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martes, 20 de agosto de 2013
Pipo sube a la montaña
Hoy, para variar, voy a poner un trozo de una de mis abruptas novelas (esto de abruptas ya lo he oído más de una vez). Es un trozo de Las estaciones –libro que data de hace siete u ocho años y se puede ver aquí–, y reconozco que el párrafo es muy bestia, más de tres mil palabras sin un solo punto y aparte, pero es el discurso de un chaval de catorce años (Pipo) que intentó subir a un pico con el guardaespaldas de sus padres (Sean), un medio escocés que había sido policía pero lo dejó porque no tragaba con las mafias, y le tuvo que salvar (al guardaespaldas). Al final la cosa acabó bien, como se va a ver.
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PIPO
A ver si te atreves, que hay que andar, ¿eh, Pipo?, hay que andar, esto no es para señoras, no, ya, pero eso no es problema, yo ando todo lo que tú quieras, bueno, pues venga, el sábado subimos, y Patricia dijo que le apetecía venir pero que no iba a poder hacerlo porque dos días después tenía el último examen, un examen muy importante, y se iba a quedar a estudiar, que estudiaba casi todas las noches pero por lo visto no era suficiente, así que Sean y yo cogimos un día el coche grande y subimos al monte, y por el camino me fue hablando de cuando había montes de verdad y había ciervos y había osos y otros animales, yo no conocí aquellos tiempos pero da igual, antes los había y de ello hablan los libros antiguos, ya, pero en la finca también hay, sí, pero allí están cercados y sólo hay alguno, y osos ninguno, claro, osos ya no hay en ningún lado, sólo quedan diez o doce en el norte, de allí no pueden salir y no es lo mismo; antes había bosques en los que no había entrado nunca nadie, únicamente los animales y algunos cazadores que iban de vez en cuando, y ahora sólo hay autopistas y urbanizaciones y cabinas de teléfonos, todo avanza, y dentro de poco no quedarán ni los osos del norte porque en donde viven la gente habrá hecho estaciones de esquí y más carreteras, y al final sólo quedarán en Siberia o en Canadá, pero eso es porque como son tan grandes va ser difícil que las llenen de gente, y además hace mucho frío y nadie va a querer ir a vivir allí. Bueno, ya casi hemos llegado, mira ahí arriba, ¿ves aquel pico?, ¿cuál?, pues aquél, el de la izquierda, ¡ah, sí!, pues hasta ahí arriba vamos a subir, ¿hasta ahí...?, ¡ah!, ¿no decías que ibas a subir a donde yo dijera?, sí, sí, no, si subo..., y dejamos el coche en un sitio que había y cogimos las botellas de agua y las mochilas, nos las pusimos y echamos a andar por un camino que se metía entre los árboles, en el pinar, un camino que se fue empinando poco a poco, y Sean me dijo, Pipo, pon las manos agarrándote los tirantes de la mochila, como lo hago yo, ¿así?, sí, así, ¿y eso?, pues porque si vas braceando se te va la sangre a las manos y al cabo de un rato parece que las llevas dormidas, ¿y en los bolsillos?, sí, en los bolsillos también sirve, pero si te caes con ellas en los bolsillos no te da tiempo a sacarlas y te das en la cara con las piedras, ¿no te da tiempo a sacarlas...?, no, cuando te caes no te da tiempo a nada, así que no andes con ellas en los bolsillos, bueno, vale, y seguimos, y al cabo de bastante rato empezaron a escasear los árboles, cada vez había menos y llegó un momento en que no había ninguno, y los pocos que se veían se habían quedado atrás, abajo, y delante de nosotros todo eran piedras, piedras cada vez más grandes, aunque el sendero se notaba aún y en varios sitios estaba señalado por mojones, algunos pintados de blanco y rojo pero muy lejos unos de otros. Durante toda la mañana seguimos subiendo, y allá arriba, siempre muy lejos, se veía la cumbre a la que íbamos. A veces hacíamos alguna parada y mirábamos el paisaje, que debajo de nosotros y hasta donde alcanzaba la vista todo eran pinos y pinos, todo era un pinar gigantesco que parecía no acabarse nunca, y luego seguíamos, y cuando ya parecía que habíamos avanzado algo y el pico al que íbamos estaba más cerca, Sean dijo que podíamos comernos los bocadillos que llevábamos porque ya estábamos a mitad de camino, o más, y que para bajar se tardaba mucho menos porque se baja más deprisa, y nos sentamos en unas piedras y abrimos los paquetes, que eran de tortilla de chorizo o algo parecido, desde luego el mío estaba buenísimo, y cuando estábamos comiendo se me ocurrió llamar a Patricia para contárselo, pero luego pensé que estaría estudiando y que era mejor que lo hiciera a Rosana, y cuando cogí el teléfono me di cuenta de que no se podía llamar porque la pantalla se había quedado casi en blanco y ponía no sé qué, y además no se oía nada, y entonces lo dejé y pensé, bueno, ya la llamaré luego, o mañana, total, le va a dar igual..., y seguí comiendo el bocadillo, y cuando acabamos y bebimos agua Sean dijo, bueno, qué..., ¿seguimos?, porque todavía nos falta un buen trecho, que tenemos que llegar ahí arriba, ¿qué?, ¿seguimos?, sí, vamos, y nos levantamos y echamos a andar siguiendo aquel sendero entre las piedras que a veces desaparecía y a veces volvía a aparecer, señalado aquí y allá casi imperceptiblemente, escalando alguna peña..., bueno, escalando tampoco, sólo había que trepar un poco, y a veces recorrer el borde de unas piedras que parecían cornisas antes de llegar de nuevo a lo que era el sendero, y luego, en uno de aquellos sitios estrechos, Sean de repente tropezó y se cayó, yo no sé qué hizo porque Sean no se caía nunca y llevaba unas botas muy buenas, pero el caso fue que de repente tropezó, rodó aparatosamente por el terraplén y llegó hasta abajo, que menos mal que no fue muy abajo, y allí movió un brazo y yo creí que se iba a levantar, porque tampoco había sido para tanto, pero luego el brazo se le cayó, rodó otro poco y se quedó allí tumbado boca arriba, y cuando me fijé vi que parecía que tenía sangre en la cabeza, aunque como yo estaba arriba no lo veía muy bien, y además me había quedado mudo del susto y ni siquiera acertaba a distinguirlo con claridad, y entonces le llamé, ¡Sean...!, ¡oye, Sean...!, pero él no me contestó sino que siguió allí echado, ¡oye, Sean...!, y no se movió en absoluto, como si no me hubiera oído, y yo me dije, ¡jolín!, ¿y ahora qué hago?, tengo que bajar ahí a ver qué le pasa, y no podía hacer nada más que mirarle aterrado porque estaba allá abajo y no sabía cómo bajar, aunque tampoco era muy abajo, pero luego vi que por un sitio sí iba a poder hacerlo, era difícil pero no imposible, y dejé en el suelo la mochila y agarrándome a las peñas bajé por aquel sitio que parecía más fácil y en seguida estuve a su lado, y lo primero que hice fue intentar despertarle moviéndole, oye, ¡Sean...!, pero no se despertaba, y entonces me fijé en que se había hecho una herida en la frente por la que salía algo de sangre y estaba allí como muerto, quieto, aunque respiraba, y miré al cielo y pensé que ya era por la tarde, y luego, aunque todavía faltaba bastante, iba a ser por la noche..., ¿y qué hago yo ahora?, porque el teléfono no funcionaba y el suyo tampoco, de forma que me dije, jo, tengo que ir a algún lado a buscar a alguien..., pero ¿adónde?, bueno, puedo bajar por donde hemos subido, que a lo mejor encuentro a alguien, o si no acabaré llegando a la carretera en donde dejamos el coche y por allí seguro que pasa alguno, pero luego volví a mirarle, y como le salían gotas de sangre de la frente y le escurrían por la cara no sabía que hacer, a lo mejor si le echo un poco de agua..., y le eché un poco de la que quedaba en su botella por la cara pero ni por esas se despertó, ni siquiera pareció que lo notara, aunque sangre le salía menos, y entonces volví a decirme, ¡jo, tengo que hacer algo, que si no bajo ahora se va a hacer de noche y ya no voy a encontrar a nadie, y menos en este sitio!, ¿y ahora, cómo subo?, porque tenía que volver a la senda que nos había traído que pasaba por encima de aquellas piedras, así que tras muchos sudores y esfuerzos conseguí escalarlas, y cuando estuve arriba miré hacia abajo, que Sean seguía allí caído, y me dije, no mires más, venga, baja todo lo deprisa que puedas, y di media vuelta y poco menos que corriendo, aunque por allí era difícil correr porque había muchísimas piedras sueltas, eché a andar hacia abajo procurando no salirme de la senda, no, es por allí, que allí hay una piedra blanca, ¿y ahora...?, pero en seguida veía por dónde iba el camino, y mientras bajaba, casi corriendo y saltando en los lugares que podía, y otras veces medio agarrándome a las peñas, iba pensando si hacía bien porque a lo mejor debía haberme quedado con él, pero si me quedo no va a venir nadie, y ni siquiera sabía hacia dónde tenía que ir, si hacia arriba o hacia abajo, y menos mal que ahora no hay osos..., ¡ya, desde luego!, no, para arriba no, mejor para abajo porque así llegaré a algún sitio, aunque sea a alguna carretera, y encima me he dejado el teléfono de Sean ahí arriba, porque el mío se ha quedado sin batería, aunque da igual porque aquí no funciona, que no ha funcionado en todo el día, ¡jo, pero a lo mejor hubiera funcionado el suyo al llegar a la carretera...!, es que soy idiota, bueno, ahora ya da igual porque no voy a volver a subir a buscarlo, mejor sigo, y así hasta que llegué a los primeros pinos por el sendero que casi no se distinguía entre las piedras, pero llegué y me dije, ¡bueno, yo creo que ahora ya no va a ser tan difícil!, y miré a mi alrededor y vi que el sol había bajado mucho y los pinos proyectaban sombras bastante largas, bueno, voy bien, yo creo que es por aquí por donde hemos subido, y yo cada vez más acelerado porque por allí ya se podía correr mejor, y pasó muchísimo rato, aunque como era bajar no te cansabas nada, e iba pensando en esto cuando oí un ruido, ¿qué es eso?, y aunque ya llevaba las rodillas machacadas de todas las veces que me había caído intentando bajar de las piedras, y hasta me había torcido una muñeca, aunque sólo un poco, aún corrí como pude y vi que debajo del siguiente barranco, que no era un barranco sino como un terraplén, pasaba una carretera, yo creo que la carretera por la que habíamos subido, y un autobús acababa de pasar y se iba a lo lejos levantando polvo blanco, y yo iba a gritar pero no lo hice sino que pensé, lo que tengo que hacer es bajar hasta ahí y ponerme en medio, yo creo que en seguida pasará alguien y a lo mejor lleva teléfono, y llegué a la carretera y estuve esperando un buen rato mientras el sol se iba, qué tarde es y no viene nadie, ¡pues vaya carretera!, y yo venga a mirar en las dos direcciones con ansia, y luego, cuando empezaba a pensar si no sería mejor andar un poco porque a lo mejor estaba cerca de algún sitio, a lo lejos apareció un coche bastante grande, de esos que andan por los montes, y paró porque yo me puse a dar saltos y a hacer toda clase de gestos, fui corriendo hacia él y me puse delante, y el señor que iba dentro me preguntó qué me pasaba y yo le dije, es que Sean se ha caído de una piedra y se ha hecho una herida en la cabeza y no se despierta, está ahí arriba, y el señor salió del coche porque creía que era allí al lado pero yo le dije que no, no, que lo que yo quiero es que llame usted por el teléfono, sí, bueno, pues llame a alguien, no sé, a un helicóptero de esos, o si no a mi padre, ¿dónde está tu padre?, no, mi padre estará en casa, pero es que hay que llamar a alguien y él tiene muchos amigos, ¿pero no dices que...?, no, es que Sean está lejos, que yo vengo de allí andando y he tardado como dos horas o más, ¡ah!, ¿dos horas...?, oye, ¿y qué le decimos al del helicóptero?, porque nos va a preguntar que dónde está, sí, es que hay una cosa roja, es mi mochila, que la dejé allí para no cargar con ella, ah, bueno, espera, vamos a llamar, y se puso y en seguida le contestaron, sí, hay una cosa roja, es la mochila del chico que se cayó allí, ¡no, que se cayó no..., que yo no me caí!, bueno, da igual, esa es una buena referencia, pero de noche no la van a ver, bueno, pero seguramente llegarán antes de que se haga del todo de noche, pero si no vienen, vamos nosotros a buscarle, ¿eh?, o por lo menos voy yo, sí, hombre, no te preocupes, si no vienen en seguida o no nos contestan, subimos nosotros, ¿tú vas a poder llegar?, sí, seguro, me sé el camino, sólo he pasado una vez, ahora, a la bajada, pero no puedo dejar ahí a Sean, bueno, tranquilo, y el sol bajaba cada vez más y ya estaba cerca de los pinos que había en el horizonte cuando de verdad que apareció un helicóptero que estuvo por allí revoloteando, lejos, y al cabo de un rato sonó el teléfono de aquel señor, y cuando estaba hablando con ellos, que por lo visto eran los que iban en el helicóptero, me preguntó si el sitio era por allí, ¿por donde está el helicóptero?, sí, pues no sé, igual más hacia acá, que ellos están muy lejos, y luego dejamos de oírlo, como si se hubiera parado, y estuvimos muchísimo rato esperando, yo mirando hacia allá pero sin atreverme a decir a aquel señor que los llamara otra vez a ver qué estaban haciendo, y cuando estaba pensando en eso apareció de nuevo el helicóptero, pero esta vez muy cerca, casi encima de nosotros, y volvió a sonar el teléfono y el señor dijo, no, si os estoy viendo, estáis casi encima, mira, y salió al centro de la carretera y se puso a hacer señas con la mano, y el helicóptero comenzó a bajar, y cuando aterrizó y se paró del todo, que lo hizo un poco más allá, en donde había una explanada grande, como un aparcamiento, resultó que salió Sean de él con una venda en la cabeza y cojeando un poco, vino hasta nosotros con un señor y me dijo, ¡Pipo, qué bien lo has hecho!, que si no es por ti me paso la noche en el monte, aunque ahora ya no hace frío y hubiera visto las estrellas y los planetas, ¿eh?, pero es mejor así, ¿pero no te pasa nada?, bueno, sí, un poco atontado sí estoy, y me duele una rodilla, pero ahora voy a llamar a casa para que vengan a buscarnos, que tú estarás cansado, ¿no?, y yo, como al final todo se había resuelto bien, incluso mejor que bien, de película, hasta con un helicóptero, dije, ¡qué va!, ¡si me lo he pasado muy bien...!, y Sean fue a dar las gracias al señor que había parado su coche, que estaba allí, y luego a los del helicóptero, que eran tres que iban de verde, como de uniforme, y me habían traído hasta la mochila, y luego uno de ellos se montó en nuestro coche con nosotros, que estaba allí al lado, dos curvas más allá, y lo llevó bastantes kilómetros hasta un sitio en el que había varias casas en la punta de un monte, en donde la carretera ya no subía más y por los dos lados se iba hacia abajo, todo lleno de pinares, y el helicóptero ya estaba allí esperándole y todo el mundo mirando porque era sábado y había bastante gente y pocas veces se ve aterrizar un helicóptero en un sitio de esos, así que el señor aparcó el coche delante de una de las casas y se despidió de nosotros y a mí me dio la mano y me dijo, ¡muy bien, chaval, muy bien!, y se fue, se subió al helicóptero y este despegó levantando mucho polvo y desapareció, y nosotros y más gente entramos en aquella casa, que era un bar, y como ya se había hecho de noche casi del todo Sean me dijo, bueno, ahora vamos a esperar a que venga tu padre, así que como tendrás mucha hambre, y yo también, vamos a cenar, ¿vale?, hombre, sí, claro, porque la verdad es que sí tenía hambre porque sólo habíamos comido el bocadillo cuando subíamos, y nos sentamos en una mesa de aquel comedor tan bonito, como antiguo, todo lleno de vigas de madera pintadas de rojo y de verde y no demasiada gente –aunque casi todos miraron porque Sean llevaba la venda en la cabeza–, y nos comimos unos trozos de carne grandísimos que me gustaron mucho, y Sean entonces dijo, está buena, ¿verdad?, ¡jo, sí, buenísima!, bueno, pues eso es porque es de oso, ¿síii..., de oso...?, y Sean se rió, no, hombre, ¡cómo va a ser de oso si ahora ya no hay osos...!, pero después de lo de esta tarde te puedes imaginar que es de oso, ¿a que sí?, y así te sabe mejor, y yo lo pensé, mastiqué un poco y de verdad que me pareció de oso, aunque yo no hubiera comido nunca oso, pero, como decía Sean, después de lo de aquella tarde me podía creer cualquier cosa, y luego, cuando habíamos acabado y Sean estaba tomando un coñac, apareció mi padre con el tío Mary, que habían venido en el Testarrosa, y entonces sí que miró la gente, sobre todo por el ruido que hacía, y el tío Mary se empeñó en que le contáramos lo que había pasado y cómo había sido la cosa, y mientras tanto se bebió dos gin-tonics y mi padre me pasaba la mano por la cabeza y decía lo mismo que el guardia, muy bien, Pipo, muy bien, de forma que al final llegamos a casa tardísimo y mamá estaba despierta y esperándonos, y Patricia y Azucena también, y les tuvimos que contar la historia otra vez, aunque ayudados por el tío Mary, que lo contaba como si él hubiera estado allí, o casi si como el que se hubiera caído por el barranco hubiera sido él, y además no hacía más que mirar a Patricia, como siempre.
viernes, 6 de noviembre de 2009
Cuando le cortaba las uñas de los pies...
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Este es un trozo de una de mis novelas, "Las estaciones", que está contada por un chaval de trece años. Él tiene una hermana de su edad, y ella una amiga que se llama Rosana. Están de veraneo en un sitio con lago y bosque y todo eso que tanto le gusta a los críos, y un día, jugando, a él se le ocurre una cosa...
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... y los dejé allí e hice como que me iba a la casa, hasta luego, hasta luego, pero cuando ya no me veían torcí y, entre los árboles, escondiéndome, bajé hacia el embarcadero del lago, y cuando pude verlo resultó que Rosana no estaba allí como yo creía y me dije, ¿dónde estará?, y entonces la vi entre los árboles, lejos, que andaba muy despacio y mirando al suelo, como si fuera pensando, y sin que me viera la estuve siguiendo muchísimo rato, de árbol en árbol y procurando no hacer ruido. Rosana llegó hasta la cabaña que había al lado de la tapia y se sentó en el suelo, se abrazó las rodillas con las manos y estuvo cantando bajo y mirando el lago, aunque desde donde estaba escondido se la oía un poco, y yo estuve sin poder dejar de mirarla hasta que las voces de los gemelos se perdieron a lo lejos, que seguramente se habrían ido a perseguirse al pinar, y tras pensarlo salí de detrás del árbol y, como hacía ella, o sea, muy despacio, fui andando hasta la cabaña, y ella no se movió sino que me miró llegar.
–Hola.
–Hola. ¿Qué haces?
–Nada.
Yo me senté a su lado.
–Hoy hace poco calor, ¿verdad?
–Sí, ¡se está más bien aquí...!
Entonces estuvimos un rato callados, yo mirándola de reojo, y Rosana, como sabía que la estaba mirando, arrancó una hierba del suelo y se la metió en la boca y empezó a chuparla.
–¡Jo, qué bueno hace...!
–Sí... –y como no dejaba de mirarla llegué hasta los pies y vi que llevaba sandalias, que las llevaba siempre.
–¿Nos bañamos en el lago?
–¿Ahora?
–Bueno, pues vamos al pueblo.
–No, que Patricia dice que no vayamos ahora, que hace mucho calor. Mejor luego.
–Ya, pero de todas formas podíamos hacer algo... –y de repente me vino una idea–. ¡Ya sé...! Oye, ¿quieres que te corte las uñas de los pies, como aquella vez?
–¡Ah!, ¿como aquella vez...?
–Sí.
Rosana lo pensó.
–Pero es que aquí no tenemos tijeras –y a mí se me ocurrió otra idea.
–Bueno, pues con los dientes... –y Rosana se asustó un poco, aunque luego dijo,
–¿Con los dientes...? ¿Tú crees que se podrá?
–No sé, podemos probar. ¿Probamos?
–Bueno, a ver –y se echó en la hierba mirándome.
–¿Así?
–No. Yo creo que mejor boca abajo –y Rosana, que llevaba unos pantalones cortos y una camiseta, se dio la vuelta.
–¿Así?
–Sí, así. Ya verás, levanta el pie –y dobló la rodilla y yo le cogí el pie con la mano, le quité la sandalia y ella dio un respingo.
–¡Huy...!
–¿Qué pasa?
–No sé... Que me ha dado como una cosa..., así...
–Bueno, espera, que no pasa nada, a ver si puedo –y me llevé el pie a la boca y sin poderlo evitar me metí un dedo dentro, y Rosana respingó de nuevo como nunca le había visto hacerlo.
–¡Ayyy...!
... y la cabeza se le cayó sobre la hierba, pero como no decía nada ni quitaba el pie yo seguí, se lo miré y seguí, mordí un poco la uña, por el extremo, y no era demasiado dura y parecía que se podía cortar bien, pero claro, al hacerlo le chupaba el dedo, o sea, tenía que chupárselo obligadamente, aunque fuera poco, porque si no, a ver cómo iba a hacer aquello, pero no me importaba porque estaba buenísimo, y seguí royendo hacia adentro y observé que a Rosana le daban como calambres y clavaba las manos en la hierba mientras hacía, ¡mmmhhh...!, y se movía un poco, y entonces le dije, oye, ¿te hago daño?, y ella no se dio ni la vuelta, sólo dijo otra vez, ¡mmmhhh...!, pero más fuerte, y con la cabeza parecía que decía que no, y yo entonces apreté los dientes más y le corté un trozo y ella dijo, ¡huy...!, y pegó otro respingo porque a lo mejor notó cómo se desprendía, y luego, después de observar mi obra, que sólo quedaba media, me volví a llevar el pie a la boca y seguí apretando con cuidado y pensé, es que lo tengo que hacer más despacio, y así estuve un rato, mordisqueando con mucho cuidado lo que quedaba, y ya parecía que lo había logrado cuando resultó que Rosana se había puesto muy nerviosa y se le movía el culo, no mucho, sólo un poco arriba y abajo, y como yo creía que se iba a soltar y ya no me quedaba nada, sólo una esquina, y ella seguía con las uñas clavadas en la hierba y se movía tanto, al final casi grité.
–¡No, espera, espera, que ya está! –y tras tantas contorsiones y no menos visajes, que ella se retorcía como si le estuviera dando algo, aunque se aguantó y pude cortársela del todo, fui y le solté el pie.
–Mira, ya está. ¿Está bien?
... y Rosana se dio media vuelta y no se miró la uña sino que me miró a mí despavorida, y luego se levantó a toda prisa y salió corriendo. Hizo, ¡huy..., huy...!, y se levantó muy apresurada y se fue sin despedirse ni coger su sandalia ni nada, salió corriendo y se fue hacia la casa, en donde desapareció.
Yo no entendí lo que había sucedido, claro, aunque por la noche, cuando estábamos cenando, ella no me miraba, y cuando durante un segundo lo hizo, o sea, que nos miramos, bajó la mirada a toda velocidad y se puso a mirar el plato como si le interesara mucho lo que había allí, que era gazpacho. Yo, sin embargo, conseguí mirarle los pies y descubrí que se las había cortado todas, las tenía otra vez todas perfectas y no se notaba nada lo que había sucedido aquella tarde.

Este es un trozo de una de mis novelas, "Las estaciones", que está contada por un chaval de trece años. Él tiene una hermana de su edad, y ella una amiga que se llama Rosana. Están de veraneo en un sitio con lago y bosque y todo eso que tanto le gusta a los críos, y un día, jugando, a él se le ocurre una cosa...
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... y los dejé allí e hice como que me iba a la casa, hasta luego, hasta luego, pero cuando ya no me veían torcí y, entre los árboles, escondiéndome, bajé hacia el embarcadero del lago, y cuando pude verlo resultó que Rosana no estaba allí como yo creía y me dije, ¿dónde estará?, y entonces la vi entre los árboles, lejos, que andaba muy despacio y mirando al suelo, como si fuera pensando, y sin que me viera la estuve siguiendo muchísimo rato, de árbol en árbol y procurando no hacer ruido. Rosana llegó hasta la cabaña que había al lado de la tapia y se sentó en el suelo, se abrazó las rodillas con las manos y estuvo cantando bajo y mirando el lago, aunque desde donde estaba escondido se la oía un poco, y yo estuve sin poder dejar de mirarla hasta que las voces de los gemelos se perdieron a lo lejos, que seguramente se habrían ido a perseguirse al pinar, y tras pensarlo salí de detrás del árbol y, como hacía ella, o sea, muy despacio, fui andando hasta la cabaña, y ella no se movió sino que me miró llegar.
–Hola.
–Hola. ¿Qué haces?
–Nada.
Yo me senté a su lado.
–Hoy hace poco calor, ¿verdad?
–Sí, ¡se está más bien aquí...!
Entonces estuvimos un rato callados, yo mirándola de reojo, y Rosana, como sabía que la estaba mirando, arrancó una hierba del suelo y se la metió en la boca y empezó a chuparla.
–¡Jo, qué bueno hace...!
–Sí... –y como no dejaba de mirarla llegué hasta los pies y vi que llevaba sandalias, que las llevaba siempre.
–¿Nos bañamos en el lago?
–¿Ahora?
–Bueno, pues vamos al pueblo.
–No, que Patricia dice que no vayamos ahora, que hace mucho calor. Mejor luego.
–Ya, pero de todas formas podíamos hacer algo... –y de repente me vino una idea–. ¡Ya sé...! Oye, ¿quieres que te corte las uñas de los pies, como aquella vez?
–¡Ah!, ¿como aquella vez...?
–Sí.
Rosana lo pensó.
–Pero es que aquí no tenemos tijeras –y a mí se me ocurrió otra idea.
–Bueno, pues con los dientes... –y Rosana se asustó un poco, aunque luego dijo,
–¿Con los dientes...? ¿Tú crees que se podrá?
–No sé, podemos probar. ¿Probamos?
–Bueno, a ver –y se echó en la hierba mirándome.
–¿Así?
–No. Yo creo que mejor boca abajo –y Rosana, que llevaba unos pantalones cortos y una camiseta, se dio la vuelta.
–¿Así?
–Sí, así. Ya verás, levanta el pie –y dobló la rodilla y yo le cogí el pie con la mano, le quité la sandalia y ella dio un respingo.
–¡Huy...!
–¿Qué pasa?
–No sé... Que me ha dado como una cosa..., así...
–Bueno, espera, que no pasa nada, a ver si puedo –y me llevé el pie a la boca y sin poderlo evitar me metí un dedo dentro, y Rosana respingó de nuevo como nunca le había visto hacerlo.
–¡Ayyy...!
... y la cabeza se le cayó sobre la hierba, pero como no decía nada ni quitaba el pie yo seguí, se lo miré y seguí, mordí un poco la uña, por el extremo, y no era demasiado dura y parecía que se podía cortar bien, pero claro, al hacerlo le chupaba el dedo, o sea, tenía que chupárselo obligadamente, aunque fuera poco, porque si no, a ver cómo iba a hacer aquello, pero no me importaba porque estaba buenísimo, y seguí royendo hacia adentro y observé que a Rosana le daban como calambres y clavaba las manos en la hierba mientras hacía, ¡mmmhhh...!, y se movía un poco, y entonces le dije, oye, ¿te hago daño?, y ella no se dio ni la vuelta, sólo dijo otra vez, ¡mmmhhh...!, pero más fuerte, y con la cabeza parecía que decía que no, y yo entonces apreté los dientes más y le corté un trozo y ella dijo, ¡huy...!, y pegó otro respingo porque a lo mejor notó cómo se desprendía, y luego, después de observar mi obra, que sólo quedaba media, me volví a llevar el pie a la boca y seguí apretando con cuidado y pensé, es que lo tengo que hacer más despacio, y así estuve un rato, mordisqueando con mucho cuidado lo que quedaba, y ya parecía que lo había logrado cuando resultó que Rosana se había puesto muy nerviosa y se le movía el culo, no mucho, sólo un poco arriba y abajo, y como yo creía que se iba a soltar y ya no me quedaba nada, sólo una esquina, y ella seguía con las uñas clavadas en la hierba y se movía tanto, al final casi grité.
–¡No, espera, espera, que ya está! –y tras tantas contorsiones y no menos visajes, que ella se retorcía como si le estuviera dando algo, aunque se aguantó y pude cortársela del todo, fui y le solté el pie.
–Mira, ya está. ¿Está bien?
... y Rosana se dio media vuelta y no se miró la uña sino que me miró a mí despavorida, y luego se levantó a toda prisa y salió corriendo. Hizo, ¡huy..., huy...!, y se levantó muy apresurada y se fue sin despedirse ni coger su sandalia ni nada, salió corriendo y se fue hacia la casa, en donde desapareció.
Yo no entendí lo que había sucedido, claro, aunque por la noche, cuando estábamos cenando, ella no me miraba, y cuando durante un segundo lo hizo, o sea, que nos miramos, bajó la mirada a toda velocidad y se puso a mirar el plato como si le interesara mucho lo que había allí, que era gazpacho. Yo, sin embargo, conseguí mirarle los pies y descubrí que se las había cortado todas, las tenía otra vez todas perfectas y no se notaba nada lo que había sucedido aquella tarde.
martes, 16 de diciembre de 2008
Fiesta de cumpleaños, primera parte
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Fiesta de cumpleaños
El verano en que cumplí quince años se me ocurrió que podíamos hacer una fiesta, ¿no?, es que fiestas no hacemos nunca y quince años sólo se cumplen una vez, ¿no os apetece?, y además tenemos mucha comida buenísima de la huerta y habrá que comérsela, y el Rockero no necesitó oír más.
–¿Una fiesta? ¡Qué idea más buena!, claro que sí... Pero una fiesta de verdad, ¿eh? Una fiesta en el bosque.
–¿En el bosque? ¿En qué bosque?
–Pues en el bosque que tú conoces, el que hay detrás de casa.
–¿En el pueblo...?
–Naturalmente, por supuesto que en el pueblo, que es donde hay que hacer estas cosas.
–¡Huy, sí, eso sí que estaría bien...!
–Y además de disfraces y que dure todo el día, o toda la semana. ¿Qué te parece...? –y a mí me pareció de maravilla.
–¡Eso...! Oye, ¿pero yo puedo llevar a mis amigas?
–¡Anda!, ¿pues qué clase de fiesta va a ser esa en la que no estén tus amigas? A tus amigas y a tus amigos. ¿No vas a decírselo a Atahualpa?
–Sí, claro, pero ¿pueden dormir allí? Es que eso está lejos...
–Pues claro, mujer. Llevamos a todos y por las noches montamos guerras de almohadas –y el Rockero, embalado, empezó como siempre.
–A ver, ¿tú quién quieres ser? ¿El hada Valeria o el hada Amilamia?
–¡No, Valeria no!
–Bueno, pues entonces tú eres el hada Amilamia, el hada de las fuentes, personaje de índole afable y caritativa..., ¿o sería mejor el hada Pan de Azúcar...? En todo caso te tienes que disfrazar de tal, así que vete dibujando algún traje.
–Vale. Y tú, ¿de qué te vas a disfrazar?
–¿Yo? Pues no sé... ¿De cura te parece bien?
–¿De cura? Pero de eso ya te disfrazaste una vez...
–Bueno, sí, tienes razón, ya pensaré algo. Si se te ocurre a ti antes me lo dices, ¿vale?
–Vale. Oye, Maná, ¿y tú?
–¿Yo...? Bueno, ya veremos, una ocasión es una ocasión. ¿De qué quieres que me disfrace?
–Pues tú..., ¡de madre!
–¿De madre? ¿Cómo de madre?
–Pues de madre. Tú nunca has sido madre de nadie..., bueno, sólo de mí, pero así te disfrazas y pareces una mamá... ¡Qué bien!, ¿verdad?
–Sí, mujer... Bueno, ya veremos.
... pero luego, cuando llegó el momento, no pasó nada de eso. ¿Saben de qué se disfrazó? Es que me da no sé qué decirlo... Bueno, pues se disfrazó de puta, con todas sus amigas; sólo fueron dos pero iban igual, iban todas de putas antiguas, estaban guapísimas y parecían de verdad, y yo, al final, no me disfracé de hada.
–¡Ya sé!
–¿Qué sabes?
–De qué me voy a disfrazar. ¿Sabes de qué?
–Dime.
–Pues de Bella Durmiente... ¡Si ya tengo el traje! Lo lavo y lo plancho y lo coso un poco... Y además el Príncipe tiene que venir y despertarme de un beso –y Maná se moría de risa.
–¿Y quién va a ser el Príncipe, hija mía? No me irás a decir que tiene que ser Atahualpa... –y yo me puse un poco colorada pero no me importó.
–¡Pues claro!, ¡quién va a ser! ¿Puedo hacerlo...? –y yo le dije que sí, que por supuesto.
–Es tu fiesta y tu cumpleaños. Además, eso es una cosa como de teatro, y Atahualpa y tú ya os habréis dado algún beso, ¿no?
–Bueno, sí, alguno... –y como yo estaba friendo pescado, Crucita vino y me abrazó un poco por detrás, me cogió por la cintura.
–¿Qué haces?
–No, nada, déjame –y me abrazó un poco más y apoyó la cabeza en mi cuello...
¿En qué estaría pensando...? Yo le dije,
–Oye, ¿sabes que se te han puesto las tetas muy duras?
–¿Síii...?
Su voz sonó un poco asustada.
–Sí, ¿no...? Bueno, como a tu madre...
–¿Sí...? ¿Ella las tenía así?
–Pues sí, algo así –y yo dejé la espumadera y, mientras se apretaba a mí, le dije quedamente,
–¿Sabes otra cosa?
–Qué.
–Pues que a las mujeres se nos ponen las tetas duras cuando empezamos a funcionar.
–¿A funcionar?
–Sí. Sexualmente, claro –y Crucita se soltó un poco y me miró.
–Oye, pero yo no he hecho nada, ¿eh? –y yo me reí y le di un beso.
–Ya lo sé, mujer. ¿Tú no sabes que los mayores notamos esas cosas? –y Crucita me miró con sorpresa.
–¿Sí...? ¿Tú lo notas?
–Pues claro –y allí ya me agarró del todo y se rió.
–Bueno, niña, ¡para, para...!
* * *
Los amigos de Monticola eran, Serafín, el paraguas y Juanito Barbarroja.
–Oye, ¡pero si tienes la barba roja de verdad!
–Pues claro, hija. ¿Tú qué te creías? –y Crucita le miró arrobada durante un instante.
–Oye, ¿y no vas a poner más gallinas?
–Sí, claro, pero en otoño, y esta vez las voy a cercar con trampas eléctricas. Si alguien entra a robarlas a lo mejor se electrocuta.
–¡Eso...! Pero vaya faena, ¿no?
–Pues sí, pero qué le vamos a hacer...
–¿Y no las has encontrado?
–¡Huy, encontrarlas...! Se las habrán comido; se las comieron en Navidad y todavía deben de estar haciendo la digestión. Es que eran muchas, ¿eh?
–¿Y no las vendieron?
–Pues sí. Seguramente las venderían, pero yo no me he enterado.
... y Monticola, en un aparte, me dijo,
–¿Tus amigas son ligeras de cascos?
–Oye, ¿por qué no se lo preguntas tú?
–No, ¿cómo les voy a preguntar yo semejante cosa? Yo no soy ningún grosero.
–Bueno, ¿pues entonces...?
–No, es que es para saber a qué atenernos. Es que estos dicen que qué pasa...
–¿Que qué pasa? ¡Vas a ver tú lo que pasa...! Para empezar, Marisa me ha dicho que le encanta tu amigo Barbarroja.
–¿Sí? ¡Qué bien! A ver si esto va a resultar una fiesta de verdad...
... porque estuvimos en el campo casi una semana. Mejor dicho, hubo quien estuvo casi una semana, Atahualpa, por ejemplo, y Palmira y otra niña de la que he olvidado el nombre.
–Era Rocalunar.
–Bueno, eso.
Mis amigas estuvieron menos, estuvieron sólo dos o tres días, pero lo pasamos de película. ¿Saben ustedes quiénes eran mis amigas? Pues mis amigas eran unas profesionales de verdad, ¡qué decir de Armiña, por ejemplo!, unas profesionales de tomo y lomo, de las que saben cómo se pone una mesa para ricos y cómo hay que disfrazarse para que parezca que acabas de llegar de Australia, que era justamente lo que andaban buscando los amigos de Monticola. Nos falló Edelmira, que era la que mejor estaba de las tres, aunque las otras tampoco estaban mal.
–Pero, Edelmira, ¿por qué no te cambias el nombre?
–Déjalo, si a mí me da igual.
–Hija, es que antes de verte no sabe una con qué se va a encontrar.
Pues Edelmira no vino porque no pudo, pero me llamó por teléfono a última hora.
–Compréndelo, Nastasia. Es que esto son doscientos papeles...
–Ya, hija, déjalo, que no importa. Ellos son tres, pero yo creo que con dos se apañarán. Son algo mayores.
–Oye, que bien que lo siento...
–Que no pasa nada, que da igual. Bueno, ya te contaré –y acabamos riñéndonos.
–Bueno, tía, que te den pol culo.
–Eso, y que Dios te oiga.
... porque mi amiga Edelmira es una tía genial. Lástima que no estuviera en aquel lance, que hubiera disfrutado muchísimo con la fiesta en el bosque y los niños..., ¡con lo que le gustaban!, pero ya se sabe, el curro es el curro y hay que trabajar, que las pelas..., y los niños a los que me refiero no se enteraron de nada. Bueno, sí, se enteraron de que hubo bastante trasiego, pero de lo que pasaba dentro de las habitaciones, de nada. Además, ni se lo podían imaginar. A esa edad uno no se imagina esas cosas, ni le interesan, y nosotros fuimos de lo más discretos. A mis dos amigas las coloqué en los mejores cuartos, los que tenían mirador, y les dije,
–¿Qué os parece?
–Pues que esto es Jauja. Si llego a saberlo vengo aunque no me pagues, y los chicos son muy divertidos. ¿Has visto cómo nos han mirado...? ¡Ja ja! Oye, ¿tú les has dicho algo?
–No, yo nada. Que sois mis amigas. Tú acabas de llegar de Australia, tú trabajas en una ONG y ahora estáis de vacaciones. Eso es todo lo que necesitan saber, ¿vale?
–Vale. ¡Qué bien!, ¿no? ¡Me encanta...!
... y no sé cómo acabaría la cosa, pero solas no durmieron.
–¿A que no, paraguas?
–Téngalo usted por seguro, señora duquesa.
–Con dos para tres ya tendréis, ¿no?
–¡Hombre, por supuesto, que ya van pasando los años...!
Bueno, y a los niños, cinco en total, dos chicos y tres chicas, porque a última hora apareció un amigo de Atahualpa que pretendía no sé si a Palmira o a Rocalunar..., eso, bueno, pues los acomodamos en el desván. Era un desván postmoderno y corrido muy grande, y en él había seis camas, tres en cada extremo. Yo me dije, ¿cómo se lo montarán estos?, ¿cómo dormirán?, y si tengo que decir la verdad, no sé qué pasó pero hicieron poquísimo ruido durante aquellos días, estuvieron de lo más discretos, se ve que eran chicos bien educados. Sí, al principio siempre había un poco de bulla, pero luego se dormían, o lo que fuera, y ya no se oía nada.
El Rockero y sus amigos subieron la primera noche con todos los almohadones que había en la casa.
–Oye, pero al que le dé una almohada se tiene que caer al suelo como si estuviera muerto y ese ya ha perdido.
–Vale, ¿pero si sólo te roza...?
–Bueno, si sólo te roza estás herido, ¿vale?
–¡Eso, venga...!
... y durante cerca de media hora se oyeron toda suerte de carreritas, correrse de camas, gritos histéricos y ahogados, sonoros almohadonazos y demás manifestaciones que suelen acompañar a uno de estos catastróficos acontecimientos. Se lo debieron de pasar muy bien, y cuando bajaron, los mayores, bastante sudorosos, por cierto, y comentando la batalla a grito pelado, le dije al Rockero,
–Oye, ¿y tus amigos?
–Qué.
–Pues que cómo se lo van a montar.
–Ah, creo que van a organizar una timba.
–¿Sí...?
–Sí, con tus amigas. ¿Quieres jugar tú también? A ti te gusta bastante eso del juego... –y yo me quedé un poco así.
–Hombre, jugar no sé..., pero verlo un rato sí, ¿no? ¿Vamos a verlo?
... y, efectivamente, en una de las habitaciones habían puesto una camilla en medio y allí estaban los cinco, todos fumando y bebiendo al lado del mirador abierto. En aquel momento estaba empezando la partida.
–¿Queréis jugar vosotros también?
–No, veníamos a ver si teníais bastante de todo.
–Sí, servidos, pero quedaros un rato, ¿no? Tomaros unas copas...
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Lo dicho: hasta dentro de quince días.

Lo que a continuación puede leerse es una de las muchísimas aventuras que se cuentan en la novela llamada "Crucita y yo", en donde se narra la vida de una niña que nunca fue mayor.
Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...
Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...
¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...
(Nota: la semana que viene, o la otra, pondré la segunda parte de este cuento).
(Nota 2: La novela "Crucita y yo" tiene un antecedente, otra novela que se llama "La efímera vida de Nastasia". En el enlace adjunto se puede conseguir impresa como un ibro de bolsillo normal y corriente..., aunque más divertido que la mayoría de ellos).
Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...
Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...
¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...
(Nota: la semana que viene, o la otra, pondré la segunda parte de este cuento).
(Nota 2: La novela "Crucita y yo" tiene un antecedente, otra novela que se llama "La efímera vida de Nastasia". En el enlace adjunto se puede conseguir impresa como un ibro de bolsillo normal y corriente..., aunque más divertido que la mayoría de ellos).
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Fiesta de cumpleaños
El verano en que cumplí quince años se me ocurrió que podíamos hacer una fiesta, ¿no?, es que fiestas no hacemos nunca y quince años sólo se cumplen una vez, ¿no os apetece?, y además tenemos mucha comida buenísima de la huerta y habrá que comérsela, y el Rockero no necesitó oír más.
–¿Una fiesta? ¡Qué idea más buena!, claro que sí... Pero una fiesta de verdad, ¿eh? Una fiesta en el bosque.
–¿En el bosque? ¿En qué bosque?
–Pues en el bosque que tú conoces, el que hay detrás de casa.
–¿En el pueblo...?
–Naturalmente, por supuesto que en el pueblo, que es donde hay que hacer estas cosas.
–¡Huy, sí, eso sí que estaría bien...!
–Y además de disfraces y que dure todo el día, o toda la semana. ¿Qué te parece...? –y a mí me pareció de maravilla.
–¡Eso...! Oye, ¿pero yo puedo llevar a mis amigas?
–¡Anda!, ¿pues qué clase de fiesta va a ser esa en la que no estén tus amigas? A tus amigas y a tus amigos. ¿No vas a decírselo a Atahualpa?
–Sí, claro, pero ¿pueden dormir allí? Es que eso está lejos...
–Pues claro, mujer. Llevamos a todos y por las noches montamos guerras de almohadas –y el Rockero, embalado, empezó como siempre.
–A ver, ¿tú quién quieres ser? ¿El hada Valeria o el hada Amilamia?
–¡No, Valeria no!
–Bueno, pues entonces tú eres el hada Amilamia, el hada de las fuentes, personaje de índole afable y caritativa..., ¿o sería mejor el hada Pan de Azúcar...? En todo caso te tienes que disfrazar de tal, así que vete dibujando algún traje.
–Vale. Y tú, ¿de qué te vas a disfrazar?
–¿Yo? Pues no sé... ¿De cura te parece bien?
–¿De cura? Pero de eso ya te disfrazaste una vez...
–Bueno, sí, tienes razón, ya pensaré algo. Si se te ocurre a ti antes me lo dices, ¿vale?
–Vale. Oye, Maná, ¿y tú?
–¿Yo...? Bueno, ya veremos, una ocasión es una ocasión. ¿De qué quieres que me disfrace?
–Pues tú..., ¡de madre!
–¿De madre? ¿Cómo de madre?
–Pues de madre. Tú nunca has sido madre de nadie..., bueno, sólo de mí, pero así te disfrazas y pareces una mamá... ¡Qué bien!, ¿verdad?
–Sí, mujer... Bueno, ya veremos.
... pero luego, cuando llegó el momento, no pasó nada de eso. ¿Saben de qué se disfrazó? Es que me da no sé qué decirlo... Bueno, pues se disfrazó de puta, con todas sus amigas; sólo fueron dos pero iban igual, iban todas de putas antiguas, estaban guapísimas y parecían de verdad, y yo, al final, no me disfracé de hada.
–¡Ya sé!
–¿Qué sabes?
–De qué me voy a disfrazar. ¿Sabes de qué?
–Dime.
–Pues de Bella Durmiente... ¡Si ya tengo el traje! Lo lavo y lo plancho y lo coso un poco... Y además el Príncipe tiene que venir y despertarme de un beso –y Maná se moría de risa.
–¿Y quién va a ser el Príncipe, hija mía? No me irás a decir que tiene que ser Atahualpa... –y yo me puse un poco colorada pero no me importó.
–¡Pues claro!, ¡quién va a ser! ¿Puedo hacerlo...? –y yo le dije que sí, que por supuesto.
–Es tu fiesta y tu cumpleaños. Además, eso es una cosa como de teatro, y Atahualpa y tú ya os habréis dado algún beso, ¿no?
–Bueno, sí, alguno... –y como yo estaba friendo pescado, Crucita vino y me abrazó un poco por detrás, me cogió por la cintura.
–¿Qué haces?
–No, nada, déjame –y me abrazó un poco más y apoyó la cabeza en mi cuello...
¿En qué estaría pensando...? Yo le dije,
–Oye, ¿sabes que se te han puesto las tetas muy duras?
–¿Síii...?
Su voz sonó un poco asustada.
–Sí, ¿no...? Bueno, como a tu madre...
–¿Sí...? ¿Ella las tenía así?
–Pues sí, algo así –y yo dejé la espumadera y, mientras se apretaba a mí, le dije quedamente,
–¿Sabes otra cosa?
–Qué.
–Pues que a las mujeres se nos ponen las tetas duras cuando empezamos a funcionar.
–¿A funcionar?
–Sí. Sexualmente, claro –y Crucita se soltó un poco y me miró.
–Oye, pero yo no he hecho nada, ¿eh? –y yo me reí y le di un beso.
–Ya lo sé, mujer. ¿Tú no sabes que los mayores notamos esas cosas? –y Crucita me miró con sorpresa.
–¿Sí...? ¿Tú lo notas?
–Pues claro –y allí ya me agarró del todo y se rió.
–Bueno, niña, ¡para, para...!
* * *
Los amigos de Monticola eran, Serafín, el paraguas y Juanito Barbarroja.
–Oye, ¡pero si tienes la barba roja de verdad!
–Pues claro, hija. ¿Tú qué te creías? –y Crucita le miró arrobada durante un instante.
–Oye, ¿y no vas a poner más gallinas?
–Sí, claro, pero en otoño, y esta vez las voy a cercar con trampas eléctricas. Si alguien entra a robarlas a lo mejor se electrocuta.
–¡Eso...! Pero vaya faena, ¿no?
–Pues sí, pero qué le vamos a hacer...
–¿Y no las has encontrado?
–¡Huy, encontrarlas...! Se las habrán comido; se las comieron en Navidad y todavía deben de estar haciendo la digestión. Es que eran muchas, ¿eh?
–¿Y no las vendieron?
–Pues sí. Seguramente las venderían, pero yo no me he enterado.
... y Monticola, en un aparte, me dijo,
–¿Tus amigas son ligeras de cascos?
–Oye, ¿por qué no se lo preguntas tú?
–No, ¿cómo les voy a preguntar yo semejante cosa? Yo no soy ningún grosero.
–Bueno, ¿pues entonces...?
–No, es que es para saber a qué atenernos. Es que estos dicen que qué pasa...
–¿Que qué pasa? ¡Vas a ver tú lo que pasa...! Para empezar, Marisa me ha dicho que le encanta tu amigo Barbarroja.
–¿Sí? ¡Qué bien! A ver si esto va a resultar una fiesta de verdad...
... porque estuvimos en el campo casi una semana. Mejor dicho, hubo quien estuvo casi una semana, Atahualpa, por ejemplo, y Palmira y otra niña de la que he olvidado el nombre.
–Era Rocalunar.
–Bueno, eso.
Mis amigas estuvieron menos, estuvieron sólo dos o tres días, pero lo pasamos de película. ¿Saben ustedes quiénes eran mis amigas? Pues mis amigas eran unas profesionales de verdad, ¡qué decir de Armiña, por ejemplo!, unas profesionales de tomo y lomo, de las que saben cómo se pone una mesa para ricos y cómo hay que disfrazarse para que parezca que acabas de llegar de Australia, que era justamente lo que andaban buscando los amigos de Monticola. Nos falló Edelmira, que era la que mejor estaba de las tres, aunque las otras tampoco estaban mal.
–Pero, Edelmira, ¿por qué no te cambias el nombre?
–Déjalo, si a mí me da igual.
–Hija, es que antes de verte no sabe una con qué se va a encontrar.
Pues Edelmira no vino porque no pudo, pero me llamó por teléfono a última hora.
–Compréndelo, Nastasia. Es que esto son doscientos papeles...
–Ya, hija, déjalo, que no importa. Ellos son tres, pero yo creo que con dos se apañarán. Son algo mayores.
–Oye, que bien que lo siento...
–Que no pasa nada, que da igual. Bueno, ya te contaré –y acabamos riñéndonos.
–Bueno, tía, que te den pol culo.
–Eso, y que Dios te oiga.
... porque mi amiga Edelmira es una tía genial. Lástima que no estuviera en aquel lance, que hubiera disfrutado muchísimo con la fiesta en el bosque y los niños..., ¡con lo que le gustaban!, pero ya se sabe, el curro es el curro y hay que trabajar, que las pelas..., y los niños a los que me refiero no se enteraron de nada. Bueno, sí, se enteraron de que hubo bastante trasiego, pero de lo que pasaba dentro de las habitaciones, de nada. Además, ni se lo podían imaginar. A esa edad uno no se imagina esas cosas, ni le interesan, y nosotros fuimos de lo más discretos. A mis dos amigas las coloqué en los mejores cuartos, los que tenían mirador, y les dije,
–¿Qué os parece?
–Pues que esto es Jauja. Si llego a saberlo vengo aunque no me pagues, y los chicos son muy divertidos. ¿Has visto cómo nos han mirado...? ¡Ja ja! Oye, ¿tú les has dicho algo?
–No, yo nada. Que sois mis amigas. Tú acabas de llegar de Australia, tú trabajas en una ONG y ahora estáis de vacaciones. Eso es todo lo que necesitan saber, ¿vale?
–Vale. ¡Qué bien!, ¿no? ¡Me encanta...!
... y no sé cómo acabaría la cosa, pero solas no durmieron.
–¿A que no, paraguas?
–Téngalo usted por seguro, señora duquesa.
–Con dos para tres ya tendréis, ¿no?
–¡Hombre, por supuesto, que ya van pasando los años...!
Bueno, y a los niños, cinco en total, dos chicos y tres chicas, porque a última hora apareció un amigo de Atahualpa que pretendía no sé si a Palmira o a Rocalunar..., eso, bueno, pues los acomodamos en el desván. Era un desván postmoderno y corrido muy grande, y en él había seis camas, tres en cada extremo. Yo me dije, ¿cómo se lo montarán estos?, ¿cómo dormirán?, y si tengo que decir la verdad, no sé qué pasó pero hicieron poquísimo ruido durante aquellos días, estuvieron de lo más discretos, se ve que eran chicos bien educados. Sí, al principio siempre había un poco de bulla, pero luego se dormían, o lo que fuera, y ya no se oía nada.
El Rockero y sus amigos subieron la primera noche con todos los almohadones que había en la casa.
–Oye, pero al que le dé una almohada se tiene que caer al suelo como si estuviera muerto y ese ya ha perdido.
–Vale, ¿pero si sólo te roza...?
–Bueno, si sólo te roza estás herido, ¿vale?
–¡Eso, venga...!
... y durante cerca de media hora se oyeron toda suerte de carreritas, correrse de camas, gritos histéricos y ahogados, sonoros almohadonazos y demás manifestaciones que suelen acompañar a uno de estos catastróficos acontecimientos. Se lo debieron de pasar muy bien, y cuando bajaron, los mayores, bastante sudorosos, por cierto, y comentando la batalla a grito pelado, le dije al Rockero,
–Oye, ¿y tus amigos?
–Qué.
–Pues que cómo se lo van a montar.
–Ah, creo que van a organizar una timba.
–¿Sí...?
–Sí, con tus amigas. ¿Quieres jugar tú también? A ti te gusta bastante eso del juego... –y yo me quedé un poco así.
–Hombre, jugar no sé..., pero verlo un rato sí, ¿no? ¿Vamos a verlo?
... y, efectivamente, en una de las habitaciones habían puesto una camilla en medio y allí estaban los cinco, todos fumando y bebiendo al lado del mirador abierto. En aquel momento estaba empezando la partida.
–¿Queréis jugar vosotros también?
–No, veníamos a ver si teníais bastante de todo.
–Sí, servidos, pero quedaros un rato, ¿no? Tomaros unas copas...
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Lo dicho: hasta dentro de quince días.
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miércoles, 24 de septiembre de 2008
Trozo de LAS ESTACIONES
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En Las Estaciones , novela ambientada en la época actual y en la que se narran los sucesos que durante un año se dieron en casa de una gente que, al parecer, tiene bastante dinero, hablan varios personajes, como la institutriz, el encargado de la seguridad y el niño, que es en realidad el protagonista de la historia y el que tiene en su haber la mayor parte de los comentarios; como este que sigue, lo van a ver (o mejor, a leer) ustedes.
A Patricia, a la mulata Patricia, le olía el culo a jaramugo, que era un rosal que había en la parte de atrás, al lado de la puerta de la cocina, y tenía flores todo el año, se lo oí decir al tío Mary una vez que se lo dijo a mamá y no me veían, no sabían que estaba allí, y entonces ella le dijo, ¡qué cosas dices!, ¿y así quieres tú ligar?, pues como te oiga, ya sabes lo que te va a contestar..., y el tío Mary se fue riendo por el pasillo y canturreando por lo bajo, que no sé qué cantaba, pero debía de ser algo muy divertido porque iba dando saltos y golpes en las paredes.
A la mulata Patricia, o sea, a mi mulata Patricia, ¿le olía el culo a jaramugo, como decía el tío Mary? Pues cualquiera sabe, pero seguro que le olía muy bien porque Patricia siempre olía muy bien. A mí, al principio, algunas veces, cuando volvía del colegio me decía, Pipo, ven aquí, y cuando estaba a su lado me cogía por el hombro y me decía, niño, tú, ¿qué champú usas?, y yo contestaba, pues el del baño, ya, ¿pero cuánto hace que no lo usas?, y yo la primera vez dije la verdad, pues no sé..., ¡tres días...!, y ella se me quedó mirando, ¿tres días...?, ¡Pipo, eres un poco cochino!, ¿no?, haz el favor de ir al baño y ducharte de arriba abajo, y yo obedecí, fui e hice como que me duchaba. Bueno, sí, me duché un poco, pero poco, ni me lavé la cabeza ni nada, sólo me la mojé, y cuando volví me dijo, ¿ves tú?, ¿no estás mejor ahora...?, oye, si no te duchas, ¿a ti no te pica la piel?, y yo la miré extrañado, ¿a mí?, no, a mí no me pica nada, ¿a ti te pica?, y Patricia puso cara de paciencia y ya no quiso seguir hablando de aquello, no, a mí tampoco, venga, vamos a ver que te han enseñado hoy, y luego, a los pocos días, volvió a pasar lo mismo. Estaba en la mesa con todos los libros y ella entró y dijo, ¡Pipo!, ¿tampoco te has duchado?, y yo la miré, es que..., ¿es que qué?, pues que se me ha olvidado..., bueno, pues venga, levanta y a la ducha, y yo fui y volví a repetir la operación, me mojé el pelo y los brazos, me puse el pijama y fui al cuarto de Azucena en donde estaban las dos hablando de cuestiones intrincadas, yo creía que era algo del colegio pero qué va, estaban hablando de los chicos de la clase de Azucena, porque ella decía, sí, pelirrojos hay alguno, pero son los que menos me gustan..., y al verme se calló. Entonces dije, ¡ya!, y Patricia me miró y dijo, muy bien, venga, vamos a ver qué tienes que hacer, y nos fuimos a mi cuarto y ella no dijo nada, y de esta forma la estuve engañando unos días, pero resulta que uno, un día, me lo volvió a decir, Pipo, ¿no te he dicho que hay que ducharse al volver del cole?, y yo fui, me mojé el pelo y los brazos y por el cuello y volví, aunque tardé un poco, claro, para que no se diera cuenta, pero volví y me dijo, ven, y fue y me olió como por el cuello y entonces dijo, mira, Pipo, los niños oléis muy bien, no te digo que no, pero tú no te has duchado, ¡ay, que sí...!, que no, Pipo, y ahora mismo te vas a duchar de verdad, y delante de mí para que no me engañes, y yo me quedé sin habla. ¿Delante de ti...? Ni hablar. ¿Cómo que ni hablar? Venga, andando delante de mí hacia el baño, y llegamos, yo bastante asustado, porque cualquiera se imagina lo que puede suceder en un caso así, y ella dio al grifo del agua caliente, lo puso todo bien y dijo, venga, adentro, y yo me eché hacia atrás. Pero ¿vestido...? No, de vestido nada; desnudo. Pues entonces tú vete. ¿Yo...? Sí, para que me engañes como todos estos días..., venga, quítate la ropa, cosa que ya me resultaba bastante comprometida, ¡sí, venga, delante tuyo...!, delante tuyo, no; delante de ti..., ¿verdad?, pero no te preocupes que no te voy a mirar nada, me tapo los ojos y arreglado, y se los tapó, y se los tapó de verdad, o por lo menos eso parecía porque además se volvió de espaldas, oye, pero tú no mires, ¿eh?, ¡Pipo...!, bueno, espera, que ya voy, y me quité la ropa a toda velocidad y me metí detrás de la mampara, ¿ya?, sí..., ¡yaaa...!, y allí estuvo todo el rato y yo dando novedades, ahora me lavo el pelo, ¡aaahhh...!, vale, y ahora por debajo de los brazos, bueno, y los pies..., muy bien, niño, muy bien, pero acaba, que para ducharse no hay que tardar una eternidad. Luego cerré el grifo y me dijo, toma esta toalla, y yo me la puse y salí, y ella, que estaba sentada en la banqueta, me dijo, ven aquí, y cuando estuve a su lado me cogió por un brazo, me olió otra vez y se rió. ¿Ves tú?, esto es lo que yo quería; hala, vístete y ponte ropa limpia, y se fue.
A Patricia, según decía mi tío Mary, el culo le olía a jaramugo, y yo creo que era verdad, o por lo menos las manos le olían a zarzarrosa, y como el tío Mary decía que a Patricia le olía el culo a jaramugo, que no sé por qué lo diría, a lo mejor es que se lo imaginaba, un día, sin que me viera nadie, por la mañana, que era cuando no había nadie por allí, fui hasta el tendal que había detrás, en el jardín, pegado a la tapia para que no lo vieran las visitas, aunque las visitas nunca iban por allí, y estuve buscando alguna de sus bragas, pero yo creo que no encontré ninguna porque todas las que había aquel día eran como grandes, como de señora mayor, y yo me imaginaba que ella las llevaría como Azucena, que llevaba de esas que son como tiras por detrás, pero allí no había nada de eso, sólo había de las grandes y pensé, bueno, ya lo miraré otro día, porque oler aquellas no me apetecía mucho, y resulta que cuando estaba allí mirándolas, que había una fila de ellas, oí algo detrás, me di la vuelta y me encontré a Sean.
–Hola, Sean.
–¿Qué tal? ¿Vas a montar en bici?
–¿En bici...?
–Ah, no sé... ¡Como ya nunca vienes por aquí!
–No, es que estaba buscando una cosa...
–¿Qué cosa? A lo mejor yo sé dónde está.
Yo lo pensé.
–¡Qué va...! Lo que estaba buscando no lo encuentro... –y me hice el despistado y me puse a mirar a los árboles.
–Oye, ¿y por aquí no hay cigüeñas?
–¿Cigüeñas...? Sí, claro que hay, pero en este jardín no. Para eso hay que ir a un pueblo. Además, ahora estamos en invierno.
–¿A un pueblo?
–Claro. Están en las torres de las iglesias, pero sólo en verano, y a veces en primavera.
–¡Ah, es verdad...! ¡Si ya las he visto...! –y me fui, porque a lo mejor Sean se imaginaba algo–. Bueno, que me tengo que volver a casa.
–Vale.
... y entonces, como no encontré lo que buscaba, se me ocurrió que lo que tenía que hacer era ir a su cuarto cuando ella no estuviera y mirar en los cajones, porque seguro que allí habría. Lo que sucedía era que entrar en su cuarto cuando ella no estuviera era difícil, porque si no estaba con nosotros solía estar en su cuarto, aunque a veces estaba con mi madre, pero solía estar poco..., o no, mejor a la hora de la comida, porque como ella comía con nosotros, que siempre estaba de palique con papá, sólo tenía que levantarme y decir, "perdón", hacer como que iba al baño, ir hasta su cuarto y mirar en los cajones, pero tenía que hacerlo a toda velocidad porque si me cogía seguro que se iba a enfadar..., bueno, no sé, y un día lo hice. Me levanté, dije, "perdón", que me salió fatal y todos me miraron, pasé por delante del baño y entré en su cuarto, que olía a las flores que solía poner mamá, abrí el armario y había cajones como los míos, así que abrí uno y luego otro y allí estaba su ropa, toda en fila, que las había de todos los colores, azules, rojas, blancas..., bueno, y cogí unas, y cuidando de que no se desdoblaran me las llevé a las narices, pero aquello no olía a nada, a lo único que olía era a jabón, estaba todo limpísimo y ordenado, y entonces, al lado, vi una cosa como de gasa, la cogí y resultó que era un sujetador fantástico, rosa con pintitas blancas, y cuando me quise dar cuenta resultó que lo había desdoblado entero porque si no, no se ve bien, y me dije, ¡jo, lo va a notar seguro!, ¿cómo estaba doblado?, pero me resultó imposible dejarlo como estaba, aunque lo intenté, y cuando acabé me tuve que volver al comedor porque ya debía de llevar mucho rato, así que cerré todo con cuidado, volví a la mesa, me senté y seguí comiendo, y luego ya no pude dejar de mirarla en toda la comida porque la tenía enfrente, y ella se dio cuenta.
–Pipo, ¿qué te pasa?
–Nada. ¿Por qué...?
Aquí hubo una pausa.
–Estás temblando.
–¡Ah, ya...! Es que tengo frío.
–¿Frío...? ¡Si aquí hace calor!
–Sí, no sé. Es que me ha dado como un mareo...
–¿Un mareo...? ¿Estás malo?
–No, no sé...
... y al acabar mamá se empeñó en que me pusiera el termómetro, pero como no tenía fiebre me tuve que ir al colegio como todos los días, aunque aquella tarde no pude pensar en otra cosa que no fuera el sujetador rosa con pintitas blancas, incluso cuando el profesor nos preguntaba, que menos mal que a mí no me preguntó nada, porque yo no veía más que aquello de gasa rosa que ondeaba al viento como si fuera una bandera en un palo...
viernes, 4 de abril de 2008
Lo que sucedió cuando nos pusieron una institutriz mulata que era guapísima
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En este blog no he puesto ningún trozo de "LAS ESTACIONES", novela en cuatro actos (las estaciones) en la que Pipo, chaval de trece años, cuenta lo que durante un año sucedió en su casa cuando a su hermana y a él, que suspendían demasiadas asignaturas, les pusieron una institutriz mulata que era guapísima. Para remediar tal carencia traigo el presente texto, que está sobre la página treinta del libro.
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PIPO
El año anterior había sido un año raro, sobre todo por Charlotte, que fue la primera institutriz que tuvimos, y porque a Azucena le suspendieron cinco –a mí sólo dos– después de largos años de ser aprobados en todo, incluso con buenas notas, y aunque en casa decían que era la edad, cosas de la edad y alguna vez tenía que ser –lo decía el tío Mary y a veces también el tío Arsenio, cuando iba por allí–, mi padre decidió que tenían que ponernos un profesor particular porque Charlotte sólo nos daba clase de francés. Al principio dijeron "un profesor particular", y me parece que buscaron alguno e incluso preguntaron al tío Arsenio, que conocía a muchos jesuitas, pero luego mi madre decidió que era mejor "profesora particular". ¿Un profesor...?, y le miraba, ¿quieres poner a Azucena un profesor?, ¿un chico joven...?, y mi padre, que estaba en un sillón, no dejaba de leer el periódico porque yo creo que aquel asunto no le interesaba nada, de forma que contestó, bueno, o mayor, como tú quieras, y es que seguramente pensaba que era ella, mi madre, la que se iba a ocupar de todo, como siempre.
La pandilla de mi padre, es decir, la pandilla del tío Mary, el hermano de mi madre, que databa de los tiempos en que todos ellos iban al colegio, se componía de cuatro personajes. Habían sido más, porque a veces hablaban de uno al que llamaban "el chino" y del que decían que hacía mucho que no sabían una palabra, y también de otros, pero en aquellos entonces quedaban cuatro que solían ir juntos a todas partes, sobre todo a cazar, y casi todos los jueves por la noche a recorrer y cerrar bares. Estos cuatro, por orden de edad, eran: mi padre; mí tío Mary, que ya sabemos quién es, el hermano juerguista de mi madre; Juanito, el tronco del tío Mary, con el que siempre estaba hablando de las novias que habían tenido a medias, y Victoriano, que era el cuarto en discordia y no se parecía en nada a ellos pues llevaba barba, era serio y cantaba y tocaba la guitarra y el piano muy bien. Victoriano era el más antiguo amigo de Juanito, y eran tan amigos que cuando Juanito se casó, de joven, se fueron los tres de viaje de novios, los recién casados y el amigo del alma, y estuvieron varias semanas en las islas Caimán; claro, que yo eso sólo lo sé de oídas, porque cuando sucedió era muy pequeño o aún no había nacido.
Mi madre también había sido de aquel grupo en su juventud porque era hermana del tío Mary y habían ido al mismo colegio, pero luego se aburrió de verlos –porque como estaba casada con mi padre le veía todos los días– y casi nunca salía con ellos sino con sus amigas, a las que nosotros llamábamos tías. Estaba la tía Teresa, que en cuanto me divisaba, sin perder de vista el juego y con las cartas en la mano, porque se pasaban la vida jugando, decía, ¡este niño...!, ¡pero qué ojos tiene este niño...!, que a mí no me gustaba nada porque me miraban todas y cada vez que se lo oía salía corriendo, y también estaba la tía Esther, mi madrina, que era prima de mi madre y se parecía muchísimo a una actriz americana muy famosa, y como era tan guapa, yo, cuando era muy pequeño, a los siete años o por ahí, me subía encima de ella en cuanto llegaba a casa y se sentaba en alguna silla. Mi madre decía, ¿quieres dejar tranquila a tu tía?, ¡baja de ahí!, pero mi tía Esther se reía y decía, no, no, déjale que haga lo que quiera, ¿verdad, Pipo?, y me apretaba bien, y entonces mi madre decía, ¿por qué le llamáis todos así?, se va a quedar con ese nombre y ya tiene uno, porque yo en realidad me llamo como mi padre, que se llama Carlos, aunque todo el mundo le llame Charli, y a mí Pipo y Charlidós.
La pandilla de mi padre era muy compacta, todos eran muy amigos, pero se empezó a revolucionar cuando nos pusieron una institutriz mulata que era guapísima. Antes teníamos a Charlotte, que era una chica que ayudaba a mi madre a vestirse y a peinarse y a nosotros nos llevaba al colegio y al cine y sitios de esos. Era karateca y a mí me enseñó bastantes cosas. Por ejemplo, que nunca le des un puñetazo a nadie porque te puedes romper la mano, que es mucho mejor dar un tortazo en mitad de la nariz con la mano abierta; yo nunca he dado un puñetazo a nadie, pero no porque me lo dijera Charlotte sino porque no me ha hecho falta, y menos con Pancracio al lado, y tampoco le he dado a nadie una torta, y mucho menos en mitad de la nariz. Bueno, pero Charlotte era mayor y hablaba poco en español, casi siempre hablaba en francés, ¿n´est-ce pas, mes enfants?, y entonces había que decir, oui.
La mulata que era guapísima hablaba a veces en inglés, sobre todo con las visitas, pero casi todo el tiempo en español.
–¡Qué rara es!, ¿verdad, mamá?
–Niño, no digas eso. ¡Si parece una cariátide...!
–¿Una qué?
–Una cariátide.
–¡Pero es que es como negra...!
–No, hijo, es que es mulata.
–¿Y eso qué es?
–Pues mestiza.
Bueno, la mulata que era guapísima y hablaba en un español pulido, aunque con las visitas hablara en inglés porque mi madre no lo dominaba del todo y había cosas que no entendía, se parecía mucho a una que salía en Némesis del Espacio Profundo, que era un juego de ordenador al que yo jugaba con Pancracio y otros. Había muchas chicas y yo casi siempre elegía a una rubia que tenía muchas tetas, bueno, tenía demasiadas tetas, pero eso era porque el juego era americano y a los americanos les gustan las chicas con las tetas muy grandes, o eso decía el tío Mary, aunque en realidad se las podías cambiar, dabas a un botón y se desinflaban hasta que quedaban a tu gusto, y lo demás también se lo podías cambiar, claro, y ponerle la nariz más larga, tan larga como Pinocho, o tripa, o las piernas gordas o muy flacas, y a veces, en vez de jugar, lo que hacíamos era inventarnos chicas a nuestro gusto, y a Pancracio le salían unas horribles, todas gordas y como torcidas; desvestirlas no podías, para eso había que ganar y entonces sí te dejaba que les quitaras la ropa, pero ganar era difícil y sólo lo conseguimos una o dos veces. Bueno, pues yo al principio siempre elegía a una rubia que tenía las tetas muy grandes, pero luego descubrí que había una que era como mulata, y cuando me puse a cambiarle cosas, un día, me salió una que se parecía un poco a Patricia, y luego seguí y seguí, y cuando ya se parecía más, porque era difícil, se me borró y no pude volver a hacerlo. De todas formas dio igual porque nunca conseguía ganar a aquel juego, y lo que yo quería, que era quitarle la ropa, no lo iba a lograr nunca, pero en realidad no importaba porque a Patricia casi no hacía falta quitarle la ropa, y es que ella era de las que no caben dentro, de las que parece que es la ropa la que las lleva a ellas y no ellas a la ropa, y más en verano. Patricia, como decía mi madre, era como una cariátide congelada en el tiempo, sí, aunque yo creo que eso era quedarse un poco corto y ella era más bien como el Partenón entero. Patricia era como una cantante de ópera antiquísima, hacía gorgoritos, desde luego, aunque los entendíamos pocos, y también como uno de esos coros oceánicos, o universales, o como alguna chica de las que salen en las revistas o el mar, que se mueve tan despacio si lo ves desde muy lejos, o incluso como un portaaviones en el océano, que navegan muy armoniosamente, por lo menos en los documentales de la televisión. Patricia era parecida a la mulata del juego del ordenador que llevaba un vestido brillante, aunque en realidad era mucho más guapa, y era tan guapa que desde que llegó, sobre todo los primeros días, casi no se hablaba de otra cosa, y durante una temporada estuve oyendo historias misteriosas acerca de cariátides y atlantes que atravesaban los espacios infinitos para recalar en nuestra casa, que era lo que decía el tío Mary, el más inspirado de cuantos iban por allí. En mi casa casi siempre se hablaba en clave y a veces decían cosas que significaban otras diferentes, como los huevos con tomate, por ejemplo, de los que nunca supe si se estaban refiriendo a los huevos en sí o a algún asunto misterioso del que yo no tenía ni idea, y es que mi madre, cuando lo decía, ponía una cara en la que ya se veía que no hablaba de una cosa cualquiera, o también lo que decía mi hermana de los que montaban en yate...
–¿Y qué decía tu hermana de los que montaban en yate?
–Pues eso, que todas las noches cenaban huevos con tomate –y como yo lo conocía desde pequeño, también me divertía intentando liar a los demás, sobre todo en el colegio, en donde nadie entendía nada.
–No, ahora tengo un juego mejor. Ese de Némesis está un poco pasado y ahora juego al de "Atlantes y Cariátides que se persiguen por el pasillo", pero yo creo que van a ganar las cariátides, sobre todo las que van montadas en portaaviones; se ve venir.
–¿Y eso qué es?
–Pues es como lo de la merluza con mayonesa, ¿no sabes lo que es la merluza con mayonesa?, que cuando la cocinera no sabe qué hacer pone merluza con mayonesa, eso dice mi padre..., o croquetas, bueno, que no tiene más que freírlas, o huevos con tomate, que dice mi madre, ¡mira que están buenos los huevos con tomate!, ¿a ti no te gustan...?, a mí me gustan muchísimo y casi todas las noches los ceno, como los que van en el yate, que dice mi hermana.
–¿Tu hermana es esa del pelo rizado de la otra clase?
–Sí. Está un poco loca, pero bueno. En realidad no es mi hermana, sino la amiga de siempre de Rosana.
–¿Rosana es la de los ojos azules?
–Sí, y además la amiga del alma de mi hermana.
... y como Pancracio me contemplaba dubitativo y no decía nada, yo le animaba.
–Sí, no, tienes que venir a verlo a casa, ya verás que número.
–¿Pero tienes las instrucciones?
–No, bueno, yo que sé..., pero tú seguro que puedes averiguar dónde están, a ti te gustará, aunque a lo mejor le gusta más a Jaimito, porque sale una cosa parecida al Partenón y el Partenón siempre está desnudo, ¿no...?
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PIPO
El año anterior había sido un año raro, sobre todo por Charlotte, que fue la primera institutriz que tuvimos, y porque a Azucena le suspendieron cinco –a mí sólo dos– después de largos años de ser aprobados en todo, incluso con buenas notas, y aunque en casa decían que era la edad, cosas de la edad y alguna vez tenía que ser –lo decía el tío Mary y a veces también el tío Arsenio, cuando iba por allí–, mi padre decidió que tenían que ponernos un profesor particular porque Charlotte sólo nos daba clase de francés. Al principio dijeron "un profesor particular", y me parece que buscaron alguno e incluso preguntaron al tío Arsenio, que conocía a muchos jesuitas, pero luego mi madre decidió que era mejor "profesora particular". ¿Un profesor...?, y le miraba, ¿quieres poner a Azucena un profesor?, ¿un chico joven...?, y mi padre, que estaba en un sillón, no dejaba de leer el periódico porque yo creo que aquel asunto no le interesaba nada, de forma que contestó, bueno, o mayor, como tú quieras, y es que seguramente pensaba que era ella, mi madre, la que se iba a ocupar de todo, como siempre.
La pandilla de mi padre, es decir, la pandilla del tío Mary, el hermano de mi madre, que databa de los tiempos en que todos ellos iban al colegio, se componía de cuatro personajes. Habían sido más, porque a veces hablaban de uno al que llamaban "el chino" y del que decían que hacía mucho que no sabían una palabra, y también de otros, pero en aquellos entonces quedaban cuatro que solían ir juntos a todas partes, sobre todo a cazar, y casi todos los jueves por la noche a recorrer y cerrar bares. Estos cuatro, por orden de edad, eran: mi padre; mí tío Mary, que ya sabemos quién es, el hermano juerguista de mi madre; Juanito, el tronco del tío Mary, con el que siempre estaba hablando de las novias que habían tenido a medias, y Victoriano, que era el cuarto en discordia y no se parecía en nada a ellos pues llevaba barba, era serio y cantaba y tocaba la guitarra y el piano muy bien. Victoriano era el más antiguo amigo de Juanito, y eran tan amigos que cuando Juanito se casó, de joven, se fueron los tres de viaje de novios, los recién casados y el amigo del alma, y estuvieron varias semanas en las islas Caimán; claro, que yo eso sólo lo sé de oídas, porque cuando sucedió era muy pequeño o aún no había nacido.
Mi madre también había sido de aquel grupo en su juventud porque era hermana del tío Mary y habían ido al mismo colegio, pero luego se aburrió de verlos –porque como estaba casada con mi padre le veía todos los días– y casi nunca salía con ellos sino con sus amigas, a las que nosotros llamábamos tías. Estaba la tía Teresa, que en cuanto me divisaba, sin perder de vista el juego y con las cartas en la mano, porque se pasaban la vida jugando, decía, ¡este niño...!, ¡pero qué ojos tiene este niño...!, que a mí no me gustaba nada porque me miraban todas y cada vez que se lo oía salía corriendo, y también estaba la tía Esther, mi madrina, que era prima de mi madre y se parecía muchísimo a una actriz americana muy famosa, y como era tan guapa, yo, cuando era muy pequeño, a los siete años o por ahí, me subía encima de ella en cuanto llegaba a casa y se sentaba en alguna silla. Mi madre decía, ¿quieres dejar tranquila a tu tía?, ¡baja de ahí!, pero mi tía Esther se reía y decía, no, no, déjale que haga lo que quiera, ¿verdad, Pipo?, y me apretaba bien, y entonces mi madre decía, ¿por qué le llamáis todos así?, se va a quedar con ese nombre y ya tiene uno, porque yo en realidad me llamo como mi padre, que se llama Carlos, aunque todo el mundo le llame Charli, y a mí Pipo y Charlidós.
La pandilla de mi padre era muy compacta, todos eran muy amigos, pero se empezó a revolucionar cuando nos pusieron una institutriz mulata que era guapísima. Antes teníamos a Charlotte, que era una chica que ayudaba a mi madre a vestirse y a peinarse y a nosotros nos llevaba al colegio y al cine y sitios de esos. Era karateca y a mí me enseñó bastantes cosas. Por ejemplo, que nunca le des un puñetazo a nadie porque te puedes romper la mano, que es mucho mejor dar un tortazo en mitad de la nariz con la mano abierta; yo nunca he dado un puñetazo a nadie, pero no porque me lo dijera Charlotte sino porque no me ha hecho falta, y menos con Pancracio al lado, y tampoco le he dado a nadie una torta, y mucho menos en mitad de la nariz. Bueno, pero Charlotte era mayor y hablaba poco en español, casi siempre hablaba en francés, ¿n´est-ce pas, mes enfants?, y entonces había que decir, oui.
La mulata que era guapísima hablaba a veces en inglés, sobre todo con las visitas, pero casi todo el tiempo en español.
–¡Qué rara es!, ¿verdad, mamá?
–Niño, no digas eso. ¡Si parece una cariátide...!
–¿Una qué?
–Una cariátide.
–¡Pero es que es como negra...!
–No, hijo, es que es mulata.
–¿Y eso qué es?
–Pues mestiza.
Bueno, la mulata que era guapísima y hablaba en un español pulido, aunque con las visitas hablara en inglés porque mi madre no lo dominaba del todo y había cosas que no entendía, se parecía mucho a una que salía en Némesis del Espacio Profundo, que era un juego de ordenador al que yo jugaba con Pancracio y otros. Había muchas chicas y yo casi siempre elegía a una rubia que tenía muchas tetas, bueno, tenía demasiadas tetas, pero eso era porque el juego era americano y a los americanos les gustan las chicas con las tetas muy grandes, o eso decía el tío Mary, aunque en realidad se las podías cambiar, dabas a un botón y se desinflaban hasta que quedaban a tu gusto, y lo demás también se lo podías cambiar, claro, y ponerle la nariz más larga, tan larga como Pinocho, o tripa, o las piernas gordas o muy flacas, y a veces, en vez de jugar, lo que hacíamos era inventarnos chicas a nuestro gusto, y a Pancracio le salían unas horribles, todas gordas y como torcidas; desvestirlas no podías, para eso había que ganar y entonces sí te dejaba que les quitaras la ropa, pero ganar era difícil y sólo lo conseguimos una o dos veces. Bueno, pues yo al principio siempre elegía a una rubia que tenía las tetas muy grandes, pero luego descubrí que había una que era como mulata, y cuando me puse a cambiarle cosas, un día, me salió una que se parecía un poco a Patricia, y luego seguí y seguí, y cuando ya se parecía más, porque era difícil, se me borró y no pude volver a hacerlo. De todas formas dio igual porque nunca conseguía ganar a aquel juego, y lo que yo quería, que era quitarle la ropa, no lo iba a lograr nunca, pero en realidad no importaba porque a Patricia casi no hacía falta quitarle la ropa, y es que ella era de las que no caben dentro, de las que parece que es la ropa la que las lleva a ellas y no ellas a la ropa, y más en verano. Patricia, como decía mi madre, era como una cariátide congelada en el tiempo, sí, aunque yo creo que eso era quedarse un poco corto y ella era más bien como el Partenón entero. Patricia era como una cantante de ópera antiquísima, hacía gorgoritos, desde luego, aunque los entendíamos pocos, y también como uno de esos coros oceánicos, o universales, o como alguna chica de las que salen en las revistas o el mar, que se mueve tan despacio si lo ves desde muy lejos, o incluso como un portaaviones en el océano, que navegan muy armoniosamente, por lo menos en los documentales de la televisión. Patricia era parecida a la mulata del juego del ordenador que llevaba un vestido brillante, aunque en realidad era mucho más guapa, y era tan guapa que desde que llegó, sobre todo los primeros días, casi no se hablaba de otra cosa, y durante una temporada estuve oyendo historias misteriosas acerca de cariátides y atlantes que atravesaban los espacios infinitos para recalar en nuestra casa, que era lo que decía el tío Mary, el más inspirado de cuantos iban por allí. En mi casa casi siempre se hablaba en clave y a veces decían cosas que significaban otras diferentes, como los huevos con tomate, por ejemplo, de los que nunca supe si se estaban refiriendo a los huevos en sí o a algún asunto misterioso del que yo no tenía ni idea, y es que mi madre, cuando lo decía, ponía una cara en la que ya se veía que no hablaba de una cosa cualquiera, o también lo que decía mi hermana de los que montaban en yate...
–¿Y qué decía tu hermana de los que montaban en yate?
–Pues eso, que todas las noches cenaban huevos con tomate –y como yo lo conocía desde pequeño, también me divertía intentando liar a los demás, sobre todo en el colegio, en donde nadie entendía nada.
–No, ahora tengo un juego mejor. Ese de Némesis está un poco pasado y ahora juego al de "Atlantes y Cariátides que se persiguen por el pasillo", pero yo creo que van a ganar las cariátides, sobre todo las que van montadas en portaaviones; se ve venir.
–¿Y eso qué es?
–Pues es como lo de la merluza con mayonesa, ¿no sabes lo que es la merluza con mayonesa?, que cuando la cocinera no sabe qué hacer pone merluza con mayonesa, eso dice mi padre..., o croquetas, bueno, que no tiene más que freírlas, o huevos con tomate, que dice mi madre, ¡mira que están buenos los huevos con tomate!, ¿a ti no te gustan...?, a mí me gustan muchísimo y casi todas las noches los ceno, como los que van en el yate, que dice mi hermana.
–¿Tu hermana es esa del pelo rizado de la otra clase?
–Sí. Está un poco loca, pero bueno. En realidad no es mi hermana, sino la amiga de siempre de Rosana.
–¿Rosana es la de los ojos azules?
–Sí, y además la amiga del alma de mi hermana.
... y como Pancracio me contemplaba dubitativo y no decía nada, yo le animaba.
–Sí, no, tienes que venir a verlo a casa, ya verás que número.
–¿Pero tienes las instrucciones?
–No, bueno, yo que sé..., pero tú seguro que puedes averiguar dónde están, a ti te gustará, aunque a lo mejor le gusta más a Jaimito, porque sale una cosa parecida al Partenón y el Partenón siempre está desnudo, ¿no...?
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