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sábado, 14 de mayo de 2011

Flor junto a una cascada




Me ha dado por escribir una nueva historia. Esta no es como las anteriores, que o bien eran un refrito de artículos sin destino claro, o bien la narración de la vida de alguien; biografías noveladas... No; esta está a medias entre los documentales de TV y una solemne perorata sobre la evolución de la materia.
No de toda la evolución de la materia, pues para eso habría que remontarse al Big Bang, hace quince mil millones de años, pero sí de la materia viva en la Tierra. Baste decir que el primer capítulo está relatado por una flor que, junto a una cascada y hace quinientos millones de años, piensa..., o medita sobre lo que advierte en sus más inmediatos alrededores, y lo cuenta..., y el último se llama Mutantes en la exosfera y está narrado por una chica que está a punto de salir de nuestro planeta en un viaje a los espacios siderales, lo que se podría fechar alrededor de 2050 o algo más.
Es, por tanto, una historia que se extiende durante los últimos quinientos millones de años, y por ella, aparte de flores y mutantes, desfilan australopitecos junto a un lago, nómadas en la llanura amarilla, fenicios en busca de minas de estaño o niños en la Venecia dieciochesca, y todo para llegar a la conclusión de siempre, es decir, que los humanos, que tan importantes nos creemos, somos únicamente eslabones de una cadena, la cadena de la evolución de la materia.

Una página de lo que se podría llamar Neandertales en la boca de una cueva figura a continuación. Está recién escrita, o sea que imagino que estará fatal, pero da igual; lo pongo por si alguien se enrolla con ello.

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Más tarde aún oscurece como si cayera la noche, y del oscuro dominio se desprenden misteriosas y fluctuantes luces, ora verdes y relampagueantes, ora erizados y fugaces destellos rojos o amarillos que se muestran acá y allá sobre la arbolada llanura y retumban con el fragoroso estruendo propio de los fenómenos eléctricos. Pocos son los capaces de soportar semejante visión, y la mayoría se refugia en lo más profundo de la gruta, vociferando, cubriéndose los ojos con las manos y esperando resignadamente el fin del mundo, pero los que desde la peña resisten la acometida de los elementos son testigos de un acontecimiento excepcional. Una deslumbrante luz, algo que los ciega por completo y los obliga a apartarse, acompañada del más estrepitoso ruido que jamás pudieron escuchar se despliega efímera y atronadoramente en sus más cercanas proximidades iluminando cuanto les rodea. Todos caen al suelo abatidos por la descarga, y durante un momento parece no suceder nada, fuera de los ecos del horrísono estruendo que los ha derribado, pero luego, cuando el fragor ha decrecido y se atreven a levantar la vista, con sorpresa observan cómo, poco a poco, algo se incendia allá abajo, en el oscuro sotobosque, y aparecen por doquier las luces y los humos delatores de lo que pronto será impetuoso fuego.
La conmoción que el suceso les ha producido es mayúscula, y durante algunos instantes permanecen aturdidos sin comprender lo acontecido, pero luego, cuando avivado por el fuerte viento el incendio prospera y algunos arbolillos comienzan a arder lanzando su acre humo hacia el cielo, de un brinco se ponen en pie, lo contemplan estupefactos, y al fin patalean y se contorsionan como aquejados de incontenible frenesí. La agitación se lee en sus caras, y los quejidos de terror son pronto sustituidos por alaridos de alegría que recorren el aire y anuncian a los demás el acontecimiento. Quienes se ocultaban en la cueva salen de ella y contemplan deslumbrados las incipientes llamas que les proporciona el azar, y cuando una cercana arboleda comienza a humear, y luego, contagiada por el incendio y el viento, se consume en gigantescas candeladas, algunos de ellos bajan corriendo y gritando por la ladera pese al huracán que aviva furiosamente las llamas, y cuando las alcanzan cabriolean y brincan alrededor de los árboles ardientes.
Los más atrevidos toman ramas llameantes y corren con ellas en las manos, mientras otros, arrebatados de una actividad extrema, comienzan a amontonarlas en la linde del bosque, en donde acaban por levantar una cuantiosa pira ante la que danzan durante largo rato. Cuando comienza a arder se postran ante ella sin osar levantar la mirada en clara actitud de veneración, pero luego gritan, la contemplan fijamente, parecen querer taladrarla, y al fin, arrodillados en el suelo, prorrumpen en apagados apóstrofes que le dirigen, imprecaciones de las que desconocemos por completo el significado. 
Durante toda la tarde el bosque se quema como una enorme tea atizada por el furor del viento huracanado...


lunes, 4 de octubre de 2010

Niñas en la playa




Niñas en la playa..., ¡qué buen asunto!, ¿verdad? La verdad es que acerca de ello se podrían escribir libros enteros. Yo no he llegado a tanto, pero en mis novelas aparecen muchas niñas en las playas del mundo, que es una combinación perfecta y resulta de lo más literaria, y para que lo comprobéis, a continuación pongo algunos ejemplos. Son trozos entresacados de mis libros, y si alguien está de humor, los puede leer.

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Esto lo cuenta Juan Evangelista –aquel que vivió trescientos años– en la «Era de las máquinas», uno de los cuatro libros que escribió en el declinar de su vida y en el que habla de los sucesos que le tocó vivir durante el siglo XIX.

[...]
–Así es –dijo su madre–, y ya va siendo hora de que os bauticéis en las aguas del mar.
–¿Que nos bauticemos...? –dijo Alessandra–. ¡Si ya nos han bautizado!
Su madre la miró con guasa.
–No. Quiero decir que os sumerjáis en su seno.
–¿Que nos metamos en el mar...? –dijo Alessandra con estupor, pero Harriet la interrumpió.
–¡Sí, sí...! –casi gritó–. ¡Venga...! Pero ¿vestidas?
–No, mujer, vestidas no. Tenéis que quitaros los vestidos, claro...
... así que ellas, tras un montón de remilgos y dentro de sus almidonadas e historiadísimas ropas interiores, acompañadas de su madre, su abuela, la institutriz y un séquito de criadas que portaban toda clase de telas, se sumergieron en la gélidas aguas del océano Atlántico..., del que inmediatamente salieron amoratadas.
–¡Ayyyy...!, ¡mamá...! –y envueltas en toallas fueron conducidas ante el fuego que nos habíamos ocupado de encender, y allí, sacando fuerzas de flaqueza y no queriendo en su orgullo dar muestras de aterimiento, mientras tosían y temblaban como azogadas el agua les manaba por todas partes, tales fueron la cantidad de lágrimas y mocos que salieron de sus cuerpos.
Al fin, un buen rato después, cuando de nuevo se recompusieron y pudieron cesar en sus manifestaciones, lánguidamente extendidas sobre una enorme tela y muertas de risa, a una exhalaron,
–¡Ay, qué bien me encuentro...
... y es que el mar, como decía su madre, es uno de los mejores depurativos, aunque esté tan frío como el que ante nosotros se extendía.
[...]

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Esto lo dice Crucita en  «Crucita y yo», contándoselo a Palmira, su amiga del alma.

[...] bajo los cuales había tenido la precaución de ponerme uno de esos tangas blancos que son la perdición de los hombres.
–¿Síii...?
–Desde luego. No sé qué ven pero no lo pueden aguantar, y si te lo pones en la playa no te digo nada, entonces sí que la armas; a mí se me ocurrió hacerlo una vez y no he vuelto a probar. [...]

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Esto lo dice Nastasia, protagonista de «La efímera vida de Nastasia», una vez que hizo un largo viaje en vespa (a los catorce años) para ver el mar.

[...]
No sé ni lo que tardé, pero tampoco debió de ser tanto porque llegué al lugar al que me dirigía cuando aún era de noche. De pronto, tras muchísimas curvas, muchísimos camiones y muchísimas rayas blancas, la mayoría muy despintadas y difíciles de seguir, lo vi. Un letrero muy grande así lo decía, «PLAYA», y hacia allá me fui, bordeando un río que no llevaba agua, sólo charcos y basura, y no había coches ni nada. Todo estaba desierto y silencioso porque eran las horas que preceden al amanecer, y a esa hora, conforme se va corriendo el arco de sombra sobre el planeta Tierra, los seres vivos están en el momento alfa, no hay más que ver a las gallinas –bueno, y a los hombres, por lo menos a algunos–, y tras unos cuantos kilómetros más llegué a mi destino, ¡al fin! La carretera se acababa en una gran explanada iluminada por algunas farolas, y sin transición comenzaba la arena. Más allá, en la oscuridad, estaría el mar...
Había una barandilla de piedra invadida a trechos por la arena amontonada, y algunos difusos edificios cercanos, pero ninguno tenía luces y pensé que quizá se debiera a la hora. Yo paré la moto y me bajé de ella. Me quité el casco, que parecía habérseme quedado pegado a la cabeza, y de inmediato sentí una enorme sed y una gran impotencia, porque por allí no había nada de donde beber..., aunque, ¿quizá sí lo había? A lo lejos, pegado a la barandilla, vi algo que me llamó la atención, y corriendo como pude fui hasta allí. Era un grifo de los que, para lavarse los pies, a cada trecho suele haber en algunos paseos marítimos; yo nunca había visto uno, pero eso daba igual, me lo imaginé al momento. Apreté el grifo pero sólo salió un poquitín, un chorrito, y cuando la probé resultó que sabía fatal. Sin embargo, tenía tanta sed que a pesar del asco que me dio bebí un poco y se me pasó, y luego ya empecé a encontrarme algo mejor..., y después, tras dos o tres tragos más, volví a donde tenía la moto y me senté a su lado.
¿Qué hacer? A lo lejos se oía un leve ruido que atribuí a las olas del mar, pero lo poco que podía ver de playa estaba muy oscuro y no me atreví a aventurarme en las tinieblas. Aún era noche cerrada, pero yo sabía que en seguida iba a comenzar a amanecer, así que se me ocurrió recostarme en la playa tal cual. Me eché con el abrigo, que era muy aislante, al lado de la moto, y estuve intentando dormir. Cerré los ojos sobre el duro suelo –porque aquella arena era muy rara, estaba como dura. ¿Serían así las arenas de todas las playas? Muy otras eran mis noticias...– pero no lo conseguí; entre la pastilla, el frío y el cansancio, no podía dormir. Oía el manso mar a lo lejos, muy tenuemente, y así estuve un rato, acordándome de mi madre, que seguramente estaría soñando en aquel paraíso del que me había hablado, y de mi cama..., aunque algo amodorrada sí debí de quedarme porque de repente me desperté sobresaltada, muy molesta y sudorosa.
Abrí los ojos, y lo que vi fue un páramo de tierra marrón y asquerosa, o sea, como sucia, que me resultó muy diferente de las que yo había visto en los libros. No tenía ninguna clase de árboles en la orilla sino muchas casas, bloques muy altos y todos vacíos. No había nadie y todas las casas tenían las persianas cerradas –se veía que no era la época de las vacaciones–, de forma que me puse en pie, y poco a poco, mirando a mis desiertos alrededores, llegué hasta la orilla. Allí estaba el mar, sí, el mar que me había llevado a hacer aquel largo viaje, pero no se parecía en nada a lo que yo pensaba, en nada. El agua no era azul, como yo había visto en las películas, no, nada de eso, ni había olas ni viento ni gritones pájaros marinos sobre ellas; no había nada de lo que yo pensaba. Todo era gris y estaba sucio y muy quieto, como muerto. Aquello no parecía el mar sino un lago muerto. ¿Sería el mar Muerto...? Bueno, a lo mejor me había equivocado de camino y aquel era el mar Muerto..., y tampoco había amanecido un día radiante, aspecto del que yo tenía nociones por la literatura, sino que empezó a haber una luz acorde con el terreno, con el escenario, con el cielo, una luz así como grisácea y que no contribuyó en absoluto a animarme, aunque a pesar de todo paseé un poco por la orilla.
–Mar, ¡qué feo eres y qué sucio estás! Estás tan sucio como tu playa o esa explanada a la que he llegado. Todo está desarreglado y descompuesto. Tus olas son ridículas y antes he visto un pez muerto en tus orillas...
Yo le miré.
–¡Mar!, ¿por qué me has hecho esto?
... pero el mar no me contestó. Yo estaba allí, como tonta, mirándole otra vez.
–¡Mar!, ¿eres tú?
... pero el mar seguía mudo y desinteresado, aunque al final se dignara hablar.
–¿Qué quieres que te diga, boba niña, que te has dejado engañar por los libros? ¿De qué protestas? Tus mayores me hicieron esto, y ahora te quejas... Vuelve a tu casa y no digas a nadie que me has visto en este estado –y como me empezara a entrar miedo de tener aquellos pensamientos, di media vuelta y salí corriendo y no paré hasta llegar a la moto.
–¡Jo, moto!, el mar no me hace caso. ¿Tú te vas a portar bien? ¿Me devolverás a casa...?
Así que después de ver aquella plomiza agua y quedarme totalmente desilusionada, dado que súbitamente me pegó el bajón y empecé a encontrarme bastante mal, triste y desamparada y con mucho sueño, [...]

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Y esto es algo de lo que se narra en el «Viaje al verano».

[...]
El guateque siguió hasta altas horas, y la mayoría –de los mayores, claro está– agarró un pedo de campeonato. Para recuperarse un poco, allí, ya se sabe, no hay que tomar pastillas ni nada de eso; basta con bañarse un ratito en las olas tumultuosas.
–Bueno, me siento como si tuviera veinte años.
–¿Veinte años...? Yo me siento como si tuviera dos.
Sí, y es que esto de las olas delParaíso...
La pirata, Mariquita, la Pepi, Laura y Chiquita del Paraná, que se habían hecho muy amigas, por eso de despejarse se bañaron desnudas.
–Si quieres te dejo un traje de baño.
–¿A mí...? Na, a mí no me hace falta. A mí me encanta esto de...
... y luego fueron a secarse a una de las hogueras.
Antes de amanecer, como aquella noche había fuegos artificiales celestes, se subieron a una de las dunas para verlos mejor. Los fuegos artificiales del Cielo no son como los de aquí, sino más bien como una lluvia de meteoros, fenómeno conocido vulgarmente como «lluvia de estrellas». Los fuegos artificiales del Cielo no salen del suelo sino que vienen de arriba, de muy arriba, de muy lejos, y a una frecuencia de unos diez por segundo. Son unos fuegos como Dios manda, una cosa seria.
–¡Haaaala...!
–¡Miiiira...!
–¡Aaaaahhh...!
Los fuegos artificiales del Cielo son tan bonitos, tan abracadabrantes, que todos acabaron aplaudiendo.
–¡Pero qué bien...!
–¡Sí...!
[...]


miércoles, 9 de junio de 2010

Huevos con patatas


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A veces sucede que uno no sabe qué hacerse para cenar, y entonces tiras de comodín: ¡huevos con patatas...!, que son buenísimos. Lo mismo suele ocurrir con otras manifestaciones del espíritu, y lo que sucede entonces es que buscas en la carpeta de desechos de tienta hasta encontrar algo que cumpla la función.
Comodines, desechos de tienta... Bueno, pues sí, que esto que va a continuación tiene bastante de ello. Es un cuento que escribí in illo témpore sin pies ni cabeza. Como en esto de internet hay gente que le gustan las cosas raras, lo pongo aquí. Va de unos que quieren abrir un bar.

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EL BAR INFINITO

Érase una vez que treinta amigos, como los días del mes, querían abrir un bar. Lo malo de querer abrir un bar seis mil cuatro años después del principio del mundo –según las cuentas que echó aquel arzobispo de enrevesado nombre y que lo fue de Armagh, pintoresca localidad irlandesa, aunque de esto hace ya bastante tiempo– es que la burocracia existe, y si son treinta... Así, al pronto, parece que bastaría con tener ganas y dónde, pero la realidad es muy otra.
Para aclarar conceptos, los treinta amigos (digo amigos, pero las mujeres, las señoras y señoritas, que de todo había, tenían una cuota normal, una cosa como del cincuenta por ciento) convocaron una asamblea en la botica del boticario, que era un lugar como cualquier otro. Eso sí: todos aquellos armarios de nogal y castaño, y todos aquellos frascos de loza blanca con su letrerito... (¿Y qué decir del olor a alcanfor...?).
–¡Qué de gente!
–Claro, mujer...
Los que habían llegado antes ya estaban de palique.
–Lo malo de ponerse a trabajar es que te conviertes en un ser extrañísimo que está todo el día dando gritos.
El asesor fiscal, al que unas veces se llama don Bernabé y otras Orlando furioso –aunque la mayor parte de la gente le conoce como don Facundo, vaya usted a saber por qué–, y que es uno más de los miembros de la amplia y ecléctica pandilla, esperó a que la gente hubiera tomado asiento. Luego, tras pensarlo un poco, dio unos golpecitos en el atril.
–Señores...
En principio sólo había dos formas de encarar el asunto: o por lo legal, o en plan pirata. Eso ya lo sabían algunos, y los demás se supone que lo imaginaban, pero siempre está bien decir las cosas en voz alta; por si acaso.
Si lo hacían por lo legal, bueno... Como iban a trabajar todos, un día cada uno –que ya son ganas de complicar las cosas–, existía un inconveniente, un inconveniente que, a primera vista, parecía insalvable: tenían que fundar, dar de alta y poner en funcionamiento, una gestoría dedicada a surtirles a diario de papeles diversos. La baja del de ayer, el alta del de hoy, etc. Cosas del Auxilio Social, esa institución moderna que, a pesar de sus muchas y evidentes ventajas para los más desfavorecidos, tiene como última finalidad complicarlo todo; y si no la tiene, lo parece.
–¿Y no se puede recurrir a una gestoría ya existente?
–Se puede, pero entonces, ¿qué ganamos?
–Pues a ver quién toma el testigo.
–Eso. A ver.
Esta era una cuestión, pero se podría hablar de un sinfín de ellas. Lo de la basura, por poner un ejemplo.
–¿La basura? Bueno, cada día la saca uno.
Don Bernabé ya lo sabía: que la mayor parte de la gente no tiene ni idea de nada. No hablamos ya de cosmología, no: de nada de nada.
–Sí... El problema es que luego viene el camión de la basura y su mariachi y se la llevan...
Don Facundo hizo una pausa. La concurrencia le observaba expectante.
–... y a fin de mes pasa el Ayuntamiento con la rebaja.
La mayoría, como acabamos de decir, no tenía ni idea de qué iba la fiesta. Vamos, que ni les sonaba, lo que suele ser muy normal.
–Cómo... ¿Que cobran por llevarse la basura?
–Pues claro, hombre, ¿no lo sabías?
En el fondo se dejaron oír unos murmullos. Orlando furioso miró por encima de las gafas y continuó.
–Ahora vamos a hablar de la radicación.
Lo de la radicación solo lo escucharon algunos. Radicarse, menudo verbo, reflexivo... Arras, uno de esos melenudos que parece que se han escapado de alguna historieta de nuestro viejo amigo Shelton, o sea, que por el aspecto llevaba un retraso de unos treinta años, y que además era un etimologista aficionado y le encantaban las reiteraciones, empezó a darle vueltas en el coco.
–(Radicación... Radical... Raíz..., del latín radix, radicis. ¡Eureka! ¡La raíz de la raíz...! ¡La cuadratura del círculo!).
Arras no dijo nada, sólo lo pensó, pero empezó a rebullir en la silla.
–Qué..., ¿te estás quieto?
Arras, el melenudo, se estuvo quieto.
–Y ahora del iva...
La mayoría de los asistentes, oído que hubieron aquello, se hacían cruces y meneaban la cabeza... ¿Era posible que la cosa fuera tan complicada? Los pensamientos de don Facundo iban en otra dirección. Él pensaba, ¿será posible que tan pronto cunda el desánimo? Don Bernabé, alias Orlando furioso, que había bregado en muchas y muy difíciles batallas, lo tenía claro: esto pasa por trabajar con aficionados. Pues a ver qué dicen ahora.
–Además será necesario que uno se convierta en correo, en niño mensajero... Éste deberá tener moto, don de gentes y ser experto en las difíciles artes de lidiar con las cajeras de las Haciendas públicas.
El grito, llegados a este punto, era unánime.
–¡Imposible! ¡O si no, que vayan Andrea y Laura...!
Andrea y Laura, nuestros angelotes de siempre, protestaban.
–Oye, ¿por qué nosotros...?
–Hijos, vosotros no tendréis moto, pero tenéis alas.
A don Facundo no se le había acabado la cuerda, ni mucho menos.
–Pues eso no es nada. Todo el que se vaya a poner detrás de la barra deberá sacar, por ley, el denominado «carné de manipulador de alimentos»..., luego hay que añadir treinta carnés de manipuladores de alimentos.
–Pero ¿cómo es eso? ¿Te hacen un examen?
–No, te echan un vídeo y luego te preguntan. Sacárselo es una chorrada. Sólo tienes que jurar –o prometer– que te vas a lavar las manos cada vez que vayas al baño y unas cuantas cosas así...; y pagar, claro.
–¿También se paga por eso?
–También. Como ya se sabe, el Estado mete las narices donde puede, que de eso vive. Yo siempre pongo como ejemplo las tasas. ¿Que va usted a renovar el carné de conducir? Pues tasa al canto. ¿Que va a pescar truchas? Lo mismo. ¿Que va a...?, etc. El Estado funciona porque hay gente que hace cosas, que si nos estuviéramos todos en casa quietos viendo la televisión y respirando sólo lo imprescindible, otro gallo le cantara.
–¡Muera la televisión!
El grito, anónimo, partió del fondo.
–Muy bien dicho, pero aquí no hemos venido a hablar de política.
En esto, como en todo, había diversidad de criterios.
–Hombre, y ¿por qué muera? A mí me gusta...
Quien lo dijo lo dijo en voz baja, como si no estuviera muy de acuerdo. Aquello dio pie para todo un cúmulo de consideraciones.
–Bueno, ¿y los telediarios? Primero sale una gallina bastante repeinada, una gallina de colores eléctricos en un estudio de televisión, y luego otra gallina en un páramo, ésta ni peinada, mirando a la cámara, cacareando y aguantando un micrófono con la mano. ¡Y a eso le llaman información...!
Chiquita del Paraná, secundada por algunas mujeres, protestaba.
–¡Qué machista! Pero ¡qué machista...!
–Sí, desde luego, hay que ver... ¡Métete con los de arriba!
–¿Con los de arriba? Pero si todos los jefes de redacción son del bello sexo...
–¿Del bello sexo? Éste es gilipollas...
Don Bernabé, en su calidad de moderador, y no porque le importara lo más mínimo lo que allí estaba sucediendo, se afanaba en poner orden...
–Haya paz, señoras y señores.
... aunque nadie le hiciera caso.
–Oye, ¿y con éste vamos a montar un bar?
Don Facundo, viendo venir el nublado, decidió cortar por lo sano.
–Si no os calláis, no puedo acabar. Ahora mismo iba a decir lo de María.
Hubo un momento de expectación, sí, porque hasta María (lo han adivinado ustedes: precisamente María la superpija, que, viendo cómo están las cosas, no podía faltar) llevaba su parte.
–Y tú, María –lo de superpija no se lo decía–, que estás acostumbrada a hacer la tortilla de patatas –esa majestuosa tortilla de patatas con que nos deleitas– según las normas DIN..., ¿sabes lo que te espera?
María la superpija no tenía ni la menor idea, pero para algo estaba allí Orlando furioso.
–Pues yo te lo diré: el Estado, con su poder omnímodo, su largo brazo y su burocracia impía –o sea, que no tiene piedad– te obligará a hacerla según las normas ISO. Qué, ¿qué te parece?
María no se lo podía creer, aunque bueno, en realidad tanto le daba; ya hemos visto que a esta chica no le perturbaban demasiado semejantes extremos.
–Bueno, pues así es todo.
Don Bernabé, viendo las caras, tuvo un rasgo de humor.
–Ahora un descanso de diez minutos para echar un cigarro. ¡Pueden fumar, señores!
Todo el mundo se levantó, los más con cara de cansados. Alguno hasta bostezaba, y es que esto de los discursos...
–¿No te ha gustado el speech?
–No, si lo malo no es el speech. Yo, es que antes de empezar, ya estoy cansado. Y además, es que anoche me cogí una...
Emilio el pasta, que era sobrino lejano del general Martínez Campos, se expresaba, por lo común, con obviedades.
–¿Un sobao?
–Bueno, si no es de Martínez...
Emilio el pasta tenía un saque criminal: se tomaba el bacalao con sobaos. Además conocía otras mezclas.
–Te digo yo que al gazpacho se le puede echar coca cola: se lo he visto hacer a los japoneses en Sevilla.
Iulius, Iulius Saint-Tropez, por su parte, estaba rindiendo cuentas. Como cuando se mamaba no sabía lo que decía, pues eso, luego pasaba lo que pasaba.
–Pero, ¿no habíamos quedado el martes para lo de la merluzada?
Lo de la merluzada consistía en cocer la cabeza y las espinas, y con el caldo, salsa de tomate, arroz, una cebolla, un par de huevos duros y lo que se le pudiera sacar a los despojos, hacer una sopa. La cola se cocía ligeramente, y con una mayonesa como Dios manda, segundo plato, y los filetes se rebozaban, se freían sólo lo justo y se comían de tercero. Iulius rebuscaba en su memoria.
–Hija, me parece que el otro día quedé contigo, con Carola, con Néstor, con Nadine (la de la verdulería), y con el novio de la concejala de festejos.
–Pero ¿va a dar para todos? Las merluzas buenas sólo suelen pesar tres o cuatro kilos.
–No, con Carola fue para hacer un tayín; con Néstor un pil-pil que no tarde tres cuartos de hora en ligar; con Nadine (la de la verdulería) había hablado de castañas con chorizos, y con el novio de la concejala de festejos, naturalmente, de alubias con morcilla de Villarcayo; todo esto si no me falla la memoria.
A Iulius, Iulius Saint-Tropez, en cuanto se mamaba le entraba un hambre fenomenal. Lo de la memoria, de todas formas, está claro que no le fallaba; todo lo contrario que a Sacristán, que había sido camarero en un bar que se llamaba «La tuna». Sacristán era cocinero de verdad, y además amigo de la infancia del alcalde de su pueblo. El alcalde de su pueblo, que era de los que opinaban que como lo de casa, nada, contrataba a Sacristán con cargo a los fondos municipales para que instruyera a las marujas de su pedanía en las artes culinarias. Sacristán estaba especializado en cocidos, pero con el tiempo, viendo que nadie se enteraba de nada y que las tales amas de casa aprovechaban sus charlas para darse al cotilleo, acabó por hartarse.
–No, yo ya no hablo nunca de los cocidos, ya estoy harto de hablar de cocidos. Ahora sólo doy conferencias acerca de un tema: «Sobre el bicarbonato».
–¿Sobre el bicarbonato? Pero, ¿tan duros te salen que tienes que tomar bicarbonato?
Sacristán elevaba los ojos al cielo y, pese a que se consideraba un agnóstico, pensaba,
–(Señor, perdónales, porque no saben lo que dicen).
Sacristán conocía estos asuntos del colegio; lo de la cocina lo había aprendido después.
Al cabo de los diez minutos la peña volvió a ocupar sus sitios y don Facundo a subirse al estrado, aunque esta vez para despedirse.
–Señores, ya hemos visto, con cierta extensión, el aspecto legal del asunto. En mi modesta opinión..., también se deberían estudiar las posibles alternativas, todas bordeando la ilegalidad, que se abren ante nosotros, pero esto ya no me compete, por lo que aquí arriba no pinto nada. Que hable otro.
Y se bajó. Pablito clavó un clavito (a veces don Pablo), alias el chapuzas e improvisador nato, decidió dirigir el cotarro.
–Venga, sí, que hable el chapuzas.
El arquitecto Pablito clavó un clavito, alias el chapuzas...
(Una de sus especialidades consistía en tallar a punta de navaja zanahorias en forma de caballito de mar. Además estaba empeñado, ¡como tantos!, en construir una escalera al cielo, y se hallaba allí porque su novia pertenecía a la vasta pandilla).
... subió al estrado. A Pablito clavó un clavito aquello ni le iba ni le venía, pero si lo iban a hacer en plan pirata... Ahí va.
Primero, la decoración. Como quiera que el asunto tenía el cariz de ir a durar unos dos cuartos de hora mal medidos, un requisito indispensable era hacerlo con lo puesto. Pablito clavó un clavito, dado su oficio, se sabía algunos trucos.
–Una solución puede ser forrarlo con papel de periódico.
–Con papel de periódico, con papel de periódico... ¿Dónde se ha visto un bar serio forrado con papel de periódico?
Sin embargo, a otros no les parecía tan descabellado.
–Pero ¿quién ha dicho que vayamos a montar un bar serio?
–No. Yo es que si no, me borro.
–Bueno, bueno..., si todavía no se ha apuntado nadie...
A Pablito clavó un clavito le gustaba mucho el papel, los papeles en general.
–También se puede hacer de otra manera. Traemos a todos los niños que tengamos... A ver, ¿cuántos niños tenemos?
–Eso, que se sumen.
–Yo tres.
–Yo dos...
Al final resultó que había veintitantos.
–Bueno, pues la cosa es así: traemos a todos los niños, les damos un montón de rollos de papel de water para que hagan bolas, y éstas, mojadas en agua, se tiran contra paredes y techo. El resultado se deja secar un par de días. Queda bien y es barato.
La mayor parte de aquella gente era de lo más sosa.
–¡Pero éste qué dice...!
Y además, no hay que olvidarlo, los detalles. Por ejemplo, las actividades. Unos querían poner parchís y otros ajedrez. También estaba ese juego chino..., como se llame. Y las cartas, las barajas, las fichas, ¡los amarracos...! Los tapetes verdes también salieron a relucir.
–Yo tengo un primo en Lorca (Murcia), que nos los dejaría muy baratos.
–Lo malo es que se queman. En seguida les salen esas manchas negras con un agujerito en mitad...
–Y ¿por qué no ponemos un bar en pelotas? Todo vacío, las paredes blancas... Sólo la caja registradora.
A la seño de Mariquita, que era gorda y coloretuda, llevaba pañuelos de marca de los que las funcionarias usan como toquillas y se llamaba como una canción de Peppino di Capri (Roberta), la idea le pareció de perlas.
–¡Eso! ¡Viva el bar en pelotas...! ¡Y viva el churro de oro!
Aquello del churro de oro era, sin duda, una reminiscencia infantil, de las que ya se sabe que cada cuál tiene las suyas. Sí, algunos no beben pero eso no quita, que aquí todo el mundo tiene sus locuras.
Lo de la música era aparte. Unos que si música clásica y otros que si moderna... Jazz, barrocos, rock and roll, bossa nova, todo salió allí a relucir. Mariano el gandul era más partidario de la música moderna. De la del siglo XXI, como él decía.
–Ah, pero es que a ti, ¿no te gusta la música clásica?
–¿A quién? ¿A mí...? Yo, macho, es que cuando oigo música clásica..., ¡vomito!
Mariano (el gandul) era muy exagerado, la verdad.
–¡Vomito, macho, vomito...!
Mariano (el gandul) ponía tal cara de angustia que todos le creían.
... y aun otros ninguna música: el bar, en tal caso, se podría llamar «El silencio».
–«El silencio»..., «El silencio»..., pues ¡vaya nombre! –decía una garduña metida a menestral.
–¡Vaya! ¿Es usted una garduña metida a menestral?
La garduña se quedaba un poco cortada. ¡Hay que ver lo que saben algunos!
El pirata de las gafas de sol, que por un lado era como el del martini –claro, por las gafas–, lo que era muy propio para un bar, y por otro inventor reconocido, prueba suerte ahora.
–Yo tengo un nombre mejor...: «Los guerreros de mirada oscura de la toma de Cavite».
El nombre cayó como una bomba entre los que había por allí cerca, pero el pirata de las gafas de sol no estaba dispuesto a dejarse amilanar.
–Aunque ustedes no se lo crean, era una alpargatería que uno de mis bisabuelos tenía en Mombeltrán, Ávila.
Además, la limpieza.
Agamenón, que, como su nombre indica, era gallego y nacionalista, ¡hala!, ¡tararí!
–Patrón no friega.
Aunque era gallego lo dijo en castellano, contradiciéndolo todo.
–Pero, ¡hombre!, ¿no decías...?
Agamenón, que, además de gallego y nacionalista –y estudiante– era marino, lo repitió; por si no había quedado claro.
–Patrón no friega.
Aquello ponía las cosas difíciles.
–Cada uno según sus posibilidades y a cada cual según sus necesidades.
Eso. Y bueno, por último, las bebidas. El complicado cubata de los pobres, la amarga cerveza rubia y la dulce cerveza negra, el ron ultramarino, el vermú italiano y el orujo rascador, el gin-tonic de los señoritos...
–¡Qué de cosas! Y ¿hay que aprenderse todo eso?
–Digo yo... Si vamos a ser barmans...
–Pues habrá que montar una academia...
El tío Pepe, que estaba al fondo hablando de su tema preferido, la música, fue interrumpido. Al tío Pepe, que ya no cumplía los cuarenta, le gustaban las chavalas; normal.
–¿Has visto que tía?
–Na... Esa es muy mayor pa mí...
–¿Muy mayor pa ti...? ¿Entonces tú...?
–Mira, hermano, por si no te has enterado: las de treinta y muchos, como esa a la que aludes, hace ya tiempo que no me dicen nada. A mí me gustan las de quince.
–Hombre, ¡también tú...!
–¿Qué pasa con las de quince? A ver, ¿a ti cuáles te gustan?
–¿A mí...?
–Qué..., ¿no lo sabes? Bueno, pues yo sí. A mí me gustan las de quince.
El tío Pepe no discutía estas cosas. ¡Si lo sabría él...! Y hablaban de lo que hablaban.
–Bueno, pues lo que te decía... De entre las innumerables versiones que conozco de «Noche de paz», las mejores son: una, la de los niños cantores de Viena, en concreto una grabación de los años cincuenta que tengo en casa, y dos, la que canta una niña desconocida en «La taberna del irlandés», película, como usted sabe, de John Ford y ambientada en los mares del sur.
El tío Pepe pasaba del tú al usted con toda naturalidad. Honorio, apellidado de Ardanza, alias Cabezolín, era de lo más fantástico. Claro...
–(Ahora llaman a la puerta y...).
Efectivamente, llamaron a la puerta: toc, toc, toc. Melania, cuyo padre había sido hacía tiempo un gran forofo de aquella cantante que se llamaba Melanie y en la actualidad era la que estaba más cerca de la entrada, abrió. Un sujeto con aspecto de sargento (uniforme de campaña, gafas rayban, botas, fusil ametrallador bajo el brazo y galones, ¡ay, galones!), estaba allí, de pie. Entró sin preguntar nada.
–¡Eh!, ¿quién es ése? ¡Que no estamos en carnavaal...!
El sargento, que no tenía voz de actor de doblaje sino más bien de extraterrestre, o, ya puestos, de Pato Donald, hizo caso omiso.
–Señores, soy El Reverendo Microondas y estoy aquí buscando mis señas de identidad.
Como es lógico, aquello se lo tomaba todo el mundo a cachondeo.
–Sí, las señas de identidad... ¡Ponte las pilas, macho!
–¡Bueno, mira a éste..!
El Reverendo Microondas, que aquella tarde había decidido disfrazarse de sargento, levantó un brazo.
–Señores, hemos recibido informaciones de que aquí se está cometiendo un atropello..., una injusticia..., ¡sí..., una ilegalidad, un desafuero!, y he sido comisionado para impedirlo. Por si alguien tiene pensado hacer alguna tontería, les diré que me he traído la División Acorazada.
Lo que faltaba: ¡un sargento mandando una división...! Los que había alrededor del estrado se sublevaron.
–Pero, bueno, ¿es que ya no se puede ni discutir sobre la forma de encauzar los asuntos burocráticos?
–Sí, sí, los asuntos burocráticos... Ustedes –y no me digan que no, porque lo sabemos todo– están planeando abrir un bar sin autorización; eso lo primero... Y además y por ejemplo, ¿qué era eso de las niñas de quince años? ¿Y lo de las tasas? ¿Y lo del bicarbonato...? Señores, están ustedes faltando a todas las reglas del más elemental juego democrático. ¡Venga!, saliendo a la calle de uno en uno y con el carné en la boca.
La calle estaba llena de tanques con el motor encendido y soldados armados con la cara pintada de negro. ¡Honorio, Honorio de Ardanza –o sea, Cabezolín– no sabía en dónde meterse!
Desde el estrado se reclamaba seriedad.
–Oye, qué..., ¿seguimos con esto?
... pero a aquellas alturas ya nadie se enteraba de nada.
– Hablando de parejas, la cohabitación no conduce a ningún fin práctico. La pareja, como tú dices, puede que mole, pero si cohabita, está llamando a la puerta de su ocaso.
–Bueno, ese es una parecer.
–No sé quién –me parece que Stendhal– leía todas las noches dos páginas del Código Civil para pulir el estilo. A mí me pasa lo mismo con la mecánica cuántica. ¿Será malo?
–Oye, ¿y tú te acuerdas de Sylvie Vartan?
Fernando, el padre de Mariquita, sólo era un poco fotógrafo, pero, para que se vea cómo cambian las cosas, a estas alturas del relato tenía una novieta canaria que gastaba nombre de estrella. Tania, la piba de nombre de estrella –que por cierto, nadie sabe de dónde ha llegado– tenía la extraña manía, o afición, de agarrarle por las solapas.
–Anda, enséñame a hacer fotos.
–Bueno, mira. La luz entra por este agujerito y deja embarazada a la cámara.
–¡Tonto!
Al final, como no se ponían de acuerdo, y por las trazas no se iban a poner nunca, el boticario, que aún no había despegado la boca, se levantó.
–Señores, ¿saben lo que digo? Que como se hace de noche, me voy a tomar unas copas. El último, que apague la luz.

miércoles, 16 de enero de 2008

El cuento del gabardinoso, entrega 17

Juan el gomoso, tras tantos esfuerzos, se quedó sin habla.
–¿Tú eres gilipollas...? ¿Y a ti qué te importa que sea dirección prohibida?
La figura se perdía al fondo de la calle, y Juan el gomoso, que la había sentido a su alcance, salió del coche y corrió tras él. Por un momento creyó que le alcanzaba, y seguramente lo hubiera conseguido pues no en vano era el capitán del equipo de hockey, pero es que correr con aquellos zapatos... Al fin, tras unos momentos de desenfrenada persecución pudo observar que la sombra de abrigo negro llegaba hasta una alta tapia de piedra, la escalaba con toda celeridad y desaparecía arrojándose detrás.
Juan volvió al coche caminando lentamente, y cuando estuvo dentro lo primero que hizo fue quitarse los zapatos.
–¡Mierda...!
Nando le miró airadamente en el silencio que siguió.
–¿Y qué...? ¿Luego la multa la pagas tú...?
Juan el gomoso, que tras aquella carrera había perdido el resuello y las ganas de pelea, se sintió conciliador.
–Venga, vámonos a casa, que esta noche no le pillamos.
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(continuará)

viernes, 7 de diciembre de 2007

El cuento del gabardinoso, entrega 8

Juan el gomoso hizo un primer intento de colocarse aquella prenda introduciéndola por la cabeza, pero no dio resultado. Su mujer le miró con sorpresa.
–Pero..., ¿se puede saber qué estás haciendo?
–Nada, tranquila... A ver, ayúdame tú.
–¿Que te ayude yo...? Pero ¿qué es esto...?, ¿te has vuelto loco?
El segundo intento tampoco dio mejor resultado, y cuando doña Irene, a gritos y a punto de perder la paciencia, inquirió de nuevo la razón última de tan sorprendentes manipulaciones, dijo lo siguiente.
–Pues..., en aras de la economía doméstica.
–¿De la economía doméstica...? Oye, ¿sabes que cada día dices cosas más raras?
Juan el gomoso miró a su mujer.
–¿Quieres que me compre uno nuevo...? En realidad sólo lo voy a usar una tarde.
–¿Qué lo vas a usar qué...?
–Bueno, dos tardes.
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(continuará)