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domingo, 20 de octubre de 2013
Bares al lado del mar
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lunes, 29 de agosto de 2011
Baño al atardecer
lunes, 9 de agosto de 2010
Foto con algo más
miércoles, 23 de junio de 2010
Noche de san Juan
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A guisa de ilustración coloco aquí unos enlaces y otras movidas para que quien quiera les eche una ojeada; el texto está sacado de una de mis novelas, "Europa barroca".
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A los que nos fuimos aquel año del college nos hicieron una fiesta de despedida en la piscina, una fiesta en la que estuvimos todos metidos en el agua, y a una profesora que no quiso meterse porque no tenía traje de baño, la tiramos y después no quería salir. Comimos y bebimos en el agua, dimos saltos desde el trampolín, echamos carreras, y luego, al final, salimos del edificio, hicimos una pira con todo lo antiguo, la ropa vieja, los lápices gastados y rotos, los apuntes que nunca más íbamos a ver...
–¿Y los amores no correspondidos?
–Sí, por supuesto, también los amores no correspondidos. Y los malhumores e impaciencias y amarguras, las aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria...
... y estuvimos bailando a su alrededor hasta que amaneció; también bebiendo bastante de un combinado temible que teníamos en un balde, e invitamos a todo el mundo, condiscípulos y profesores. Cuando una es joven puede bailar y beber hasta la amanezca, y cuando la fiesta termina, cuando comienzan a clarear los cielos de oriente, es el momento de hacerse un ovillo sobre la hierba, a ser posible debajo de un árbol, y dormir en grupo con los que te han acompañado. Algunos roncaban, pero eso sucede siempre y no era el momento de protestar.
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Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas
El verano en la costa norte de España (2'12'')
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viernes, 6 de noviembre de 2009
Cuando le cortaba las uñas de los pies...

Este es un trozo de una de mis novelas, "Las estaciones", que está contada por un chaval de trece años. Él tiene una hermana de su edad, y ella una amiga que se llama Rosana. Están de veraneo en un sitio con lago y bosque y todo eso que tanto le gusta a los críos, y un día, jugando, a él se le ocurre una cosa...
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... y los dejé allí e hice como que me iba a la casa, hasta luego, hasta luego, pero cuando ya no me veían torcí y, entre los árboles, escondiéndome, bajé hacia el embarcadero del lago, y cuando pude verlo resultó que Rosana no estaba allí como yo creía y me dije, ¿dónde estará?, y entonces la vi entre los árboles, lejos, que andaba muy despacio y mirando al suelo, como si fuera pensando, y sin que me viera la estuve siguiendo muchísimo rato, de árbol en árbol y procurando no hacer ruido. Rosana llegó hasta la cabaña que había al lado de la tapia y se sentó en el suelo, se abrazó las rodillas con las manos y estuvo cantando bajo y mirando el lago, aunque desde donde estaba escondido se la oía un poco, y yo estuve sin poder dejar de mirarla hasta que las voces de los gemelos se perdieron a lo lejos, que seguramente se habrían ido a perseguirse al pinar, y tras pensarlo salí de detrás del árbol y, como hacía ella, o sea, muy despacio, fui andando hasta la cabaña, y ella no se movió sino que me miró llegar.
–Hola.
–Hola. ¿Qué haces?
–Nada.
Yo me senté a su lado.
–Hoy hace poco calor, ¿verdad?
–Sí, ¡se está más bien aquí...!
Entonces estuvimos un rato callados, yo mirándola de reojo, y Rosana, como sabía que la estaba mirando, arrancó una hierba del suelo y se la metió en la boca y empezó a chuparla.
–¡Jo, qué bueno hace...!
–Sí... –y como no dejaba de mirarla llegué hasta los pies y vi que llevaba sandalias, que las llevaba siempre.
–¿Nos bañamos en el lago?
–¿Ahora?
–Bueno, pues vamos al pueblo.
–No, que Patricia dice que no vayamos ahora, que hace mucho calor. Mejor luego.
–Ya, pero de todas formas podíamos hacer algo... –y de repente me vino una idea–. ¡Ya sé...! Oye, ¿quieres que te corte las uñas de los pies, como aquella vez?
–¡Ah!, ¿como aquella vez...?
–Sí.
Rosana lo pensó.
–Pero es que aquí no tenemos tijeras –y a mí se me ocurrió otra idea.
–Bueno, pues con los dientes... –y Rosana se asustó un poco, aunque luego dijo,
–¿Con los dientes...? ¿Tú crees que se podrá?
–No sé, podemos probar. ¿Probamos?
–Bueno, a ver –y se echó en la hierba mirándome.
–¿Así?
–No. Yo creo que mejor boca abajo –y Rosana, que llevaba unos pantalones cortos y una camiseta, se dio la vuelta.
–¿Así?
–Sí, así. Ya verás, levanta el pie –y dobló la rodilla y yo le cogí el pie con la mano, le quité la sandalia y ella dio un respingo.
–¡Huy...!
–¿Qué pasa?
–No sé... Que me ha dado como una cosa..., así...
–Bueno, espera, que no pasa nada, a ver si puedo –y me llevé el pie a la boca y sin poderlo evitar me metí un dedo dentro, y Rosana respingó de nuevo como nunca le había visto hacerlo.
–¡Ayyy...!
... y la cabeza se le cayó sobre la hierba, pero como no decía nada ni quitaba el pie yo seguí, se lo miré y seguí, mordí un poco la uña, por el extremo, y no era demasiado dura y parecía que se podía cortar bien, pero claro, al hacerlo le chupaba el dedo, o sea, tenía que chupárselo obligadamente, aunque fuera poco, porque si no, a ver cómo iba a hacer aquello, pero no me importaba porque estaba buenísimo, y seguí royendo hacia adentro y observé que a Rosana le daban como calambres y clavaba las manos en la hierba mientras hacía, ¡mmmhhh...!, y se movía un poco, y entonces le dije, oye, ¿te hago daño?, y ella no se dio ni la vuelta, sólo dijo otra vez, ¡mmmhhh...!, pero más fuerte, y con la cabeza parecía que decía que no, y yo entonces apreté los dientes más y le corté un trozo y ella dijo, ¡huy...!, y pegó otro respingo porque a lo mejor notó cómo se desprendía, y luego, después de observar mi obra, que sólo quedaba media, me volví a llevar el pie a la boca y seguí apretando con cuidado y pensé, es que lo tengo que hacer más despacio, y así estuve un rato, mordisqueando con mucho cuidado lo que quedaba, y ya parecía que lo había logrado cuando resultó que Rosana se había puesto muy nerviosa y se le movía el culo, no mucho, sólo un poco arriba y abajo, y como yo creía que se iba a soltar y ya no me quedaba nada, sólo una esquina, y ella seguía con las uñas clavadas en la hierba y se movía tanto, al final casi grité.
–¡No, espera, espera, que ya está! –y tras tantas contorsiones y no menos visajes, que ella se retorcía como si le estuviera dando algo, aunque se aguantó y pude cortársela del todo, fui y le solté el pie.
–Mira, ya está. ¿Está bien?
... y Rosana se dio media vuelta y no se miró la uña sino que me miró a mí despavorida, y luego se levantó a toda prisa y salió corriendo. Hizo, ¡huy..., huy...!, y se levantó muy apresurada y se fue sin despedirse ni coger su sandalia ni nada, salió corriendo y se fue hacia la casa, en donde desapareció.
Yo no entendí lo que había sucedido, claro, aunque por la noche, cuando estábamos cenando, ella no me miraba, y cuando durante un segundo lo hizo, o sea, que nos miramos, bajó la mirada a toda velocidad y se puso a mirar el plato como si le interesara mucho lo que había allí, que era gazpacho. Yo, sin embargo, conseguí mirarle los pies y descubrí que se las había cortado todas, las tenía otra vez todas perfectas y no se notaba nada lo que había sucedido aquella tarde.
sábado, 15 de agosto de 2009
Nastasia va a la playa (1979)

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Aquel año aprobé todo, aprobé la reválida, hasta con buenas notas, y mi madre me dijo,
–¿Te acuerdas de lo que te prometí? ¿Quieres que nos vayamos tú y yo a ver el mar? –y el corazón me dio un vuelco.
–¿De verdad?
–Pues claro. No podremos ir mucho, pero unos días sí.
Mi madre me miró divertida y añadió,
–Pero no se lo digas a tu padre. Le decimos que nos vamos al pueblo y ya veremos lo que hacemos, ¿vale? –y así fue la cosa.
Primero estuvimos con los abuelos unos cuantos días, y luego, en autobús y en tren, nos fuimos a un pueblo que se llamaba La Antilla. No eran Las Antillas, ¡qué más hubiera querido yo!, que estaba deseosa de emigrar a cualquier sitio que me hubieran propuesto –aunque con mi madre al lado, claro está, de la que no me hubiera separado por nada del mundo–, pero aquel lugar al borde del Atlántico, con su mar azul, su enorme playa de blanca arena –aquella sí, y no la que había visto en mi viaje en vespa–, sus embarcaderos de madera, sus barquitos que iban a pescar todas las tardes y su perenne buen tiempo, me pareció el colmo de las maravillas, y los primeros días los pasé en la playa sin querer moverme de ella.
–Pero, mujer, que tenemos que comer...
... y yo, sin levantarme de la arena, decía,
–Ya, pero es que no tengo gana... ¿No quieres ir tú sola? –y ella se iba y volvía al cabo de un rato con bocadillos y cocacolas.
–¡Jo, mamá, qué buena eres! –y mi madre se reía.
–Pero, niña, ¿eres tonta...? ¡Come, venga, que estás en los huesos!
... y allí comíamos las dos tan contentas, y luego nos pasábamos toda la tarde bañándonos, dándonos crema y aprovechando los rayos de sol hasta el final, y si yo no quería salir de la playa era porque mi madre, al llegar, me compró un bikini, mi primer bikini, y estaba aprovechando para ponerme morena en condiciones, por la tripa y por todas partes, cosa que nunca había hecho.
Nosotras llegamos para pasar diez días, pero algo debió de suceder que yo no sabía, porque al cabo de una semana, un mediodía, ella me dijo,
–Ven conmigo, vamos a ver a un antiguo conocido tuyo –y fuimos a uno de aquellos bares que había en la playa en donde nos encontramos a Juanito, sí, el macizo de Europa, que me dijo,
–Pero, chavala, ¡cómo has crecido...! –porque hacía bastante que no nos veíamos y yo estaba muy grande, casi tanto como de mayor.
Él nos invitó a comer allí mismo, y durante la comida estuvieron hablando de negocios. Lo que Juanito quería era que mi madre se quedara a trabajar allí todo el verano.
–¿Todo el verano? No sé si podré... –y él pareció quedarse muy desilusionado.
–¿No? ¡Pues no sabes la faena que me haces! Bueno, si no puede ser, ya buscaré a alguien... –pero yo, que ya me veía pasando las vacaciones en aquel lugar paradisíaco, intenté animarla.
–Mamá, ¿por qué no te puedes quedar? Así nos quedamos las dos...
–Sí, pero es que no sé qué va a decir tu padre... Esto no estaba previsto... –y al final todo se arregló, o medio arregló, porque mi madre era de lo más hábil y persuasiva.
Estuvo hablando por teléfono con él varias veces y le convenció. Supongo que le diría que allí se ganaba bastante dinero, que para mi padre era un argumento definitivo, pero el caso fue que nos quedamos todo el verano, y yo, algunos días, estuve haciendo de camarera, sirviendo platos de mesa en mesa como uno más, sobre todo los fines de semana, que era cuando iba más gente. Los domingos iba tanta gente que se acababa todo lo que había en el bar, y los que trabajábamos, mi madre, la cocinera, los de la barra y los demás, acabábamos derrengados y a las nueve de la noche echábamos el cierre, poníamos un cartel en la puerta y nos íbamos.
Mi padre, no obstante, llamó varias veces para que volviéramos, y por lo visto llamaba cabreado, claro, pero mi madre le toreó durante una temporada.
–Le he dicho que hay muchísimo trabajo y que ahora no puedo ir, ¡estamos en plena temporada!, y que tú, pudiendo estar aquí, allí no pintas nada. Porque tú no querrás ir, ¿verdad? –y yo, sorprendida, exclamé,
–¿Yo...? ¡Ni hablar!
Luego dijo,
–Ya verás como aparece por aquí. Seguro que viene el fin de semana –y así fue.
Mi padre vino a ver qué sucedía y si era cierto lo que mi madre le había contado, porque se presentó un viernes por la tarde de sopetón y sin avisar, como si nos fuera a coger en alguna mentira. Seguro que él pensaba eso, pero mi madre, cuando llegó, estaba en el bar dando órdenes a diestro y siniestro y organizando todo para el fin de semana, y yo en la playa, aprovechando hasta el último momento, y se tuvo que callar. Vamos, callar tampoco. A mí me dijo,
–Estás demasiado morena. ¿Tú has visto esto...? Esta niña está negra como un tizón. ¿Tú no sabes que eso no es bueno?
... como si le importara algo lo que me sucediera a mí, y a mi madre la intentó convencer para que dejara todo y se volviera a casa, pero ella, muerta de risa y sin hacerle ningún caso –porque mi madre no se enfadaba nunca, ni aun con mi padre, que era muy pesado–, le dijo,
–Bueno, bueno, tranquilo. Ya ves que esto se acaba en septiembre y hasta entonces no puedo volver. ¿No dices que no trabajo nada y que todo lo que hago son tonterías? Pues mira, ahora estoy ganando tanto y cuanto –y como lo que dijo era bastante más de lo que él ganaba, se tuvo que callar.
Le sentó como un tiro y se puso a rutar, según costumbre, pero se calló, y aquella noche me mandaron a dormir a otro lado. Como en donde nos quedábamos no había sitio para los tres, le tuve que dejar la cama a mi padre e irme a casa de una señora. Era la que nos vendía las verduras para el bar, que vivía sola y me dio cobijo aquellas dos noches.
–Si no son más que dos noches, no hay inconveniente. Ya sabe usted que yo no hago estas cosas, pero una emergencia es una emergencia. Además..., ¡si el que viene es su marido...!
... y por la noche la señora me dijo,
–¿No quieres salir? Vete a dar una vuelta, mujer, que este es un sitio muy tranquilo –y yo, que no las tenía todas conmigo, salí después de cenar.
Anduve sola un rato por allí, me comí un helado y volví adonde iba a dormir, y la señora, que me estaba esperando, se interesó mucho por mi paseo nocturno. Me preguntó,
–¿Te ha gustado? Este pueblo es muy bonito, ¿verdad? Además, ahora hay mucha gente y está muy animado.
Eso fue el viernes, y el sábado repetí. Como había estado todo el día trabajando como una negra –observada por mi padre desde la barra, de la que no se separó ni un momento, porque la playa ni la pisó–, estaba muy cansada, pero por la noche volví a salir. Di otro paseo por el mismo sitio que la noche anterior y observé que la gente me miraba. Algunos hasta me dijeron cosas, pero no les hice caso porque no me gustaron, y en seguida volví a casa porque al día siguiente tenía que trabajar otra vez y aquello era bastante cansado, y al final mi padre se fue sin despedirse, clara señal de que se había ido cabreado; cogió el coche y desapareció. El domingo por la tarde, que estábamos las dos trabajando en el bar, mi madre, desde su mesa de control, me preguntó,
–¿No ha venido tu padre a despedirse? –y como yo, que pasaba por allí con una pila de platos sucios, negara con la cabeza, añadió–. Pues se ha debido de ir porque mañana por la mañana tenía que trabajar. ¡Paciencia, mujer! –y mi madre, en el fondo, lo decía un si es no es risueña; en realidad no se reía, pero sólo le faltaba hacerlo.
Así estuvimos todo lo que quedaba de verano, hasta septiembre. Cuando el bar se cerró nos fuimos unos días al pueblo, con los abuelos, y a mediados de aquel mes volvimos, las dos con gran pesar en el corazón, a nuestra casa de la gran ciudad, en donde Kraka nos esperaba como agua de mayo y con todo hecho un asco. No había barrido ni una sola vez, y por el baño y la cocina parecía que había pasado un ciclón. Ninguno de los objetos que contenían estaba en su sitio, pues la mayoría se aposentaban en las mesas, las sillas, el suelo y, sobre todo, el fregadero, que rebosaba, y no sólo de platos y toda clase de cacharros sucios, no, sino también de amplios cultivos de las más selectas variedades de hongos.
lunes, 13 de julio de 2009
Una película veraniega

Pues resulta que el otro día hice una película (una cosa mínima, vamos, que nadie se alarme) para que el personal pueda ver algunas de las fotos que he hecho durante el último año, y para amenizarla la monté sobre una música que, para los no iniciados (porque los enterados la reconocerán al instante) diré que es el tercer movimiento del concierto de don Antonio Vivaldi que se conoce como "El verano"; es decir, una de "Las cuatro estaciones". Este tercer movimiento se llama "La tormenta" (estival, se supone) y está escrito para orquesta de cuerda y bajo continuo. Ahora bien, yo me dije, lo voy a tocar con el teclado (un aparato eléctrico que suena como tú quieras) en plan clavecín, y dicho y hecho... Porque, aunque a alguno le extrañe, el que toca es un servidor (este renombrado Camargo Rain que sale por todas partes), y lo hice en casa, durante un rato libre, aunque la tuve que tocar varias veces, claro es, antes de hacerme a ella... (Y luego dicen que los músicos del barroco eran aburridos y no tenían marcha...; ya quisieran los de ahora).
Bueno, pues tras tan largo preámbulo, ahí va la peli, de la que tengo que decir que en you tube se ve bastante peor que en mi ordenata, pero qué le vamos a hacer, que la cosa no tiene remedio; lo que resta se puede suplir con la imaginación. El enlace es:
FOTOS DE OTROS MUNDOS
(Nota final: Castrojeriz se escribe con jota; perdón, pero ya era mucho lío cambiarlo y volver a subir la peli).
martes, 23 de junio de 2009
Noche de San Juan

El Viaje al verano es una de mis novelas, y de ella he puesto algunos trozos en estas páginas, como uno que se llama «los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas». Esta noche es la noche de San Juan, y me parece ocasión oportuna para colocar aquí lo que puede leerse en la contraportada.
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El VIAJE AL VERANO es la historia de una noche de San Juan. Nuestros personajes –y son unos cuantos–, iluminados por la luz de la luna mora y el errante cometa la disfrutan como si se tratara de una de esas catarsis del alma de las que tanto se habla. ¡Allá va todo lo que nos sobra! Sobre las llamas de la hoguera purificadora vuelan sillas desvencijadas, antiguas anotaciones, cepillos de dientes...
–¿Y amores no correspondidos?
–Por supuesto. Y malhumores, impaciencias y amarguras, pesadumbres y sinsabores, aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria.
–Y hasta un pulpo...
–Bueno, sí, hasta un pulpo. Un pulpo como de metro y medio de envergadura.
... consumido por el fuego y convertido en pavesas que se ciernen en brillante torbellino...
¡Buen viaje!
miércoles, 15 de octubre de 2008
Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

En esta comunicación se da cuenta de una de las peripecias que sucedieron a ciertos personajes (los piratas de las gafas de sol) que se tomaron un ácido en una playa de una isla (mediterránea, por lo que parece) a la que arribaron. Pertenece al "Viaje al verano", una novela que escribí hace diez años.
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Al principio había una especie de tapias, unas ruinas y tres o cuatro gallineros, sólo que sin gallinas. Luego unas construcciones más serias, y delante de una de ellas un objeto que podría ser un farol encendido iluminando un letrero. Aunque no se lo crea, ponía, "bar", pero así, con las tres letras, y nosotros, claro, entramos, saludamos, que había dos o tres clientes, y pedimos unas cañas. "Botellas tienen que ser...", nos dijo el de detrás de la barra haciéndose el despistado, como si no supiéramos que era uno de los bandidos, pero nosotros, que tampoco íbamos a levantar la liebre, le contestamos del mejor humor, "pues venga, botellas", que hay que ver cómo te ponen los tripis.
"Qué..., acampando, ¿eh?", nos soltó el de la barra sin mirarnos ni darle importancia (debía de ir mucho turismo por allí), pero nosotros hicimos como que no nos enterábamos del rollo, como si no supiéramos que... "Y..., sí...", le dijimos al mismo tiempo que libábamos cerveza de pirata y pedíamos unos puros y unos chicles, que era lo único que estaba claramente a la venta. Encendimos los puros mientras mascábamos furiosamente los chicles ante las miradas atónitas (o sea, me figuro) de quienes estaban allí, que nunca debían de haber visto a alguien viajando, todo muy deprisa y sin dejar de movernos, que es que resultaba imposible. Dimos un par de vueltas a la habitación mirando los carteles, que eran como sobras de la civilización anterior, algo ecléctico y con todos los colores corridos, y en el entretanto otro perro entró, se acercó, nos olió y marchó a continuar la ronda, y tal y como sucede a veces salió a relucir el tema meteorológico, es decir, nos enteramos de que hacía trescientos diecinueve días que no llovía, y no menos de siete años que no repicaba la campana de la cisterna grande (se debían de referir a la mayor), que era lo que sucedía cuando se llenaba.
Casi siete años de sequía llevábamos nosotros también, y así se lo hicimos saber al tabernero, quien en un fugaz y acertadísimo momento de lucidez nos cogió la onda, o sea, la segunda intención, y fue y nos puso otras cervezas, que el otro no sé pero yo estaba seco, no sé si sería aquella cosa de la actividad activa u otra. Pero el tema, el meteorológico, era acertado, porque yo creo que se trataba de romper el hielo e hilar una cierta cháchara, que debían de tener ganas de palique el tabernero y los dos de allá atrás en la sombra, monjes perfectamente caracterizados. A saber, porque el disfraz de monje ha sido harto utilizado durante la historia por toda clase de bandidos, malhechores y otras gentes de similar o parecida catadura moral para llevar a cabo sus fechorías, digamos, y digamos bien, y además, si querían hablar, que hablasen.
Una voz rugió desde el fondo, "... un vino!!!", y el de las gafas de sol contestó con un eructo majestuoso y el aire se heló durante una fracción de segundo..., (debían de ser muy finos allí dentro), pero nosotros no hicimos ningún caso. Yo di medio paso de baile (que es cuando te das media vuelta y te pones a mirar hacia el otro lado), el de las gafas redobló con ambas manos sobre la barra y masculló, "hum..." –lo cuento para que se vea de qué iba la cosa–, y el tabernero fue hasta atrás y sirvió unos vinos a los monjes. O sea, nada, una escena de bar normal le hubiera parecido a cualquiera, cuando la realidad... Total, que para no quedarnos atrás o ser menos ilegales que los bandidos, va el de las gafas de sol hasta en la cama y anuncia –que me lo debió de decir a mí, pero resonó allí dentro como un trueno–, "vamos a tirar un cohete", una idea originalísima.
Bueno, muy fácil solía ser de todas formas. Se cogía un cigarro, a ser posible rubio, y se vaciaba sobre una mano, el mostrador, una mesa o lo que fuera; dentro del bar si el dueño estaba de acuerdo, y fuera en caso contrario. Luego se sacaba una especie de cosa que algunos llaman piedra, otros china y aun otros tanganazo (aunque esta última acepción se suele aplicar bastante indiscriminadamente), y se le daba candela por uno de sus extremos, bordes o zonas fronterizas con el fluido aéreo, a ver si me explico; o sea, por el lado de fuera. Total, que cuando lo tienes medio en pista y humeante, coges y, chaca chaca, deshaces una cantidad variable de material, cantidad la cuál lo mejor es que sea inversamente proporcional a la calidad del producto objeto de la presente y pormenorizada descripción. El pellizco, que tal suele ser, se mezcla más o menos cuidadosamente con el tabaco, que esto depende de las aptitudes de cada uno, y ya tenemos hecha lo que en jerga claramente grifota se conoce como "mezcla". Entonces llega la segunda parte de la operación, que consiste en buscar (y encontrar, claro es) uno de esos papeles blancos, finos y pequeños, que suelen venir en librillos de cien (¿o de cincuenta?) y a los que el pueblo llano conoce como "papel de fumar", una pasada, una vez encontrado el cuál, que se puede decir que es para el farias...
(en los bares de carretera, claro, no allí, porque los bandidos no son tontos y los monjes menos, y menos aún vista la cara que ponían aquellos)
... se procede a realizar la última parte de la operación: se acomoda la mezcla dentro del papelillo; éste se enrolla con un movimiento bastante curioso y que podría describirse como doble torsión de los dedos pulgar y anular con movimiento de tonel, y luego, ras, ras, sendas chupadas en la mismísima juntura y aparece el cohete como por arte de magia en las manos de quien todo esto hizo posible, en aquel caso el de las gafas, el cuál, para acabar la descripción sin dejar detalle, está moralmente obligado a pasárselo al de al lado, nada de prenderlo él, da mala suerte; o es que la trae, no sé, no me acuerdo. Y en ello estábamos, yo controlando a ver cómo se colocaba la gente, o sea, el de las gafas en relación con los demás, y poniéndome en el sitio bueno –dado que el cohete se lanza hacia la derecha–, y todo estaba discurriendo según lo previsto, es decir, que lo acabó, le metió el filtro...
(porque en esta historia también interviene un filtro, pero eso lo dejo a la imaginación del lector, lectora, perro o árbol que me sigue)
... efectuó un par de contorsiones extras y que no hubieran hecho ninguna falta y me tendió el cohete, blanco y blanco. Por un instante algo flotó allí dentro, una onda blanca, y todas las miradas convergieron en el mismo punto, imaginarse..., y fue precisamente entonces, en el momento que describo, que con gran estruendo se abrió la puerta y un ser totalmente nuevo en esta historia (aunque no en otras), vestido de oscuro, la pistola al cinto, apareció en el umbral. "Estamos perdidos...", oí farfullar al de las gafas de sol, que se había quedado trabado en mitad de la habitación, de pie y con la mano extendida, "¡un cazador de recompensas!". Aquella vez sí que se heló el aire. Yo tosí y carraspeé escandalosamente, quizá para llamar la atención hacia mi persona, pero el autor del cigarro, que debía de ser malabarista, cerró la mano, recitó una letanía ininteligible (corta, eso sí) y volvió a abrirla: nada, había desaparecido el cuerpo del delito. Sin embargo, me parece que fue un número innecesario, porque el recién llegado no nos hizo el menor caso, que entró, barbotó un saludo tenebroso, fue hasta el fondo, se sentó ante una mesa de las varias que había y, volviéndose hacia los parroquianos, va y les dice, "¡qué...!, ¿para cuándo esa partida...?", y se pusieron los cuatro (con el tabernero) a jugar a las cartas; lo último.
Total, que en vista del éxito alcanzado por nuestras actividades, que yo creí que iba a haber cañonazos para ver quién pegaba fuego al asunto, al principio, o que ya entreveía movida con la autoridad competente, luego, cuando se abrió la puerta como empujada por un cíclope, pasamos de todo, pedimos nueva ronda (líquidos para todo el mundo, que esto ya no lo hace casi nadie pero la gente lo agradece) y prendimos el ya famoso –¡y qué digo famoso!, sino célebre a estas alturas del relato– cigarro de mezcla soporífera, y nos lo fumamos sin más, sin decir nada a nadie y casi sin darnos cuenta, porque tú vas, te metes un tripi, como decíamos, y luego vas, pillas un cohete, lo enciendes, y como su mismo nombre indica de repente te das cuenta de que se ha ido al cielo, como los angelitos.
Bueno, pues henos aquí en pleno viaje en aquella guarida en donde se daban cita no sólo bandidos y contrabandistas sino tipos aún más siniestros, que se debían de estar jugando las mujeres, los caballos y las pistolas allá atrás, tales eran las expresiones y denuestos que se percibían, algo del tipo de "paso", "envido", "hasta allá" y similares, y en el exterior una sola luz iluminando un solitario letrero en lo que podría haberse denominado plaza lateral de aquel poblado como del neolítico, "bar"; siempre hay un bar tras la próxima esquina, por lo menos en algunos países.
Un entorno muy apropiado, como digo, el presente, a nuestros quehaceres: una plaza, un farol, un bar en un islote, una partida de cartas de final impredecible, un campamento de piratas en la playa vecina...







