviera dando algo, aunque se aguantó y pude cortársela del todo, fui y le solté el pie.
–Mira, ya está. ¿Está bien?
... y Rosana se dio media vuelta y no se miró la uña sino que me miró a mí despavorida, y luego se levantó a toda prisa y salió corriendo. Hizo, ¡huy..., huy...!, y se levantó muy apresurada y se fue sin despedirse ni coger su sandalia ni nada, salió corriendo y se fue hacia la casa, en donde desapareció.
Yo no entendí lo que había sucedido, claro, aunque por la noche, cuando estábamos cenando, ella no me miraba, y cuando durante un segundo lo hizo, o sea, que nos miramos, bajó la mirada a toda velocidad y se puso a mirar el plato como si le interesara mucho lo que había allí, que era gazpacho. Yo, sin embargo, conseguí mirarle los pies y descubrí que se las había cortado todas, las tenía otra vez todas perfectas y no se notaba nada lo que había sucedido aquella tarde.

sábado 17 de octubre de 2009

Sobre "Crucita y yo"



"Crucita y yo" es una novela que escribí hace años y en la que se cuenta la vida de dos hermanas, Nastasia y Crucita, que se llevan veinte años; como su madre se ha muerto, Nastasia hace de madre de Crucita. El Rockero, el Rockero solitario, también conocido como Monticola solitarius, es el novio de Nastasia y quien, por lo tanto, representa el papel de padre de Crucita. Quimera, por último, es una señora cubana que hace de chacha para todo y cuidó de Crucita mientras esta fue pequeña.
La novela tiene 650 páginas, y, por lo que yo sé, se lee de un tirón, o la gente la lee de un tirón y luego me dice, ¡pero qué burro eres, macho...!, porque a todo el mundo le gusta mucho y se lo pasan en grande con las aventuras de esta elementa, de la que, en la contraportada se dice lo siguiente:

Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...
Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...
¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...

Pero me dejo de rollos y pongo un trozo de este escrito, un monólogo de la niña cuando tenía cuatro años. Ahí va:


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En la época que cuento vivíamos en una casa muy grande. No tanto como la del pueblo, la de los abuelos, pero sí bastante buena. Ocupábamos casi una planta entera de un lujoso edificio, la planta alta, la de arriba del todo. El edificio era tan bueno que tenía hasta jardineras de cemento llenas de flores, y en uno de los lados vivíamos Maná, Quimera y yo, y en el otro Maná tenía instalada su oficina. A mí, al principio, no me dejaban entrar en él, pero luego empecé a ver por la terraza que algunas gentes se aposentaban en ella, al otro lado. Como había un plástico medio transparente en mitad algo se veía, algo se intuía, y una vez vi a uno de corbata, ¡qué raro es eso!, mucha gente lleva corbata y yo no sé por qué..., pero mis investigaciones no duraron mucho porque un día llegaron unos señores con aparatos y ladrillos y cambiaron el plástico por una pared. Lo hicieron muy rápido, pero Quimera se enfadó porque manchaban. ¿Manchaban? La verdad es que no mancharon casi nada, pero Quimera, así y todo, se enfadó un poco.
–Y ahora, ¿quién limpia esto...? Quita, niña, quita, que te vas poner hecha unos zorros. ¡Ay, Dios mío!
... y otras veces, cuando está algo cansada porque revuelvo mucho, ¡claro, qué voy a hacer!, es ley de vida, lo que dice es,
–Niña, mi amor, vete a ver la televisión –pero esto sólo me lo dice Quimera, porque Maná no quiere que contemple la pantalla de los mil colores.
Cuando era pequeña lo que hizo fue abrir el aparato por detrás con un destornillador –nunca hagas eso, te puedes quedar pegada para siempre, me lo dijo una vez el Rockero, pero ella lo hizo– y quitó una de las piezas. Desde entonces allí sólo se veían rayas y los mil colores se convirtieron en unos diez o doce. A veces la encendía, pero me aburría en seguida. Yo le decía,
–Maná, lleva a arreglar la televisión.
–Pero si no tiene arreglo, mujer.
–¿Cómo no va a tener arreglo? Seguro que todas las cosas tienen arreglo.
–Pues esta no.
... y Monticola el Rockero, una tarde que estuvo en casa haciendo cigarros de los suyos, me dijo lo mismo.
–Me parece que ese asunto, en efecto, no tiene solución.
El Rockero, y esto lo sé desde pequeña, se expresa como un libro abierto.
–¿En efe qué...?
–En efecto, niña, en efecto. ¿Tú no sabes lo que es en efecto?
–No.
–Bueno, pues siéntate ahí y acábate el batido.
–¿El batido...? ¡Oye, si no es un batido, que es un plátano...!
–Bueno, pues da igual. Acábate el plátano.
A mí siempre me ha parecido que los telediarios son el mayor acto de propaganda de los ricos. Allí salen unos señores repeinados representando el guión de los ricos. Los señores que salen son los locutores y los políticos, que también son locutores, locutores del punto de vista de los ricos, no hay más que oírlos[x1] . Yo empecé a darme cuenta de esto cuando era pequeña, muy pequeña, en cuanto oí diez o doce de aquellos telediarios.
–Maná.
–Qué.
–¿No te aburres?
–No, mujer. ¿Por qué?
–Pues por eso que dicen...
–Bueno, es que esto son cosas de mayores..., y baja los zapatos del sofá, niña.
Pero lo que digo no se para en los telediarios, el periódico parlante de los ricos, qué va. Ahora resulta que al recreo lo llaman no sé cómo, de una forma rarísima. Yo sólo tengo cuatro años, pero ya me parece que aquí alguien se ha vuelto loco, y si esto es así, cuando sea mayor, ¿qué pensaré? Yo quería tener un recreo como el de los niños de siempre, y un día se lo dije a Maná.
–Oye, Maná, que yo quiero tener un recreo como el de los niños de siempre. En ese colegio es un rollo...
–¿Por qué?
–Es que lo llaman no sé qué...
–¿Cómo lo llaman, mujer?
–Pues no sé... Mira, pero lo tengo aquí apuntado, en este papel –y le enseñé uno que nos habían dado en el colegio para que, a guisa de información, se lo diéramos a nuestros padres, y allí lo ponía.
–¿Qué pone aquí?
–¿Dónde?
–En lo grande.
–Pues pone, SEGMENTO DE OCIO.
–¿Ves? Eso decía yo... Oye, Maná...
–Qué.
–Que qué significa eso.
–¿Cuál?
–Pues lo de segmento no sé qué... –y Maná, porque yo creo que la estaba mareando, me dijo,
–Bueno, pues si quieres, no vayas más al colegio, ya buscaremos otro. Total, allí no os enseñan más que tonterías... –pero yo protesté.
–No, Maná, porque si no voy, ¿cómo aprenderé lo que significan las letras? –y ella me dijo,
–Pero tú, ¿para qué quieres saber lo que significan las letras? –y yo, la verdad, me quedé un poco atascada, pero al final dije,
–Pues... pa leer eso..., lo de eso... Es que no me acuerdo ya.
... de forma que fue Maná, bueno, y Quimera y Rosa y tantas otras personas, hasta el Rockero, quienes pasaron por allí y me explicaron lo que significan esos signos negros sobre fondo blanco. Lo que me dijo Rosa fue,
–Yo no me llamo Rosa. Me llamo Rosa Rose. ¿Lo entiendes? –y yo..., por supuesto que lo entendía.
También me dijo,
–La erre con la o... –y yo, contentísima, gritaba,
–¡Rrróooo! –y ellos se reían, claro, porque a todos nos gustan los niños que hacen monadas.
Luego decía,
–Y la ese con la a... –y yo me aceleraba.
–¡Sáaa...! –y todos gritaban.
–¡Eso, hija, eso! ¡Rrrró...!, ¡sáaaa...!
Menudas juergas nos trajimos con lo de las letras durante una temporada, el Rockero de los que más.
–O sea que quieres aprender a leer.
–Sí.
–Pues ya puedes empezar a comprarte libros.
–Me los compra Maná.
–¿Te los compra Maná?
–Sí, los que yo le digo.
–Ya, pero eso son libros de dibujos y tú necesitas libros de letras. ¿No te has fijado en que las letras son dibujos?
... y me hizo mirarlas con una lupa y la verdad es que sí, las letras son dibujos, son rayas y puntos. Las letras son sólo dibujos trazados por manos humanas y los perros no saben escribir... ¡Huy, qué risa!, no, ¡cómo van a saber...! Los perros no saben escribir ni creo que aprendan en la vida. ¿Y las gallinas...? Bueno, las gallinas a lo mejor sí pueden aprender.
–¿Tú podrías enseñar a leer a una gallina?
–Pues no sé, pero una vez vi en el circo a un caimán que cantaba canciones mexicanas.
–¿Síi...?
–Sí. Y a un mono que adivinaba el futuro.
–¿Síiiii...? ¿Tú vas al circo?
–Claro. ¿Tú no?
–No, yo no he ido nunca.
–¿Quieres que te lleve un día?
–Bueno, pero contigo, ¿eh? Tú también vas...
–Sí, mujer, claro. ¿Qué te creías, que me iba a quedar en la puerta? Vamos los dos como unos señores.
–Eso. Y llevamos a Maná, ¿eh?
–Hombre, por supuesto; y a Quimera, si quieres, también –y yo lo pensé un poco pero no me pareció lo más acertado.
–No, a Quimera mejor no.
–¿Por qué, mujer? Si seguro que le gustaba... –y yo lo pensé de nuevo.
–¿Está sucio el circo?
–¿El circo...? Qué va, está limpísimo.
... pero si Crucita la parlanchina, que soy yo, comenzó hace poco su andadura, resulta que su hermana Anastasia no le va a la zaga. Ella nació hace cierto tiempo y ya ha corrido mucho por la superficie terrestre, pero tampoco se para en barras. Véanlo ustedes.

. . .

Un día tía Conchita me llamó y me dijo... Bueno, no, mejor lo voy a contar de esta otra forma: resulta que en el país de los ciegos el tuerto es el rey... Bueno, no, tampoco.

(... y etc., etc., etc., que de esta forma continúa hablando Nastasia, es decir, Maná, que viene de una contracción que hace la niña de hermana y mamá).

sábado 26 de septiembre de 2009

Fotos de España

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Hoy traigo el enlace de una página que he puesto en la red para los que les gusten las fotos y les guste nuestro país. Es mi punto de vista sobre el asunto, y espero que más de uno (y de una) lo pase bien contemplando esta avalancha.

Hay muchísimas ausencias, pero tampoco se puede abarcar todo. De todas formas, imagino que iré añadiendo cosas según surjan.

Son casi 500 fotos, así que es preciso tomarlo con calma, que ver muchas seguidas suele ser muy agobiante.

Fotos de España
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lunes 7 de septiembre de 2009

CURIOSIDADES DE LA VIDA: una verdad contrastada con números

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(Esto no es un trozo de una de mis novelas, pero da igual, sirve lo mismo).

Si en enero de 2005 hubieses invertido 1.000 euros en acciones de Nortel Networks, una empresa de las que llaman "gigantes del sector de las telecomunicaciones", hoy tendrías 59 euros.
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Si hubieses preferido invertir esos 1.000 euros en acciones de Lucent Technologies, otro "gigante del sector de las telecomunicaciones", hoy tendrías 79 euros.
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Ahora bien: si en enero de 2005 te hubieses gastado 1.000 euros en SIDRA (en la bebida, no en acciones), te la hubieses bebido toda y hubieras revendido solamente las botellas vacías, hoy tendrías 90 euros.
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Conclusión: en eso que llaman actual escenario económico, pierdes menos dinero esperando sentado y bebiendo sidra todo el día.
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(Extraído de un correo de un amigo, y lo traigo a este lugar porque es la pura verdad. Como se puede deducir de lo anterior, lo que dicen los banqueros, los políticos, etc., o sea, los que hacen como que nos gobiernan, acerca de las virtudes del trabajo, el crecimiento, el estado del bienestar y otras zarandajas con que intentan enredarnos, es mentira. Los números demuestran que es mejor no hacer nada, o, en todo caso, nada de lo que ellos aconsejan).
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sábado 15 de agosto de 2009

Nastasia va a la playa (1979)

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Este es un trozo de la novela denominada "La efímera vida de Nastasia", que está algo después de la mitad del libro, más o menos. Como se supone que sucede en agosto, parece buena ocasión para ponerlo.

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Aquel año aprobé todo, aprobé la reválida, hasta con buenas notas, y mi madre me dijo,
–¿Te acuerdas de lo que te prometí? ¿Quieres que nos vayamos tú y yo a ver el mar? –y el corazón me dio un vuelco.
–¿De verdad?
–Pues claro. No podremos ir mucho, pero unos días sí.
Mi madre me miró divertida y añadió,
–Pero no se lo digas a tu padre. Le decimos que nos vamos al pueblo y ya veremos lo que hacemos, ¿vale? –y así fue la cosa.
Primero estuvimos con los abuelos unos cuantos días, y luego, en autobús y en tren, nos fuimos a un pueblo que se llamaba La Antilla. No eran Las Antillas, ¡qué más hubiera querido yo!, que estaba deseosa de emigrar a cualquier sitio que me hubieran propuesto –aunque con mi madre al lado, claro está, de la que no me hubiera separado por nada del mundo–, pero aquel lugar al borde del Atlántico, con su mar azul, su enorme playa de blanca arena –aquella sí, y no la que había visto en mi viaje en vespa–, sus embarcaderos de madera, sus barquitos que iban a pescar todas las tardes y su perenne buen tiempo, me pareció el colmo de las maravillas, y los primeros días los pasé en la playa sin querer moverme de ella.
–Pero, mujer, que tenemos que comer...
... y yo, sin levantarme de la arena, decía,
–Ya, pero es que no tengo gana... ¿No quieres ir tú sola? –y ella se iba y volvía al cabo de un rato con bocadillos y cocacolas.
–¡Jo, mamá, qué buena eres! –y mi madre se reía.
–Pero, niña, ¿eres tonta...? ¡Come, venga, que estás en los huesos!
... y allí comíamos las dos tan contentas, y luego nos pasábamos toda la tarde bañándonos, dándonos crema y aprovechando los rayos de sol hasta el final, y si yo no quería salir de la playa era porque mi madre, al llegar, me compró un bikini, mi primer bikini, y estaba aprovechando para ponerme morena en condiciones, por la tripa y por todas partes, cosa que nunca había hecho.
Nosotras llegamos para pasar diez días, pero algo debió de suceder que yo no sabía, porque al cabo de una semana, un mediodía, ella me dijo,
–Ven conmigo, vamos a ver a un antiguo conocido tuyo –y fuimos a uno de aquellos bares que había en la playa en donde nos encontramos a Juanito, sí, el macizo de Europa, que me dijo,
–Pero, chavala, ¡cómo has crecido...! –porque hacía bastante que no nos veíamos y yo estaba muy grande, casi tanto como de mayor.
Él nos invitó a comer allí mismo, y durante la comida estuvieron hablando de negocios. Lo que Juanito quería era que mi madre se quedara a trabajar allí todo el verano.
–¿Todo el verano? No sé si podré... –y él pareció quedarse muy desilusionado.
–¿No? ¡Pues no sabes la faena que me haces! Bueno, si no puede ser, ya buscaré a alguien... –pero yo, que ya me veía pasando las vacaciones en aquel lugar paradisíaco, intenté animarla.
–Mamá, ¿por qué no te puedes quedar? Así nos quedamos las dos...
–Sí, pero es que no sé qué va a decir tu padre... Esto no estaba previsto... –y al final todo se arregló, o medio arregló, porque mi madre era de lo más hábil y persuasiva.
Estuvo hablando por teléfono con él varias veces y le convenció. Supongo que le diría que allí se ganaba bastante dinero, que para mi padre era un argumento definitivo, pero el caso fue que nos quedamos todo el verano, y yo, algunos días, estuve haciendo de camarera, sirviendo platos de mesa en mesa como uno más, sobre todo los fines de semana, que era cuando iba más gente. Los domingos iba tanta gente que se acababa todo lo que había en el bar, y los que trabajábamos, mi madre, la cocinera, los de la barra y los demás, acabábamos derrengados y a las nueve de la noche echábamos el cierre, poníamos un cartel en la puerta y nos íbamos.
Mi padre, no obstante, llamó varias veces para que volviéramos, y por lo visto llamaba cabreado, claro, pero mi madre le toreó durante una temporada.
–Le he dicho que hay muchísimo trabajo y que ahora no puedo ir, ¡estamos en plena temporada!, y que tú, pudiendo estar aquí, allí no pintas nada. Porque tú no querrás ir, ¿verdad? –y yo, sorprendida, exclamé,
–¿Yo...? ¡Ni hablar!
Luego dijo,
–Ya verás como aparece por aquí. Seguro que viene el fin de semana –y así fue.
Mi padre vino a ver qué sucedía y si era cierto lo que mi madre le había contado, porque se presentó un viernes por la tarde de sopetón y sin avisar, como si nos fuera a coger en alguna mentira. Seguro que él pensaba eso, pero mi madre, cuando llegó, estaba en el bar dando órdenes a diestro y siniestro y organizando todo para el fin de semana, y yo en la playa, aprovechando hasta el último momento, y se tuvo que callar. Vamos, callar tampoco. A mí me dijo,
–Estás demasiado morena. ¿Tú has visto esto...? Esta niña está negra como un tizón. ¿Tú no sabes que eso no es bueno?
... como si le importara algo lo que me sucediera a mí, y a mi madre la intentó convencer para que dejara todo y se volviera a casa, pero ella, muerta de risa y sin hacerle ningún caso –porque mi madre no se enfadaba nunca, ni aun con mi padre, que era muy pesado–, le dijo,
–Bueno, bueno, tranquilo. Ya ves que esto se acaba en septiembre y hasta entonces no puedo volver. ¿No dices que no trabajo nada y que todo lo que hago son tonterías? Pues mira, ahora estoy ganando tanto y cuanto –y como lo que dijo era bastante más de lo que él ganaba, se tuvo que callar.
Le sentó como un tiro y se puso a rutar, según costumbre, pero se calló, y aquella noche me mandaron a dormir a otro lado. Como en donde nos quedábamos no había sitio para los tres, le tuve que dejar la cama a mi padre e irme a casa de una señora. Era la que nos vendía las verduras para el bar, que vivía sola y me dio cobijo aquellas dos noches.
–Si no son más que dos noches, no hay inconveniente. Ya sabe usted que yo no hago estas cosas, pero una emergencia es una emergencia. Además..., ¡si el que viene es su marido...!
... y por la noche la señora me dijo,
–¿No quieres salir? Vete a dar una vuelta, mujer, que este es un sitio muy tranquilo –y yo, que no las tenía todas conmigo, salí después de cenar.
Anduve sola un rato por allí, me comí un helado y volví adonde iba a dormir, y la señora, que me estaba esperando, se interesó mucho por mi paseo nocturno. Me preguntó,
–¿Te ha gustado? Este pueblo es muy bonito, ¿verdad? Además, ahora hay mucha gente y está muy animado.
Eso fue el viernes, y el sábado repetí. Como había estado todo el día trabajando como una negra –observada por mi padre desde la barra, de la que no se separó ni un momento, porque la playa ni la pisó–, estaba muy cansada, pero por la noche volví a salir. Di otro paseo por el mismo sitio que la noche anterior y observé que la gente me miraba. Algunos hasta me dijeron cosas, pero no les hice caso porque no me gustaron, y en seguida volví a casa porque al día siguiente tenía que trabajar otra vez y aquello era bastante cansado, y al final mi padre se fue sin despedirse, clara señal de que se había ido cabreado; cogió el coche y desapareció. El domingo por la tarde, que estábamos las dos trabajando en el bar, mi madre, desde su mesa de control, me preguntó,
–¿No ha venido tu padre a despedirse? –y como yo, que pasaba por allí con una pila de platos sucios, negara con la cabeza, añadió–. Pues se ha debido de ir porque mañana por la mañana tenía que trabajar. ¡Paciencia, mujer! –y mi madre, en el fondo, lo decía un si es no es risueña; en realidad no se reía, pero sólo le faltaba hacerlo.
Así estuvimos todo lo que quedaba de verano, hasta septiembre. Cuando el bar se cerró nos fuimos unos días al pueblo, con los abuelos, y a mediados de aquel mes volvimos, las dos con gran pesar en el corazón, a nuestra casa de la gran ciudad, en donde Kraka nos esperaba como agua de mayo y con todo hecho un asco. No había barrido ni una sola vez, y por el baño y la cocina parecía que había pasado un ciclón. Ninguno de los objetos que contenían estaba en su sitio, pues la mayoría se aposentaban en las mesas, las sillas, el suelo y, sobre todo, el fregadero, que rebosaba, y no sólo de platos y toda clase de cacharros sucios, no, sino también de amplios cultivos de las más selectas variedades de hongos.

sábado 1 de agosto de 2009

Referencia externa a Camargo Rain

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Hoy pongo la dirección de un señor que se refiere a uno de mis libros. Me hace gracia el texto que ha elegido, que está en "Las estaciones", una de mis novelas, y aún más gracia que me haya puesto el primero de la lista, lo que quizá indique que es lo que más le ha gustado, aunque suene un tanto inmodesto. Bueno, pues desde aquí se lo agradezco.
Este señor (Ángel Romero) está en Canarias, creo que en Tenerife, en donde mantiene algo relacionado con la informática, y las direcciones que se refieren a un servidor son

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/index.html

y

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/camargo-rain/index.html

lunes 13 de julio de 2009

Una película veraniega

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Pues resulta que el otro día hice una película (una cosa mínima, vamos, que nadie se alarme) para que el personal pueda ver algunas de las fotos que he hecho durante el último año, y para amenizarla la monté sobre una música que, para los no iniciados (porque los enterados la reconocerán al instante) diré que es el tercer movimiento del concierto de don Antonio Vivaldi que se conoce como "El verano"; es decir, una de "Las cuatro estaciones". Este tercer movimiento se llama "La tormenta" (estival, se supone) y está escrito para orquesta de cuerda y bajo continuo. Ahora bien, yo me dije, lo voy a tocar con el teclado (un aparato eléctrico que suena como tú quieras) en plan clavecín, y dicho y hecho... Porque, aunque a alguno le extrañe, el que toca es un servidor (este renombrado Camargo Rain que sale por todas partes), y lo hice en casa, durante un rato libre, aunque la tuve que tocar varias veces, claro es, antes de hacerme a ella... (Y luego dicen que los músicos del barroco eran aburridos y no tenían marcha...; ya quisieran los de ahora).

Bueno, pues tras tan largo preámbulo, ahí va la peli, de la que tengo que decir que en you tube se ve bastante peor que en mi ordenata, pero qué le vamos a hacer, que la cosa no tiene remedio; lo que resta se puede suplir con la imaginación. El enlace es:


FOTOS DE OTROS MUNDOS


(Nota final: Castrojeriz se escribe con jota; perdón, pero ya era mucho lío cambiarlo y volver a subir la peli).

martes 23 de junio de 2009

Noche de San Juan

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El Viaje al verano es una de mis novelas, y de ella he puesto algunos trozos en estas páginas, como uno que se llama «los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas». Esta noche es la noche de San Juan, y me parece ocasión oportuna para colocar aquí lo que puede leerse en la contraportada.

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El VIAJE AL VERANO es la historia de una noche de San Juan. Nuestros personajes –y son unos cuantos–, iluminados por la luz de la luna mora y el errante cometa la disfrutan como si se tratara de una de esas catarsis del alma de las que tanto se habla. ¡Allá va todo lo que nos sobra! Sobre las llamas de la hoguera purificadora vuelan sillas desvencijadas, antiguas anotaciones, cepillos de dientes...
–¿Y amores no correspondidos?
–Por supuesto. Y malhumores, impaciencias y amarguras, pesadumbres y sinsabores, aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria.
–Y hasta un pulpo...
–Bueno, sí, hasta un pulpo. Un pulpo como de metro y medio de envergadura.
... consumido por el fuego y convertido en pavesas que se ciernen en brillante torbellino...
¡Buen viaje!

martes 16 de junio de 2009

Influencia del alcohol sobre la escritura

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Trucos diversos sobre el arte literario. Capítulo primero.

Está demostrado que con la ayuda de un litro de cerveza pueden escribirse, cuando menos, doscientas palabras (1). Una novela normal tiene ochenta mil, es decir, cuatrocientas veces doscientas, de donde se deduce que con cuatro hectolitros de semejante bebida, que son una miseria, se puede escribir una novela, y esto son apreciaciones muy por encima de la media; lo más probable es que se pueda hacer con una cantidad mucho menor.

"La poesía y el alcohol caminan juntos bajo las estrellas".
(Proverbio de ignorada procedencia (2) que conocen muy bien la mayor parte de aquellos que se dedican a semejantes labores).


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(1) Con un litro de sangre se puede componer una novela entera.
(2) En realidad, debido a la pluma de Camargo Rain, al que de súbita forma vino a la mente mientras leía Ben Ammar de Sevilla, de Claudio Sánchez Albornoz (debe de ser que allí se dice algo muy parecido); hay que tener en cuenta que la prosa no es sino un caso particular de la poesía. A este respecto puede leerse lo que en la Gramática de la lengua española de Emilio Alarcos se dice sobre la curva y contorno de entonación, en la página 49 y siguientes, edición de Espasa promovida por la Real Academia Española en la colección Nebrija y Bello. Puede consultarse en internet.



viernes 29 de mayo de 2009

Sobre las andanzas de Juan Evangelista

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No sé si en este blog he hablado de Juan Evangelista, que nació en 1680, recorrió los cuatrocientos confines del mundo y murió trescientos años después, o sea, ahora. Su vida está contada en cuatro libros que, a manera de saga, escribió al final de su vida ("Edad de las tinieblas", "Siglo de las luces", "Era de las máquinas" y "Perpétuum móbile"), pero lo que desde luego no he dicho es que una vez hice una especie de peli (muy corta, eso sí) en la que se ilustra un poco cómo fue aquello. La dirección es:
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miércoles 13 de mayo de 2009

Vídeo clip sobre "Europa barroca"

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He hecho una peliculita (más bien un vídeo clip) en la que se intenta describir cómo es esa novela de la que he puesto algunos trozos en este blog: "Europa barroca".
Es muy corta, y para verla no hay más que ir al siguiente enlace:

miércoles 15 de abril de 2009

Yo me llamo Cacho Madera

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Traigo hoy unas páginas de "Europa barroca", esa novela (la he escrito yo; lo digo por los nuevos) que cuenta la fantástica vida de tres personajes, Eduguá, la negra y el cachalote telépata y habitante del océano Atlántico. Eduguá tiene un hermano, Cacho Madera, un tipo que mide más de dos metros y ha hecho de su vida un sayo, y como ha pillado una de esas enfermedades "nuevas y misteriosas para las que no existe cura", acaba donde cualquiera se puede imaginar, aunque incluso a las puertas de la muerte aún tiene ganas de broma...
Esta no es una novela normal, de las de ahora, de esas que empiezan con el protagonsita entrando en un bar y encontrándose con alguien del sexo opuesto... (¿Por qué la mitad de las narraciones que veo por ahí empiezan de semejante manera? Misterio). No, esto es otra cosa, y para ilustrarlo (aunque esto no es el principio, sino un fragmento de su misma mitad), ahí van mil palabras.


Yo me llamo Cacho Madera

Desde el control me dijeron que me fuera despidiendo, entró la monja y me dijo que me fuera despidiendo, debió de escapársele. Esta monja es muy grande y desconsiderada, aunque yo lo prefiero. El otro día el médico le echó una bronca de padre y muy señor mío...
Yo no sé cómo es esto de la técnica. A veces creemos que puede hacerlo todo... Sin embargo, yo aquí y las estrellas, sí, yo aquí y las estrellas, y si me descuido, sólo un descuido, vendrán hasta los de Recursos Humanos, los Asistentes Sociales o comoquiera que se los conozca ahora. Esos también hacen pajas, pero unas pajas muy raras; yo prefiero las normales.
Ahora veo la superficie del mar, la veo en ocasiones y cuando menos me lo espero. De repente allí aparece la azul superficie del mar plagada de bichos saltarines que croan como ranas y circulan ante mi punto de vista; deben de ser delfines. Una vez vi a un oso blanco paseando nerviosamente por la orilla de un mar glacial, un salmón se comía a un arenque, una foca se comía al salmón, y luego el oso se comía a la foca... Luego no sé qué sucedió, porque entró la monja y me despertó: ¡su inyección! Entonces yo puse el culo, como de costumbre... Me parece que estas medicinas modernas, esos líquidos rojos y transparentes, no sirven para nada, o por lo menos a mí no me sirven para nada. Yo sigo aquí, en la cama, a veces en el sillón, pero las fuerzas no me vuelven. En ocasiones parece que sí, y entonces me torno optimista y le digo a Sandy,
–Cuando todo esto acabe tenemos que dar la vuelta al mundo; yo no la he dado nunca. No sé a qué estaba esperando, pero ahora que estás tú aquí lo podemos hacer. A lo mejor es que me daba pereza hacerlo solo, pero eso se acabó. ¿Quieres ir a Ceilán? Sí, primera parada en Ceilán, y luego, ya que estamos allí, podemos intentar subir en el teleférico del Everest. Dicen que hay mucha cola, pero si se va con dinero por delante te la saltan y pasas el primero. También podemos ir a Pelotas. Está en el sur de Brasil y he oído decir que allí están las mejores playas del mundo. ¿Tú no sabes esa que dice, mi tío, que es brasileño, pasa en Pelotas el mes de abril...?
–No le digas eso a la niña.
–¿La niña...? ¡Pero si es muy mayor! Sandy, díselo a tu tía... Hermana mía, pareces una de los de Recursos Humanos.
Bueno, y otras veces, en vez de la azul y espejeante superficie del mar, lo que he visto ha sido la totalidad del Cosmos. Yo no sé si esto tiene que ver con lo que sucede cuando te ponen la inyección y ves las estrellas, porque con algunos de esos líquidos ves las estrellas. Como la monja debe de ser un poco sádica, tarda más de la cuenta en enchufármela y dice, aguante, aguante, sí, aguante, ¿eso no se puede hacer mejor?, y ella me dijo, no, es así como hay que hacerlo.
En cierta ocasión una voz me habló.
–Hace veinte millones de sus años que arribaron las primeras Oleadas, los primeros torbellinos de luces azules. ¿Azules...? Sí, ¿por qué no? Las primeras luces azules se produjeron hace cierto tiempo, algo después de nuestra toma de contacto con este lugar apartado.
Yo no sé si fue la abuela; la abuela hablaba con el pensamiento y la voz que oí me pareció la suya. Esto es difícil de determinar, más en mis circunstancias, pero aquella voz me pareció la suya, aunque la abuela nunca me habló de las estrellas ni de los misterios que encierra el Universo; eso lo he aprendido yo solo hace poco.
–No, hija, a las estrellas no iremos, por lo menos tú y yo. Iremos mejor a alguna playa de una isla desierta. Las estrellas son lugares demasiado complicados para nosotros, los seres humanos del siglo veintiuno. Están demasiado lejos, y una vez allí, cuando llegas, no sabes qué hacer. ¿Cómo te vas a pelear con el principio de exclusión entre neutrones? Las fuerzas son demasiado poderosas y no hay nada de comer.
Claudia me mira alucinada. Seguro que se está preguntando dónde he aprendido eso del principio de exclusión. Pues lo leí en un libro que me trajo el guarro. El libro estaba muy bien, muy claro. Era un poco antiguo, pero me ha dado igual porque tenía muchísimas fotos y dibujos; lo explica todo claramente. Ahora resulta que al guarro, que era tan tímido de pequeño, le ha dado por la física, y yo, desde que leí el libro, empecé a tener visiones cosmológicas...
Cuando me entró el bicho, el bisonte dentro del organismo, y lo digo ahora que ya sé que la luz del mundo se acaba, me dije, adiós mates, adiós pases y asistencias, ¡con lo bueno que era yo en esto de las asistencias...! Lo aprendí de pequeño, cuando jugaba de base, y engañas a todo el mundo. Miras hacia la derecha y lanzas el balón al que tienes a la izquierda. También lo puedes hacer poniéndote de espaldas y soltando el balón hacia atrás y por encima de tu cabeza, así sí que engañas a todo el mundo, nadie se espera semejante pase. Yo engañaba hasta a los de mi equipo, y el balón se iba fuera del campo y lo perdíamos. Cuando se juega hay que estar muy atento, menudas broncas tuvimos por ello... ¿Y qué me dicen del corte Ucla? Esto del corte Ucla es antiguo, muy antiguo, se descubrió el siglo pasado pero se sigue usando. Para hacerlo bien hay que tenerlo muy ensayado, pero para eso están los entrenamientos. Yo no sé cuando podré volver a entrenar. Entre unas cosas y otras lo tengo un poco abandonado, aunque en realidad es lo único que sé hacer, ¿o debería decir, que sabía hacer?

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Últimas entradas en mis blogs:

Alubias con langostinos y mejillones

Calatrava en el siglo XII

El cuento del gnomo vestido de rojo

miércoles 1 de abril de 2009

La moderna picaresca

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Algunos ejemplos de la moderna picaresca que acompaña a los concursos convocados por organismos públicos y no tan públicos.

Ejemplo 1- el de una conocida editorial.
Cuando yo comenzaba a escribir tuve noticias de uno de esos concursos que hay en el mundo editorial, y como entonces era totalmente novato y había escrito una novela de la que pensaba que era el no va más, me apresuré a hacer cuatro copias (cuatro pedían, nada menos) y enviarlas a la dirección que allí se decía. Sin embargo, al empaquetarlas, me llegó un soplo venido de lo alto que me dijo: intercala un pelo entre las páginas y observemos qué sucede.
No sé cómo se me ocurrió aquello, puesto que entonces era por completo ignorante de los turbios manejos de determinadas instituciones (quizá había oído campanas...), pero el caso fue que así lo hice. Me arranqué unos cuantos cabellos de mi enmarañada cabellera y los coloqué cuidadosamente cogiendo bastantes páginas por la parte de abajo y bien pegados con Pritt, pegamento, como se sabe, muy endeble y sólo a propósito para papel.
Pues bien, cuando al cabo de varios meses reclamé mis libros, y bien que me costó que me los devolvieran, observé que los pelos seguían religiosamente en su sitio; es decir, que nadie los había abierto, ni siquiera hojeado, pues los citados apéndices capilares hubieran volado.

Ejemplo 2- Concurso de fotos convocado por la consejería de Cultura de cierta comunidad autónoma.
Ídem del lienzo me sucedió en un concurso de fotos. Las envié dentro de un gran sobre de Ilford, y bien pegado (el sobre) con cinta de embalar, y para que no hubiera duda, en ella escribí con un grueso rotulador mi nombre. Cuando me las devolvieron comprobé que la cinta de embalar seguía intacta y en su sitio, y nadie había abierto el sobre.

Ejemplo 3- Concurso de fotos en un ayuntamiento.
Dado lo antedicho, habrá quien piense que nadie me ha dado nunca un premio... Pues nada más lejos de la realidad, puesto que he ganado alguno de estos concursos, todos de la misma manera, y como para muestra basta un botón contaré lo que me sucedió en cierto ayuntamiento que había convocado un premio menor dentro del ramo de la fotografía.
Cierto día me telefoneó un conocido, concejal del antedicho organismo, y me dijo, oye, no tendrás por ahí alguna foto..., porque vamos a dar un premio y había pensado que... Tú pon tu nombre por ahí que ya me ocuparé yo de todo, y del premio no te preocupes; no es mucho, pero para una buena cena ya nos dará.
Y, en efecto, sucedió como el edil me había dicho. Al poco tiempo me enviaron una historiada carta con muchos membretes y matasellos, en la que se me anunciaba que yo había sido el afortunado ganador de tal y cual (y esto y lo otro), y que podía pasar a recoger el premio etc., etc., etc.
La cena tuvo lugar al poco tiempo, y el concejal, por decirlo ya todo, no se cortó ni un pelo: pidió angulas, aunque se las darían congeladas, puesto que era en junio.

MORALEJA: en este mundo del que hablamos, el que no tiene padrinos, no se bautiza.

lunes 16 de marzo de 2009

A mí no me desvirgó mi padre...

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Fragmento de la novela denominada "La efímera vida de Nastasia". El texto que va a continuación ha sido muy celebrado (tiene gracia) por los lectores de blogs, muchos de los cuales andan buscando términos como "desvirgar" y otros por el estilo. Bueno, pues que nadie se frote las manos, que aquí no hay nada verde, sino un trozo de una historia real como la vida misma.

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A mí no me desvirgó mi padre...
¿Ya dije que a mí no me desvirgó mi padre porque no le dejó mi madre? Bueno, pues si no lo dije antes, lo digo ahora: a mí no me desvirgó mi padre porque no le dejó mi madre, que si no..., porque él lo intentó, bien lo sabe Dios, o lo medio intentó, pero una vez más mi ángel guardián, o sea, mi madre, apareció en el momento oportuno y le chafó la operación. Además, aquello fue con premeditación, porque aunque el día en que sucedió estaba borracho, llevaba tiempo pensándolo, eso lo sé seguro, y con nocturnidad, y de la alevosía no voy a decir nada porque no estoy segura de lo que significa, pero seguramente también; allí concurrió todo.
Era por la noche, como a las diez, y yo estaba a punto de meterme en la ducha cuando se oyó la puerta de la calle, mi padre, evidentemente, porque mi madre solía cerrar de otra forma, y luego unos pasos misteriosos, unos pasos raros... Yo pensé que a lo mejor había entrado alguien y abrí un poco, lo justo para mirar, con tan mala suerte que en aquel momento él pasaba por allí tambaleándose. Mejor dicho, él estaba ante la puerta con una expresión rarísima, una expresión que nunca le había visto. Venía como una cuba, y aunque solía beber bastante, cubatas y todo eso, no era de los que se les nota. Sin embargo, aquella vez fue diferente. Me miró de medio lado, empujó la puerta de un manotazo, la abrió del todo y, balbuceando con una extraña y aguardentosa voz, me dijo, a ver..., qué estás haciendo... Se vino hasta mí con rápidos pasos, me agarró por una muñeca, y yo, pasmada, intenté soltarme, pero con tan mala suerte que lo único que conseguí fue que me retorciera el brazo.
–¡Ayyy...! –chillé–, ¿qué haces...? –pero el no me soltó, todo lo contrario.
De repente me encontré cara a la pared e inmovilizada y sólo tuve un segundo para pensarlo, porque, acto seguido y antes de que pudiera hacer o decir nada, con la mano que le quedaba libre me bajó de un tirón las bragas por detrás, no digo más. Yo me quedé tan sorprendida que pegué un grito. Intenté volverme, o sea, darme media vuelta, pero él no me dejó. Como me tenía agarrada por la muñeca sólo pude darme un cuarto de vuelta y forcejear, y él gritó, ¡estate quieta...!, y con las mismas me dio un azote bastante fuerte en todo el culo.
Yo me quedé helada; vamos, que me quedé paralizada. En la vida me había sucedido algo semejante, y mucho menos con mi padre. De acuerdo en que él era una bestia, y se comportaba conmigo de la forma más grosera posible, pero aquello era distinto. Estaba fuera de sí y había perdido por completo el control, bastaba con verle. No podía ni articular y se tambaleaba, y además me echó una mano al cuello, me agarró con fuerza por el cuello, por detrás, y me hizo daño, tanto que chillé histéricamente, ¡ayyy...!, ¡suéltame...!, pero claro, entre unas cosas y otras resulta que yo estaba pegada a él, y al apoyarse noté en el sitio justo..., ¿se imaginan ustedes lo que noté? Pues sí, eso fue. Entonces creí llegada mi última hora y me dije, las tijeras de las uñas, ¿dónde están las tijeras de las uñas?, porque las tijeras de las uñas eran unas tijeras curvas que conocía desde que nací, unas tijeras pequeñitas y medio oxidadas que siempre estaban en un cestito en una de las baldas, lo que seguramente sucede en muchas casas. También había unas limas y otros adminículos para estos menesteres, todos muy viejos, pero a mi cabeza vinieron las tijeras, las tijeras curvas, las tijeras curvas y como muy a propósito para metérselas a alguien sabe Dios por dónde, por donde pudiera... Sin embargo, era tal mi ofuscamiento que aquella idea, tal como me vino, se fue. Ni me atreví ni me dio tiempo a hacer nada. Yo sólo quería salir de aquella marea ascendente que amenazaba con ahogarme y empecé a dar tirones y a contorsionarme, y como el suelo estaba mojado, me caí, y él encima. Ya no digo que se tirara, no, pero era tal la confusión que se cayó, y claro, como el cuarto de baño era pequeño, se me cayó encima. Sin embargo, yo había conseguido soltarme y me puse a manotear sin saber ni lo que hacía...
La situación era desesperada, calculen ustedes. Yo allí, tirada por el suelo y con el culo al aire, forcejeando, pataleando y chillando como una condenada. ¡La ola gigante me había alcanzado, una de esas olas gigantes y asesinas...! Cuando viene la ola no se puede hacer nada, sólo encaramarte al lugar más alto que tengas a mano, y si tienes suerte la ola pasa por debajo y ni te toca. Si tienes una montaña cerca, lo mejor es subir a ella; lo más seguro es que hasta allí no sea capaz de llegar la ola gigante y asesina... Yo tenía que subir a algún lado, sí, pero en mi ofuscamiento no sabía cómo hacerlo..., y entonces, de repente, se oyeron nuevos ruidos.
Se oyó la puerta de la calle cerrarse y otros ruidos por el pasillo, pasos acelerados que culminaron con la entrada de mi madre en donde estábamos. Entonces los gritos se redoblaron, y aunque yo, desde mi nube, no entendí casi nada de lo que se dijo, dos palabras sí se quedaron por allí flotando como si rebotaran en las paredes. Estas dos palabras eran, hijoputa y niña.
–¡Hijoputa!, ¡niña...!, ¡hijoputa!, ¡niña...! –era como si tuvieran eco.
Luego abrí los ojos y vi la cara de mi padre que, histéricamente y como si le estuvieran haciendo mucho daño, se retiraba de mí, se elevaba, se alejaba..., porque mi madre le había agarrado por los pelos y le estaba levantando a pulso, o a tirones, y que te levanten por los pelos a tirones, más estando borracho y babeando, no debe de ser una situación envidiable. Total, que le debió de hacer tanto daño, o que se le revolvieron las tripas aún más de lo que ya las traía revueltas, que, ¡plas!, soltó una vomitona monumental que me cayó encima entera, un poco en la cara pero casi todo lo demás en el cuello y zonas colindantes, y de allí se escurrió al suelo. Yo solté un berrido como no oyeran los siglos. Cerré los ojos y la marea de antes me cubrió por completo, aquella vez sí que casi me ahogo.
Yo tosí, escupí, rugí..., ¿qué más podría decir...? Los líquidos de mi cuerpo se convulsionaron de tal manera que me pareció que me hinchaba y elevaba... Sin embargo, el que se elevaba era él. Hacia allá arriba se iba su cara descompuesta, su cara irreconocible. Se levantaba más y más y yo pude al fin respirar, pero no sin tan mala fortuna que tragara alguna de aquellas miasmas que sobre mí había arrojado, y que me supieran a rayos, de suerte que, aterrorizada, me incorporé demasiado deprisa y me golpeé con el canto del lavabo, que por allí cerca me aguardaba, quedándome por un momento aturdida y confusa.
Luego se oyeron más golpes, portazos, gritos lejanos, en fin, todo lo que a ustedes se les ocurra, y al cabo de un momento entró mi madre muy apresurada en el baño, en donde yo, balbuceando, moqueando y tosiendo como si me ahogara, intentaba vanamente ponerme del todo en pie, pero ella me ayudó y me dijo,
–Métete a la ducha, venga –y cuando lo conseguí me regó de arriba abajo.
El agua debía de estar fría, pero de eso no me di cuenta. Yo noté el agua que me quitaba la mierda, que se la llevaba hasta el desagüe, y por un momento estuve quieta, aunque balbuciente...
Pocas veces había oído chillar a mi madre, que habitualmente se comportaba de la manera más exquisita, incluso en situaciones que no lo merecían, pero aquella vez lo hizo por todas las anteriores, y es que las circunstancias no eran para menos.
Yo había oído un berrido que no comprendí, vamos, sí, entendí dos palabras, hijoputa y niña, y lo demás lo supongo. Luego asistí a un terremoto del que no salí descalabrada por pura casualidad, y como colofón me encontré sumergida en una considerable inundación de jugos gástricos ajenos, imagínense ustedes, ¡como para no gritar...!, y todo esto sucedió cuando yo acababa de cumplir los trece años, la mejor edad, según muchos hombres, entre ellos mi padre, pero lo que cuento –algo más común de lo que puede parecer a simple vista, según me he enterado después–, tampoco me parece tan raro porque mi padre se cogía unas cogorzas considerables, esta era una de sus facetas más características, y yo, a la edad que dije, tenía un culo como un balón de fútbol, más o menos, sobre todo por lo redondo, aunque seguramente también por las patadas que me había llevado precisamente de él. La naturaleza es sabia y nos defiende, crea capas de grasa acolchada en los lugares adecuados..., y con lo que a mi padre le gustó siempre eso del fútbol...
Esta sería una explicación, aunque ya sé que no entera, pero para resumir diré que si mi madre no llega a casa en el momento oportuno, a mí no me salva ni la caridad; ya me tenía cogida por todas partes, y lo siguiente iba a ser... Yo entonces lo vi venir claramente, llegué a pensarlo, pero yo era pequeña, y cuando se es pequeña todo resulta muy confuso. A lo mejor no se hubiera atrevido, por ejemplo, o no hubiera podido, porque los borrachos casi nunca pueden hacer esas cosas... En fin, cualquiera sabe, y por ello prefiero no decir una sola palabra más; en estos asuntos es mejor ni pensar.
¡Pobre mamá!, con lo que tuvo que lidiar. Mi padre borracho y devolviendo, y, presumiblemente, revolcándose en su propia mierda en la cama, ¡en su cama...!, y yo, histérica y descompuesta en el cuarto de baño, gritando, balbuceando, sin saber lo que hacía ni lo que decía, ¡vaya panorama...!, pero mi madre era una persona única. Ella sola pudo con todo. No sé lo que haría con mi padre, aunque aún fue un par de veces a su cuarto con toallas y jofainas y volvió renegando, pero a mí, cuando me harté de dejar que corriera el agua sobre el cuerpo, me dijo,
–Nastasia, vete a la cama, anda, que ahora voy yo –y despavorida y desnuda salí del baño, recorrí el escaso trozo de pasillo a la carrera, entré en mi cuarto, cerré de un portazo y me senté en la cama a llorar.
Allí fue donde me encontró ella al cabo de un momento, medio lloriqueando, temblando y con un gran susto en el cuerpo, y lo único que, entre hipos y otros estremecimientos, podía decir, era, ¡y me tenía cogida por las muñecas!, ¡y me tenía cogida por las muñecas...!, y mi madre, después de hacerme acostar, estuvo durante mucho rato pasándome un pañuelo mojado por la frente, lo que debe de ser un remedio muy bueno contra los ataques de histeria porque en seguida empecé a encontrarme mejor. Ya no respiraba afanosamente, y pronto me fui quedando relajada y como medio dormida..., aunque lo que sucede es que en una situación como la que describo no te puedes quedar dormida, por lo menos dormida del todo. En cuanto cierras los ojos una nueva convulsión te agita, algo que tienes dentro de la cabeza te asusta y te incorporas como si la casa se cayera, ¡mamá...!, pero mi madre seguía allí, sentada en la cama y mirándome..., aunque al final sí que me quedé dormida, porque ella, viendo cómo estaba, me dio una pastilla que sacó de no sé dónde y me quedé frita en brevísimo, y además se quedó conmigo y me estuvo tocando la cabeza como en los viejos tiempos... Eso es lo último que recuerdo, mi madre me acariciaba la cabeza y...
Aquello se olvidó pronto. Vamos, quiero decir que yo, tras unos días en casa de tía Conchita, adonde me mandó mi madre a la mañana siguiente...



(continuará)


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martes 3 de marzo de 2009

Peñíscola cuando sale la luna

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Hoy, para variar, en vez de trozos de mis escritos, que ya he puesto demasiados y quien quiera leer puede hartarse de hacerlo, pongo unas fotos de un lugar muy bonito que está en la costa mediterránea y al sur del delta del Ebro. Este lugar es la ciudadela fortificada de Peñíscola, roca que emerge del mar y en su interior contiene varios manantiales, lo que la convertía en lugar inaccesible. Durante la historia fue ocupada por los griegos, los romanos, los visigodos, los árabes, los cristianos y, ya más modernamente, los turistas.


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domingo 15 de febrero de 2009

A la negra la rescatan del fondo del mar

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"La aventura de las luces azules" es la continuación (y final) de "Europa barroca" , novelas en las que se describen aventuras sin fin en escenarios de todas las clases, desde la tierra firme y sus humeantes ciudades al más profundo de los océanos. Como dice la negra (la protagonista) al final del libro,
"... pero ahora ya acabo porque sé que lo que ustedes querían era que les narrara lo que sucedió con esta historia, cómo acabó esta historia, misión cumplida, y esto lo digo excusándome por haberme ido tantas veces por las ramas. Todo ello se lo dicté a la máquina, y espero que no haya puesto muchas faltas de ortografía, aunque si las ha puesto, ¿qué importa?, se entenderá lo mismo porque este fue un grandioso drama per música profusamente orquestado, una historia complicada y sinuosa sobre criaturas que heredaron diversas clases de sabidurías, un tipo confuso y contradictorio aunque cabal habitante de su tiempo, un cachalote del océano Atlántico, un dentista que vivía en un cometa y yo misma, una negra como cualquier otra. También aparecían las familias y los novios y novias de todos, y las pasiones incontroladas; aparecían hasta los extraterrestres, y dicho así parece de risa...".

(Espero que la parrafada anterior sea una buena descripción de lo que más arriba dije).

A esta chica, que ha pasado quince años en el fondo del mar, la sacan de su cárcel los extraterrestres, puesto que los humanos son incapaces de ello, pero –no nos confundamos– unos extraterrestres muy particulares, puesto que nunca se les ve. Hacen un par de milagros y para de contar, y quien se tiene que enterar, se entera; los demás no se dan cuenta de nada, como de costumbre. Pues el caso es que cuando tal sucede, mientras acontece este episodio del rescate, aparte de otras muchas cosas se dice lo siguiente:

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Mi pánico era tal que me caía y me levantaba sin saber por qué ni cómo. Durante un buen rato algo o alguien pareció perseguirme y asaetearme con sus flechas luminosas, pero luego los chispazos se ordenaron siguiendo patrones en movimiento continuo y se concentraron en puntos que giraban y giraban alrededor del centro del Universo; todo esto sucedía en medio de la habitación. Al final sólo era un punto, y todo giraba alrededor de él. ¡Aquel sí que era el Centro del Universo, y todas las luces confluían en el lugar que ocupaba! ¿Era uno de los legendarios agujeros de gusano de que hablaban los físicos...?
Yo estaba en el fondo del mar, tan tranquila, y ahora, de repente y merced a fuerzas que nada tenían que ver con los terremotos, aunque puede que sí con el fin del mundo, ¿alguien me llevaba hacia uno de los más insondables misterios de la materia...? No, yo no creía tal, sino que la explicación debía de ser mucho más sencilla, pese a que el tobogán de fosforescencias se extendiera hasta el infinito..., porque eso fue todo lo que pude ver durante un instante, aunque luego también se borró y el fragor de las sierras mecánicas decreció simulando irse hacia el horizonte de sucesos y esconderse tras él. Las tinieblas, el silencio y la desaceleración más cruda y repentina parecieron adueñarse del lugar en que me encontraba, y tan sólo aquel punto brillante ...
Esto era lo que yo pensaba, allí, flotando, al fin sentada en el suelo, con las manos apoyadas atrás y mirando confiada y atentamente al centro de la habitación, un lugar en lo alto, el Centro del Universo...
–Ven ahora, Salvador de los Gentiles... ¡Cristianos, grabad este día! –me dije por último y con admiración, porque esta fue otra de las muchas ocurrencias que tuve en momentos tan críticos.
Aún hubo un rato de oscuridad total en el que el estruendo que me había acompañado desapareció por completo y mi cerebro pudo volver a estabilizar sus funciones, y luego, en medio del repentino silencio, un extraño resplandor grisáceo comenzó a extenderse por las inmediaciones y el agua negra que había más allá del cristal se tiñó de azul oscuro. Era difícil verlo porque la nueva luz era muy tenue, pero como aumentaba y aumentaba, al cabo de un momento no me quedó duda: mi camino me llevaba directamente a los dominios de Pedro Botero, la más cercana a mis latitudes orilla de la laguna Estigia. ¿Aparecería de un momento a otro Caronte con su barca y su pértiga de gondolero más allá de la ventana, o aparecería algo peor...?, pero quien apareció no fue Belcebú con su tridente, su rabo y sus patas de cabra, sus cuernos y su mirada de psicópata. Las que repentinamente aparecieron fueron las plantas, los bulbos, los racimos oscuros y marrones, el mundo vegetal, las algas rojas. Aparecían como antes los peces, pero muy despacio y reposadamente. Trozos de algas teñidas de rojo se asomaban por la pared de agua y permanecían allí colgando durante un instante. Los racimos entraban y salían y yo las miraba sin entender qué era aquello ni qué estaba sucediendo, aunque de repente me dije,
–¡Las algas...! Sólo hay algas por encima de quinientos metros y hace un momento estaba tres kilómetros por debajo de la superficie. Sí, ya sé que vamos hacia arriba, lo noto en todas las articulaciones. Vamos hacia arriba, pero ¿tan rápido? ¿Cuánto tiempo ha transcurrido...? Da igual, esto son algas y no hay algas en el fondo del mar. Las primeras deben ser rojas, oscuras, y éstas lo son... –y entonces, como si la revelación llegara descendida de lo alto, lo entendí .
El resplandor que creí anuncio del Infierno no era tal, sino la escasa luz del sol que podía penetrar hasta aquellas profundidades. Lo había olvidado, pero todo acudió impensadamente a mi cabeza.
–Si esto fuera así, negra, si esto es así –me dije–, y parece que lo es, ¿qué va a suceder ahora...? La luz será amarilla dentro de un momento... No, antes será verdosa, y mira, ya lo es, ya tiende a clarear, y dentro de muy poco tendrá un tinte anaranjado... ¡Levántate, no te quedes ahí tirada! No sabes el cómo ni el porqué, pero La Luz se está haciendo –y como la velocidad decrecía y casi me sentía flotar, me puse en pie sin dificultad y me preparé, temblorosa y expectante, para asistir al último acto del retablo de las maravillas.
Luego ya no sucedió nada más. Sólo que, de repente, tras todos aquellos cambios de color, la luz aumentó tanto que la boca se me abrió involuntaria y me tuve que tapar los ojos con las manos, y de la única manera que pude, es decir, entre mis dedos y por el cenagoso cristal, a través del turbulento observatorio, mi gran ventana al mundo exterior, observé cómo lenta y tenuemente la gran masa de agua verde y luminosa volvía a salpicar el cristal y a chapotear en las paredes, y aquella línea blanca, fina y burbujeante, la por tanto tiempo esperada línea de la superficie, el lugar en donde el agua y la atmósfera se abrazan, pausadamente comenzaba a atravesarla, y aparecía entre nieblas y manchones de turbios y adheridos materiales cenagosos el inconfundible azul, el antiguo color azul, el casi olvidado azul del cielo terrestre.

EL MÓDULO TRES SURGE DE LAS AGUAS
Los altavoces de la plataforma voceaban como nunca lo habían hecho. ¡Ahí va!, ¡ahí va nuestra prisionera marina de tantos años!, ¡elevemos los ojos a lo alto!, ¡aleluya!, ¡¡aleluya...!! El pánico colectivo en la superficie se desató de tal modo que todos aquellos seres ateológicos, los científicos, todos aquellos seres que decían creer sólo en lo que medían, rendidos ante la evidencia cayeron de rodillas en sus respectivos lugares y unos se pusieron a temblar, otros comenzaron a reír y la mayoría empezó a rezar a toda velocidad. Esto me lo contaron luego algunos, una vez que hubo transcurrido cierto tiempo.
–Yo, cuando vi todo aquello, cuando vi al módulo tres salir del agua lentamente y elevarse por los aires, abrí la boca, me caí al suelo sentado y me eché las manos a la cabeza sin poder apartar la mirada. ¡Adiós, Newton!, me dije, ¡adiós, Einstein!, ¡adiós todo! ¿Qué es esto...? Yo buscaba y rebuscaba porque por algún lado tenía que haber algo, por algún lugar tenía que haber una grúa o por algún lugar tenía que haber un avión, pero es que allí no había nada, no había nada, y si lo hubiera habido yo habría estado enterado. Yo nunca he creído en milagros, esas cosas siempre me han hecho mucha gracia, pero es que aquello..., y después empecé a reírme, al principio flojo pero a cada momento más fuerte, más alto, y me quedé allí sentado, en el suelo, con las manos pegadas a la cabeza, durante diez minutos, sin pestañear, sin poder dejar de reírme, sin poder apartar la mirada de aquel objeto que nos sobrevoló y luego se alejó hacia occidente mientras el griterío generalizado, y la mayor parte de la gente gritaba de pánico, aumentaba y aumentaba...
... sí, mientras los turistas que habían ido en el mega tour, desde sus barcos de colores, atónitos ante un espectáculo por el que no habían pagado, veían surgir de las aguas en aquella primera mañana del nuevo verano, y elevarse sobre ellas, a mi autobús, mi módulo tres, al que colgaban excrecencias marinas por todos los costados, casi oculto por los sargazos y las caracolas, escamas fósiles y restos de minerales, chorreante cieno de los fondos marinos, dientes de todos los peces que a mi lado murieron... ¡Qué espectáculo no les daríamos...! ¡Se debieron de hartar de hacernos fotos!

(continuará, pero de momento puede echar una ojeada a esto ).

domingo 1 de febrero de 2009

Entre los piratas malayos

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Este es un trozo de la "Era de las máquinas", el tercero de los cuatro libros que Juan Evangelista –que nació en 1680 y vivió alguno más de trescientos años– escribió al final de su vida. Lo que aquí cuenta sucedió hacia 1870 en aguas de las Indias Orientales.



ENTRE LOS PIRATAS MALAYOS

Al fin, al caer la tarde, regresaron quienes habían ido tras los fugitivos, y de cierto que trajeron a algunos, aunque en qué estado... Los que podían caminar habían sido tan brutalmente apaleados que al vernos se precipitaron entre los soldados y lejos de sus captores, y gracias a ello y a la intervención del capitán, que ordenó enviarlos al barco, no fueron rematados allí mismo, pero otros, aún vivos aunque agonizantes, sufrieron peor suerte.
El capitán y el médico de nuestro barco mantuvieron una breve conversación, y tras ella observé que a los moribundos se les administraba una pócima que les provocaba no pocas convulsiones; luego, escasos segundos después, expiraban.
Yo me adelanté hacia quien se decía doctor, e indignado le tomé por el brazo.
–¿Qué están haciendo ustedes...? ¿Qué es esto? –y el médico, que era un hombretón irlandés, me miró con evidente fastidio y cara de pocos amigos.
–Esto es cianuro potásico –repuso sosegadamente, y añadió–. Ahora, apártese, si no quiere probarlo... –y ante la amenaza y las hoscas miradas de los soldados desistí de mi intento y, con verdadera rabia, ayudé a abrir la fosa en la que fueron arrojados algunos de aquellos cuerpos, que encontraron revuelta sepultura debajo de los árboles.
Algunos de aquellos cuerpos, sí, porque otros fueron llevados hasta el extremo de la playa y quemados entre gran estrépito y aclamaciones, y aun otros amarrados en las más estrambóticas posturas pendientes de los árboles..., y cuando algunos malayos se aprestaban a colgar de los cocoteros los últimos caídos en la batalla, con la ayuda de los soldados que estaban con nosotros quise impedirlo, pero el capitán, que lucía las ropas destrozadas por efecto de la contienda, me impidió de nuevo intervenir. Ante mi más que justificada indignación, dijo,
–Por supuesto que voy a permitir que cuelguen esos cuerpos. Es su costumbre y no hacen mal a nadie..., puesto que están muertos. Hoy ha sido un día muy agitado y no quiero más problemas, y menos con gentes de nuestro propio bando. Al contrario, debería dar usted gracias a Dios por estar vivo, pues sepa que yo he estado en refriegas de las que libramos con bien por pura casualidad.
Luego me contempló con cachaza y añadió,
–¡Vaya, vaya allí y diviértase...!, que correrá el alcohol en abundancia. Una victoria es siempre una victoria, y todos hemos contribuido a ella.
... y a pesar de mi repugnancia, en compañía de algunos de nuestros hombres, que no mostraban tantos remilgos como quien les habla, me acerqué hasta las grandes hogueras que en el otro extremo de la playa habían encendido los naturales del lugar y nos unimos a su desbordada alegría, que fue subrayada por ininteligibles y guturales gritos y sones de tambor malayo.
Todos los pueblos tienen sus músicas, y la música de los mercenarios malayos, ¿saben ustedes cuál es? Pues yo se lo diré: es la de las esquilas que colocan en el cuello de los ahorcados en los cocoteros de sus playas. Cuando los ahorcados son cuarenta o más, el concierto es polifónico, y en ocasiones, tocadas por el viento, he creído oír melodías que me resultaban familiares.
Los aborígenes malayos de taparrabos y mirada oscura colocaban esquilas y cencerros y cascabeles en el cuello a los que iban a ahorcar, y a veces también en los pies, y cuando el cocotero, tras ser cortada de un hachazo la cuerda que lo sujetaba, recuperaba su forma, merced al viento el cuerpo se balanceaba sin fin produciendo la consiguiente sinfonía...

domingo 18 de enero de 2009

El cumpleaños de Crucita, segunda parte

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Como dije dos entradas más abajo, pongo lo que falta del decimoquinto cumpleaños de Crucita, pues sólo había puesto la primera parte. Para los que no lo sepan, diré que Crucita (aparte de la protagonista de una de mis novelas, "Crucita y yo", secuela y prolongación de "La efímera vida de Nastasia") es el arquetipo de la niña que nunca se hace mayor, pero no sólo eso. Además podría decir lo siguiente:

Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...
Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...
¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...


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(continuación del cumpleaños de Crucita):

La única que no trabajó fue Crucita, pero porque era la homenajeada y no le dejamos ver nada. La recluimos en casa, y en los momentos más críticos en la casita del árbol, mientras los demás nos multiplicábamos para llevar a buen puerto la fiesta del bosque. Parecía difícil porque había bastante tarea, pero resultó que todo el mundo sabía lo que tenía que hacer. Serafín había ido en un coche que andaba por el monte e hizo de transportista. Mis amigas y yo, estrechamente vigiladas por Monticola y ayudadas por el paraguas, que tenía un restaurante en la capital del Principado, cocinamos lo que no está en los libros, hicimos hasta bombones aderezados con polvo de Soconusco, y dos fuentes, y los demás, todos muy divertidos –imagínense ustedes a Palmira en aquellos trajines– montaron un tenderete en un claro del monte desde el que se oía un torrente cercano.
–¿Esto para qué es?
–Es por si llueve.
–¡Ah...!
Una gran mesa en medio y unos cuantos columpios, cuyas cuerdas estaban forradas de guirnaldas de flores y colgaban de las ramas cercanas y más a propósito..., así era el escenario. También llevaron sillas, unas muy grandes y antiguas de madera, y la mesa la vistieron con unos manteles que había que verlos, manteles del Renacimiento, manteles pesados y cubiertos de plata antigua.
–Oye, esto no lo hemos hecho nosotras nunca. ¿Tú cuánto crees que pagaría uno que yo me sé por comer en semejante sitio?
–¡Es verdad! Nunca hemos organizado una comida en un bosque auténtico.
–Bueno, se lo preguntaré a mi tía, a ver qué le parece, aunque ahora le va a parecer bien; estoy segura de que ahora le parece todo bien.
–¿Sí? ¿Por qué?
–Pues porque se ha enamorado.
–¿Quién? ¿Doña Concha? ¿Tu tía?
–Sí, claro. ¿Por qué crees que no está aquí? Ella no podía faltar, pero cuando la llamé me dijo eso, que precisamente ahora...
–¿Qué?
–Pues que no podía venir, que se iba al sur con no sé quién. Creo que es un banquero.
–¿Un banquero...?
–Oye, pero cuidado, ¿eh? No le digáis nada que lo lleva bastante en secreto.
–¡Ay, hija, qué cosas pasan!, es que no acaba una nunca de llevarse sorpresas. ¡Doña Concha enamorada...!
–Bueno, vámonos, que empieza la fiesta. Serafín, ¿nos llevas en tu carroza?
–Señoras, por favor... –y Serafín, con la gorra en la mano, nos precedía.
–Oye, Serafín, ¿de qué es ese disfraz?
–Pues es un uniforme de conductor de la empresa municipal de transportes de Uvieu.
–¡No me digas!
–Sí, me lo han prestado.
–¿Y Juanito y el paraguas?
–Pues Juanito iba de surfista, con la tabla bajo el brazo y el bermudas y la barba roja, y el paraguas se puso un traje.
–¿Pero así, por la cara?
–Sí, por la cara, un traje bastante bueno. Además iba engominado y fumando puritos muy finos, le quedaba bien y era el que más raro estaba de todos.
–Claro, es que en un bosque...
–Sí, desde luego. Oye, ¿y vosotras qué?
–Pues nosotras nos hemos disfrazado de camareras, ¿qué os parece? Bueno, de camareras de bar de alterne pero de camareras, y Monticola de motero.
Hacía muchísimo que no le veía vestido así y seguía dando el tipo, pese a lo mayor que era. Parecía otra vez el de Easy Rider, tanto que las niñas se quedaron admiradas. Llegó al final, cuando ya estábamos todos, subido en una moto muy rara, una moto de las que le gustaban a él –¿muy rara?, si es una Nimbus siete y medio...; ¡ah, bueno!–, y las niñas le miraron con aprobación.
–¿No tendrás mucho calor con esa chaqueta?
–Bueno, pero me aguanto, o me la quito. Además, aquí nunca hace mucho calor.
–¿Y esa moto?
–Pues es una de las del paraguas, que la ha traído para la ocasión. ¿Qué te ha parecido la llegada?
–Bien, muy propia de ti.
–Vale. ¿Empezamos la fiesta, entonces? Venga, ¿dónde están los niños?
–Se han internado en la floresta. Dicen que van a venir en procesión.
–Bueno, Serafín, Juanito, estáis ahí mano sobre mano... ¿No habéis abierto una botella? –y en ello estaban cuando, al otro extremo del claro, se dejó ver la anunciada comitiva, ¡tachán, tachán...!
Aquellos cuatro, disfrazados de manera improvisada y heterodoxa, cargaban a duras penas con unas andas sobre las que llevaban a Crucita vestida de Bella Durmiente.
–Aquí traemos a esta chica que hemos encontrado en el bosque...
–Oye, ¿cómo que a esta chica? Es una princesa, muchacho, una princesa. ¿Tú de dónde eres?
–Yo de Zaragoza.
–¿Ah, sí...? ¿Y tú, Palmira?
–Yo de Gerona.
–¿Y Rocalunar?
–No, yo soy de Cádiz.
–Bueno, pues venga, traed aquí a la princesa y desencantadla. Crucita, mira, que está aquí el príncipe... –y Atahualpa me dio el beso, pero eso no voy a contarlo porque ya lo había dicho antes y se lo espera cualquiera, y además fue un beso cortísimo; mejor cuento otras.
Las camareras se balanceaban en los columpios... No, eso tampoco. Ahora cuento que primero hicimos unos brindis.
–Por Crucita. ¡Salud!
–¿Hoy es tu cumpleaños?
–No, qué va, fue hace una semana, pero da igual; hoy hace buenísimo.
–Ya, desde luego... Pero luego nos bañamos, ¿eh?
–Hombre, claro.
–Oye, Rocalunar, en Cádiz hay una cosa exquisita. ¿Sabes lo que es?
–No, ¿qué es?
–Piensa, mujer...
–¿La manzanilla?
–¡Qué...!, ¿tanta cara de borrachos nos ves...? No, yo me refería al pan de Cádiz. ¿Te suena? –pero resultó que Rocalunar no sabía lo que era.
–Es que me fui de allí de pequeña.
–¡Ah, ya...! Bueno, pues aquí no tenemos pan de Cádiz, que es más bien cosa de Navidad, pero tenemos pan de azúcar.
–¿Y eso qué es?
–Que te lo cuente Palmira, que se puso ciega.
–Sí, es que es buenísimo. ¿Quién lo hizo?
–Pues no sé, lo haría el Rockero.
–Pues es como mazapán; vamos, se parece bastante, aunque no es tan pastoso...
–Pero, hija, ¿tanto te gusta?
–¡Jo, sí, es que es buenísimo...!
–Bueno, pues la próxima vez te voy a hacer pan de azahar, ya verás.
–¿Y bollus preñaus no había?
–¡Vaya que si había! También los hicieron allí, hasta la masa. Los chorizos no, claro, esos los trajeron de no sé donde, y hubo un momento, hacia las siete de la tarde, que estaban Maná y sus amigas balanceándose en los columpios de guirnaldas de flores y los demás empujándolas pacíficamente... Para eso, nosotros nos bañamos en el río y gritamos muchísimo.
–¿Y no estaba el agua helada?
–Anda, claro, ¿por qué te crees que gritábamos?, estaba como siempre pero daba igual, y Tutifruti se entusiasmó. Se tiró al agua en cuanto pudo para perseguir a los fantasmas de su imaginación. Daba saltos y ladraba cada vez que creía adivinar una trucha, para que vean ustedes cómo fue la cosa, y la mesa, al final, cuando anocheció y nos volvimos a casa, todos agarrados y cantando, quedó abandonada llena de restos y los animales del bosque acudieron en tropel a comérselos.
–¿En tropel o en buena compañía?
–Bueno, en tropel no. Seguramente fue en buena compañía porque acudieron animales especializados.
–¿Cómo especializados?
–Pues eso, que cada uno ocupaba un nicho ecológico y los alimentos no se superponían. Primero llegó un ciervo y se comió todas las hojas de roble que habían quedado de la ensalada. Luego un jabalí que se dedicó a hozar en el suelo, lo llenó todo de polvo pero debió de llevarse mucha sustancia, y el buitre y la paloma se encaramaron cada uno en el respaldo de una silla y se miraron con cara de pocos amigos. Sin embargo no hubo problema, porque lo que quería el buitre eran los huesos de las chuletas que había dejado Tutifruti.
–¿También comisteis chuletas?
–Anda, pues claro, y grandísimas. Las hicimos a la brasa.
–¿A la brasa?
–Sí, hicimos una hoguera y asamos todo lo que se nos ocurrió, sobre todo patatas, pimientos y berenjenas de la huerta, y a la paloma lo que más le gustaba eran los granos de maíz, que también quedaban en las ensaladas, y no era maíz de lata o de bolsa de plástico, ¿eh?, era maíz de las gallinas del señor Ramón, que al lado de su casa tenía un maizal muy grande. Lo cocieron y estaba buenísimo.
–¿Y los bombones que estaban aromatizados con pinole de Ultramar?
–No, esos nos los comimos todos. Quedaron unos pocos pero nos los llevamos a casa, y las hormigas, al final, y las arañas, aunque estas sí se pelearon, se comieron las migas que había dejado el jabalí. Lo había dejado un poco revuelto, pero eso a las hormigas y a las arañas no les importa nada, para ellas mejor, pero como había muchísimas se pelearon y ganaron las arañas, ¡claro, como que eran mucho más grandes...!, y, ¿quieren que les hable ahora del alegre mochuelo Agustín?
–¿Cómo mochuelo? Ya sería una lechuza.
–¿Cómo se va a llamar Agustín una lechuza? ¡Sería Agustina...!
–Pues sería.
–No, que era Agustín, me lo vas a decir a mí que estuve allí...
... pero en fin, ya no digo más, ni siquiera del mochuelo Agustín, porque en realidad todo esto último lo soñé aquella noche. Como habíamos comido mucho, corrido por las trochas del bosque en pos de los enanos, luego nos bañamos en el río...
–¿En el torrente?
–Bueno, sí, eso, pero es que había una poza buenísima.
–¿Síii...? ¿Además...?
–Sí, encima, y luego cenamos, no te creas, aunque en casa, de forma que a la hora de irnos a la cama estaba como en una nube. También habíamos bebido algo de sidra, claro, y por la noche el Rockero nos dio orujo.
–¿Queréis probar? El que quiera que pruebe, pero no os paséis, ¿eh?, que esto es fuerte.
–¿Sienta mal?
–No, eso sí que no, es de toda confianza y garantía. Es de la bodega de Serafín y lo hace él.
–¿Lo haces tú?
–Bueno, sí...
–¡Jo, pues yo voy a probarlo...!
–¡Yo también...!
... o sea que cuando nos fuimos a la cama, como iba diciendo, a las cuatro o cinco de la mañana, después de bailar sin freno en el salón durante mucho rato y todos cansadísimos, me metí en la cama de Atahualpa, oye, que a lo mejor sube alguien..., calla, tonto, estate quieto, y no me enteré de nada más. Me pasé la noche dando vueltas y soñando las cosas más raras que uno se pueda imaginar, entre ellas la de los animales que iban a la mesa del bosque. Yo estaba allí, con las hormigas y las arañas, me había hecho pequeñita pequeñita y todas me pasaban por encima..., pero a la mañana siguiente estaba como nueva. Me desperté, vi al lado a Atahualpa, que dormía plácidamente, y me dije, vas a ver tú ahora, Bello Durmiente, y le planté un beso que se prolongó..., bueno, yo no sé, hasta que nos tuvimos que levantar, porque empezaron a oírse ruidos en el piso de abajo, y para evitar que nos cogieran salí de la ajena cama que tanto me había favorecido, desordené la mía, bajé un piso y me metí en el cuarto de baño, en donde estaba Maná.
–¿Qué tal, hija?
–¡Huy, más bien...! ¡Ayer fue un día más divertido...! Qué pena que ya se haya pasado, ¿verdad?
–Bueno, sí, pero no importa; dile a tus amigos que se queden todo lo que quieran. Ha sobrado tanta comida que no sé qué vamos a hacer con ella.
–¿Pero tus amigas se van?
–Sí, mis amigas sí, pero bueno, vosotros quedaros lo que queráis. ¿Sabes que lo que habéis cultivado en la huerta es buenísimo? Todos lo han dicho, que ya no se comen cosas de esas. ¡Qué tomates, hija mía!, ¡como los de la huerta de tu abuelo...! –y todo esto me lo decía Maná debajo del chorro.
–¿Ya?
–Sí, ya te puedes meter; dame esa toalla –y luego vinieron Palmira y Rocalunar.
–¿Se puede...? –y Maná se fue a hacer los desayunos.
–Oye, que me ha dicho que si queréis os podéis quedar toda la semana.
–¿Sí? ¡Qué guay! Pues si me dejan en casa yo me quedo.
–Yo también. ¿Y ellos se van a quedar?
–Pues seguramente.
... y allí estuvimos, yendo a la playa cuando se podía, subiendo a los montes y haciendo toda clase de excursiones, ¡nos lo pasamos más bien...!, porque aquello sí que fue una fiesta, y no lo que se ve por ahí, y para rematar con bien la función, a los dos meses Atahualpa me vino con una especie de libro con fotos pintadas de aquellos días.
–¿Están todas pintadas?
–Bueno, todas no; la mayoría.
–¿Y quién te ha enseñado?
–Me enseñó mi madre cuando era pequeño, pero luego yo lo he perfeccionado un poco. Ella pintaba con tintas de pastelería, pero yo pinto también con lápices y con ceras. Hay unas ceras buenísimas que sirven para esto.
–¿Sí...? Es que es demasiado...
Yo lo estuve mirando atentamente y al final tuve que decir,
–¡Jolín, tío, el mejor regalo que me han hecho! –porque aquello sí que era algo fuera de serie; se lo pareció hasta al Rockero.
–¡Pues vaya con tu novio, hija mía, qué cosas sabe hacer!
–¿Sí? ¿Te gusta?
–Pues claro. ¿A ti no?
–Sí, a mí mucho, pero es que no sabía qué ibas a decir tú.
–Pues fantástico; se lo dices de mi parte –y se lo dije.
–Al Rockero y a Maná les ha gustado mucho. Dicen que lo haces muy bien. Han estado como media hora mirándolo por todas partes y riéndose. Oye, y entonces, ¿tú sabes hacer fotos en blanco y negro?
–Claro, estas las he hecho yo.
–¿Y dónde las haces?
–Pues en casa, en un cuarto de baño pequeñito que no se usa.
–¿Ah, sí? Pues yo quiero verlo.
–¿Sí? Pues cuando quieras vamos –y al decir esto último se rió un poco.
–¿Qué pasa?
–No, nada...
–No, dime qué pasa.
–No, mujer, si no pasa nada, es un sitio normal. Lo único, que en los laboratorios de fotos...
–¿Qué?
–Pues que a veces suceden cosas algo raras –y se seguía medio riendo...
En realidad me lo dijo el primer día que entramos allí.
–Resulta que este sitio, con esta luz roja y la puerta cerrada...
–¿Qué?
–Pues que es muy buen sitio para estar con tu novia.
–Yo no soy tu novia.
–¿Ah, no...?, Crucita linda, ¿no eres mi novia...? Bueno, pues da igual; de todas formas es muy buen sitio para estar con una niña tan guapa como tú.
–Yo no soy una niña.
–Bueno, pues con una chica.
–¡Ya! Con cualquiera, ¿no?
Así le dije, y de manera bastante impertinente, porque yo, miren ustedes por donde, en este asunto de los chicos, resulta que a pesar de la cara de buena que todo el mundo dice que tengo, soy bastante temperamental, más aquel día, que lo llevaba algo torcido, pero Atahualpa era como domador de leones. El Rockero era como adivino pero Atahualpa era como uno de esos domadores de fieras de los circos, porque me dijo,
–Mi niña, ¿te vas a enfadar por todo hoy?
... y a mí me dio no sé qué seguir con mi bronca. Total, todavía no habíamos empezado..., y me olvidé. Nos metimos en aquel sitio, cerramos la puerta, encendimos la luz roja y, claro, hicimos alguna foto, que era muy divertido, sobre todo ver cómo iba apareciendo la imagen en el papel en blanco..., pero la mayor parte del tiempo nos lo pasamos metiéndonos mano según lo previsto, yo sentada encima de él. ¡Jo, es que es tan divertido...!
–¿Sí? ¿Es divertido?
–Bueno, ¿a ti qué te parece? Es que como tú no te has estrenado... –porque Palmira no había hecho ni una nota.
–¡Si no pasa nada, mujer...! Ya sabes: mientras nooo...
Ella había tenido un pretendiente, uno que era de la clase de Atahualpa, pero no le había hecho caso.
–¿Eres tonta? Pero si está muy bien...
–Ya, pero es que...
... y hasta una vez que la llamamos para que viniera nos dijo que no y me tuve que pasar la tarde yo con los dos. Tampoco es que me importara, porque el que quería salir con ella –a mí eso me dijo– era muy simpático y nos reímos cantidad, pero la tonta de Palmira se quedó en casa.
–No, si a mí me apetecía mucho, pero es que mi madre...
–¿Qué?
–Bueno, nada... Es que todos los días, cuando llego a casa, me mira entera... ¡Jo, si hago algo seguro que lo nota!
–¿Tú crees? ¡Jo, tía, ni que te fuera a hacer un análisis ginecológico!
–No, si no es eso..., pero es que tú no conoces a mi madre.
–Bueno, pues no sé... –y no dijimos más. Allí se quedó la cosa, y Palmira con las ganas.

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(La novela continúa durante otras doscientas páginas o más, ¿eh?, no os vayáis a creer...).

viernes 2 de enero de 2009

Aquí comienza el año 2009

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Camargo Rain, fotógrafo, autor de numerosos cuentos chinos y otras narraciones, ala-pívot en los ratos libres, correcaminos, cocinero por obligación y músico por afición, aficionado a la cerveza y otras hierbas, defensor de la gramática y observador de los cielos estrellados... –amén de otros títulos que me callo–, aprovecha la ocasión para desear a todo el personal que lo pase lo mejor posible en este 2009 que nos ha llegado de manera tan discreta, y ya que estamos de recomendaciones, para enviaros estos enlaces (son los de mis blogs) que a lo mejor os divierten.

Blog sobre fotos
Fotos pintadas
Música para viajar
Blog en Google
Blog en Blogia
Trozos de mis novelas, para que quien quiera, lea.
Sobre cómo se escriben diez novelas en diez años
La verdadera historia de Juan Evangelista, novela
Otras consideraciones sobre la extensa vida de Juan Evangelista
Desde la terraza de mi transatlántico
Escaparate 1 en LULU.COM
Escaparate 2 en LULU.COM
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martes 16 de diciembre de 2008

Fiesta de cumpleaños, primera parte

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Lo que a continuación puede leerse es una de las muchísimas aventuras que se cuentan en la novela llamada "Crucita y yo", en donde se narra la vida de una niña que nunca fue mayor.

Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...
Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...
¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...

(Nota: la semana que viene, o la otra, pondré la segunda parte de este cuento).
(Nota 2: La novela "Crucita y yo" tiene un antecedente, otra novela que se llama "La efímera vida de Nastasia". En el enlace adjunto se puede conseguir impresa como un ibro de bolsillo normal y corriente..., aunque más divertido que la mayoría de ellos).


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Fiesta de cumpleaños

El verano en que cumplí quince años se me ocurrió que podíamos hacer una fiesta, ¿no?, es que fiestas no hacemos nunca y quince años sólo se cumplen una vez, ¿no os apetece?, y además tenemos mucha comida buenísima de la huerta y habrá que comérsela, y el Rockero no necesitó oír más.
–¿Una fiesta? ¡Qué idea más buena!, claro que sí... Pero una fiesta de verdad, ¿eh? Una fiesta en el bosque.
–¿En el bosque? ¿En qué bosque?
–Pues en el bosque que tú conoces, el que hay detrás de casa.
–¿En el pueblo...?
–Naturalmente, por supuesto que en el pueblo, que es donde hay que hacer estas cosas.
–¡Huy, sí, eso sí que estaría bien...!
–Y además de disfraces y que dure todo el día, o toda la semana. ¿Qué te parece...? –y a mí me pareció de maravilla.
–¡Eso...! Oye, ¿pero yo puedo llevar a mis amigas?
–¡Anda!, ¿pues qué clase de fiesta va a ser esa en la que no estén tus amigas? A tus amigas y a tus amigos. ¿No vas a decírselo a Atahualpa?
–Sí, claro, pero ¿pueden dormir allí? Es que eso está lejos...
–Pues claro, mujer. Llevamos a todos y por las noches montamos guerras de almohadas –y el Rockero, embalado, empezó como siempre.
–A ver, ¿tú quién quieres ser? ¿El hada Valeria o el hada Amilamia?
–¡No, Valeria no!
–Bueno, pues entonces tú eres el hada Amilamia, el hada de las fuentes, personaje de índole afable y caritativa..., ¿o sería mejor el hada Pan de Azúcar...? En todo caso te tienes que disfrazar de tal, así que vete dibujando algún traje.
–Vale. Y tú, ¿de qué te vas a disfrazar?
–¿Yo? Pues no sé... ¿De cura te parece bien?
–¿De cura? Pero de eso ya te disfrazaste una vez...
–Bueno, sí, tienes razón, ya pensaré algo. Si se te ocurre a ti antes me lo dices, ¿vale?
–Vale. Oye, Maná, ¿y tú?
–¿Yo...? Bueno, ya veremos, una ocasión es una ocasión. ¿De qué quieres que me disfrace?
–Pues tú..., ¡de madre!
–¿De madre? ¿Cómo de madre?
–Pues de madre. Tú nunca has sido madre de nadie..., bueno, sólo de mí, pero así te disfrazas y pareces una mamá... ¡Qué bien!, ¿verdad?
–Sí, mujer... Bueno, ya veremos.
... pero luego, cuando llegó el momento, no pasó nada de eso. ¿Saben de qué se disfrazó? Es que me da no sé qué decirlo... Bueno, pues se disfrazó de puta, con todas sus amigas; sólo fueron dos pero iban igual, iban todas de putas antiguas, estaban guapísimas y parecían de verdad, y yo, al final, no me disfracé de hada.
–¡Ya sé!
–¿Qué sabes?
–De qué me voy a disfrazar. ¿Sabes de qué?
–Dime.
–Pues de Bella Durmiente... ¡Si ya tengo el traje! Lo lavo y lo plancho y lo coso un poco... Y además el Príncipe tiene que venir y despertarme de un beso –y Maná se moría de risa.
–¿Y quién va a ser el Príncipe, hija mía? No me irás a decir que tiene que ser Atahualpa... –y yo me puse un poco colorada pero no me importó.
–¡Pues claro!, ¡quién va a ser! ¿Puedo hacerlo...? –y yo le dije que sí, que por supuesto.
–Es tu fiesta y tu cumpleaños. Además, eso es una cosa como de teatro, y Atahualpa y tú ya os habréis dado algún beso, ¿no?
–Bueno, sí, alguno... –y como yo estaba friendo pescado, Crucita vino y me abrazó un poco por detrás, me cogió por la cintura.
–¿Qué haces?
–No, nada, déjame –y me abrazó un poco más y apoyó la cabeza en mi cuello...
¿En qué estaría pensando...? Yo le dije,
–Oye, ¿sabes que se te han puesto las tetas muy duras?
–¿Síii...?
Su voz sonó un poco asustada.
–Sí, ¿no...? Bueno, como a tu madre...
–¿Sí...? ¿Ella las tenía así?
–Pues sí, algo así –y yo dejé la espumadera y, mientras se apretaba a mí, le dije quedamente,
–¿Sabes otra cosa?
–Qué.
–Pues que a las mujeres se nos ponen las tetas duras cuando empezamos a funcionar.
–¿A funcionar?
–Sí. Sexualmente, claro –y Crucita se soltó un poco y me miró.
–Oye, pero yo no he hecho nada, ¿eh? –y yo me reí y le di un beso.
–Ya lo sé, mujer. ¿Tú no sabes que los mayores notamos esas cosas? –y Crucita me miró con sorpresa.
–¿Sí...? ¿Tú lo notas?
–Pues claro –y allí ya me agarró del todo y se rió.
–Bueno, niña, ¡para, para...!

* * *

Los amigos de Monticola eran, Serafín, el paraguas y Juanito Barbarroja.
–Oye, ¡pero si tienes la barba roja de verdad!
–Pues claro, hija. ¿Tú qué te creías? –y Crucita le miró arrobada durante un instante.
–Oye, ¿y no vas a poner más gallinas?
–Sí, claro, pero en otoño, y esta vez las voy a cercar con trampas eléctricas. Si alguien entra a robarlas a lo mejor se electrocuta.
–¡Eso...! Pero vaya faena, ¿no?
–Pues sí, pero qué le vamos a hacer...
–¿Y no las has encontrado?
–¡Huy, encontrarlas...! Se las habrán comido; se las comieron en Navidad y todavía deben de estar haciendo la digestión. Es que eran muchas, ¿eh?
–¿Y no las vendieron?
–Pues sí. Seguramente las venderían, pero yo no me he enterado.
... y Monticola, en un aparte, me dijo,
–¿Tus amigas son ligeras de cascos?
–Oye, ¿por qué no se lo preguntas tú?
–No, ¿cómo les voy a preguntar yo semejante cosa? Yo no soy ningún grosero.
–Bueno, ¿pues entonces...?
–No, es que es para saber a qué atenernos. Es que estos dicen que qué pasa...
–¿Que qué pasa? ¡Vas a ver tú lo que pasa...! Para empezar, Marisa me ha dicho que le encanta tu amigo Barbarroja.
–¿Sí? ¡Qué bien! A ver si esto va a resultar una fiesta de verdad...
... porque estuvimos en el campo casi una semana. Mejor dicho, hubo quien estuvo casi una semana, Atahualpa, por ejemplo, y Palmira y otra niña de la que he olvidado el nombre.
–Era Rocalunar.
–Bueno, eso.
Mis amigas estuvieron menos, estuvieron sólo dos o tres días, pero lo pasamos de película. ¿Saben ustedes quiénes eran mis amigas? Pues mis amigas eran unas profesionales de verdad, ¡qué decir de Armiña, por ejemplo!, unas profesionales de tomo y lomo, de las que saben cómo se pone una mesa para ricos y cómo hay que disfrazarse para que parezca que acabas de llegar de Australia, que era justamente lo que andaban buscando los amigos de Monticola. Nos falló Edelmira, que era la que mejor estaba de las tres, aunque las otras tampoco estaban mal.
–Pero, Edelmira, ¿por qué no te cambias el nombre?
–Déjalo, si a mí me da igual.
–Hija, es que antes de verte no sabe una con qué se va a encontrar.
Pues Edelmira no vino porque no pudo, pero me llamó por teléfono a última hora.
–Compréndelo, Nastasia. Es que esto son doscientos papeles...
–Ya, hija, déjalo, que no importa. Ellos son tres, pero yo creo que con dos se apañarán. Son algo mayores.
–Oye, que bien que lo siento...
–Que no pasa nada, que da igual. Bueno, ya te contaré –y acabamos riñéndonos.
–Bueno, tía, que te den pol culo.
–Eso, y que Dios te oiga.
... porque mi amiga Edelmira es una tía genial. Lástima que no estuviera en aquel lance, que hubiera disfrutado muchísimo con la fiesta en el bosque y los niños..., ¡con lo que le gustaban!, pero ya se sabe, el curro es el curro y hay que trabajar, que las pelas..., y los niños a los que me refiero no se enteraron de nada. Bueno, sí, se enteraron de que hubo bastante trasiego, pero de lo que pasaba dentro de las habitaciones, de nada. Además, ni se lo podían imaginar. A esa edad uno no se imagina esas cosas, ni le interesan, y nosotros fuimos de lo más discretos. A mis dos amigas las coloqué en los mejores cuartos, los que tenían mirador, y les dije,
–¿Qué os parece?
–Pues que esto es Jauja. Si llego a saberlo vengo aunque no me pagues, y los chicos son muy divertidos. ¿Has visto cómo nos han mirado...? ¡Ja ja! Oye, ¿tú les has dicho algo?
–No, yo nada. Que sois mis amigas. Tú acabas de llegar de Australia, tú trabajas en una ONG y ahora estáis de vacaciones. Eso es todo lo que necesitan saber, ¿vale?
–Vale. ¡Qué bien!, ¿no? ¡Me encanta...!
... y no sé cómo acabaría la cosa, pero solas no durmieron.
–¿A que no, paraguas?
–Téngalo usted por seguro, señora duquesa.
–Con dos para tres ya tendréis, ¿no?
–¡Hombre, por supuesto, que ya van pasando los años...!
Bueno, y a los niños, cinco en total, dos chicos y tres chicas, porque a última hora apareció un amigo de Atahualpa que pretendía no sé si a Palmira o a Rocalunar..., eso, bueno, pues los acomodamos en el desván. Era un desván postmoderno y corrido muy grande, y en él había seis camas, tres en cada extremo. Yo me dije, ¿cómo se lo montarán estos?, ¿cómo dormirán?, y si tengo que decir la verdad, no sé qué pasó pero hicieron poquísimo ruido durante aquellos días, estuvieron de lo más discretos, se ve que eran chicos bien educados. Sí, al principio siempre había un poco de bulla, pero luego se dormían, o lo que fuera, y ya no se oía nada.
El Rockero y sus amigos subieron la primera noche con todos los almohadones que había en la casa.
–Oye, pero al que le dé una almohada se tiene que caer al suelo como si estuviera muerto y ese ya ha perdido.
–Vale, ¿pero si sólo te roza...?
–Bueno, si sólo te roza estás herido, ¿vale?
–¡Eso, venga...!
... y durante cerca de media hora se oyeron toda suerte de carreritas, correrse de camas, gritos histéricos y ahogados, sonoros almohadonazos y demás manifestaciones que suelen acompañar a uno de estos catastróficos acontecimientos. Se lo debieron de pasar muy bien, y cuando bajaron, los mayores, bastante sudorosos, por cierto, y comentando la batalla a grito pelado, le dije al Rockero,
–Oye, ¿y tus amigos?
–Qué.
–Pues que cómo se lo van a montar.
–Ah, creo que van a organizar una timba.
–¿Sí...?
–Sí, con tus amigas. ¿Quieres jugar tú también? A ti te gusta bastante eso del juego... –y yo me quedé un poco así.
–Hombre, jugar no sé..., pero verlo un rato sí, ¿no? ¿Vamos a verlo?
... y, efectivamente, en una de las habitaciones habían puesto una camilla en medio y allí estaban los cinco, todos fumando y bebiendo al lado del mirador abierto. En aquel momento estaba empezando la partida.
–¿Queréis jugar vosotros también?
–No, veníamos a ver si teníais bastante de todo.
–Sí, servidos, pero quedaros un rato, ¿no? Tomaros unas copas...



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Lo dicho: hasta dentro de quince días.

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lunes 1 de diciembre de 2008

VISIÓN CELESTIAL

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Traigo hoy a la página la reseña de un fenómeno que está sucediendo durante estos días. Se trata de la conjunción de los planetas Venus y Júpiter. (Se habla de "conjunción" cuando dos cuerpos celestes se pueden observar, vistos desde la Tierra, en la misma o muy parecida dirección, lo que hace que los veamos muy próximos en el cielo, por más que su distancia real sea muy grande).
Estas conjunciones no son raras, pues el Sistema Solar está en perpetua danza y los planetas no cesan de dar vueltas alrededor del Sol y sobre nuestras cabezas (ahora mismo está sucediendo otra: la que protagonizan Marte y Mercurio, pero está teniendo lugar tan cerca del Sol, que la luz del Astro Rey nos oculta por completo el fenómeno). Eso sí, como vistas desde la Tierra resultan muy espectaculares, el público en general lo relaciona con esos asuntos que, a modo de cortinas de humo, nos prodigan periódicos y televisiones, es decir, los platillos volantes, los agujeros de ozono y los cambios climáticos, por poner tres ejemplos cercanos. Por cierto, de dos de ellos ya nadie se acuerda hoy (aunque en seguida retornarán a escena, no lo duden ustedes, que estas cosas son cíclicas).
La foto que encabeza esta página (foto número 1) está tomada de la siguiente dirección:
http://observatorio.info/2008/11/cielo-chileno/

Pero hay más: como en el lugar en que resido (la costa norte de España) no cesa de diluviar desde hace al menos veinte días, nos estamos perdiendo el fenómeno por completo, de forma que he puesto en marcha el HNSKY, que es un planisferio para ordenador (un programa que simula la visión del cielo), y he estado echando una ojeada a lo que en él se ve, que reproduzco también.

La foto número 2 muestra el aspecto (visto a través del planisferio que digo) de esa región del cielo, el 28 de noviembre y vista desde la costa chilena, y si se compara con la número 3, que es la misma de la cabecera (con el añadido de las líneas de la constelación vecina, es decir, la de Sagitario), se puede observar que son similares, y es que, aunque hay gente que no se lo cree, los mapas del cielo muestran fielmente lo que allá arriba se muestra para nuestro solaz y diversión. Además, en la foto 3 he señalado con una flecha roja un meteoro que "pasó por allí" mientras se hacía la fotografía.



Pero aún hay más, y es que hoy, 1 de diciembre de 2008, se puede observar un fenómeno que raramente se ve, como es el de la Luna pasando por delante de Venus (y ocultándolo durante su paso, por lo tanto). Esto habrá sucedido sobre las 18 horas (hora solar, según creo), pero, como decía, aquí no para de llover y no voy a ver nada. Sin embargo, ¿que nos muestra el HNSKY? Pues, si se amplía con el zoom, lo que se ve en la foto número 4, que es el creciente lunar de esta noche cuando ya ha pasado por delante de Venus (el punto blanco que hay abajo a la derecha). Por supuesto, si utilizáis el reloj que tiene el programa, podréis ver el proceso en su conjunto, pero eso no lo puedo poner aquí, aunque imagino que será relativamente fácil encontrarlo en Youtube.

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Este programa (el HNSKY) es gratuito y está a disposición de quien quiera descargarlo, lo cual se puede hacer en la siguiente dirección:

http://www.hnsky.org/

Una vez descargado él se instala y lo podéis utilizar sin más. No ocupa mucho (alrededor de 40 megas) y podréis abrirlo para observar el cielo desde cualquier lugar del planeta (una de las opciones es que te puedes colocar en donde te dé la gana; Por ejemplo, ¿cómo se vería el cielo esta noche desde donde estuve el año pasado de vacaciones...?) y casi desde cualquier época que se os ocurra, pues el rango de fechas utilizable va desde 1750 hasta 2250.

¡Que os divirtáis!
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sábado 15 de noviembre de 2008

Concierto marítimo

El texto que pongo hoy pertenece a la novela denominada "La aventura de las luces azules", continuación y final de "Europa barroca", de la que ya puse tantas cosas en este blog. En él se cuenta lo que sucedió una de las veces en que Eduguá (uno de los protagonistas de esta ingente historia) fue al océano a visitar a su amigo, el cachalote de la mancha blanca en la frente.





Concierto marítimo
Cuando, aquella vez, llegamos Javi y yo al lugar de la cita, un lugar cercano a la costa en un mediodía radiante del mes de mayo, Eudoxio ya estaba allí; fue la primera vez en que llegó antes que nosotros. Estaba con dos congéneres, dos cachalotes tan grandes como él y de los que, por la mañana y con la voz de la abuela, me había dicho,
–No te preocupes, son amigos míos, los conozco desde hace muchos años. Uno de ellos es Crispincín. No es hijo mío, pero le eduqué yo en la manada que fundé. Ahora él tiene la suya propia, aunque al Ártico solemos subir juntos. El otro es el patriarca del grupo más grande que jamás conocí, ¡una manada de más de doscientas hembras!, aunque para manejarla tiene ayudantes, claro es. Él no emite luces azules pero está muy interesado en nuestra relación. Se lo conté, y me pidió que alguna vez le llevara a uno de nuestros encuentros. No te importará, ¿verdad?
Yo contesté,
–No, en absoluto. ¿Son también músicos tus amigos?
–Bueno, en los viajes solemos cantar juntos, pero no se puede decir que conozcan la música de los humanos. Se lo he explicado, y me ha dicho que tomará buena nota de lo que suceda.
Luego yo me acordé de algo.
–¿Has vuelto a tener noticias de los que nos miran desde la estrella?
–No, ya sabes que ellos no se molestan por nosotros. Cuando se manifiestan, lo hacen de manera inequívoca. ¿Por qué me preguntas eso?
–No, en realidad por nada. Yo aproveché aquella ocasión para pedirles un favor y no sé qué habrá sucedido. Fue mi madre quien apareció en su nombre, pero de momento no han dado señales de vida.
–Bueno, hay que tener paciencia, el olvido no entra en sus planes. Si deciden complacerte, te darás perfecta cuenta.
Cuando llegamos al lugar convenido, los tres cachalotes nos hicieron un recibimiento propio de su especie, la denominada Physeter macrocephalus, expresión latina que significa "soplador cabezón". Nos recibieron con un gran concierto de bocinazos, mugidos y resoplidos en todas las frecuencias, y luego nos rodearon y mostraron bien a las claras su alegría, y para que no quedara duda ejecutaron una serie de danzas y saltos, a los que mejor habría que calificar de panzazos, que dejaron al barco y a nosotros chorreando. Javi levantó las manos y gritó, ¡eeeeehhh, quietos, nos rendimos!, y aunque no entienden el español lo comprendieron perfectamente. Bucearon un poco y se colocaron simétricamente, mirándonos con atención y ronroneando como gigantescos gatos. Javi y yo nos bañamos en el mar, un baño siempre viene bien para relajar el cuerpo y despejar la cabeza, y luego empezamos a pensar en comer algo, porque lo que nos había llevado hasta allí, la música, no comenzaba hasta el atardecer. No sé cuál es el motivo de que a los cachalotes les gusten los cánticos vespertinos, pero es así. Entonces Eudoxio levantó la cabeza, soltó uno de su horripilantes gritos y se sumergió, desapareció bajo las aguas y sus amigos no tardaron en seguirle, desaparecieron los tres. Javi, sorprendido, dijo,
–¿Tú crees que se han ido? –y yo contesté,
–No, en todo caso habrán bajado a comer. Cuando se van, siempre avisan antes. Podíamos aprovechar también nosotros. ¿Qué tenemos por ahí?
–Todavía queda guiso de la marmita de Petra.
–Bueno, pues vete calentándolo.
Yo estaba mirando la superficie del mar cuando uno de ellos apareció de improviso. Apareció lejos, a media distancia, y se quedó allí, observándonos. Yo le hice señas con la mano y luego apareció el otro, que se puso a su lado. Me miraban como si estuvieran muy interesados en algo, yo me preguntaba en qué, y miré a mi espalda..., y en ello estaba, cuando de repente oí un ruido conocido. ¡Eudoxio, y sus inconfundibles trompetazos, emergía junto a nosotros!
Aquello fue como un huracán, y en un primer momento creí que nos hundía. La cabeza del cachalote apareció sobre las aguas tumultuosamente, muy cerca, y de ella salió una ola, o eso me pareció. Salió muchísima agua que me cayó encima, me empapó y llenó el barco, escurrió y volvió a caer por los imbornales a su lugar de procedencia mientras miles de objetos culebreaban en todo lo que me era dado ver, todo se había llenado de pequeños objetos blancos que se movían e intentaban huir desesperadamente. Javi subió las encharcadas escaleras corriendo, ¿qué ha pasado?, ¿qué es esto...?, y yo solté la carcajada. ¿Cómo no se me había ocurrido antes...? Eudoxio nos había llenado el barco de calamares.
Efectivamente, lo que había en la bañera eran unos cefalópodos pequeñitos, maravillosos, de los que yo no había vuelto a ver desde que era pequeño, cefalópodos de verdad, sin ningún cruce genético de tipo industrial, sin conservantes ni colorantes ni atomizantes ni nada de eso, y vivos, a juzgar por el follón que había en la bañera. La gran mayoría había caído al mar, porque el escupitajo de Eudoxio había sido monumental, pero los que habían quedado en el fondo, que Javi y yo, tan estupefactos como es de imaginar nos apresuramos a recoger, estaban vivos; debían de ser abisales y frescos, vamos, recién pescados. Eudoxio, que debía de subir directamente desde abajo, desde varios centenares de metros, a lo mejor más, había cogido un puñado, para él un bocadín, para nosotros un banco entero, y sin más nos los había escupido encima.
–Los humanos prefieren los maganos porque tienen la dentadura sensible, esto ya se apuntó, y ahora vais a saber vosotros, humanos de vuestro tercer milenio, lo que es el pescado fresco; de esto ya no se acuerda casi nadie. ¡Ahí va...!
Acto seguido nos metimos en la cocina con aquel tesoro, y con lo que teníamos almacenado hicimos un guiso de los que poca gente ha conocido. Lo he dicho mil veces, ya nadie se entera de nada, y de aquello tampoco porque Javi y yo, en cuanto la preparación estuvo a punto, media hora después, nos apresuramos a comérnosla, y eso que nos salió una enorme sartén que incluso rebañamos con pan duro. ¡Maganos con toda la tinta!, pimiento verde, aceite de alguna aldea de Zamora, ajos de la ristra, un montón de tomates que previsoramente llevábamos, una gran cebolla roja..., aquello fue todo, y para cocerlos añadimos agua del mar, así que, ¿qué más querrían oír ustedes...? Pues aún diré que guardamos con todo cuidado los sobrantes para ocasión posterior, y que mientras estuvimos merendando aquella maravilla Eudoxio y sus amigos desaparecieron, debieron de irse a merendar ellos también, se sumergieron y estuvieron un rato por allí abajo, y luego, cuando hubimos acabado, con el buen cuerpo que te dejan estos alimentos, volvieron a subir y se dedicaron a dar vueltas alrededor de nosotros muy despacio, como esperando algo, y entonces Javi cogió la gaita y yo la trompeta, y mientras se desarrollaba el crepúsculo, mientras el Sol se ponía allá lejos con sus acostumbradas luces, primero naranjas y luego más rojas, y al fin, cuando desapareció del todo, ante un público formado por dos catodontes adultos y expectantes dimos un concierto como nunca antes oyeron las olas del mar ni ninguna de las ninfas del océano, un concierto marítimo y crepuscular, un concierto en trío para trompeta, gaita y continuo. El continuo lo hacía Eudoxio, que a veces parecía un órgano de tubos y a veces un violonchelo cósmico, ¿o era una viola de gamba cósmica...?, no sé, e incluso a veces el instrumento del continuo por excelencia, el clavicémbalo. A partir de ahora te voy a llamar Juan Sebastián. Para algo tenían que servir las conversaciones de puerta chirriante, y modulas con suficiencia, parece que te ha enseñado alguien. Claro, que después de tanto tiempo ensayando juntos, algo habrás aprendido...
Esta idea se la brindo a futuros músicos, o a músicos del futuro. Yo creo que se puede desarrollar mucho.

miércoles 29 de octubre de 2008

Chavala guapa leyendo un libro... ¡Pecado!

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Cuando yo era pequeño pensaba que las chavalas guapas, las macizas, no comían nunca alubias ni lentejas ni nada de eso. Me parecía que debían de comer ensaladas de fantasía o algo por el estilo, pero alubias y lentejas seguro que no.



Hoy en día siguen conservándose tradiciones semejantes. Lo que la gente de hoy piensa es que las chavalas que molan no leen libros, sino que están todo el tiempo enredando con el móvil, como las que salen en televisión..., pero en eso están tan equivocados como yo cuando era pequeño, pues las chavalas guapas sí que leen libros, y con enorme fruición en ocasiones, según se puede observar en el espécimen de la fotografía.
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miércoles 15 de octubre de 2008

Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

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En esta comunicación se da cuenta de una de las peripecias que sucedieron a ciertos personajes (los piratas de las gafas de sol) que se tomaron un ácido en una playa de una isla (mediterránea, por lo que parece) a la que arribaron. Pertenece al "Viaje al verano", una novela que escribí hace diez años.

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Al principio había una especie de tapias, unas ruinas y tres o cuatro gallineros, sólo que sin gallinas. Luego unas construcciones más serias, y delante de una de ellas un objeto que podría ser un farol encendido iluminando un letrero. Aunque no se lo crea, ponía, "bar", pero así, con las tres letras, y nosotros, claro, entramos, saludamos, que había dos o tres clientes, y pedimos unas cañas. "Botellas tienen que ser...", nos dijo el de detrás de la barra haciéndose el despistado, como si no supiéramos que era uno de los bandidos, pero nosotros, que tampoco íbamos a levantar la liebre, le contestamos del mejor humor, "pues venga, botellas", que hay que ver cómo te ponen los tripis.
"Qué..., acampando, ¿eh?", nos soltó el de la barra sin mirarnos ni darle importancia (debía de ir mucho turismo por allí), pero nosotros hicimos como que no nos enterábamos del rollo, como si no supiéramos que... "Y..., sí...", le dijimos al mismo tiempo que libábamos cerveza de pirata y pedíamos unos puros y unos chicles, que era lo único que estaba claramente a la venta. Encendimos los puros mientras mascábamos furiosamente los chicles ante las miradas atónitas (o sea, me figuro) de quienes estaban allí, que nunca debían de haber visto a alguien viajando, todo muy deprisa y sin dejar de movernos, que es que resultaba imposible. Dimos un par de vueltas a la habitación mirando los carteles, que eran como sobras de la civilización anterior, algo ecléctico y con todos los colores corridos, y en el entretanto otro perro entró, se acercó, nos olió y marchó a continuar la ronda, y tal y como sucede a veces salió a relucir el tema meteorológico, es decir, nos enteramos de que hacía trescientos diecinueve días que no llovía, y no menos de siete años que no repicaba la campana de la cisterna grande (se debían de referir a la mayor), que era lo que sucedía cuando se llenaba.
Casi siete años de sequía llevábamos nosotros también, y así se lo hicimos saber al tabernero, quien en un fugaz y acertadísimo momento de lucidez nos cogió la onda, o sea, la segunda intención, y fue y nos puso otras cervezas, que el otro no sé pero yo estaba seco, no sé si sería aquella cosa de la actividad activa u otra. Pero el tema, el meteorológico, era acertado, porque yo creo que se trataba de romper el hielo e hilar una cierta cháchara, que debían de tener ganas de palique el tabernero y los dos de allá atrás en la sombra, monjes perfectamente caracterizados. A saber, porque el disfraz de monje ha sido harto utilizado durante la historia por toda clase de bandidos, malhechores y otras gentes de similar o parecida catadura moral para llevar a cabo sus fechorías, digamos, y digamos bien, y además, si querían hablar, que hablasen.
Una voz rugió desde el fondo, "... un vino!!!", y el de las gafas de sol contestó con un eructo majestuoso y el aire se heló durante una fracción de segundo..., (debían de ser muy finos allí dentro), pero nosotros no hicimos ningún caso. Yo di medio paso de baile (que es cuando te das media vuelta y te pones a mirar hacia el otro lado), el de las gafas redobló con ambas manos sobre la barra y masculló, "hum..." –lo cuento para que se vea de qué iba la cosa–, y el tabernero fue hasta atrás y sirvió unos vinos a los monjes. O sea, nada, una escena de bar normal le hubiera parecido a cualquiera, cuando la realidad... Total, que para no quedarnos atrás o ser menos ilegales que los bandidos, va el de las gafas de sol hasta en la cama y anuncia –que me lo debió de decir a mí, pero resonó allí dentro como un trueno–, "vamos a tirar un cohete", una idea originalísima.
Bueno, muy fácil solía ser de todas formas. Se cogía un cigarro, a ser posible rubio, y se vaciaba sobre una mano, el mostrador, una mesa o lo que fuera; dentro del bar si el dueño estaba de acuerdo, y fuera en caso contrario. Luego se sacaba una especie de cosa que algunos llaman piedra, otros china y aun otros tanganazo (aunque esta última acepción se suele aplicar bastante indiscriminadamente), y se le daba candela por uno de sus extremos, bordes o zonas fronterizas con el fluido aéreo, a ver si me explico; o sea, por el lado de fuera. Total, que cuando lo tienes medio en pista y humeante, coges y, chaca chaca, deshaces una cantidad variable de material, cantidad la cuál lo mejor es que sea inversamente proporcional a la calidad del producto objeto de la presente y pormenorizada descripción. El pellizco, que tal suele ser, se mezcla más o menos cuidadosamente con el tabaco, que esto depende de las aptitudes de cada uno, y ya tenemos hecha lo que en jerga claramente grifota se conoce como "mezcla". Entonces llega la segunda parte de la operación, que consiste en buscar (y encontrar, claro es) uno de esos papeles blancos, finos y pequeños, que suelen venir en librillos de cien (¿o de cincuenta?) y a los que el pueblo llano conoce como "papel de fumar", una pasada, una vez encontrado el cuál, que se puede decir que es para el farias...
(en los bares de carretera, claro, no allí, porque los bandidos no son tontos y los monjes menos, y menos aún vista la cara que ponían aquellos)
... se procede a realizar la última parte de la operación: se acomoda la mezcla dentro del papelillo; éste se enrolla con un movimiento bastante curioso y que podría describirse como doble torsión de los dedos pulgar y anular con movimiento de tonel, y luego, ras, ras, sendas chupadas en la mismísima juntura y aparece el cohete como por arte de magia en las manos de quien todo esto hizo posible, en aquel caso el de las gafas, el cuál, para acabar la descripción sin dejar detalle, está moralmente obligado a pasárselo al de al lado, nada de prenderlo él, da mala suerte; o es que la trae, no sé, no me acuerdo. Y en ello estábamos, yo controlando a ver cómo se colocaba la gente, o sea, el de las gafas en relación con los demás, y poniéndome en el sitio bueno –dado que el cohete se lanza hacia la derecha–, y todo estaba discurriendo según lo previsto, es decir, que lo acabó, le metió el filtro...
(porque en esta historia también interviene un filtro, pero eso lo dejo a la imaginación del lector, lectora, perro o árbol que me sigue)
... efectuó un par de contorsiones extras y que no hubieran hecho ninguna falta y me tendió el cohete, blanco y blanco. Por un instante algo flotó allí dentro, una onda blanca, y todas las miradas convergieron en el mismo punto, imaginarse..., y fue precisamente entonces, en el momento que describo, que con gran estruendo se abrió la puerta y un ser totalmente nuevo en esta historia (aunque no en otras), vestido de oscuro, la pistola al cinto, apareció en el umbral. "Estamos perdidos...", oí farfullar al de las gafas de sol, que se había quedado trabado en mitad de la habitación, de pie y con la mano extendida, "¡un cazador de recompensas!". Aquella vez sí que se heló el aire. Yo tosí y carraspeé escandalosamente, quizá para llamar la atención hacia mi persona, pero el autor del cigarro, que debía de ser malabarista, cerró la mano, recitó una letanía ininteligible (corta, eso sí) y volvió a abrirla: nada, había desaparecido el cuerpo del delito. Sin embargo, me parece que fue un número innecesario, porque el recién llegado no nos hizo el menor caso, que entró, barbotó un saludo tenebroso, fue hasta el fondo, se sentó ante una mesa de las varias que había y, volviéndose hacia los parroquianos, va y les dice, "¡qué...!, ¿para cuándo esa partida...?", y se pusieron los cuatro (con el tabernero) a jugar a las cartas; lo último.
Total, que en vista del éxito alcanzado por nuestras actividades, que yo creí que iba a haber cañonazos para ver quién pegaba fuego al asunto, al principio, o que ya entreveía movida con la autoridad competente, luego, cuando se abrió la puerta como empujada por un cíclope, pasamos de todo, pedimos nueva ronda (líquidos para todo el mundo, que esto ya no lo hace casi nadie pero la gente lo agradece) y prendimos el ya famoso –¡y qué digo famoso!, sino célebre a estas alturas del relato– cigarro de mezcla soporífera, y nos lo fumamos sin más, sin decir nada a nadie y casi sin darnos cuenta, porque tú vas, te metes un tripi, como decíamos, y luego vas, pillas un cohete, lo enciendes, y como su mismo nombre indica de repente te das cuenta de que se ha ido al cielo, como los angelitos.
Bueno, pues henos aquí en pleno viaje en aquella guarida en donde se daban cita no sólo bandidos y contrabandistas sino tipos aún más siniestros, que se debían de estar jugando las mujeres, los caballos y las pistolas allá atrás, tales eran las expresiones y denuestos que se percibían, algo del tipo de "paso", "envido", "hasta allá" y similares, y en el exterior una sola luz iluminando un solitario letrero en lo que podría haberse denominado plaza lateral de aquel poblado como del neolítico, "bar"; siempre hay un bar tras la próxima esquina, por lo menos en algunos países.
Un entorno muy apropiado, como digo, el presente, a nuestros quehaceres: una plaza, un farol, un bar en un islote, una partida de cartas de final impredecible, un campamento de piratas en la playa vecina...

miércoles 24 de septiembre de 2008

Trozo de LAS ESTACIONES

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En Las Estaciones , novela ambientada en la época actual y en la que se narran los sucesos que durante un año se dieron en casa de una gente que, al parecer, tiene bastante dinero, hablan varios personajes, como la institutriz, el encargado de la seguridad y el niño, que es en realidad el protagonista de la historia y el que tiene en su haber la mayor parte de los comentarios; como este que sigue, lo van a ver (o mejor, a leer) ustedes.







A Patricia, a la mulata Patricia, le olía el culo a jaramugo, que era un rosal que había en la parte de atrás, al lado de la puerta de la cocina, y tenía flores todo el año, se lo oí decir al tío Mary una vez que se lo dijo a mamá y no me veían, no sabían que estaba allí, y entonces ella le dijo, ¡qué cosas dices!, ¿y así quieres tú ligar?, pues como te oiga, ya sabes lo que te va a contestar..., y el tío Mary se fue riendo por el pasillo y canturreando por lo bajo, que no sé qué cantaba, pero debía de ser algo muy divertido porque iba dando saltos y golpes en las paredes.
A la mulata Patricia, o sea, a mi mulata Patricia, ¿le olía el culo a jaramugo, como decía el tío Mary? Pues cualquiera sabe, pero seguro que le olía muy bien porque Patricia siempre olía muy bien. A mí, al principio, algunas veces, cuando volvía del colegio me decía, Pipo, ven aquí, y cuando estaba a su lado me cogía por el hombro y me decía, niño, tú, ¿qué champú usas?, y yo contestaba, pues el del baño, ya, ¿pero cuánto hace que no lo usas?, y yo la primera vez dije la verdad, pues no sé..., ¡tres días...!, y ella se me quedó mirando, ¿tres días...?, ¡Pipo, eres un poco cochino!, ¿no?, haz el favor de ir al baño y ducharte de arriba abajo, y yo obedecí, fui e hice como que me duchaba. Bueno, sí, me duché un poco, pero poco, ni me lavé la cabeza ni nada, sólo me la mojé, y cuando volví me dijo, ¿ves tú?, ¿no estás mejor ahora...?, oye, si no te duchas, ¿a ti no te pica la piel?, y yo la miré extrañado, ¿a mí?, no, a mí no me pica nada, ¿a ti te pica?, y Patricia puso cara de paciencia y ya no quiso seguir hablando de aquello, no, a mí tampoco, venga, vamos a ver que te han enseñado hoy, y luego, a los pocos días, volvió a pasar lo mismo. Estaba en la mesa con todos los libros y ella entró y dijo, ¡Pipo!, ¿tampoco te has duchado?, y yo la miré, es que..., ¿es que qué?, pues que se me ha olvidado..., bueno, pues venga, levanta y a la ducha, y yo fui y volví a repetir la operación, me mojé el pelo y los brazos, me puse el pijama y fui al cuarto de Azucena en donde estaban las dos hablando de cuestiones intrincadas, yo creía que era algo del colegio pero qué va, estaban hablando de los chicos de la clase de Azucena, porque ella decía, sí, pelirrojos hay alguno, pero son los que menos me gustan..., y al verme se calló. Entonces dije, ¡ya!, y Patricia me miró y dijo, muy bien, venga, vamos a ver qué tienes que hacer, y nos fuimos a mi cuarto y ella no dijo nada, y de esta forma la estuve engañando unos días, pero resulta que uno, un día, me lo volvió a decir, Pipo, ¿no te he dicho que hay que ducharse al volver del cole?, y yo fui, me mojé el pelo y los brazos y por el cuello y volví, aunque tardé un poco, claro, para que no se diera cuenta, pero volví y me dijo, ven, y fue y me olió como por el cuello y entonces dijo, mira, Pipo, los niños oléis muy bien, no te digo que no, pero tú no te has duchado, ¡ay, que sí...!, que no, Pipo, y ahora mismo te vas a duchar de verdad, y delante de mí para que no me engañes, y yo me quedé sin habla. ¿Delante de ti...? Ni hablar. ¿Cómo que ni hablar? Venga, andando delante de mí hacia el baño, y llegamos, yo bastante asustado, porque cualquiera se imagina lo que puede suceder en un caso así, y ella dio al grifo del agua caliente, lo puso todo bien y dijo, venga, adentro, y yo me eché hacia atrás. Pero ¿vestido...? No, de vestido nada; desnudo. Pues entonces tú vete. ¿Yo...? Sí, para que me engañes como todos estos días..., venga, quítate la ropa, cosa que ya me resultaba bastante comprometida, ¡sí, venga, delante tuyo...!, delante tuyo, no; delante de ti..., ¿verdad?, pero no te preocupes que no te voy a mirar nada, me tapo los ojos y arreglado, y se los tapó, y se los tapó de verdad, o por lo menos eso parecía porque además se volvió de espaldas, oye, pero tú no mires, ¿eh?, ¡Pipo...!, bueno, espera, que ya voy, y me quité la ropa a toda velocidad y me metí detrás de la mampara, ¿ya?, sí..., ¡yaaa...!, y allí estuvo todo el rato y yo dando novedades, ahora me lavo el pelo, ¡aaahhh...!, vale, y ahora por debajo de los brazos, bueno, y los pies..., muy bien, niño, muy bien, pero acaba, que para ducharse no hay que tardar una eternidad. Luego cerré el grifo y me dijo, toma esta toalla, y yo me la puse y salí, y ella, que estaba sentada en la banqueta, me dijo, ven aquí, y cuando estuve a su lado me cogió por un brazo, me olió otra vez y se rió. ¿Ves tú?, esto es lo que yo quería; hala, vístete y ponte ropa limpia, y se fue.
A Patricia, según decía mi tío Mary, el culo le olía a jaramugo, y yo creo que era verdad, o por lo menos las manos le olían a zarzarrosa, y como el tío Mary decía que a Patricia le olía el culo a jaramugo, que no sé por qué lo diría, a lo mejor es que se lo imaginaba, un día, sin que me viera nadie, por la mañana, que era cuando no había nadie por allí, fui hasta el tendal que había detrás, en el jardín, pegado a la tapia para que no lo vieran las visitas, aunque las visitas nunca iban por allí, y estuve buscando alguna de sus bragas, pero yo creo que no encontré ninguna porque todas las que había aquel día eran como grandes, como de señora mayor, y yo me imaginaba que ella las llevaría como Azucena, que llevaba de esas que son como tiras por detrás, pero allí no había nada de eso, sólo había de las grandes y pensé, bueno, ya lo miraré otro día, porque oler aquellas no me apetecía mucho, y resulta que cuando estaba allí mirándolas, que había una fila de ellas, oí algo detrás, me di la vuelta y me encontré a Sean.
–Hola, Sean.
–¿Qué tal? ¿Vas a montar en bici?
–¿En bici...?
–Ah, no sé... ¡Como ya nunca vienes por aquí!
–No, es que estaba buscando una cosa...
–¿Qué cosa? A lo mejor yo sé dónde está.
Yo lo pensé.
–¡Qué va...! Lo que estaba buscando no lo encuentro... –y me hice el despistado y me puse a mirar a los árboles.
–Oye, ¿y por aquí no hay cigüeñas?
–¿Cigüeñas...? Sí, claro que hay, pero en este jardín no. Para eso hay que ir a un pueblo. Además, ahora estamos en invierno.
–¿A un pueblo?
–Claro. Están en las torres de las iglesias, pero sólo en verano, y a veces en primavera.
–¡Ah, es verdad...! ¡Si ya las he visto...! –y me fui, porque a lo mejor Sean se imaginaba algo–. Bueno, que me tengo que volver a casa.
–Vale.
... y entonces, como no encontré lo que buscaba, se me ocurrió que lo que tenía que hacer era ir a su cuarto cuando ella no estuviera y mirar en los cajones, porque seguro que allí habría. Lo que sucedía era que entrar en su cuarto cuando ella no estuviera era difícil, porque si no estaba con nosotros solía estar en su cuarto, aunque a veces estaba con mi madre, pero solía estar poco..., o no, mejor a la hora de la comida, porque como ella comía con nosotros, que siempre estaba de palique con papá, sólo tenía que levantarme y decir, "perdón", hacer como que iba al baño, ir hasta su cuarto y mirar en los cajones, pero tenía que hacerlo a toda velocidad porque si me cogía seguro que se iba a enfadar..., bueno, no sé, y un día lo hice. Me levanté, dije, "perdón", que me salió fatal y todos me miraron, pasé por delante del baño y entré en su cuarto, que olía a las flores que solía poner mamá, abrí el armario y había cajones como los míos, así que abrí uno y luego otro y allí estaba su ropa, toda en fila, que las había de todos los colores, azules, rojas, blancas..., bueno, y cogí unas, y cuidando de que no se desdoblaran me las llevé a las narices, pero aquello no olía a nada, a lo único que olía era a jabón, estaba todo limpísimo y ordenado, y entonces, al lado, vi una cosa como de gasa, la cogí y resultó que era un sujetador fantástico, rosa con pintitas blancas, y cuando me quise dar cuenta resultó que lo había desdoblado entero porque si no, no se ve bien, y me dije, ¡jo, lo va a notar seguro!, ¿cómo estaba doblado?, pero me resultó imposible dejarlo como estaba, aunque lo intenté, y cuando acabé me tuve que volver al comedor porque ya debía de llevar mucho rato, así que cerré todo con cuidado, volví a la mesa, me senté y seguí comiendo, y luego ya no pude dejar de mirarla en toda la comida porque la tenía enfrente, y ella se dio cuenta.
–Pipo, ¿qué te pasa?
–Nada. ¿Por qué...?
Aquí hubo una pausa.
–Estás temblando.
–¡Ah, ya...! Es que tengo frío.
–¿Frío...? ¡Si aquí hace calor!
–Sí, no sé. Es que me ha dado como un mareo...
–¿Un mareo...? ¿Estás malo?
–No, no sé...
... y al acabar mamá se empeñó en que me pusiera el termómetro, pero como no tenía fiebre me tuve que ir al colegio como todos los días, aunque aquella tarde no pude pensar en otra cosa que no fuera el sujetador rosa con pintitas blancas, incluso cuando el profesor nos preguntaba, que menos mal que a mí no me preguntó nada, porque yo no veía más que aquello de gasa rosa que ondeaba al viento como si fuera una bandera en un palo...

viernes 29 de agosto de 2008

NASTASIA va a una manifestación

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"La efimera vida de Nastasia" es una novela que cuenta la vida de una chica (niña, chavala; luego mayor) que nació en la Ínsula Barataria y, por eso de la falta de recursos, emigró al lado de su madre a la capital de reino. Aquí se cuenta lo que sucedió cuando una de sus amigas la llevó a una de aquella manifestaciones que había en Madrid a mediados de los años setenta del pasado siglo.



A los diez años, los niños, entre otras cosas, aprendemos a dividir, es justo el año en que te enseñan a dividir, la última de las cuatro reglas. En años anteriores nos habían enseñado a sumar y a restar, lo que me resultó muy fácil, y luego a multiplicar. La tabla de multiplicar, como nos la enseñaron cantando, tampoco me pareció difícil, únicamente eso de poner los números en filas y columnas se me atragantó un poco, aunque al final pudiera con ello, pero lo de dividir me costó más, y ello se debió a que no nos dijeron lo primero que hay que decir en estos casos. Puede que nos lo dijeran y yo no me enterara, no sé, pero el caso fue que lo descubrí yo sola, y a lo que me refiero es a las dos primera cifras, la del dividendo y el divisor, porque una debe preguntarse, ¿es mayor la primera cifra del dividendo o es mayor la del divisor...? Bueno, a lo mejor esto es muy lioso para la mayor parte de la gente. A la mayor parte de la gente no le gustan nada los números y se arman muchos líos en la cabeza, pero si uno sabe este truco la cosa es mucho más sencilla... Sin embargo, lo dejo aquí, y de los decimales no voy a decir nada, que no quiero asustar a ninguno de los que me leen.
Yo tenía una amiga..., vamos, tenía varias..., pero tenía una que se llamaba Natalia, con la que discutía estas cuestiones.
–¿Tú sabes lo del dividendo y lo del divisor?
–¿Cuál?
–No, que si sabes lo del dividendo y lo del divisor.
Natalia me miraba incrédula. Yo creo que aquel asunto no le interesaba absolutamente nada.
–¿Vamos a mi casa?
–Bueno –e íbamos.
Su casa estaba muy cerca de la mía y no se parecía en nada. Era muy grande, y todos los muebles eran oscuros y antiguos y aparatosos.
–¡Jo!, vaya armario...
A Natalia, como lo conocía desde pequeña, no le llamaba la atención.
–¿Qué le pasa?
–Pues que es grandísimo.
–¿Grandísimo...? ¡Qué va! Tenías que ver el del cuarto de mis padres. Ese sí que es grande. Bueno, ¿jugamos a algo?
Natalia tenía muchísimos juguetes y muñecas.
–Esta es mi preferida. Antes era esa otra, pero ahora es esta. Se llama Lucrecia, pero yo la llamo Lucre. Tiene un montón de vestidos y algunos se los ha hecho la costurera. ¿En tu casa hay costurera? –y luego, cuando estábamos enfrascadísimas con lo de las muñecas, se abrió la puerta y asomó la cabeza una señora muy peripuesta.
–¡Tía Natalia!
Natalia se levantó corriendo y fue a darle un beso mientras por detrás asomaba la cabeza de su madre.
–¿Y quién es esta amiga tuya? ¡Qué guapa...! Ven, dame un beso –y yo, obedientemente, fui y se lo di.
La señora era medio joven y bastante guapa. Además iba muy bien vestida, y olía también muy bien, bastante fuerte pero bien. Debía de usar algún perfume de esos caros, de los que le gustaban a mi madre. Estuvieron allí un rato y la tía nos dijo,
–¿Me vais a acompañar el día de la manifestación? –y Natalia contestó,
–¡Pues claro! ¿Tú quieres venir? –y yo, que no tenía ni idea de qué era aquello de la manifestación, por no parecer grosera dije,
–Bueno –y la señora se deshizo.
–¡Qué simpática! Bueno, pues ya hablaremos –y se fueron y allí quedó la cosa.
A los pocos días, Natalia, a la salida de clase, me dijo,
–Oye, ¿te quieres venir a casa a probar? –y yo contesté,
–¿A probar qué?
–Pues el uniforme.
–¿El uniforme? ¿Qué uniforme? –y Natalia me puso en antecedentes.
–Es que a la manifestación hay que ir de uniforme, todos vamos de uniforme. Además es muy bonito, ya lo verás, tiene una gorra roja.
–¿Una gorra roja?, ¿sí? –y allá fuimos.
Subimos a su casa y su madre nos dijo,
–¡Ah!, ¿ya estáis aquí? A ver, Natalia, enséñale a Nastasia su uniforme y os lo ponéis, que os quiero ver, ¿vale?
–Vale.
Total, que fuimos a su cuarto y nos los pusimos. El uniforme era azul marino. Era una falda como de palas y un jersey normal. También tenía medias del mismo color, pero esas no nos las pusimos, y la gorra roja era una especie de boina que tenía bordadas con hilo amarillo dos letras, efe y ene.
–Y esto, ¿qué significa?
–Ni idea.
–Bueno, da igual.
Salimos, y su madre nos pasó revista.
–¡Hijas mías!, ¡pero qué bien os queda...! A ver, Nastasia, date la vuelta... ¡Pero, hija, si parece que te lo han hecho a medida! –y con aquello hasta a mí me convenció.
Me quedé muy ufana y orgullosa y no me lo quise quitar, y la gorra menos, hasta que me fui, por la noche, cuando volví a casa.
La manifestación era un sábado por la tarde. Yo salí de casa y no dije nada. A mi padre por supuesto, pero tampoco se lo dije a mi madre, no sé por qué. A mí me daba la impresión de que estaba haciendo algo prohibido, de forma que no dije una palabra.
–Oye, que me voy a casa de Natalia.
–Bueno, hija. Si no estoy cuando vuelvas, vete a buscarme al bar.
–Vale –y me fui.
En casa de Natalia nos disfrazamos entre risitas histéricas y nos estuvimos mirando en el espejo. Yo me ponía la boina ladeada, que me quedaba mejor, pero su madre dijo que no era así.
–No, mujer, póntela bien que tenéis que ir muy guapas, ya verás. Ahora vendrá la tía Natalia, que os va a llevar –y, en efecto, al cabo de un rato llegó su tía, que no iba de uniforme sino de normal, de calle, y nos dijo,
–Muy bien, estáis muy bien. Ahora vamos a buscar a los otros chicos, y cuando acabemos nos vamos a merendar. ¿Queréis ir luego a merendar conmigo? –y Natalia dijo,
–¡Huy, sí, claro! –así que nos fuimos con ella a donde se celebraba la manifestación, que era allí al lado, unas manzanas más allá.
Todo el mundo nos miraba, pero es que pocas veces se ve a dos niñas de uniforme raro. Imagino que pensarían que éramos de algún colegio, no sé, y en seguida llegamos y resultó que había muchos niños más, todos vestidos igual que nosotras. Entonces, un señor bastante raro, uno calvo, con camisa azul marino como las nuestras, bigotito y gafas negras, nos hizo formar, como los soldados de las películas, y nos dijo que íbamos a ir a un sitio que no entendí, nos hicieron ir a todos en fila por la acera otras dos manzanas hasta el sitio que ellos decían. Los mayores iban como desfilando, medio haciendo el tonto pero como si desfilaran, y nosotras los imitábamos muertas de risa, así hasta que llegamos a una calle bastante ancha en donde, al parecer, tenía lugar aquello. Era enfrente de un bar que se llamaba no sé qué 47. A mí eso de los nombres nunca se me ha dado bien, y además aquel sólo lo vi una vez, pero de los números sí que me suelo acordar. ¿Cómo no me voy a acordar del 47? Es facilísimo. Bueno, pues estábamos allí, en una calle ancha que estaba cerca de casa, todo lleno de coches y autobuses y gente, porque era la hora en que todo el mundo sale a la calle, cuando algunos de los mayores que iban con nosotros se pusieron a gritar. Sacaron unos altavoces muy raros, unos aparatos con forma de altavoz y que se agarraban con la mano, y se pusieron a dar voces. Qué decían, no lo sé, no se entendía nada; desde donde nosotras estábamos sólo se oía un ruido muy raro y las palabras no se entendían. Era como una letanía, y algunos de los niños contestaban. Debía de ser que ellos sabían lo que había que contestar, pero a nosotras no nos lo habían dicho y nos limitamos a mirar, y en esto estábamos, en lo de la letanía, cuando aparecieron algunas furgonetas de la policía que aparcaron por allí cerca, unas a la derecha y otras a la izquierda, y de ellas se bajaron muchos guardias que se colocaron en fila en la acera de enfrente a la que ocupábamos nosotros. Se pusieron todos allí y nos miraban pero no hacían nada. Los guardias eran los de siempre, los que veías por la calle. Iban vestidos con unos abrigones grises muy grandes y aparatosos que no sé cómo les dejaban moverse, y desde que llegaron se redoblaron los gritos que daban los que estaban con nosotros. Gritaba todo el mundo, hasta la tía de Natalia, que estaba allí detrás. Bueno, más que gritar, resulta que se transfiguró. De la que yo vi el primer día en su casa no quedaba nada, seguro que ya no debía ni oler bien. Se puso hecha un basilisco, toda colorada, encendida; yo creo que se puso hasta cardíaca. Gritaba a voz en cuello, aunque no sé qué decía porque tampoco se la entendía, pero una vez, en lo más alto de su exaltación, sí le entendí una cosa, ¡policía comunista!, y luego lo decían todos, ¡policía comunista!, ¡policía comunista!, y los guardias de enfrente nos miraban con no muy buena cara. Estaban tranquilos y no se movían, pero estaban allí enfrente, todos tiesos y con las manos atrás...
Nosotras nos encontrábamos bastante asustadas, yo desde luego, y Natalia por un estilo, pero algunos niños de los que había alrededor hacían bromas.
–No, si no pasa nada.
–Sí, tú fíate de la Virgen y no corras.
–¿Has visto lo que dice este?
–¿Qué dice?
–No sé. A ver, dilo otra vez.
–Pues que te fíes de la Virgen y no corras.
–¡Jo!, ¿y eso qué es?
–Pues no sé; lo dice mi padre.
–¡Jo...! –y de repente se oyeron sonar unos pitos, ¡pi pi piiiii...!
Miramos y vimos que un grupo de guardias con las porras levantadas venían a todo correr hacia nosotros, y allí se organizó la desbandada.
Todo el mundo salió corriendo hacia donde pudo, unos hacia arriba y otros hacia abajo. Yo agarré de la mano a Natalia y le dije,
–Venga, corre, vámonos –pero Natalia se había quedado paralizada.
Ni me oía ni me escuchaba, se había quedado de pie con la boca abierta y parecía que estaba alelada, así que como los guardias estaban ya muy cerca, y a los que estaban en el extremo, que eran mayores, les estaban dando palos, no lo pensé más y salí pitando hacia donde parecía que había menos gente. Guardias había por todas partes, pero yo hice unos cuantos regates y no me tocó nadie, aunque era difícil salir de aquel tumulto. Todo estaba lleno de gente que se caía y se levantaba, sobre todo los mayores. Yo no sé cómo los guardias podían pegar a todos aquellos viejos, pero el caso era que lo hacían, les pegaban unos porrazos que no veas. ¿Serían comunistas de verdad? Vaya usted a saber, y en mitad de la refriega me encontré al lado de un guardia con la porra en la mano. Yo le miré como con miedo y sin saber qué hacer, pero él se dio la vuelta y se fue corriendo a pegar a otros. Yo también me di la vuelta para salir huyendo, pero había tanta gente que me tropecé con alguien y me caí al suelo. Me hice bastante daño en una rodilla, o sea, me hice hasta sangre, aunque de eso no me di cuenta sino cuando llegué a casa. De lo que sí me di cuenta fue de que allí, en el suelo, ante mí, había una cartera de cuero de las que se llevan en el bolsillo, que seguro que con todo el lío se le había caído a alguien. Era una cartera muy lujosa, muy buena, y tenía grabados unos dibujos que parecían un montón de flechas. Yo la vi y pensé, ¡ahí va!, ¡una cartera! La cogí, me levanté y eché a correr otra vez, esta vez hacia arriba, porque los guardias se iban en sentido contrario persiguiendo a otros grupos, pero como yo corría muchísimo, y más en aquellas circunstancias, en seguida estuve fuera de su alcance y me metí por la primera bocacalle que pude, luego por otra..., y al cabo de un momento resultó que estaba sola.
Iba a toda velocidad por una calle en la que ya había poca gente. Las personas me miraban al pasar y se apartaban, pero allí ya no había guardias ni nada. Yo iba con la cartera en la mano, y cuando me di cuenta de que nadie me perseguía paré un poco, miré a mi alrededor y volví a casa dando un rodeo. Durante todo el trayecto no vi a nadie que fuera vestido como yo, ni guardias, así que con el susto en el cuerpo, mirando sin parar por mis cercanías, sobre todo desde las esquinas, por si acaso, y apretando la cartera todo lo que pude, llegué al portal, subí la escalera como un meteoro, entré y cerré de un portazo.
Una vez dentro respiré y entré en mi cuarto. En casa no había nadie porque mis padres estaban trabajando, así que lo primero que hice fue cambiarme de ropa. Me despojé de aquel uniforme, que se había ensuciado bastante, y me vestí como siempre, y al hacerlo vi que tenía sangre en una rodilla, pero me la lavé un poco y se me quitó en seguida. Luego fui a mi cuarto, cogí la cartera y la abrí. Dentro había billetes, había mucho dinero, y papeles, pero los papeles no quise ni mirarlos. Saqué el dinero y lo conté. Allí había más de dos mil pesetas, lo que me pareció un capital, claro, porque para mí era muchísimo, pero ni se me ocurrió devolverlo. Después de lo que había sucedido yo no pensaba volver a ver a ninguno de aquellos. A Natalia ya la encontraría en el colegio, pero eso me daba igual, así que lo escondí en el armario debajo de todos los jerséis. Estuve un rato dando vueltas por casa para que no se me notara lo que me había pasado, me peiné y me fui a buscar a mi madre al bar. Me daba un poco de miedo salir a la calle, pero como ya no llevaba el uniforme pensé que no importaba, y al salir del portal miré hacia los lados pero allí no ocurría nada. La gente era la misma de siempre y todo parecía estar en calma, y la cartera, hasta con los papeles, la tiré en una papelera y salí corriendo; yo creo que no me vio nadie.
Yo, por supuesto y del susto que me quedó en el cuerpo, no volví a casa de Natalia nunca. Ella me trajo mi ropa al colegio, que, por cierto, el lunes tenía un moratón en la cara bastante aparente. Yo le dije,
–¿Te pegaron? –y ella me dijo que no.
–No, es que me tropecé con alguien.
–¡Jo, vaya aventura!, ¿verdad?
–¡Jo, desde luego! –y yo le devolví el uniforme, aunque con la gorra me quedé y le dije que se me había perdido en el tumulto; como era roja y tenía insignias, me pareció bonita y la guardé en el armario.
La pensaba poner en mi cuarto, pero luego la escondí, porque si mi padre la veía seguro que tenía algo que decir y a mí no me apetecía oír las cosas que decía. Mi padre a todo le sacaba punta, y de aquello cualquiera sabe lo que hubiera dicho; mejor ni enterarse.

jueves 31 de julio de 2008

Cuando Juan Evangelista, que vivió trescientos años, conoció a miss Gold

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No he hablado aún en este blog de Juan Evangelista, personaje que vivió trescientos años y recorrió buena parte del planeta Tierra; tiempo tuvo para ello. Al final de su vida decidió escribir algo a modo de memorias, y le salieron cuatro libros, a saber: "Edad de las tinieblas", "Siglo de las luces", "Era de las máquinas" y "Perpétuum móbile". (Más abajo puede leerse un trozo del tercero de ellos). Y, a guisa de presentación, ahí va este autorretrato que, utilizando tintas vegetales, carbón de las hogueras y viejo pergamino cheyenne, pergeñó durante sus obligados ocios al tiempo que se desarrollaba la guerra de Nube Roja: él era entonces uno de los ingenieros que construían el Union Pacific (que iba de Omaha a Sacramento), pero en los intermedios prefería residir en los campamentos indios, puesto que tenían mejores caballos (una de sus eternas aficiones) y mucha pipa de la paz.





Lo que sigue es un trozo de la "Era de las máquinas", el tercero de los cuatro libros en los que Juan Evangelista narra su extensa vida, y sucede en 1812, durante el ataque del ejército angloespañol a Ciudad Rodrigo. Fue en aquel episodio cuando conoció a miss Gold, la que había de llegar a ser su segunda mujer.
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La batalla de Fuentes de Oñoro, previa a la ocupación y en la que no intervine, acabó de descalabrar la debilitada fuerza francesa que operaba en la zona, y tras innumerables avances y retrocesos, pues nuestro general en jefe (Wellington) nunca se distinguió por lo arrojado y atrevido, sino antes bien por lo receloso y calculador, nos presentamos a la vista de mi ciudad cuando acababa el año, aunque las avanzadillas llevaban semanas observando los movimientos de sus ocupantes y el estado de las defensas.
Wellington instaló el tren de sitio en las lomas cercanas y durante algunos días se dedicó a bombardear la plaza. Las fuerzas francesas que la defendían eran escasas, y sus pertrechos y espíritu guerrero muy limitados, pues poco parecía importarles quién se hiciera dueño de la fortaleza. Las armas francesas estaban en pleno retroceso, y el rey José, acompañado de algunos generales, huía por La Mancha en dirección a Valencia. Aquellas noticias llegaban de vez en cuando y con jolgorio hasta las filas de nuestro heterogéneo ejército, replegado a cubierto de bosquecillos y elevaciones y ocupado tan sólo en contemplar la progresiva demolición de los muros.
Luego, unos días después, cuando ya se veía que la resistencia era inútil, nuestro general dio la orden de preparar la toma definitiva de la ciudad, hecho que debería llevar a cabo una columna arropada por innumerables maniobras de distracción, y en efecto, una mañana, tras el amanecer, cuando todos los cañones tronaban sin pausa y un diluvio de obuses caían sobre las murallas, precedidos de grupos de cazadores y un regimiento de caballería sobre el que se concentraron los disparos, a cubierto de las trincheras que días antes se habían cavado conseguimos llegar hasta la base de la muralla..., y lo cuento en primera persona porque yo estaba allí, en aquella fila, puesto que me pareció obligado presentarme como voluntario. De cuantos me acompañaban, seguramente ninguno era hijo de Ciudad Rodrigo, y no pude reprimir el romántico sentimiento que me indujo a añadirme a las vanguardias.
Escalamos el primer talud sin dificultades y casi sin oposición, y cuando tras la explosión de varias minas pudimos observar el pasillo que nos iba a permitir la entrada en la ciudad..., una inoportuna bala llegó zumbando desde la lejanía e impactó en algún lugar de mi cabeza.



Durante muchísimo tiempo no supe quién era. Tampoco dónde estaba, aunque creía advertir que era trasladado por el aya, que me llevaba en brazos. ¿Es posible tal suceso? Sin duda, pensé, pues todo es posible en el reino de los sueños, no tan engañoso espejismo de la verdadera existencia.
Asimismo aparecía la niña de los ojos violetas en brazos de mi madre, las serpenteantes tomateras, los volcanes con nieve en sus cumbres y la negra Esmeralda, que lo hacía con los eunucos. La concurrida plaza mayor de aquella ciudad en la que por primera vez me sirvieron el negro brebaje que llamaban l'eau heroïque acudió impensadamente a mi cabeza, y para rematar la función, el macho cabrío que disfrazado de demonio se me apareció en la ermita cercana a Úbeda tras recibir la descarga eléctrica de un monumental cúmulo nimbo, comenzó a bailar ante mis ojos.
Todo ello se reflejó en mi retina durante lo que me pareció demasiado tiempo, y de un lugar me trasladaba sin esfuerzo a otro, unas veces acunado por el aya y otras a lomos de los novedosos y esféricos artefactos que, aunque en la lejanía, había podido contemplar desde mi posición en los parapetos que defendían la ciudad de Cádiz; es decir, los globos aerostáticos.
Lo que más me llamó la atención fue el inconfundible y acre aroma de aquella eau heroïque tan lejana en el tiempo, pero, como en seguida veremos, había motivos para que ello sucediera.
Cuando me desperté, era de noche. Entreabrí los ojos, y a la luz de unos candiles y entre los velos de niebla que advertía en el cerebro vi una chica que se inclinaba sobre mí y al pronto me recordó a Marifló.
–¿Marifló...? –dije aturdido e intentando incorporarme, pero en seguida volví a caer en el sopor.
La segunda vez que desperté era de día, pues por un ventanuco que se adivinaba en lo alto de la pared penetraban los fulgurantes rayos del sol. Yo estaba en una habitación de techo muy alto, y a mi derecha había una puerta. Desde la pared de enfrente me observaba un oscuro e inmóvil personaje, y su extraña mirada me hizo retroceder casi dos siglos.
–¿Familiar de la Inquisición? –le pregunté confuso, pero el grave dignatario no se dignó variar un ápice su semblante.
–Claro –me dije–, porque es una pintura antigua de alguien de cuyo nombre ya nadie se acuerda.
En aquella contemplación estuve embebido durante unos instantes, y luego se abrió la puerta y entró una chica rubia.
–Hola –dijo festivamente–. Ya te has despertado...
... y vino hasta mí y me colocó una gélida mano en la frente.
–¿Marifló...? –dije aún más aturdido, pero ella no contestó.
Se limitó a contemplarme con aguda mirada, y luego la vi desvanecerse entre las nieblas que mencioné. Muy a mi pesar, pues la chica era guapa, la cabeza se me torció sobre la almohada y me encontré al lado de una de las lagunas plagada de caimanes que tuvimos que bordear en el memorable viaje que conté que hicimos a través de las tierras del Darién. Yo, a mis sustantivos dieciséis o diecisiete años, iba disfrazado de dominico y procuraba ocultarme tras mis incipientes barbas de las plantas carnívoras, las sierpes enormes, los amenazantes volcanes y la mayor parte de mis compañeros, tan poca confianza me inspiraba aquella ruidosa gente. Entre la comitiva que afrontó el particular viaje se encontraba una princesa, al decir de las hablillas, y tal debía de ser porque viajaba en litera velada por cortinas. Una de sus servidoras, de las que llevaba un ejército, se acercó hasta el lugar que ocupaba, a la orilla de la laguna, y me dijo,
–De sobra se conoce, señor don Juan Everardo, que es Su Ilustrísima entendido en láudanos y aguas heroicas...
Yo la interrumpí.
–¿Otra vez? Hacía mucho tiempo que no oía citar tales preparaciones, y durante la última jornada ya me han hablado de ellas dos veces. El acre olor de la tintura de opio, sin embargo, no se me olvidará nunca.
Luego miré con furia a quien había interrumpido mis meditaciones y grité,
–¡No...! ¡No quiero escuchar de nuevo los cantos de las sirenas que Matatías me llevó a contemplar a la plaza mayor de aquella ruidosa y gran ciudad de cuyo nombre no puedo acordarme! –y allí moderé el tono–. Fue con ocasión de uno de los viajes de mi señora la marquesa, la marquesa de los ojos violetas, apréndaselo usted bien, y yo viajaba en calidad de paje, pero aquella tarde en que pude solazarme entreví el fantasma de la libertad. ¡Qué tiempos aquellos, tan lejanos...! Luego, por la noche, me crucé con Marifló en un pasillo estrecho y huelga decir lo que aconteció..., pero es que yo acababa de estrenar la adolescencia, y ya conoce usted los arrebatos a que en tal ocasión estamos expuestos los mortales...
La voz blanca simuló no hacerme caso y continuó con su letanía.
–Hace trescientos años, cuando los barcos portugueses iban a traficar a Oriente, como moneda de cambio no llevaban dineros de una u otra nación, no, que allí no les interesaba el metal acuñado en lugares tan lejanos, sino una mercancía infinitamente más preciosa, y esta mercancía, ¿sabe Su Ilustrísima cuál era? Pues yo se lo diré, que era opio castellano, la emanación de las majestuosas Papáver somniferum que en sus llanuras crecen, la mejor y más poderosa variedad del planeta.
–¡Opio castellano...! –dijo con admiración Mendoza, el maestro y constructor de vías de comunicación, que sin duda conocía aquel asunto.
–Sí, opio castellano –continuó la voz–, preciosa materia prima de mis experimentos. Yo vivo para rescatar a los soldados de su dolor, ya sean ingleses, españoles, franceses...
–¿Franceses? –dijo Juan Amadeo, el primero de mis hijos peruanos, que de alguna forma había conseguido colarse también en aquella habitación–. La canalla no merece estos cuidados, y son sus ínfulas imperiales quienes les han colocado en tales circunstancias.
–¿Sus ínfulas imperiales? –terció la criada de la princesa, que aún seguía allí–. De ninguna manera se puede hablar de un pueblo que elige su Destino, sino de las decisiones de quien les gobierna. ¡Nadie, excepto los muy locos, van a la guerra con entusiasmo, sino que son arrastrados a ella por los poderosos y la amenaza de sus represalias!
Hubo un hondo silencio, y cuando creí que se había disuelto aquella tertulia que tan inopinadamente se había formado alrededor de mi cama, la voz, la voz cristalina que yo no sabía de quién era, dijo,
–Sí, así es, y aún añadiremos otras cosas, porque parece que Su Señoría cree que la Revolución Francesa fue la más importante de las revoluciones, pero en ello se equivoca, pues, ¿no es preferible para el pueblo, que todo lo paga con sudor y sangre, la Revolución comercial que al compás de los tiempos y merced a sus barcos han puesto a punto los atrasados e incultos ingleses? Piénselo. Esa revolución hará crecer la riqueza de las naciones, no solamente la de las clases privilegiadas, como siempre sucedió hasta ahora, y todos participaremos de ella. Uno de sus frutos es este reciente producto, esta decantación milagrosa de los principios activos de la planta que nos ocupa y que desde los laboratorios de Inglaterra han hecho llegar a mis manos, la panacea con la que siempre hemos soñado quienes batallamos para que decaiga el dolor que asola el Universo..., y a ti te aliviará mejor que los remedios antiguos, la endemoniada Datura stramonium o los inanes cocimientos de cresta de gallo.
Una mano muy fría pasó de nuevo por mi frente.
–Tu cabeza, por otra parte, ni siquiera se rompió del todo; la tienes muy dura.
Hubo una pausa durante la que ella, como buena mujer, fuera la que fuera, arregló los embozos de mis sábanas, y al fin, contemplando su obra, dijo,
–Yo no soy esa Marifló por la que suspiras, sino miss Gold, ayudante de farmacia del ejército inglés, que me admitió por mis méritos..., aunque tú puedes llamarme Alessandra.
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viernes 13 de junio de 2008

Don José, el cuclillo

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En una de mis novelas, la que se llama "Animales y otros fenómenos eléctricos", está este cuento, que es bastante ganso. Y bastante corto, si se tienen en cuenta las cosas que he puesto aquí.
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Don José Cuclillo era un pájaro al que molestaban los ruidos. Le molestaba, claro es, el fragor de los automóviles que de vez en cuando transitaban por la cercana carretera comarcal, y le molestaba el remoto ruido del tren de mercancías que resoplaba allá a lo lejos, sólo un poco más acá del horizonte, así como el de su primo hermano, el retumbo del trueno apartado, anunciador de próximos aguaceros en los bochornosos atardeceres del verano, pero le molestaban también, ¡y de qué manera!, las distantes voces de los labradores, e incluso en determinadas ocasiones, cuando la primavera avanza y parece que va a llegar el estío, las cantarinas risas de las labradoras. Puestos a exagerar, porque don José, para esto de los ruidos, la verdad es que era un poco exagerado, bien podríamos decir que le molestaban los zumbidos de abejas y moscardones en su incesante ajetreo, y hasta el susurrar de las hojas en otoño, que ya es decir..., pero lo que más le molestaba, ¡ay!, lo que más le molestaba de todo, quizá porque era lo que más cerca tenía en aquella campestre paz a que desde pequeño estaba acostumbrado, eran los cánticos de los individuos de su clase, sus parientes cercanos y lejanos, las avecillas.
A don Pepe, el cuco, le molestaba muchísimo el chirriante graznar de la urraca, el "guec guequec" del pardillo común, el cuchichí de la perdiz, el crotorar de mamá cigüeña y el mismísimo cucú de sus hermanos. A don José, a don Pepe, por expresarlo con claridad, le molestaba prácticamente todo.
¡Ah!, no diría eso si hubiera encontrado a un pinzón real, un escribano palustre o un mirlo blanco, esos pájaros cuyos solemnes trinos, tan acordes con la espesura en que se producen, no tienen nada que envidiar al virtuosismo desplegado por algún avezado (¿y enamorado?) flautista. Don José, para mayor inri, ¡qué le vamos a hacer!, tampoco había conocido nunca a un pájaro órgano...
Lo que más le fastidiaba eran las horas previas al amanecer, esos momentos en que el reino alado, cuando aún es de noche, saluda al nuevo día.
–Pero..., ¿será posible? ¡Y todas las mañanas lo mismo!
Don José, puesto que con el jolgorio que se armaba resultaba imposible pegar un ojo, se internaba en la fronda renegando y maldiciendo con las mil y una maldiciones del libro en el que están escritas las más exageradas ofensas.
–¡Tañedores de ruido rosa!, ¡amantes del quodlibet...!, y digo poco: ¡biznietos de Satanás! Así os veáis atravesados por las más negras flechas de Orión, el cazador por antonomasia, y bla bla bla...
... y todo ello acentuado por la temprana hora, porque don José, como no es difícil imaginar, por las mañanas sufría de acidez y otros males estomacales.
Y ya que hablamos de amaneceres, ¿qué decir de los ocasos, la hora preferida por las bandadas de estorninos para expresar sus sentimientos, cuando en su emigrar se posan en las copas de los pinos piñoneros? ¡Bueno!, aquello sí que era superior a su fuerzas...
–No, no puedo, ¡no puedo! –decía don José horrorizado, y tapándose los oídos con las alas corría a esconderse en lo más recóndito de la selva.
–Y además, por si fuera poco..., ¡extranjeros!

Don José Cucl
illo, que era un cuco serio, un cuco muy puesto en su acallador papel, pasaba el día reprendiendo a sus semejantes para que no alborotasen.
–Señora tórtola, ¿no se da usted cuenta de que...?
–Pero, don José, comprenda usted que tengo que emitir el grito nupcial. Si no, ¿cómo me iba a encontrar mi tortolito?
Don José, para algunas ocasiones, guardaba un mínimo de tolerancia.
–Vale, vale, pero, por favor, modere usted esa dinámica.
Don José, el cuclillo, por aquello de sus aficiones, conocía las voces musicales. Decía dinámica en vez de volumen, y decía también sordina, en vez de silencio. Un piquituerto común, su más próximo vecino, un pájaro que era un poco sordo –o que se hacía el loco, eso no lo sabemos–, con ayuda de un amiguete, un verderón serrano, un verderón bastante descarado –todo hay que decirlo–, intentó un día introducirle en los arcanos de la polifonía.
–Ustedes, jovencitos, ¿nunca oyeron hablar del debido respeto a los mayores?
–Pero, ¡hombre!, don José, no ponga usted esa cara. ¡Si sólo estábamos intercambiando impresiones!
–Sí, sí, impresiones... ¿No conocen, por ventura, las más altas virtudes de la sordina?
Allí se montaba la gran polémica, pues de sobra es conocida la condición polemista de los verderones.
–¿Así que no cree usted en los dominios de la afinación y las proporciones?
Don Pepe, el cuco, los miraba con bastante mala uva.
–¿Querrán estos arrapiezos cachondearse de mí? –pensaba para su adentros.
–Pío pío pío..., pío pío pío...
–¡Fui fui fui...!
–¡Prruit prruit prruit...!
–Pío pío..., pío pío pío pío...
Don José, desesperado, se cambiaba de rama.
–¡Hablarme a mí de polifonía! ¡Atreverse a hablarme a mí de polifonía! No, si cuando yo digo que estamos todos locos...
Luego don José, para tranquilizarse, se echaba unos vuelos, en el curso de los cuales solía mirar de reojo hacia arriba, porque don José nunca descuidaba su cenit. Por allá arriba, muy lejos, sólo un poco por debajo de las nubes, planeaban con todo descaro los piratas del aéreo mundo de las aves, aquellos incansables trotamundos que a su justa fama de bandolerismo unen la de carroñeros, las rapaces..., porque, ¿qué decir de las rapaces, con sus estentóreos gritos de burla? Don José, cuando volvía a arborizar, las miraba desde su alta rama y renegaba por lo bajo, aunque prefería callarse. Don José, después de todo, era muy prudente y se hacía perfecto cargo de sus limitaciones.
–No, con esas no me meto. ¡Que griten, si quieren...! Por si acaso.

Así estaban
las cosas, cuando un día... Sí, un día, un día en que a intempestiva hora, las cuatro de la tarde, sonó, a lo ancho y largo del bosque, el grito del cuco...
–¡Cú... cú...!
... don José no pudo por menos de estremecerse.
–¡Y un congénere, además!
Don José, que con el paso del tiempo había afinado su oído –aquello fue su perdición–, remontó el vuelo dispuesto a buscar y encontrar al poco discreto cucúlido.
–¿De dónde viene? De allí... No, de allí...
Don José, de aquí para allá, no daba con el escondite del escandaloso pájaro, que una y otra vez...
–¡Cú... cú...! ¡Cú... cú...!
Don José estaba a punto de volverse loco.
–¡Ay, Dios mío..., ay, Dios mío...! ¡Cuando lo encuentre...! ¡Cuando lo encuentre va a ver! ¡Sí, cuando lo encuentre..., que no le pase nada!
Don José voló y voló en todas las direcciones posibles, y al poco rato creyó adivinar la procedencia de los destemplados gritos.
–¡Ahora, ahora sí que te he pillado!
Don José se lanzó en picado hacia aquel grupo de árboles y...
¡Nunca lo hubiera hecho! De la espesura surgió un nuevo ruido, un horrísono ruido, un ruido que de ninguna manera se esperaba. Allí sí que sonó un ruido fuerte, sí, allí sí que se oyó un ruido inesperado, con lo poco que le gustaban los ruidos a don José..., ¡qué horror!, ¡pum..., pum...!
Don José, alcanzado en medio de su justiciero corazón por la redonda posta, no pudo por menos de pensar,
–¡Qué fatalidad! ¡Ahora que estaba casi a punto de...!
Luego cayó como una piedra al suelo y, como dicen por ahí, entregó su alma.
El cazador que le había matado, un cazador anónimo y bajito, un cazador del montón, un cazador que andaba soplando uno de esos reclamos que venden en las tiendas de cazadores, al verlo, cuando se lo trajo su perro, se dijo,
–¡Vaya!, un cuclillo... ¿Y qué hago yo ahora con un cuclillo?
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sábado 17 de mayo de 2008

Las aventuras de Crucita

Una de mis novelas se llama "Crucita y yo". Crucita es el arquetipo de la niña que nunca se hace mayor..., y con esto me parece que está dicho casi todo, no obstante lo cuál ahí va la portada, el texto de la contraportada (en cursiva) y varias páginas de sus divagaciones, en las que, sobre todo, habla de su perro.



Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: maciza espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...

Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...

¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...

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Disertación sobre el papel de la literatura
Los protagonistas de los cuentos tienen el cuerpo hecho de sopa de letras, sí, y no sólo los protagonistas, también los personajes secundarios, el leñador y la bruja del bosque y tantos otros; los animales de sus corrales y los lugares en que todo aquello sucede, los bosques y los paisajes y hasta el fondo del mar, todo está hecho de sopa de letras. Los cuentos que yo he leído son una pura sopa de letras, no hay más que ver las páginas un poco de lejos, y esto es así porque sucede un fenómeno inexplicable y que voy a intentar aclarar. Los ojos de la cara ven letras, sí, pero los ojos de la mente..., fíjense ustedes, los ojos de la mente no ven letras sino que ven caras, ven cuerpos, ven paisajes y nubes y objetos de todo tipo... ¿No es esto precisamente la magia?
En mis cuentos yo he visto mil y una máquinas y entidades. Ranas verdes, brujas, leñadores, barcos de tres palos, hermanos perdidos en un bosque, cielos estrellados, bellas durmientes, y sin embargo sólo veía letras, igual que ve usted, quien me mira. Son los caprichos y las ilusiones de la mente, lo que sucede cuando nos adentramos en el reino de los pensamientos encantados, lo que nos sugieren las infinitas sopas de letras que danzan en el Universo, incluida la de pasta. A mí antes no me gustaba mucho, bueno, no me gustaba nada, eso de los fideos no se ha hecho para mí, voy a decir la verdad, los macarrones sí, ¡mmmmh...!, ¡están buenísimos!, pero las sopas..., y entonces un día Maná me dijo,
–A ti, que tanto te gustan las letras, ¿te gustarán más las sopas de letras que las de fideo cabellín? Dime, niña, ¿tú crees que te gustarán las sopas de letras?
... y yo, que nunca había visto una sopa de letras, las he visto después, dije,
–Pues no sé; a lo mejor sí.
... y cuando la probé me di cuenta de que se pueden poner los nombres, el mío, por ejemplo, y el de usted que me lee, Pepe, Roberto, Marisa, Federica... Yo tuve una amiga que se llamaba Federica. Me traía chupa chups con cromo, pero hace mucho tiempo que no viene por aquí.
–Maná, ¿dónde está Federica? Hace mucho que no viene a vernos –y Maná me dijo que se había ido al Congreso.
–Sí, un señor que se hizo amigo suyo la colocó en el Congreso, en el bar. Como servía muy bien las copas, el señor pensó que allí podía estar bien y así no tenía que venir a trabajar aquí, que le quedaba algo lejos, así que ahora está allí, pero si quieres le digo que un día venga a verte.
–¿Tú crees que querrá?
–Sí, mujer, ¿cómo no va a querer? Pero ahora acábate la sopa y no hablemos más –y ella se puso y se la tomó en un momento.
¡Hay que ver con qué facilidad comen sopa los mayores!, y como a mí me costaba, Maná me dijo,
–Si eres capaz de acabarte esa sopa... y otras cien..., te compro un perro para que te haga compañía.
–¿Un perro? ¡Huy, sí, qué bien...! Oye, pero ¿qué perro?
–Pues el que a ti te guste. ¿Qué perro te gusta a ti?
–¿A mí? Pues el de Rosana... No, mejor como el de Alicia; ese sí que es guapo.
–¿Es grande?
–¿Grande...? No, es mediano, y blanco, y está todo el tiempo dando saltos. Además, nada y bucea.
–¿Bucea?
–Sí, en la piscina de su abuelo. Un día su padre le ató un palo a una cuerda que al otro extremo tenía una piedra... ¿Tú lo entiendes?
–Pues claro, hija. ¿Por qué no lo voy a entender?
–Bueno, pues echó la piedra a la piscina, y como la cuerda era corta el palo se quedaba por debajo del agua...
–Ya.
–Bueno, pues entonces, el perro de Alicia, que lo que quería era el palo, estuvo toda la tarde buceando. Se tiraba al agua, buceaba un poco, lo cogía con los dientes e intentaba sacarlo, pero se cansaba en seguida porque estar todo el rato nadando es muy cansado, y salía. Subía por la escalera, se ponía en el borde, se sacudía y daba la vuelta a toda la piscina llorando y mirando al palo, y en seguida se volvía a tirar y hacía otra vez lo mismo. Pues así está todas las tardes, me lo ha dicho Alicia. Lo que pasa es que aquí no tenemos piscina.
–Bueno, pero un día
le llevamos a que vea el mar, y a lo mejor le gusta y se mete.
–¡Eso! Y si no, a un río. Por aquí hay ríos, ¿verdad?
–Sí, hay muchos, pero antes..., ya sabes cual es el trato.
Total, que para conseguirlo me comí cien sopas de letras, y para que no se le olvidara le decía,
–Oye, pero tú te acuerdas del perro, ¿verdad?
... y Maná, siempre que se lo recordaba, se reía.
–Sí, mujer, ¡cómo no me voy a acordar! Venga, rebaña ese plato y ya sólo te faltan cuarenta.
–¿Cuarenta...? ¡Jo!, es que son muchas. ¿Cuándo se cumplen las cuarenta?
–Pues no sé, para Navidad. Fíjate, ¡en Navidad tendrás tu perrito!
... y yo..., bueno, pues me las tragaba. Durante aquella temporada comí tanta sopa que luego, de mayor, no he vuelto a probarla, aunque, eso sí, Maná me compró el perro que yo quería.
Era guapísimo. De pequeño era como uno de mis peluches, sólo que se movía, daba saltos y ladraba con su vocecita. Luego creció y ya no le dejé echarse en mi cama. Un día le coloqué una alfombra vieja en el suelo y le dije,
–Tú duermes aquí, que ya no cabemos los dos.
Al principio no quería, pero en seguida lo entendió, en cuanto le hice bajarse varias veces y echarse en su alfombra. Se quedaba allí mirándome, con cara de paciencia, pero luego se dormía y se le olvidaba. Lo que pasaba es que cuando yo entraba de improviso en mi cuarto siempre le cogía.
–Oye, que te he visto, ¿eh?, perro malo. Estabas echado en mi cama y eso no se hace –y yo hacía ademán de ir a pegarle y él se daba la vuelta y se ponía con las patas hacia arriba porque quería jugar.
Yo le decía,
–Oye, perro malo... –y una vez me quedé pensándolo.
–¿Por qué te llamo yo perro malo? Tú deberías tener nombre. Maná, ¿sabes qué?
–No, qué.
–Pues que no le hemos puesto ningún nombre al perrín.
–¡Anda, es verdad! Pero se lo tienes que poner tú, que es tuyo.
–¿Y cuál le pongo?
–No sé, mujer, piensa alguno. ¿Qué perros conoces tú?
–Pues a Pluto...
–¿No conoces más?
–Sí, a Milú.
–Bueno, pues ya sabes dos. Piensa otros y luego decides –y estuve bastante tiempo pensándolo.
El perro de Alicia se llamaba Caín, pero a mí no me gustaba.
–Oye, ¿quién le ha puesto el nombre a tu perro? –y Alicia me dijo que su padre.
–Es que de pequeño se comió a un hermano suyo y por lo visto tiene algo que ver, pero no es malo, ¿eh? Es muy simpático. Si se lo comió, seguro que fue porque le quitaba la comida.
De todas formas, Caín no me gustó. El mío es muy tranquilo y todavía no se ha comido a nadie... Bueno, sí; cuando era pequeño se comió un pollito que me trajo Quimera. Era un pollito de esos muy pequeños. Era amarillo, piaba mucho y corría de un lado a otro, pero sólo duró una tarde. Cuando volví del colegio sólo quedaban unas cuantas plumas, y el perro malo estaba escondido debajo de la cama y me costó mucho sacarle de allí.
–Ven aquí, perro malo. ¿Por qué has hecho eso?
... pero mi pobre perro estaba muy asustado y no quería ni mirarme, así que le di un par de cachetes y dejé que se volviera a esconder; hasta el día siguiente no volvió a aparecer. Seguro que también fue por la comida, como el de Alicia, es ley de vida, y entonces se me ocurrió preguntar una cosa.
–Oye, Maná, ¿cómo se llama el que mata pollos?
... pero Maná, que aquel día debía de estar un poco nerviosa porque mordía el bolígrafo, me dijo,
–No sé. Llama al Rockero, que lo sabe todo.
Yo le llamé y él me dijo,
–¿Que cómo se llama el qué?
–Pues el que mata pollos. Es que mi perro ha matado a un pollito que me había regalado Quimera, y como tengo que ponerle un nombre... –y él me dijo,
–Pues no sé. Se llamará matarife, o degollador, o pollicida –y me dijo más nombres pero ninguno me gustó, y así estuve hasta el día en que, mientras estaba comiéndome un helado, se me ocurrió.
Yo pasé la lengua por el helado mientras dejaba que la mirada vagara por el horizonte, y de repente me vino.
–Oye, Maná, ya sé cómo quiero que se llame el perro.
–¿Sí? A ver, cómo.
–Pues quiero que se llame Tutifruti –y Maná se rió.
–¿Tutifruti? Bueno, ¿no será un poco largo?
–No, está bien.
–¿Tú quieres que se llame así?
–Sí.
–Pues ya está. Tutifruti, ya tienes nombre. ¿Tú crees que lo entenderá...? Tutifruti, ven aquí.
... y Tutifruti, que estaba distraidísimo porque estaba oliendo a conciencia un alcorque urbano, vino a todo correr y de un salto se subió encima de Maná que estaba sentada en un banco comiéndose su helado. Como llegó tan deprisa no le dio tiempo a frenar y metió toda la nariz en la bola. Se quedó entero pringado, pero le debió de saber muy bien porque en seguida se relamió los morros y luego estornudó. Luego bajó al suelo y se sentó a esperar a que Maná le diera más. La miraba tan suplicante que Maná, que se había quedado la pobre sin helado, porque no te lo vas a comer cuando ya lo ha chupado el perro, se lo dio. Primero le dio la bola y luego el barquillo. Yo le dije,
–Toma el mío, nos lo comemos a medias –pero ella no quiso.
–No, hija, si me da igual, si ya no quería más –y al final me lo comí yo todo aunque me quedó un poco de cargo de conciencia, sí, porque mi perro, al principio, era muy lanzado. Sin embargo, yo le eduqué; me costó bastante, pero ahora ya está perfectamente amaestrado. Cuando vamos a algún sitio le digo,
–Oye, aquí no mees, ¿eh? –y no mea, se aguanta hasta que salimos.
En realidad tiene muchas ganas de hacerlo, porque como es tan guapo, todo lleno de rizos blancos, la gente le pasa mucho la mano por el lomo, y los perros, cuando los acarician, se ponen muy así y se les afloja todo, hasta la voluntad, pero él se aguanta, y cuando ya no puede más se pone a dar saltos, es su forma de expresarse. Cuando Tutifruti se pone a dar saltos, mala señal. Eso es que a continuación se va a meter detrás de unas cortinas o debajo de un sofá, y allí, como se cree que no le ve nadie, pues hala. Lo más seguro es que cuando nos hayamos ido la gente diga,
–Vaya con el perrito, y parecía tonto. Trae la fregona que..., ¡hay que ver...! Echa mucha lejía.
... pero a mí nadie me ha dicho nada, seguramente porque no se atreven, porque estos temas son delicados. ¿Sabes que tu perro anda medio flojo de la próstata...? ¡No, cómo me van a decir semejante cosa!, yo soy muy pequeña y no sé lo que es eso. La gente disimula y ya está, y cuando te los vuelves a encontrar, como suele hacer bastante tiempo, no se acuerdan de nada y te preguntan otras.
–¿Estudias mucho?
–Sí, claro, soy la tercera de la clase.
–¿La tercera...? Vaya, eso sí que está bien. ¿Quieres merendar?
–Bueno.

miércoles 23 de abril de 2008

Yo no soy una foca que está en una placa de hielo

Traigo hoy un texto de "Europa barroca", novela de la que hay otros fragmentos en este blog. En él se describen los pensamientos de un cachalote durante uno de sus anuales viajes a veranear en el océano Ártico. Este cachalote es amigo (telepáticamente hablando) de otro de los personajes de la novela, Eduguá, que nació con el milenio, es decir, el 1 de enero de 2001. Lo que se cuenta podría suceder durante el 2025, más o menos.
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Yo soy una foca que está en una placa de hielo. El hielo es delgado, pero como no peso mucho, no me hundo. El hielo se desgajó de un témpano más grande, se desgajó un trozo y yo aproveché para subirme en él. Hizo un ruido como de sierra, como de juguete roto, un crrraaaac prolongado, y luego se desgajaron otros. Yo, en realidad, no soy una foca subida en una placa de hielo, encaramada en un diminuto témpano flotante, pero es como si lo fuera.
Miro a mi alrededor y veo agua azul, agua salada, agua helada aunque aún líquida. La placa de hielo no es muy grande ni muy gruesa, y voy a contar lo que sucede con ella. Mis enemigos me acechan. El gran y perezoso oso blanco, el gigantesco y peludo oso blanco, las garras y los dientes y el instinto, la poderosa mandíbula del gran y peludo oso blanco, todos ellos me acechan, todos ellos me contemplan, me observan desde lejos, desde el firme hielo de la orilla. Allí están los osos blancos, el oso blanco que me ha señalado el Destino; esto está escrito desde el principio de los tiempos. Sí, allí está el oso blanco, mirando, oteando, husmeando. El oso blanco no está contento, está nervioso y pasea por la orilla...
Yo no soy una foca que está en una placa de hielo flotante, pero hago su papel. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que se dirige al océano boreal, que va de viaje hacia el refrigerante océano Ártico mientras en la orilla el oso husmea el aire... Sí, allí está la foca subida en su placa de hielo. La placa de hielo no aguantaría mi peso, y por eso no me puedo subir encima. Si lo hiciera, la foca, que es lenta y pesada de movimientos, se zambulliría al instante por el agujero que ha excavado a su lado, ¡qué listas son las focas! La placa de hielo es ancha, y la foca, mi foca, está en medio tomando el sol. Las focas son perezosas y holgazanas, comen peces, se tiran al agua y nadan un poco, esperan, ya vendrá la comida, ya pasará por aquí, sólo hay que esperar, es todo lo que hay que hacer. De repente, ¡zas!, pasa un salmón. Los salmones son rápidos y escurridizos. Nuestro salmón, éste del que hablamos, buscaba la desembocadura del río de su nacimiento, pero ya nunca la encontrará. El salmón nadaba rápido. Él también estaba nervioso porque no encontraba la desembocadura del río de su nacimiento. Allí es; no, allí no es, es allí; no, tampoco; este banco de hielo no permite que me introduzca... El salmón da vueltas y más vueltas y en su camino se cruza un arenque, ¡ñam!, ya está; ahora la desembocadura. El salmón bordea la placa de hielo y de repente se encuentra al Destino encarnado en boca de agudos dientes. Ahora es él quien siente desgarrarse sus carnes, y yo oigo voces lejanas desde el lugar en que me encuentro. Yo, el cachalote de la mancha blanca en la frente, desde la más alta de las altamares oigo voces y entreveo luces azules...
¡Oscuridad sólo rota aquí y allá por destellos fosforescentes...! ¿Qué es aquello...? Nada, nada importante, nada que se pueda comer. ¿Quién es...? Silencio, silencio, nadie contesta..., y sin embargo sé que estás ahí, al otro lado de la pared azul. ¿Quién eres? ¡Hola...!, ¿y esa puerta de tijera? ¿Qué es esto? Estoy viendo una puerta metálica corredera y no sé lo que es. Estoy viendo una corredera puerta metálica, pero no sé adónde lleva. La tengo ante mí, y al otro lado hay una pared blanca que se desliza desde arriba hacia abajo. En el suelo hay objetos verdes y blancos, y también veo oscuras bolas de color marrón. ¿Bombones, dices...? Sí, bombones, bombones que las humanas uniformemente ataviadas me van dando. Ahora uno de esos, ahora otro de esos...; bien, bien. Además son amargos, amargos como las algas marrones... No, amargos como la tinta de los calamares, como los intestinos de los peces, como las desparramadas entrañas del salmón...
La foca está satisfecha. Se lame los bigotes manchados de sangre y bucea, aquí está la placa de hielo a la deriva. La foca se sube encima, se encarama dificultosamente a la placa de hielo a la deriva mientras desde la orilla el oso blanco, el rey, husmea y husmea. Luego se arrastra hasta el centro de su mínimo témpano y con las uñas horada un agujero suficiente. Le cuesta, pero lo hace porque es su salida de socorro, la puerta de su futuro. Si el oso se encaramara a su placa de hielo a la deriva, si el oso, el rey, llegara nadando desde la orilla y se encaramara a su placa de hielo, ella no tendría salvación. Ella es lenta en su reptar y el oso puede correr, puede hasta galopar, si así lo exigen las circunstancias. Si el oso se encaramara a su refugio ella no tendría salvación y sería devorada. El oso empezaría por el cuello, en un segundo habría llegado hasta su lado y comenzaría por su cuello..., pero con el agujero de la salvación esto no va a suceder. Si el oso se encaramara a mi témpano flotante yo sólo tendría que arrojarme por el agujero y volver al agua, dejar al rey atrás compuesto y sin comida, bucear y bucear hasta encontrar otra placa de hielo, ¡hay tantas!, en la que seguir con mis eternas siestas al sol de medianoche... ¡Arenques, salmones, focas, osos!, todos somos eslabones de una misma cadena, que no se le olvide a nadie. Los gusanos son los últimos, o los primeros, eso no está claro, pero tampoco es cierto del todo; también hay gusanos de gusanos, gusanos que se comen a los gusanos, sólo que son más pequeños y no se ven.
Yo no soy una foca subida en una placa de hielo. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que navega hacia la estrella polar, hacia donde están mi amigos, los solteros que aún no hemos conseguido imponernos. Allí nos esperan los cefalópodos de las profundidades, los ingentes bancos de peces prestos a ser devorados, albacoras, bacalaos, abadejos, merlanes, merluzas, anchoas, sardinas primigenias... Sé que es una puerta, pero ¿quién me lo dice? ¿Sois vosotros, los Reyes del Cielo, quienes me habláis así? No, no lo creo. Vuestros signos, por lo que he oído, son inconfundibles, y esto resulta sumamente confuso. Esa masa de piedra negra..., y tú, hongo blanco, ¿quién eres...? Esa puerta de tijera, esos bombones amargos, ese armario que no puedes volver a armar, lo desarmaste y ahora no puedes volver a armarlo... Allí están las paredes, los montantes, los tornillos, todo está allí, caído en el suelo marrón, y tú te desesperas, lloras como un niño porque no te queda más remedio, pero ya no importa. Ahora vendrá tu padre y te despertará, tu padre, que suele venir en pijama...
Yo no soy una foca subida en una capa de hielo, pero la veo. Sus azules luces se transmiten instantáneamente a través del tejido universal y me lo cuentan. Aquí estoy, perezosamente tomando el sol y haciendo la digestión. A mi lado hay un agujero que he hecho en el hielo. Así, si viene el oso blanco, el emperador de estas latitudes, el más temido, yo me zambullo y el oso se queda con un palmo de narices, tiene que dar media vuelta y volver nadando a la orilla; otra vez será. Yo me subo a otro de esos objetos planos y fríos y hago un nuevo agujero. Con dificultad repto hasta el centro y allí hago un agujero que me permitirá zambullirme en el salvador líquido salado; mejor será que no llegue el caso, pero nunca se sabe. Luego me estiro y me duermo, me coloco panza arriba. Los rayos del sol de medianoche son muy buenos para la piel. Casi no los siento, porque mi capa de grasa me aísla del mundo exterior, pero mi piel... La placa de hielo se mece suavemente siguiendo el ritmo que le marcan las olas, arriba, abajo, arriba, abajo, y yo dormito con un ojo abierto. Estoy al lado del agujero, y si aconteciera algún peligro sólo tendría que zambullirme...
El oso nada y nada hacia la placa de hielo. Lo hace mansamente porque no tiene prisa y ya casi sabe cual es su misión. Lo único que asoma sobre la superficie del agua es la punta de su hocico y de vez en cuando una oreja, porque el oso también piensa, no va a ser sólo la foca. El oso nada lentamente y piensa, ya la huelo, ya estoy cerca, la sangre de salmón huele a mucha distancia, ya estoy llegando. El oso blanco sigue nadando y se topa con la placa de hielo, le tropieza en la nariz, ya ha llegado. No la empuja para no darse a conocer, no hace ruido para no descubrirse. El sigilo es su arma, y el silencio. El oso mete la nariz en el agua y mira por debajo de la placa de hielo a la deriva. La placa es blanca, y un poco más allá, al lado del burbujeante agujero, hay una sombra negra, la sombra de una foca que duerme ajena al peligro. Entonces, al oso blanco le llega una idea...
El oso, el terror blanco, no se encarama al borde de la placa de hielo sino que emerge por el agujero rompiéndolo todo y gruñendo de satisfacción. El oso blanco surge del hielo como una montaña y la foca se queda aterrorizada. Instintivamente retrocede, pero ya es tarde: el oso surge como un alud rugiente. El oso blanco lo ha roto todo y ya está encima de ella, ya la ha alcanzado. El oso blanco ha sacado todo su cuerpo del agua y me ha alcanzado... No, yo no soy una foca del Ártico, yo soy un cachalote con una mancha en la frente y desde el fondo del mar observo las luces azules, permito que sus rayos me atraviesen. El oso blanco ya está a dos metros ya está a un metro sus ojos ya están a medio metro sus dientes ya están a menos de medio metro su mandíbula ya casi me toca su lengua husmea golosamente sus caninos me rozan me hieren se hincan se clavan me penetran perforan mi cuello la sangre roja el sentido se va todo se va..., los aullidos azules traspasan los tejidos universales y se expanden en todas direcciones cruzando las células de mi corteza cerebral...
¡Ayyy...!, sólo eso, ¡ayyy...! A lo mejor no es ¡ayyy!, a lo mejor es ¡urghhh!, es ¡aggghhh! Ello es como un fogonazo, como la luz de los meteoros, una estrella fugaz que cayera, una lágrima del cielo, allí, se acabó, allí, a la derecha, allí fue, un instante, no duró más, un relampagueo en medio de la ancha y estrellada noche, una traza, ¡ayyy...!, eso fue todo, un fogonazo azul y luego el silencio y la compasión. ¿Quién inventó la compasión? Esas son ideas modernas. ¿Tienen porvenir o todo es una momentánea ilusión de los sentidos? Compasión, piedad, misericordia..., palabras huecas que llenan las bocas, pues no hay más amor que el propio...
El oso, seguramente, nada de vuelta a la costa, y yo sigo en mi viaje hacia las latitudes septentrionales. El oso no me cuenta nada. El oso no emite emanaciones de luces azules. El oso no tiene tales habilidades porque la naturaleza no le dotó de esas artes. El oso es blanco y nada de vuelta a la costa, satisfecho, saciado, ahíto, colmado. El oso no sabe que existo, pero ha comido.