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sábado, 25 de junio de 2016

Lo que lee la gente




Periódicamente se publican estadísticas sobre este asunto, y si vamos a hacer caso de lo que dicen, resulta que la población española (que es el mercado que conozco un poco) dice en un porcentaje de un 50% (todos los números que expongo son redondos) que le gusta leer, y el 50% de ellos, que lo hace habitualmente. Sin embargo, si se consultan las ventas de editoriales, esto no es cierto. Si el 25% de la población española (40 millones de personas) leyera una media de seis libros al año (que es una miseria, uno cada dos meses, y ni se aproxima a lo de habitualmente), las ventas estarían en 60 millones de ejemplares vendidos al año, lo que no se corresponde con la realidad.
Vamos a suponer que los libros pasan de unos a otros y que se venden sólo la cuarta parte, es decir, 15 millones de ejemplares. Bueno, pues tampoco. Las librerías españolas no venden esa cifra ni hartas de vino.
También están los libros eléctricos, de cuyas estadísticas me hago una cierta idea, y después de echar una ojeada en Amazon, por ejemplo, cuyos números se pueden extender al resto de portales, la cifra es aún más baja, y eso que, en general, son muy baratos. Este mercado es el que crece, y supongo que de aquí a cinco años habrá crecido mucho más.
Y en cuanto a qué se lee, la cosa va por géneros. El preferido es, con mucho, la novela puramente rosa, tipo Corín Tellado. Esto ha sucedido siempre (en la época de la autora citada, hace de 40 a 60 años, sucedía lo mismo) y no hay que extrañarse. Lo que se hace extraño, pero este es otro cantar, es que ahora invistan académicos a los superventas, cosa que no sucedía entonces.
Un género nuevo, que está empezando a tener mucho éxito, es lo que llaman new adults. ¿Y qué es eso? Pues pornografía pura y dura, novelas rosas bien trufadas de sexo explícito, y esto tampoco es nuevo, pues siempre se han hecho ediciones deleznables de novelillas para salid@s. Antiguamente se vendían en los kioscos de periódicos (no en las librerías), y el kiosquero las entregaba en bolsas de plástico para que no se advirtiera el contenido.
Otros géneros que despiertan cierta atención en los lectores son la novela de acción (estilo Marcial Lafuente Estefanía, José Mallorquí y etc., aunque estos autores escribían sobre todo del oeste) y la novela histórica.
Y de todo lo demás, ¿qué? Pues muy poca cosa, o nada. Por ejemplo, en Amazon, para su Kindle, podemos encontrar versiones de los clásicos a precios misérrimos o simplemente regalados (como El Quijote), y las cifras de ventas son muy bajas. Es verdad que este libro no es adecuado para chavales (es un libro para personas mayores, y quien diga lo contrario no lo ha leído), y algo parecido sucede con los demás clásicos, los antiguos (Séneca, Cicerón, Marco Aurelio, Plinio, Estrabón, etc.), o los más recientes, como Galdós, cuyos Episodios Nacionales (fantástica y larguísima novela del más puro género de aventuras, que de la manera más fácil, armónica y entretenida te ilustra sobre la historia de España durante la mayor parte del siglo XIX, unas 10.000 páginas en 46 libros distintos) valen 0,90 € para Kindle (lo digo en serio, no es una broma), y ahí está, sin que casi nadie se digne echarle una ojeada. No importa que Galdós sea un genio de la escritura, sino que como es uno de esos antiguos... En fin, ese es el panorama, y este el espíritu de la actual España lectora.
En definitiva, que eso de que aquí se lee... Que yo sepa, hay un 10% de personas interesadas en esto de la lectura (el resto, como resulta notorio, se dedican al zapping, el fútbol, el cotilleo y la pornografía), y de ese 10% se podría decir que sólo el 10% lee libros instructivos, quedando el 90% restante dedicado a lo más despreciable e insignificante de esta gran diversión que constituye la literatura. Pero bueno, esto tampoco es una novedad: con la música (la más bella de las Bellas Artes) o el cine, sucede otro tanto, fiel reflejo del modelo social que nos contiene.

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Nota optimista: mire aquí:
https://www.amazon.com/author/camargorain

domingo, 19 de junio de 2016

«El notario de Liébana», narración de misterio, de regalo



El notario de Liébana, narración corta de misterio e intriga, puede descargarse libremente en la misma fuente (Amazon) –lo que quiere decir que es GRATIS y no os van a meter virus ni troyanos ni ningún bicharraco de esos–, desde el lunes 20 de junio hasta el viernes 24, día de san Juan, ambos incluidos.
 Ambientada en la isla de Mallorca durante una primavera de finales del siglo XIX, cuenta la aventura –una más de las muchas de que se compuso su vida– que en tales parajes aconteció a Juan Evangelista, personaje no parco en ellas y cuyas andanzas darían para escribir bastante más de un libro. Sin embargo, por hoy nos centraremos en esta, que si bien no acabó mal de puro milagro, le encaminó por una nueva senda que nunca se le hubiera ocurrido imaginar... Pero no digo más, no vaya a destripar lo que debe permanecer oculto.
La descarga, en versión Kindle, se hace en esta dirección:



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También se puede mirar aquí:


lunes, 13 de junio de 2016

Mariposa en apuros durante una tormenta de polen




Esta es una foto normal, y no es difícil de hacer, aunque engaña. ¿A que sí? Cualquier día pondré los originales de las que voy colocando en estos sitios para que se vea que no es oro todo lo que reluce, y lo que se puede hacer con la cámara.
–¿Con la cámara?
–Bueno, con la máquina.
–¿Con la máquina?...
–Pues sí. Con esa que llamamos imaginación, fantasía..., que es la herramienta por excelencia y la más difícil de controlar. Por cierto, ¿a ti te gusta leer?
–¿A mí...?
–¡Vaya!, otro que no lo sabe. ¿De verdad crees que la imagen es superior a la palabra escrita?
Silencio.
–Sí, ya sé que aquí nadie se quiere pringar, pero si por un aquel estás en el grupo de los elegidos, esto es, aquellos que son capaces de ver imágenes en una sopa de letras, que son escasos...
–¿Y eso cómo se hace?
–Muy sencillo: con los ojos de la mente, que son los mismos que hicieron la foto que hay más arriba y que, insisto, no es lo que parece en absoluto. ¿Te dejas engañar por una imagen...? Pues si ello es así, de manera aún más fantástica te dejarías engañar por lo que se enseña en este enlace, que no otra cosa son las sopas de letras:


viernes, 18 de marzo de 2016

"El notario de Liébana": descárgala gratis

Los días 19 y 20 de este mes de marzo se podrá descargar gratis la narración denominada El notario de Liébana en esta dirección:

http://www.amazon.es/gp/product/B014VG78SA

sábado, 17 de octubre de 2015

La aventura de publicar una novela



Una vez escrita, y si no queremos quedarnos con ella muerta de risa en el disco duro, comienza el proceso de construcción que servirá para introducirla en el mercado. Es, como si dijéramos, la afinación de los elementos. Esto requiere tres etapas:

1 - Lectura y correcciones.
Por supuesto, el texto debe haber reposado durante una buena temporada. Publicar algo recién salido de la pluma no suele dar los mejores resultados, lo que se debe a que con el tiempo varía mucho la perspectiva que tenemos de determinadas cuestiones. De hecho sucede que lo que antes parecía blanco resulta ahora negro, y lo que en principio simulaba estar entonado, resulta que no lo está tanto y chirría...
Se impone, por tanto, hacer una relectura crítica. Esta lectura es crucial, y para ello es mejor utilizar otros soportes y no leerlo donde fue escrito, pues es necesario verlo de otra manera. Si se ha hecho en un ordenador, puede trasladarse el texto a un ebook y leerlo ahí, y mientras lo haces, ir añadiendo notas (hay ebooks que permiten semejante tarea), o también imprimirlo en folios con un interlineado ancho y que permita anotar entre líneas. Aún más interesante sería que lo leyeran otras personas e ir espigando ideas de lo que ellas opinen, que sin duda lo mejorará. Si esas personas no conocen al autor, mucho mejor.
La depuración ortográfica y sintáctica debe hacerse durante la relectura y, a ser posible, ayudándose con herramientas informáticas, como el corrector ortográfico del Word, el diccionario de sinónimos o la orden búsqueda de este mismo programa. Ellas nos ayudarán a encontrar múltiples imperfecciones, como erratas, espacios sobrantes entre las palabras y a principio de párrafo, falsas tabulaciones, expresiones cíclicas y machaconas, etc.
Una novela cuyo texto está acabado (en realidad nunca está acabado, como sucede con los cuadros, que siempre se puede dar una pincelada más, aunque se considera acabada cuando se publica), es como una gran bola de cera. Al principio resulta muy desigual, incluso accidentada, áspera y rugosa en casi todos sus aspectos, pero si la tomamos entre las manos y le damos vueltas y más vueltas –y sobamos y sobamos–, irá inevitablemente haciéndose más uniforme, más fluida y compacta y homogénea... Esto quiere decir que nos espera un largo trabajo, pero los buenos resultados requeren precisamente de ello.

2 - Establecer la cara que presenta al público
Cuando el autor ya tiene un nombre no nos fijamos tanto en estas cosas, pero en el caso de los noveles es muy importante que tanto la portada como el título, la sinopsis (que suele venir en la contraportada del libro) y la primera página, que también es clave a este respecto, sean de primera calidad. Todos ellos son los factores que infuirán sobre el público a la hora de adquirirla.
La portada y sus elementos, ilustraciones, colores, tipos y tamaño de las letras y todo lo demás, tienen que entrar por los ojos al público, y para no defraudar al lector, es obligado en ella hacer hincapié en la atmósfera general del contenido.
Aquí debajo coloco varias de las que barajamos.
 
 


Qué decir del título y su obligada musicalidad, una de las piezas esenciales de la comercialización...
En el caso de este libro de que hablo, el título ha sido bastante debatido. Sopesamos varios, que al final quedaron reducidos a dos: Cantar de gesta y Dios conmigo. Este último es el grito de los cruzados al entrar en batalla (lo aquí narrado sucede durante la Reconquista, pero es lo mismo), y aunque semejante expresión podría sugerir que se trata de un libro de sectas cristianas o de autoayuda, una vez que tuvimos la portada en marcha, con toda esa sangre, ese arco iris y esos pajarracos, nos pareció que no podía haber duda en cuanto al tenor del contenido.

La sinopsis y la primera página del libro –que es lo que casi todo el mundo busca a continuación–, deben estar redactadas de la forma más exquisita que se pueda conseguir, y a guisa de ejemplo, estas son las elegidas para nuestra aventura editorial.

Sinopsis

Un personaje ficticio –Ramón el calatravo– narra su existencia entera, que se cumplió a caballo de los siglos XII y XIII. Aprendiz de cantero, agricultor, herrero, siervo, soldado, señor de la guerra y constructor de catedrales góticas, desde el cenobio que habitó en las postrimerías de su vida rememora los lances que el albur le llevó a contemplar, entre los que descuellan la batalla de Alarcos y la de la Nava de la Losa, episodios que han pasado a la historia con letras mayúsculas.
Bereberes, traficantes, castellanos, reyes, ángeles y demonios, bailarinas y juglares, nobles y siervos, caballeros y labradores, gente de armas y de letras, dromedarios, sabuesos, simios, alanos, mulos y corceles y otros muchos animales que sería excesivo citar, componen la multitud que poblaba el mundo que le tocó vivir como uno más de los eslabones de la inextinguible cadena de la humanidad, aquella que entre cerradas nieblas persigue fantasmas para concluir con la célebres palabras que dicen, ¡vanidad de vanidades...!, todo es vanidad.


Primera página

LA CIUDAD

Yo nací en el centro del mundo, aquel lugar único en donde se cruzaban dos importantes caminos. Las gentes transitaban apresuradas por ellos, pues los tiempos iniciales de mi infancia se caracterizaron por lo difícil, rodeados como estábamos por emboscadas partidas de malhechores que venían del sur, pero en nuestra gran ciudad amurallada todos se detenían puesto que era un lugar grande y capaz, fonda de largas caravanas de animales de carga que recorrían la frontera y lugar a propósito para abrigarse de los albures y abastecerse de lo necesario antes de reanudar el largo y peligroso viaje.
Yo vine al mundo en la ínsula del Guadiana de la que tanto se dijo, eminencia rodeada de agua por todos los lados merced a un profundo canal tallado en la roca de sus cimientos, laboriosa obra que mucho tiempo antes había sido llevada a cabo por esclavos y prisioneros, en su mayor parte cristianos, y aunque debió de ser un arduo trabajo, daba al lugar un aspecto que dejaba atónitos a quienes nos visitaban por primera vez, que nunca hubieran podido imaginar semejante ciudadela en tan áridas tierras, y si a ello sumamos la visión de la vega florecida en primavera, oasis y vergel sin par, o aun los relucientes cielos nocturnos con que nos regalaba el verano y que daban testimonio de la existencia del debatido empíreo, la ilusión era completa.
Yo, además, nací cerca de la torre del agua, el castillo ácueo o castellum aquæ, la complicadísima maquinaria que se abastecía de las aguas del río mediante norias y cangilones sin fin [...]



3 - Queda por mencionar la discusión final y los retoques, en donde aún se pueden perfilar determinados aspectos, tanto en lo que afecta al texto como a su apariencia exterior, pero esta es la fase en que nos encontramos, y de todo ello tendrán ustedes noticia en cuanto la novela esté disponible.

martes, 20 de agosto de 2013

Pipo sube a la montaña



Hoy, para variar, voy a poner un trozo de una de mis abruptas novelas (esto de abruptas ya lo he oído más de una vez). Es un trozo de Las estaciones –libro que data de hace siete u ocho años y se puede ver aquí–, y reconozco que el párrafo es muy bestia, más de tres mil palabras sin un solo punto y aparte, pero es el discurso de un chaval de catorce años (Pipo) que intentó subir a un pico con el guardaespaldas de sus padres (Sean), un medio escocés que había sido policía pero lo dejó porque no tragaba con las mafias, y le tuvo que salvar (al guardaespaldas). Al final la cosa acabó bien, como se va a ver.


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PIPO

A ver si te atreves, que hay que andar, ¿eh, Pipo?, hay que andar, esto no es para señoras, no, ya, pero eso no es problema, yo ando todo lo que tú quieras, bueno, pues venga, el sábado subimos, y Patricia dijo que le apetecía venir pero que no iba a poder hacerlo porque dos días después tenía el último examen, un examen muy importante, y se iba a quedar a estudiar, que estudiaba casi todas las noches pero por lo visto no era suficiente, así que Sean y yo cogimos un día el coche grande y subimos al monte, y por el camino me fue hablando de cuando había montes de verdad y había ciervos y había osos y otros animales, yo no conocí aquellos tiempos pero da igual, antes los había y de ello hablan los libros antiguos, ya, pero en la finca también hay, sí, pero allí están cercados y sólo hay alguno, y osos ninguno, claro, osos ya no hay en ningún lado, sólo quedan diez o doce en el norte, de allí no pueden salir y no es lo mismo; antes había bosques en los que no había entrado nunca nadie, únicamente los animales y algunos cazadores que iban de vez en cuando, y ahora sólo hay autopistas y urbanizaciones y cabinas de teléfonos, todo avanza, y dentro de poco no quedarán ni los osos del norte porque en donde viven la gente habrá hecho estaciones de esquí y más carreteras, y al final sólo quedarán en Siberia o en Canadá, pero eso es porque como son tan grandes va ser difícil que las llenen de gente, y además hace mucho frío y nadie va a querer ir a vivir allí. Bueno, ya casi hemos llegado, mira ahí arriba, ¿ves aquel pico?, ¿cuál?, pues aquél, el de la izquierda, ¡ah, sí!, pues hasta ahí arriba vamos a subir, ¿hasta ahí...?, ¡ah!, ¿no decías que ibas a subir a donde yo dijera?, sí, sí, no, si subo..., y dejamos el coche en un sitio que había y cogimos las botellas de agua y las mochilas, nos las pusimos y echamos a andar por un camino que se metía entre los árboles, en el pinar, un camino que se fue empinando poco a poco, y Sean me dijo, Pipo, pon las manos agarrándote los tirantes de la mochila, como lo hago yo, ¿así?, sí, así, ¿y eso?, pues porque si vas braceando se te va la sangre a las manos y al cabo de un rato parece que las llevas dormidas, ¿y en los bolsillos?, sí, en los bolsillos también sirve, pero si te caes con ellas en los bolsillos no te da tiempo a sacarlas y te das en la cara con las piedras, ¿no te da tiempo a sacarlas...?, no, cuando te caes no te da tiempo a nada, así que no andes con ellas en los bolsillos, bueno, vale, y seguimos, y al cabo de bastante rato empezaron a escasear los árboles, cada vez había menos y llegó un momento en que no había ninguno, y los pocos que se veían se habían quedado atrás, abajo, y delante de nosotros todo eran piedras, piedras cada vez más grandes, aunque el sendero se notaba aún y en varios sitios estaba señalado por mojones, algunos pintados de blanco y rojo pero muy lejos unos de otros. Durante toda la mañana seguimos subiendo, y allá arriba, siempre muy lejos, se veía la cumbre a la que íbamos. A veces hacíamos alguna parada y mirábamos el paisaje, que debajo de nosotros y hasta donde alcanzaba la vista todo eran pinos y pinos, todo era un pinar gigantesco que parecía no acabarse nunca, y luego seguíamos, y cuando ya parecía que habíamos avanzado algo y el pico al que íbamos estaba más cerca, Sean dijo que podíamos comernos los bocadillos que llevábamos porque ya estábamos a mitad de camino, o más, y que para bajar se tardaba mucho menos porque se baja más deprisa, y nos sentamos en unas piedras y abrimos los paquetes, que eran de tortilla de chorizo o algo parecido, desde luego el mío estaba buenísimo, y cuando estábamos comiendo se me ocurrió llamar a Patricia para contárselo, pero luego pensé que estaría estudiando y que era mejor que lo hiciera a Rosana, y cuando cogí el teléfono me di cuenta de que no se podía llamar porque la pantalla se había quedado casi en blanco y ponía no sé qué, y además no se oía nada, y entonces lo dejé y pensé, bueno, ya la llamaré luego, o mañana, total, le va a dar igual..., y seguí comiendo el bocadillo, y cuando acabamos y bebimos agua Sean dijo, bueno, qué..., ¿seguimos?, porque todavía nos falta un buen trecho, que tenemos que llegar ahí arriba, ¿qué?, ¿seguimos?, sí, vamos, y nos levantamos y echamos a andar siguiendo aquel sendero entre las piedras que a veces desaparecía y a veces volvía a aparecer, señalado aquí y allá casi imperceptiblemente, escalando alguna peña..., bueno, escalando tampoco, sólo había que trepar un poco, y a veces recorrer el borde de unas piedras que parecían cornisas antes de llegar de nuevo a lo que era el sendero, y luego, en uno de aquellos sitios estrechos, Sean de repente tropezó y se cayó, yo no sé qué hizo porque Sean no se caía nunca y llevaba unas botas muy buenas, pero el caso fue que de repente tropezó, rodó aparatosamente por el terraplén y llegó hasta abajo, que menos mal que no fue muy abajo, y allí movió un brazo y yo creí que se iba a levantar, porque tampoco había sido para tanto, pero luego el brazo se le cayó, rodó otro poco y se quedó allí tumbado boca arriba, y cuando me fijé vi que parecía que tenía sangre en la cabeza, aunque como yo estaba arriba no lo veía muy bien, y además me había quedado mudo del susto y ni siquiera acertaba a distinguirlo con claridad, y entonces le llamé, ¡Sean...!, ¡oye, Sean...!, pero él no me contestó sino que siguió allí echado, ¡oye, Sean...!, y no se movió en absoluto, como si no me hubiera oído, y yo me dije, ¡jolín!, ¿y ahora qué hago?, tengo que bajar ahí a ver qué le pasa, y no podía hacer nada más que mirarle aterrado porque estaba allá abajo y no sabía cómo bajar, aunque tampoco era muy abajo, pero luego vi que por un sitio sí iba a poder hacerlo, era difícil pero no imposible, y dejé en el suelo la mochila y agarrándome a las peñas bajé por aquel sitio que parecía más fácil y en seguida estuve a su lado, y lo primero que hice fue intentar despertarle moviéndole, oye, ¡Sean...!, pero no se despertaba, y entonces me fijé en que se había hecho una herida en la frente por la que salía algo de sangre y estaba allí como muerto, quieto, aunque respiraba, y miré al cielo y pensé que ya era por la tarde, y luego, aunque todavía faltaba bastante, iba a ser por la noche..., ¿y qué hago yo ahora?, porque el teléfono no funcionaba y el suyo tampoco, de forma que me dije, jo, tengo que ir a algún lado a buscar a alguien..., pero ¿adónde?, bueno, puedo bajar por donde hemos subido, que a lo mejor encuentro a alguien, o si no acabaré llegando a la carretera en donde dejamos el coche y por allí seguro que pasa alguno, pero luego volví a mirarle, y como le salían gotas de sangre de la frente y le escurrían por la cara no sabía que hacer, a lo mejor si le echo un poco de agua..., y le eché un poco de la que quedaba en su botella por la cara pero ni por esas se despertó, ni siquiera pareció que lo notara, aunque sangre le salía menos, y entonces volví a decirme, ¡jo, tengo que hacer algo, que si no bajo ahora se va a hacer de noche y ya no voy a encontrar a nadie, y menos en este sitio!, ¿y ahora, cómo subo?, porque tenía que volver a la senda que nos había traído que pasaba por encima de aquellas piedras, así que tras muchos sudores y esfuerzos conseguí escalarlas, y cuando estuve arriba miré hacia abajo, que Sean seguía allí caído, y me dije, no mires más, venga, baja todo lo deprisa que puedas, y di media vuelta y poco menos que corriendo, aunque por allí era difícil correr porque había muchísimas piedras sueltas, eché a andar hacia abajo procurando no salirme de la senda, no, es por allí, que allí hay una piedra blanca, ¿y ahora...?, pero en seguida veía por dónde iba el camino, y mientras bajaba, casi corriendo y saltando en los lugares que podía, y otras veces medio agarrándome a las peñas, iba pensando si hacía bien porque a lo mejor debía haberme quedado con él, pero si me quedo no va a venir nadie, y ni siquiera sabía hacia dónde tenía que ir, si hacia arriba o hacia abajo, y menos mal que ahora no hay osos..., ¡ya, desde luego!, no, para arriba no, mejor para abajo porque así llegaré a algún sitio, aunque sea a alguna carretera, y encima me he dejado el teléfono de Sean ahí arriba, porque el mío se ha quedado sin batería, aunque da igual porque aquí no funciona, que no ha funcionado en todo el día, ¡jo, pero a lo mejor hubiera funcionado el suyo al llegar a la carretera...!, es que soy idiota, bueno, ahora ya da igual porque no voy a volver a subir a buscarlo, mejor sigo, y así hasta que llegué a los primeros pinos por el sendero que casi no se distinguía entre las piedras, pero llegué y me dije, ¡bueno, yo creo que ahora ya no va a ser tan difícil!, y miré a mi alrededor y vi que el sol había bajado mucho y los pinos proyectaban sombras bastante largas, bueno, voy bien, yo creo que es por aquí por donde hemos subido, y yo cada vez más acelerado porque por allí ya se podía correr mejor, y pasó muchísimo rato, aunque como era bajar no te cansabas nada, e iba pensando en esto cuando oí un ruido, ¿qué es eso?, y aunque ya llevaba las rodillas machacadas de todas las veces que me había caído intentando bajar de las piedras, y hasta me había torcido una muñeca, aunque sólo un poco, aún corrí como pude y vi que debajo del siguiente barranco, que no era un barranco sino como un terraplén, pasaba una carretera, yo creo que la carretera por la que habíamos subido, y un autobús acababa de pasar y se iba a lo lejos levantando polvo blanco, y yo iba a gritar pero no lo hice sino que pensé, lo que tengo que hacer es bajar hasta ahí y ponerme en medio, yo creo que en seguida pasará alguien y a lo mejor lleva teléfono, y llegué a la carretera y estuve esperando un buen rato mientras el sol se iba, qué tarde es y no viene nadie, ¡pues vaya carretera!, y yo venga a mirar en las dos direcciones con ansia, y luego, cuando empezaba a pensar si no sería mejor andar un poco porque a lo mejor estaba cerca de algún sitio, a lo lejos apareció un coche bastante grande, de esos que andan por los montes, y paró porque yo me puse a dar saltos y a hacer toda clase de gestos, fui corriendo hacia él y me puse delante, y el señor que iba dentro me preguntó qué me pasaba y yo le dije, es que Sean se ha caído de una piedra y se ha hecho una herida en la cabeza y no se despierta, está ahí arriba, y el señor salió del coche porque creía que era allí al lado pero yo le dije que no, no, que lo que yo quiero es que llame usted por el teléfono, sí, bueno, pues llame a alguien, no sé, a un helicóptero de esos, o si no a mi padre, ¿dónde está tu padre?, no, mi padre estará en casa, pero es que hay que llamar a alguien y él tiene muchos amigos, ¿pero no dices que...?, no, es que Sean está lejos, que yo vengo de allí andando y he tardado como dos horas o más, ¡ah!, ¿dos horas...?, oye, ¿y qué le decimos al del helicóptero?, porque nos va a preguntar que dónde está, sí, es que hay una cosa roja, es mi mochila, que la dejé allí para no cargar con ella, ah, bueno, espera, vamos a llamar, y se puso y en seguida le contestaron, sí, hay una cosa roja, es la mochila del chico que se cayó allí, ¡no, que se cayó no..., que yo no me caí!, bueno, da igual, esa es una buena referencia, pero de noche no la van a ver, bueno, pero seguramente llegarán antes de que se haga del todo de noche, pero si no vienen, vamos nosotros a buscarle, ¿eh?, o por lo menos voy yo, sí, hombre, no te preocupes, si no vienen en seguida o no nos contestan, subimos nosotros, ¿tú vas a poder llegar?, sí, seguro, me sé el camino, sólo he pasado una vez, ahora, a la bajada, pero no puedo dejar ahí a Sean, bueno, tranquilo, y el sol bajaba cada vez más y ya estaba cerca de los pinos que había en el horizonte cuando de verdad que apareció un helicóptero que estuvo por allí revoloteando, lejos, y al cabo de un rato sonó el teléfono de aquel señor, y cuando estaba hablando con ellos, que por lo visto eran los que iban en el helicóptero, me preguntó si el sitio era por allí, ¿por donde está el helicóptero?, sí, pues no sé, igual más hacia acá, que ellos están muy lejos, y luego dejamos de oírlo, como si se hubiera parado, y estuvimos muchísimo rato esperando, yo mirando hacia allá pero sin atreverme a decir a aquel señor que los llamara otra vez a ver qué estaban haciendo, y cuando estaba pensando en eso apareció de nuevo el helicóptero, pero esta vez muy cerca, casi encima de nosotros, y volvió a sonar el teléfono y el señor dijo, no, si os estoy viendo, estáis casi encima, mira, y salió al centro de la carretera y se puso a hacer señas con la mano, y el helicóptero comenzó a bajar, y cuando aterrizó y se paró del todo, que lo hizo un poco más allá, en donde había una explanada grande, como un aparcamiento, resultó que salió Sean de él con una venda en la cabeza y cojeando un poco, vino hasta nosotros con un señor y me dijo, ¡Pipo, qué bien lo has hecho!, que si no es por ti me paso la noche en el monte, aunque ahora ya no hace frío y hubiera visto las estrellas y los planetas, ¿eh?, pero es mejor así, ¿pero no te pasa nada?, bueno, sí, un poco atontado sí estoy, y me duele una rodilla, pero ahora voy a llamar a casa para que vengan a buscarnos, que tú estarás cansado, ¿no?, y yo, como al final todo se había resuelto bien, incluso mejor que bien, de película, hasta con un helicóptero, dije, ¡qué va!, ¡si me lo he pasado muy bien...!, y Sean fue a dar las gracias al señor que había parado su coche, que estaba allí, y luego a los del helicóptero, que eran tres que iban de verde, como de uniforme, y me habían traído hasta la mochila, y luego uno de ellos se montó en nuestro coche con nosotros, que estaba allí al lado, dos curvas más allá, y lo llevó bastantes kilómetros hasta un sitio en el que había varias casas en la punta de un monte, en donde la carretera ya no subía más y por los dos lados se iba hacia abajo, todo lleno de pinares, y el helicóptero ya estaba allí esperándole y todo el mundo mirando porque era sábado y había bastante gente y pocas veces se ve aterrizar un helicóptero en un sitio de esos, así que el señor aparcó el coche delante de una de las casas y se despidió de nosotros y a mí me dio la mano y me dijo, ¡muy bien, chaval, muy bien!, y se fue, se subió al helicóptero y este despegó levantando mucho polvo y desapareció, y nosotros y más gente entramos en aquella casa, que era un bar, y como ya se había hecho de noche casi del todo Sean me dijo, bueno, ahora vamos a esperar a que venga tu padre, así que como tendrás mucha hambre, y yo también, vamos a cenar, ¿vale?, hombre, sí, claro, porque la verdad es que sí tenía hambre porque sólo habíamos comido el bocadillo cuando subíamos, y nos sentamos en una mesa de aquel comedor tan bonito, como antiguo, todo lleno de vigas de madera pintadas de rojo y de verde y no demasiada gente –aunque casi todos miraron porque Sean llevaba la venda en la cabeza–, y nos comimos unos trozos de carne grandísimos que me gustaron mucho, y Sean entonces dijo, está buena, ¿verdad?, ¡jo, sí, buenísima!, bueno, pues eso es porque es de oso, ¿síii..., de oso...?, y Sean se rió, no, hombre, ¡cómo va a ser de oso si ahora ya no hay osos...!, pero después de lo de esta tarde te puedes imaginar que es de oso, ¿a que sí?, y así te sabe mejor, y yo lo pensé, mastiqué un poco y de verdad que me pareció de oso, aunque yo no hubiera comido nunca oso, pero, como decía Sean, después de lo de aquella tarde me podía creer cualquier cosa, y luego, cuando habíamos acabado y Sean estaba tomando un coñac, apareció mi padre con el tío Mary, que habían venido en el Testarrosa, y entonces sí que miró la gente, sobre todo por el ruido que hacía, y el tío Mary se empeñó en que le contáramos lo que había pasado y cómo había sido la cosa, y mientras tanto se bebió dos gin-tonics y mi padre me pasaba la mano por la cabeza y decía lo mismo que el guardia, muy bien, Pipo, muy bien, de forma que al final llegamos a casa tardísimo y mamá estaba despierta y esperándonos, y Patricia y Azucena también, y les tuvimos que contar la historia otra vez, aunque ayudados por el tío Mary, que lo contaba como si él hubiera estado allí, o casi si como el que se hubiera caído por el barranco hubiera sido él, y además no hacía más que mirar a Patricia, como siempre.

sábado, 20 de abril de 2013

Hablando de Charli



He escrito un nuevo libro. En esta ocasión se trata de un retrato de la generación que vivió la segunda mitad del siglo XX, aquellos que nacieron mediada la centuria y tuvieron como puntos de referencia (en su juventud) lugares hoy tan comunes como el rock and roll, las minifaldas y los bikinis, que en los tiempos que digo supusieron una auténtica revolución. 

El libro se llama «Charli en Wonderland», que no se puede decir que sea un título muy transparente, pero ello obedece a que el personaje central de la historia se llama Charli, y a que el lugar en el que vivió fue ni más ni menos que el país de las maravillas, o a ellos se lo parece. Ahí es nada: de repente todas las chavalas, sobre todo las guapas, enseñando bien las piernas... 


Él no habla nunca, sino que son los demás  –su hermano gemelo, los amigos, las novias que tuvo...–, quienes desarrollan el discurso y cuentan, durante multitud de episodios, lo que sucedió durante aquellos años (al personaje central y a todos los demás, que no fue parco). 


El libro acaba con el advenimiento del siglo XXI, que cambió todo y dio paso a lo que en la actualidad vivimos. En fin, cincuenta años (los decenios de los 50, de los 60, de los 70, de los 80, de los 90...) que dieron muchísimo de sí, pues la cultura actual emana de aquella época que acabó... (etc., etc.), y estos haciéndose cada vez más mayores...

Aquí debajo pongo un trozo, que se podría datar hacia 1972, más o menos.

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RÍCHAR

Esto sucedió durante unas Navidades, pero no sé cuáles porque la memoria es muy vaga y traicionera; sin embargo, lo más seguro es que fuera el ultimo año que estuve en la ciudad vieja porque la abuela me dijo que ya estaba bien de entrar y salir y tocarme las narices, ¿no están tus amigos estudiando?, pues estudia tú también algo, aunque sea administración de empresas, que ya tienes veinte años y vas a tener que administrar bastante, ¿o prefieres trabajar?, y ante semejante argumento decidí poner tierra de por medio. ¿Habéis traído hierba de esa?, sí, un poco, ¿quieres?, y yo los miré, ¿tú qué crees? Sólo sé que habíamos vuelto de la bahía, habíamos salido Pancho, Charli y yo, el Trío Conché en pleno, en el barco de Pancho, o sea, del padre de Pancho, porque hizo unos días buenísimos, asurados, y fuimos a pescar. No se nos dio mal y volvimos con algunos cachones chorreando tinta y un poco de palangre, yo creo que había hasta salmonetes, estos para casa, y estos, que son más, para vosotros, que también sois más, ¿vamos luego a donde los Oyarbides?, los Oyarbides eran varios hermanos que conocíamos del colegio y tenían una boardilla enorme en donde hacían fiestas parecidas a las del garaje, sólo que ellos decían que se tiraban a todas las que entraban, mentira, claro, yo creo que sólo se tiraban a su chacha, eso sí lo sé seguro, y aquella noche, a lo mejor era la del día de los Inocentes, subimos los tres bien colocados, y en el ascensor Pancho dijo, de la hierba ni una palabra, ¿eh?, que estos son unos suicidas, y entramos y había un montón de gente, habían hecho una fiesta de verdad y estaba la flor y nata, estaba hasta el Tomasín, el que en la casa de ejercicios (de ejercicios espirituales, quiero decir, cuando nos llevaban en el colegio) dejaba los zapatos fuera del cuarto para que se los limpiaran y se los encontraba clavados en el suelo, que era de madera, lo que es no saber, menudo cachondeo se armaba, ¿y este era también aquel al que abrían el grifo del lavabo cuando estaba durmiendo y se meaba en la cama?, bueno, no sé, ese igual era otro o aquello sucedió en la mili, ya digo que la memoria es imprecisa y falaz, pero el caso fue que llegamos, saludamos a un montón de gente entre considerable tumulto, y al rato vimos que Deisi estaba allí, entre todos aquellos y quitándose de encima moscones a manotazos, y cuando nos vio se acercó y dijo, menos mal que habéis venido, ya no sabía que hacer con estos, ¡qué pesados!, porque había muchas chicas, sí, y algunas bastante borrachas, pero Deisi, entre lo de su melenita, sus piernas y sus ojos azules, les gustaba más a todos, y aquellos, como decía Pancho, desde luego que eran unos suicidas, sobre todo en fecha tan señalada. Bueno, quiero decir que nos gustaba a todos, a mí desde luego, a Pancho probablemente también, y a Charli no digamos, aunque él decía que no y no se veían mucho, en la ciudad nueva nunca, o eso me habían contado, que era una cosa que me llamaba la atención, y lo que decía Charli debían de ser fantasías o ganas de marear, porque cuando se encontraban no acertaban a separarse ni a dejar de reírse, y aquella vez sucedió lo mismo, aunque acrecentado.
Estuvimos allí bastante rato, hasta que se acabó el vino, y le dije a Pancho, con estos no hacemos nada, que están todos muy borrachos, ¿nos vamos a cenar por ahí?, yo os invito, que me ha dado dinero la abuela, ¿dónde está Charli?, no sé, mira a ver, y como aquello era grande y estaba lleno de gente y de humo me costó encontrarle, y cuando le vi resultó que se lo estaba pasando muy bien, y Deisi mejor. Pancho estaba en otra habitación y no creo que los viera, pero aquellos dos estaban en un rincón de pie, agarrados y morreando como si se les acabara el tiempo, ¡qué bruto el Charli!, y luego decía que Deisi no le gustaba...
Nena no fue a la ciudad vieja aquella Navidad y no se enteró de nada, se enteraría después, y cuando nos fuimos y bajábamos la escalera, viendo a Charli y a Deisi riéndose y bajándola a saltos cogidos de la mano, los encontré tan entusiasmados qué pensé, no sé por qué, pero me da la impresión de que esto de mi prima se va a acabar.

sábado, 20 de octubre de 2012

Recetas de cocina de mis libros


Estas son recetas de cocina que aparecen en algunos de mis libros, pues en las novelas de aventuras cabe todo.

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Sobre la vichyssoise.

Esto lo dicen Eduguá y Sandy en La aventura de las luces azules:

Eduguá:
[...] Una de aquellas noches en el Puerto de las Nieves, Louis nos enseñó a los demás a hacer vichyssoise, esa especie de sopa que dicen que inventaron los franceses  y constituye el mejor depurativo de la sangre que nunca he conocido. Nos bebíamos litros. Para desayunar, después de una noche sin dormir, no hay nada que se le pueda comparar; quizá el chocolate con churros y compota de manzana, pero eso allí era difícil de conseguir. A él le había enseñado a hacerla su madre, que era francesa, y luego yo enseñé a otras personas, porque estas cosas no conviene que se pierdan. [...]

Sandy:
[...] Eduguá, además, fue quien me enseñó a hacer vichyssoise; a él le enseñó su amigo Louis, que también estaba muy bien, y a Louis, su madre, que era francesa, de la parte de Lyon. Está tirado. Se cuece en caldo puerro, cebolla y patata, todo picado, y luego se mete la batidora y se le añade leche para aclararlo. La vichyssoise está buenísima fría, sobre todo para desayunar. [...]

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Sobre la fabada:

Receta de fabada que cuenta el Rockero en Crucita y yo:

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Uno de aquellos días Crucita cometió la imprudencia de decir a Monticola lo siguiente.
–Oye, ¿cuándo nos vas a hacer una fabada? Llevas años diciéndome que vas a hacer una y aún no la he probado –y entonces el Rockero hilvanó una de las suyas.
–Hacer una fabada es muy fácil, escúchame bien, yo sólo te digo tres cosas: las fabes deben brillar. Si su piel es mate te han engañado, te han vendido del ejercicio anterior; esa es la primera... Oye, ¿no me has dicho que te lo cuente? Pues escucha. ¿Tú sabes qué es un cerdo granillero? Pues es el cerdo que necesitas, un cerdo que se ha alimentado de las bellotas y castañas caídas en el suelo; esta, la segunda. Te costará encontrarlos, pero cuando tengas ambos ingredientes, ya puedes ponerte a cocinar. Con un poco de cebolla, otro poco de ajo y unos chorros de aceite de oliva, no puedes fallar, te quedará bien hasta el pantruque. Y al final, cuando vayas a servirla, ten en cuenta que las fabes se sacan a la mesa en una sopera del siglo XVIII, una sopera del Barroco; si no, no es lo mismo... ¡Ah!, y la tercera, que se me olvidaba. Si se toma café debe ser de puchero, y, en plan de rizar el rizo, es mejor tomarlo por el culo; hace muchísimo menos daño. Sí, no os riáis. El café, a partir de ciertas edades, es mal admitido por el estómago y se debe tomar directamente por el intestino grueso en forma de lavativa. ¿Os seguís riendo? Bueno, ya os enteraréis de mayores de lo que vale un peine. ¡Qué atrevidas sois las jóvenes! [...]

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Carta de un restaurante y manejos culinarios que Juan Evangelista cita en el último libro de sus aventuras, Perpétuum móbile.

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¿Qué decir, por ejemplo, de las patatas meneás, cuyos únicos condimentos son ingredientes tan humildes como el laurel y el pimentón, o del limón de la Peña de Francia, esa inhabitual ensalada de los días de fiesta en las remotas dehesas de mis antepasados? Aquello, seguramente, se aderezaba ya a finales del siglo XVII, y cuando la probé percibí una oleada de viejos recuerdos que me trasladaron hasta mi más antigua infancia.
Allí estaba el aya, y a su lado la cocinera que oficiaba en casa de mis padres, señora de abundante aspecto y ojos llenos de curiosidad. Las dos me contemplaban con asombro, pues mis tempranas anomalías, de las que tanto dije, eran la mayor preocupación de cuantos habitaban en mi primera morada, pero cuando vieron que aceptaba sin reparos lo que en aquella ocasión habían preparado, que no habían sido pocos los experimentos anteriores que rechacé –y ello sin decir nada de la repugnancia que me provocaba la leche materna–, el clamor nació en el primer piso, ¡el niño ha comido!, ¡el niño ha comido...!, se trasladó a los cuartos de la servidumbre y desde allí llegó a la planta baja, a la ingente cocina y sus dependencias, a la huerta, los cobertizos, almacenes y tinglados que había adosados a la altísima pared de piedra que nos separaba del mundo exterior, y como todo ello sucediera un buen día a la hora del Ángelus, fue tomado como un prodigioso signo de la voluntad divina y celebrado con raciones extras para la servidumbre y el ganado, y poco faltó (ahora que lo pienso) para que repicaran también las campanas de la vecina catedral.
¿Y qué era ello? Antes le di el farragoso nombre de puré de la manzana del amor añadido de tenues, abundantes y transparentes tirillas de jamón, pero hoy, cavilando sobre ello, creo que se le podría aplicar otro más parco y acorde con su índole, cual es el de gazpacho de pastor, pues tal es la forma en que actualmente se conoce esta mixtura en los restaurantes y lujosos paradores de mi país.
Tiempo me faltó, una vez que recordé con precisión semejante episodio, para poner manos a la obra, y armado de batidoras y afilados cuchillos dar punto acertado a tan suculento manjar, por supuesto desconocido en nuestras latitudes, lo que constituyó uno más de los experimentos que por aquellos tiempos llevé a cabo y culminé bautizando como origen de la vida, golosina que disfrutó de perdurable éxito entre la clientela extranjera, que nunca había podido imaginar algo semejante.
Luego inventé la paella de ajo, simple conjunción del arroz mediterráneo y la sopa de ajo, que llegó a mi cabeza como descendida de los cielos durante una de mis habituales ensoñaciones de perpetuo insomne, y más tarde puse a punto la olla ferroviaria, que se componía de carne, patatas, alubias y berza, y que quienes hayan seguido mis pasos recordarán como producto de aquella noche en que, habiendo comenzado a nevar de manera inopinada, nos quedamos atascados en la locomotora del ferrocarril que nos trasladaba por las llanuras norteñas de la provincia de Palencia, cuando hicimos el potaje con carne de lobo.
Pocas comidas de enjundia son típicas del país que entonces me acogía, pero fiado en mis artes y recuerdos, pues una larga vida aporta multitud de conocimientos, transformé la carta que había escrito la negra en historiado documento, y allí se daban cita y se encontraban los orígenes de la vida con el nuégados y el alajú, las costradas con los ajoarrieros y las sopas de bestia cansada, y los lomos y perniles, puro magro añejo de gigantesco cerdo negro como los que en aquellos tiempos hozaban en libertad en los encinares y dehesas de los campos que me vieron nacer, con las chuletas del campo charro, que mis corresponsales de la vieja Miróbriga, con quienes me había puesto en contacto, me enviaban por avión.
Pero no quiero seguir con fastidiosos comentarios acerca de lo que de sí puede dar una cocina, de forma que, saltándonos buena parte de lo que cabría decir, hablemos para finalizar de la leche búlgara.
–Tómese este bebedizo, que le arreglará el cuerpo.
El pipío Marlowe miraba con prevención el vaso que le presentaba.
–¿Qué es esto?
–Lactobacíllum bulgáricum con mermelada de tomate. Le aseguro que se parece a la droga de la eterna juventud, y aunque a usted no le importe semejante extremo, le sentará de maravilla a su hígado.
El pipío Marlowe lo probó, hizo una mueca y apuró lo que quedaba. Luego se limpió la boca con el dorso de la mano.
–¿Puede ponerme un poco más? Creo que me vendrá bien antes de las cervezas. Ta güeno, cuñao...
–Sí, claro, y le pondré también un acompañamiento de gajos de mandarina, que es usted cliente distinguido de la casa; ya lo sabe. Además, ¿le parece si nos tomamos esas cervezas en la terraza? Creo que la brisa de hoy nos refrescará.
... pero a la postre mis manejos eran muy limitados, sobre todo si los comparaba con las cosas que pude leer en los libros que trataban tales asuntos, a los que pronto me aficioné. El gran Leonardo da Vinci, por ejemplo, que siempre desatendió su trabajo de artista pues no le producía sino sinsabores, distinguía sobre todas las cosas el artefacto mecánico para confeccionar espaguetis, que era su invento preferido; tenía en la más alta estima su labor como jefe de cocinas de Ludovico Sforza, Gran Duque de Milán, y para los banquetes contrataba a cuantos escultores podía y los empleaba en tallar zanahorias y nabos en forma de caballitos de mar, y, en fin, con ocasión de algún regio y nupcial acontecimiento, confeccionó con mazapán un modelo del Palacio Ducal del tamaño de un campo de tenis. Díganme ustedes si tan altas empresas admiten comparación con mis modestos tejemanejes, pero ello nunca me desanimó y procuré en todo momento superarme. Y ahora, dejémonos de comentarios y prosigamos con el interminable cuento, del que aún restan algunas secuencias.
[...]

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 Si queréis más, podéis seguir en este enlace:


 


jueves, 17 de mayo de 2012

En una playa africana


Este es un trozo de uno de mis libros (el denominado Dios conmigo, ambientado en la Edad Media), y refiere cómo un personaje de fines del siglo XII, en el curso de sus aventuras se bañó en el Atlántico africano, seguramente por la parte sur de Marruecos.

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[...] y una vez que hubimos instalado el campamento en una solitaria ensenada de aquella costa, lugar en el que comenzaba un larguísimo arenal que se prolongaba hasta el lejano horizonte, tras dejar allí la tropa y recomendarles que me aguardaran...
...comencé a caminar por la playa hasta que perdí de vista a mis acompañantes. Hacia cualquier lado que mirara sólo veía la roja tierra de la ribera y el mar, pero al fin, armándome de valor, bajo el sol me despojé de todos aquellos atalajes y con suma precaución me dirigí hacia las alborotadas aguas marinas. No eran aquéllas mansas como las del Mare Nóstrum que conocí una buena tarde y tantas veces te he narrado, sino encrespadas por la fuerza de los constantes vientos, pero deseando dejar atrás cuanto antes mis dolencias, con infinitas precauciones y no sin haber rogado a Dios que me conservara a salvo en lo que pretendía, me introduje en su seno, en donde permanecí durante largo rato dejando que las tumultuosas olas me derribaran una y otra vez. No pienses que resultó incómodo, pues antes al contrario disfruté como nunca con el contacto del agua salada, y a cada momento creía percibir que seres de ese mundo, los tritones y nereidas que lo habitan, me acompañaban en mis torpes evoluciones. Tan sólo eché en falta tu presencia, que bien seguro sé que hubieras disfrutado en aquel lugar solitario como disfruté yo.
Más tarde anocheció con los mil colores del ocaso, pero no me apeteció volver al campamento sino permanecer allí, bajo el cielo de un lugar extraño, y observar fenómenos celestes en los que quizá encontrara alguna novedad. No fue tal el caso, pues acudieron las lumbreras del cielo que conocemos y todo pareció transcurrir dentro de la mayor de las armonías, aunque quizá mi vigilia fue favorecida por un mayor número de estrellas errantes. Aproveché las horas nocturnas para repetir mis inmersiones, y cuando amaneció me sumergí por última vez, y al mismo tiempo de ver nacer desde las aguas el astro rey pensé que aquellos achaques, aquellos sudores fríos que durante días me habían mantenido lisiado, se los habían llevado los habitantes del mar, por lo que les estoy agradecido. Después, sintiéndome totalmente curado, me rehice en mis vestiduras y me dispuse a presentarme de nuevo ante mis semejantes.
Dame noticias de nuestros hijos por este mismo conducto, y cuéntame cómo va todo y si ha sucedido alguna novedad que deba conocer. Nuestra travesía no se dilatará mucho más, pues lo que vinimos a tratar está cumplido y es seguro que en breve regresaremos...

martes, 27 de marzo de 2012

Vacaciones de Semana Santa


Esta es la historia de Pipo y Azucena, dos hermanos de trece y catorce años que, conducidos por la mulata Patricia, una chica jamaicana guapísima a la que tienen de institutriz, hacen un viaje por Castilla la vieja aprovechando las vacaciones de Semana Santa.
Pertenece a una de mis novelas, la que lleva por nombre «Las estaciones», y, dadas las fechas, me ha parecido apropiado para meterlo aquí.
Si se mira bien, resulta que este fragmento también podría ser una glosa de las excelencias de la región aludida, o una página de la mejor publicidad sobre ella, tales son las cosas que se dicen.

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Vacaciones de Semana Santa

A los pocos días nos dieron las vacaciones de Semana Santa, pero antes nos dieron las notas, y como a Azucena le suspendieron no sé cuántas, mamá le dijo que de irse con Rosana y sus padres a la costa, nada, que mi hermana ya se las prometía muy felices y se quedó bastante triste, y entonces, al día siguiente, Patricia dijo que ya estaba bien de desgracias y de malas caras y de jugar con el ordenador –sobre todo a aquello de Némesis del Espacio Profundo, aunque seguía sin poder dejar a mi gusto a la mulata que allí salía y mucho menos ganar, que era lo bueno y cuando podías desvestir a la que habías elegido–, que me iba a quedar tonto y lo que teníamos que hacer era irnos a algún lado, a la playa o a cualquier otro sitio que estuviera lejos de casa, que andando por esos caminos se aprenden muchas cosas que vosotros no sabéis, así dijo, y ya que estás ahí, ante esa máquina, busca algún sitio al que podamos ir, y estuvimos mirando en internet y encontramos muchísimos, todos con fotos, y entre ellos uno que se llamaba El Confital, Azucena decía la confitería, la Casa de los Coroneles, una casa que, según Patricia, era como alguna de su pueblo, allá en Jamaica, en el Caribe.
–¿A que no sabes lo que es el Caribe?
–¡Hombre, no...! Un mar. El mar de tu tierra.
–Muy bien, Pipo, muy bien... Bueno, y ahora, ¿a que no sabes lo que es la ruta del románico?
–¿Del qué?
–¡Ah! ¿Ni siquiera sabes lo que es el románico?
–No. ¿Qué es?
–Pipo, no me extraña que te suspendan... Es un estilo arquitectónico del siglo XII.
–¿Y qué?
–Nada. A ver, busca la ruta del románico.
... y yo lo busqué y encontramos muchas cosas que a Patricia le interesaron, incluso montones de fotos con el cielo muy azul, y entonces ella se puso de acuerdo con mamá y al día siguiente por la mañana nos montamos en el coche los tres y nos fuimos de viaje, aunque no a la playa sino a aquello de la ruta del románico que yo no sabía lo que era, a Castilla la Vieja, que es muy grande y muy ancha y hay muchísimos sitios bonitos para ver. ¿Tú crees...?, le dijo Azucena, que no quería ir y separada de su amiga Rosana estaba bastante enfurruñada, y Patricia le contestó, pues claro, mujer, ya verás qué cantidad de pueblos y sitios nuevos vamos a encontrar, y Azucena dijo, ¡jo, pues vaya rollazo!, y Patricia, que no quería discutir, dijo, bueno, bueno, ya veremos, y como mi hermana llenó una maleta de ropa, Patricia le dijo que ni hablar, ¿quieres ir cargando con todo eso por el campo...?, porque nos vamos al campo, ¿eh?, y allí no te va a ver nadie; no, déjalo todo ahí, ponte unos zapatos buenos y unos vaqueros, coge unas camisetas y andando, y entonces Azucena dijo, ¡sí, anda, todos los días con lo mismo!, pero Patricia la convenció, y durante aquellos días, que no fueron muchos, sólo cinco o seis, Azucena fue vestida igual, que era raro, pero aquella vez lo hizo, y como de todas formas los vaqueros eran apretados y un poco cortos, o sea, que se le veían los calcetines y un trozo de pierna y le quedaban bien, estuvo todo el tiempo mirándose en los escaparates y en los cristales de los coches que estaban aparcados y casi no protestó. Luego resultó que lo que más le gustaba era un jersey de Patricia que le quedaba bastante grande, le sobraba por todas partes, sobre todo de largo y por las mangas, pero dijo que era lo que más le gustaba y que no se lo iba a quitar, y luego le preguntó que si se lo regalaba y Patricia se quedó sorprendida, ¿lo quieres?, pues para ti, mujer, ¡ay, sí, sí, gracias...!, ya verás, no me lo voy a quitar en todo el camino, ¡jo, es que es más guay...!, y no hacía más que mirarse en el espejo de la habitación y darse vueltas.
Patricia quería conocer Castilla porque decía que era el sitio en donde se había desarrollado buena parte de la historia de nuestro país, ese país tan grande y complicado que se llama España, la historia que ella estaba estudiando, que le interesaba mucho, y allá fuimos, pero a Patricia no le gustaban las ciudades, que decía que nunca sabía qué hacer en ellas con aquel coche tan grande y que dejándolo por ahí nos iban a romper un cristal y a robar todo lo que llevábamos, que en realidad no era casi nada, y con aquello resultó que a ciudades fuimos a pocas y estuvimos todo el tiempo de pueblo en pueblo. Llegábamos a uno, dejábamos el coche en una calle y nos íbamos a andar por él y a buscar el barrio antiguo y la plaza, y si es mayor, mejor, porque en todos estos sitios hay plaza mayor; fijaos, ayer estuvimos en dos en los que había plaza mayor, hasta una llena de soportales de piedra y con una iglesia muy antigua en un extremo, y hoy vamos a ver otras, ¿no?
En el coche había un mapa y Patricia fue todo el tiempo mirándolo, dando vueltas y diciendo, y ahora vamos a ir a Madrigal, y ahora a Peñaranda, y ahora a no sé dónde, y luego decía otros nombres y fuimos a todos, desde luego hicimos muchísimos kilómetros en aquellos días y vimos varias procesiones de las que hay en Semana Santa, la primera de casualidad porque la encontramos al llegar a uno de los pueblos, un sitio en el que no dejaban pasar a los coches y nos tuvieron bastante rato parados, y luego, buscándolas y preguntando en dónde había las más raras, nos encaminaron a un lugar que estaba por allí cerca y en el que la procesión era en las afueras, en mitad del campo, y además había que levantarse muy temprano, cuando amanecía o antes, y resultó que en aquel pueblo no había ningún hotel ni nada que se le pareciera, pero una señora de un bar nos dijo que si queríamos podíamos dormir en su casa, que tenía un cuarto con tres camas y que si aquello nos convenía que fuéramos, ustedes verán, y Patricia nos dijo, qué, ¿os atrevéis a dormir en una casa de un pueblo de verdad?, y Azucena le contestó, sí, ¿por qué no?, pero cuando entramos lo entendimos porque la casa era viejísima y todos los suelos rechinaban como si se fueran a hundir y tragarnos para siempre. La señora nos llevó a la habitación, que era enorme y muy baja, encendió la luz, una luz que colgaba del techo, y dijo, aquí es, ¿les gusta?, y aunque el sitio era bastante raro nosotros dijimos que sí, que claro, y nos fuimos a pasear por el pueblo, en donde cenamos.
Luego, cuando volvimos, a Azucena y a mí nos extrañó todo, los muebles, los cuadros llenos de polvo, las mantas de las camas, que eran como antiguas, y hasta las mismas camas, que estaban muy frías, y cuando hubimos revisado los objetos que contenía aquella gran habitación, Patricia dijo, niños, cada uno a su cama, y entonces Azucena casi chilló, ¡ah, no, que yo no me desvisto delante de ése!, y Patricia apagó la luz y dijo, venga, que ahora no te ve, y riéndose añadió, ¡venga, niña, que enciendo...!, y se oyó a Azucena desvestirse a toda velocidad y gritar, ¡ayyy...!, ¡oye, no, espera, espera...!, y luego dijo, ¡ya!, y cuando Patricia encendió la luz ella estaba tapada hasta el cuello y yo en mi cama. Entonces Patricia nos dijo, esto sí que es raro, ¿verdad? Fijaos, estamos en medio de Castilla la Vieja, en un pueblo perdido que casi no tiene luz, porque la han debido de poner hace poco, ni carretera ni nada..., ¡oye, carretera sí tiene!, que nosotros hemos venido por ella, bueno, sí, pero no es una carretera importante sino sólo una carretera que viene a este pueblo, o sea que por aquí no pasa nadie y no hay turistas ni nada de eso, sólo los de aquí y los de los pueblos de al lado que han venido a ver la procesión de mañana. Estamos casi como en el siglo XII, o el XIII, cuando aquello de la Reconquista y estas tierras cambiaban de dueño todos los años y los reyes de León y Castilla las repoblaban con gentes que traían de otras partes para que los musulmanes no volvieran a instalarse en ellas... ¿No os habéis fijado en que no se oye ni un ruido?, y nosotros prestamos oído y tuvimos que convenir en que era verdad porque no se oía nada, sólo algún golpe lejano de vez en cuando, que seguramente era la señora de la casa trajinando, un perro que ladró un par de veces y un coche que pasó a lo lejos, aunque casi ni se le oyó. Sí, no se oye nada, dijo Patricia, como en los lugares encantados, y menos ese rumor que se escucha siempre que estás en una ciudad, todos los coches lejanos y los motores de la civilización..., y allá arriba estarán las estrellas como siempre han estado y a nuestro alrededor los enormes bosques, esos pinares llenos de animales salvajes que llevan viviendo aquí desde el principio de los tiempos..., y ahora, fijaos en esto, y nosotros miramos y Patricia abrió las contraventanas de madera vieja, encendió unas velas que había encima de un mueble y apagó la luz, y entonces, con todas aquellas sombras y luces temblequeantes sí que de verdad me pareció que habíamos retrocedido en el tiempo y estábamos en algún lugar de los que aparecen en los programas de ordenador, en los de misterio..., bueno, y en los libros, para qué voy a decir otra cosa, que son de los pocos sitios en donde uno puede encontrar mundos nuevos, más rodeados por todos aquellos muebles viejísimos, y a través de la ventana, que era muy pequeña, vi que parpadeaban unas luces, esas luces que en la ciudad y entre sus nieblas casi nunca puedes distinguir...
Luego Patricia dijo, niño, ponte mirando a la pared, y yo pregunté, ¿para qué?, y ella dijo, venga, date la vuelta que ahora me toca a mí desvestirme, y yo hice como que hacía lo que me mandaba pero procuré no perder del todo el punto de vista, aunque ella se dio cuenta, claro, y dijo, Pipo, ¿quieres ponerte mirando a la pared?, y no me quedó más remedio que hacerlo, y luego, cuando estábamos los tres en la cama, pasamos horas hablando y riéndonos porque las camas eran rarísimas, muy antiguas y llenas de bultos, y ellas no sé, pero yo, desde luego, estuve la noche entera dando vueltas.
Por la mañana, que estaba todo oscuro, Azucena sí que protestó un poco porque decía que casi no había dormido, pero Patricia le quitó las sábanas y ella, aunque se enfadó y gritó, se tuvo que levantar, más que nada porque sólo tenía puesta una camiseta y unas bragas y decía que yo la miraba, y yo, para hacerla rabiar, me puse a mirarla y ella intentó darme, pero yo me aparté, y entonces, de pura rabia, llamó a Patricia no sé qué y Patricia hizo como que se enfadaba y le mandó que se levantara y se diera prisa, que si no, nos íbamos a perder la procesión, y al final fuimos, ellas bastante serias, que estaba todo nublado y como si fuera a llover. Nos pusimos al borde de una carretera estrecha, sentados en una tapia, aunque cuando aparecieron los primeros nos levantamos y los vimos pasar de pie, y al cabo de un rato desfiló la procesión entera, que era un montón de señores con la cara tapada, vestidos de negro y descalzos, todos con las velas apagadas y humeando porque hacía bastante viento, y entre ellos varios que tocaban el tambor, unos tambores grandes y en los que sólo daban un golpe, ¡pum!, y al cabo de un rato otro, ¡pum!, y luego otra vez, y todos callados y como mirando hacia el suelo y andando muy despacio, y al final, entre varios, traían una cruz de madera que debía de pesar bastante. Todos pasaron por allí, por la carretera, y se perdieron en dirección al pueblo, y nosotros y más gente que había mirando los seguimos y acabamos en una plaza que estaba atestada y en una de cuyas esquinas había una iglesia viejísima con toda la piedra carcomida por el agua –y por el tiempo; eso, y por el tiempo–, y allí se metieron los que pudieron, aunque la mayor parte de la gente se quedó en la calle, nosotros entre ellos, mientras la campana de la iglesia sonaba a cada poco, como antes los tambores, y luego no sé qué ocurrió que salieron todos otra vez y la gente entró en los bares que había por allí y Patricia dijo, bueno, pues habrá que desayunar, ¿no?, y entramos también nosotros en uno que estaba lleno de gente gritando, incluso algunos de los de la procesión, aunque entonces ya no llevaban la cara tapada, y pedimos cola caos y unas galletas muy raras y estuvimos en aquella mesa durante mucho rato mirando lo que sucedía a nuestro alrededor, toda la gente bebiendo copas y hablando en alto, y a Azucena, con lo del cola cao y el griterío, que en vez de las ocho de la mañana parecía que eran las doce, se le pasó todo y dijo a Patricia, oye, perdona, ¿eh?, que es que lo de antes no te lo quería decir..., y luego me miró bastante seria y dijo, y tú cállate, ¿eh?, que no estoy hablando contigo, y yo seguí con mi taza y las galletas e hice como que no la había oído, pero ellas se arreglaron y se pasaron el día entero andando cogidas de la mano, Azucena de lo más cariñosa y haciendo tonterías, que seguramente se había arrepentido de su arrebato y debía de querer hacer méritos, y por la tarde, sin que viniera a cuento, cuando estábamos viendo la puesta de sol en mitad de la llanura infinita y subidos en unas peñas, como ella estaba sentada a mi lado, fue y me dio un beso, yo creo que se lo había dicho Patricia, me cogió por un hombro y me dio un beso en la cara y luego se quedó mirándome mucho rato, seguramente a ver qué decía yo, pero yo no dije nada porque la había entendido de sobra, y es que Azucena es mi hermana, y aunque es bastante bruta, eso me da igual porque es mi hermana.
Luego continuamos aquella excursión tan larga y atravesamos casi todos los pueblos, bosques, páramos y barrancos de Castilla, y cada vez que encontrábamos un pantano o un río Patricia paraba el coche, ¡vaya sitio más bueno...!, e íbamos hasta la orilla, y aunque a veces daba marcha atrás y decía que de bañarse en aquel sitio ni hablar, que nos podíamos ahogar los tres, otras veces, sobre todo en los ríos que tenían piedras en las orillas, decía que sí, y que si no teníamos mucho frío que nos metiéramos en el agua, y una tarde, en un sitio precioso y lleno de arboledas sin fin, al borde de un canal, porque aquello no era un río sino una presa pequeña que había en un canal, Azucena dijo que no le apetecía ponerse el traje de baño y que si se podía bañar así, ¿cómo así?, pues me quito la ropa y con la de debajo..., y Patricia dijo, bueno, si a tu hermano no le importa..., pero a Azucena aquello le daba igual, bueno, si le importa que se fastidie, además, ¡como no hace más que mirar...!, y se quitó las botas, luego los calcetines, luego los pantalones, todo esto haciéndose la desentendida, y luego, ya mirándome, también la camiseta, y aunque me miraba a ver si yo la miraba, me hice el loco y dije, ah, pues yo también, ¿para qué me voy a poner el traje de baño?, total, los calzoncillos son como un bermudas, ¿no?, ¿no qué?, que los calzoncillos son como unos bermudas de esos y a mí me da igual, bueno, pues báñate como quieras, y le dije, ¿y tú?, y entonces Azucena se rió, ¿lo ves?, ¿lo ves?, si es que no quiere más que verte..., pero Patricia dijo, no, yo así, y se quitó la ropa y ella sí que llevaba debajo un traje de baño, y nos metimos en el agua que estaba helada, vamos, estaba congelada y sólo pudimos entrar y salir, pero mientras estuvimos allí vinieron los pájaros a vernos y estuvieron todo el rato saltando y haciendo ruido en los árboles que había encima de nosotros, y luego salimos y Patricia dijo que no nos vistiéramos con la ropa mojada, que nos la quitáramos y nos pusiéramos la que traíamos, y Azucena le dijo, ¿pero así, sin nada debajo?, sí, qué más da, ahora te secas, y luego, cuando vayamos al hotel, te duchas y te vuelves a poner a tu gusto, ¡ya, pero es que no me voy a desnudar delante de éste...!, y Patricia dijo, no, delante no, os volvéis de espaldas y así ninguno ve al otro, ¡venga, niños!, que os vais a quedar helados, y de aquella manera fue la cosa. Azucena se volvió a encasquetar los vaqueros y el jersey grandísimo y dijo que iba a ir siempre vestida así, sin nada debajo, que era mucho mejor, y como tenía el pelo mojado hasta yo la encontré bien, el día que digo estaba más guapa que en otras ocasiones, cuando se maqueaba y pintaba para ir a la discoteca, aunque fuera poco.
Aquellos días fueron fantásticos, todo el tiempo de pueblo en pueblo y parando en todas partes, recorriendo calles y plazas y castillos y ruinas sin parar y Patricia haciendo fotos de todo lo que veía, algunas veces con nosotros delante y otras sólo el paisaje, comiendo sopas gordísimas y una cantidad de carne como nunca habíamos comido, sobre todo cordero churruscante, que era lo que más me gustaba, y también chuletas enormes, pero es que aquella carne era de la buena porque alrededor de nosotros todo eran mieses y relucientes campos con rebaños de vacas, y hasta Azucena, que al principio no quería venir, cuando el domingo por la mañana Patricia dijo que teníamos que volver a casa, contestó que no le apetecía nada y que prefería quedarse a vivir por allí, y entonces Patricia le dijo, oye, ¿y tu ropa?, porque estarás deseando cambiarte y ponerte algo más elegante, ¿no?, y Azucena dijo que no, que no le importaba nada y que prefería estar así vestida, con las botas y los pantalones vaqueros y el jersey grandísimo, que se estaba muy bien, y luego añadió, ¡jo!, es que ahora..., otra vez, volver a la ciudad, y a casa..., y Patricia movió los hombros, ¿qué pasa?, nada, que se está muy bien aquí, y se puso medio ñoña, se agarró a Patricia y le dijo, oye, ¿para qué vamos a volver?, nos podemos quedar unos días más, ¿no...?, ¡anda, llama a mamá y se lo dices!, pero Patricia dijo que ni hablar, ¡niña, que tienes que ir al colegio!, y tu hermano también..., ¡qué más quisiera yo que quedarme!, pero no puede ser..., y además, ¿no decías que no te gustaba esto y que era una pesadez?, y Azucena tuvo que reconocer que lo había pasado muy bien. Bueno, pero volvemos a la noche, ¿eh?, que hasta la noche aún podemos ir a algún sitio y comer en un bar de esos..., ¿de cuáles?, pues de esos de los pueblos, que la comida de aquí está buenísima, y Patricia se reía aún más, ¡pero, niña!, ¿se te han olvidado ya las pizzas...?

miércoles, 29 de febrero de 2012

Nuevo libro llamado "Ojos azules"



Me he sacado de la manga un nuevo libro, que no es mala manera de comenzar un nuevo año. En realidad no es que me lo haya sacado de la manga, sino que he dedicado el 2011 entero a escribirlo.
Por sus páginas desfilan flores, omómidos, australopitecos, neandertales (hasta aquí antecesores de las personas), nómadas, agricultores, guerreros, fenicios, romanos, bárbaros, clérigos y nobles, piratas en Tierra Firme, venecianos dieciochescos, especímenes del Homo ludens y androides, y cada uno de ellos cuenta su particular aventura..., o lo que es lo mismo, es un libro compuesto de episodios en el que, a muy grandes rasgos, se describe la evolución de nuestra especie.
Al principio se llamaba Eslabones de una cadena, y poco después Cómo hemos llegado hasta aquí (dado que es una sucesión de aventuras, también lo podría haber titulado Cuadros de una exposición), pero como todo lo anterior me parecía muy complicado y lo que engarza las diversas historietas es el hecho (esto son las leyes de Mendel) de que sus protagonistas, que descienden unos de otros, tienen los ojos azules, al final (un mes antes de acabar) le cambié el nombre y con ese (Ojos azules) se ha quedado.
Aquí debajo pongo un par de páginas del texto. Es el final de la aventura de los australopitecos, famélicos seres que, hace cinco millones de años y en las orillas de un lago, andan buscando cualquier cosa que les sirva de merienda.

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Australopitecos en las orillas de un lago (final)

[...]
A media tarde, cuando los rayos del sol declinan hacia el ocaso y el tropel de desconfiados seres comienza a preludiar la retirada hacia los cuarteles nocturnos, un nuevo golpe de suerte que completará tan provechosa jornada surge inopinado ante sus ojos. En el embarrado fondo de una de las angosturas que festonean las aguas lacustres se muestra, descarado y reciente, un sucio y monstruoso nido semejante al que acaban de devastar. Sin embargo, algo retiene a aquellos seres famélicos, que lo contemplan indecisos desde las peñas que circundan el lugar. Debajo de ellos reposa el deseado trofeo blanco y oval, inmóvil, a su inmediato alcance, pero ninguno se atreve a dar el primer paso y ventean el aire como si temieran una asechanza. Dudan, y alternativamente dirigen su mirada hacia el nido y el cielo, pero es tal su privación que al fin uno de ellos, seguramente el más hambriento, harto a regañadientes se descuelga por las rocas hasta casi rozar la charca, y alargando uno de los brazos intenta alcanzar el huevo más próximo. No lo consigue, y tras contemplarlo frunciendo los ojos y torciendo la cabeza repetidamente, regresa con prisa junto a sus expectantes compañeros en lo alto de la peña.
Es entonces el joven de pelo rizado quien toma la iniciativa. Resoplando con vigor desciende por la pared de piedra hasta el fondo del embudo y se arroja de pie a la poza. Allí mantiene precariamente el equilibrio, pero ahora los huevos están a su alcance, y tomando el más cercano hinca en la cáscara los dientes con avidez. Desde su interior se derrama la apetecida sustancia, cuya mayor parte cae sobre el agua cenagosa, y él levanta la vista hacia los demás, que le contemplan anhelantes, con un malicioso ademán de triunfo..., pero he aquí que la naturaleza, tan generosa en ocasiones, se muestra pérfida y cruel en otras, y nuestro personaje –héroe de aquel día, que dijimos– siente de improviso cómo bajo sus pies se descubre una oculta y quién sabe cuán profunda sima...
–El suelo no existe –piensa entre nieblas–, sino sólo la amarillenta sustancia capaz de saciarme. Es hora de absorber los dones que a costa de sudor y lágrimas de sangre encontramos los más fuertes, los más capaces...
Sus pies se hunden imperceptiblemente en el viscoso asiento, y mientras toma con avaricia otro de los huevos y lo tritura ruidosa y apresuradamente, algunos de quienes desde arriba le observan comienzan a darse cuenta de que algo no va bien. La inmovilidad los atenaza, y sus bocas permanecen abiertas por el asombro, pero de ellas sólo brotan apagados estertores en los que puede advertirse la alarma.
Un significativo burbujear surge de la laguna, y quien se deleita engullendo con regodeo la amarillenta y monstruosa yema se tambalea hasta casi perder el equilibrio, aunque se rehace, y con gesto feroz toma un nuevo huevo y lo levanta hacia el cielo. Luego, mientras se hunde en la ciénaga hasta las rodillas, lo estrella con rabia contra su cabeza dejando que los líquidos que contiene le chorreen cuerpo abajo, y al fin, tras soportar impávido y atragantado la avalancha, emite un ruido agudo y discordante que recuerda a la estúpida risa de los borrachos.
Los que observan la escena, antes envidiosos pero ahora enmudecidos, rebullen a cada momento más inquietos, y luego, como obedeciendo a una señal, prorrumpen en un coro de gritos desesperados que presagian la catástrofe final.
Ya el agua polvorienta llega hasta la cintura de quien en ella está sumergido, pero nuestro personaje ha entrado en un rapto de enajenación que le impide darse cuenta de lo que sucede. Arrebatado por una emoción difícil de definir, y ofuscados sus sentidos ante los elementos que le aferran, encadena histéricos e irracionales movimientos que recrudecen su comprometida situación, pues atiborrado por el hartazgo de la deseada sustancia, atropelladamente destroza los huevos acompañado de mayúsculo desenfreno, y mientras vociferando los tritura y disemina la sustancia en las aguas, otros se los arroja por encima y deja que el contenido se derrame sobre sus hirsutas y ensortijadas greñas. Su cuerpo se hunde a cada nuevo golpe en el charco de barro que parece absorberlo, y pronto no es sino la cabeza y los hombros y los brazos alzados al cielo lo que sobresale de la marisma.
Es aquella escena de gran confusión, y a la vez que el accidentado se debate desesperada e inútilmente, los espectadores se encogen y ni por asomo se les ocurre prestarle la necesaria ayuda, y mientras unos descienden de la peña por la parte trasera y clamando como energúmenos se internan en la espesura, otros se agrupan sobre ella y desde allí contemplan huraños y retraídos el último acto del infausto y disparatado drama.
Al final, entre burbujas y espumarajos desaparece en el barro la última mano gesticulante manchada de yema y sólo quedan delatoras trazas de color amarillo que flotan durante unos instantes sobre el agua turbia, y quienes desde la peña aún observan lo sucedido, olvidados al instante de la tragedia que se ha abatido sobre ellos gruñen de nuevo descontentos y con avidez, pues evocan con precisión las extraordinarias cualidades de la sustancia que irremediablemente se pierde.
Poco a poco se apartan y descienden de la piedra por lugar seguro, y volviendo repetidamente la mirada atrás regresan hacia el bosque, en cuyas fragosidades se encuentra el cubil que frecuentan durante aquellas noches, y cuando el último de los errantes y cariacontecidos seres desaparece entre la fronda, sólo queda el escenario silencioso, las lejanas y traidoras aguas del lago y sus orillas cenagosas, el aún burbujeante charco de barro, la selvática espesura y los pájaros que a todas horas revolotean sobre ella; la naturaleza indiferente, en suma, que nunca cesa en su eterno manifestarse, y es tal la quietud del paisaje, y su inalterable monotonía, que de verdad parece que nada ha sucedido.

viernes, 17 de junio de 2011

La fortaleza califal de Gormaz



Esto era, probablemente, lo que veían las avanzadas de las huestes castellanas cuando se aproximaban a la fortaleza califal de Gormaz, uno de los castillos más interesantes que hay en España. Y todo lleno de amapolas, además... Seguro que alguna de ellas es una Papáver somniferum, esa especie tan solicitada. Habría que decir que el opio castellano, como dice el protagonista de una de mis novelas (no un yonqui, sino un niño diablo, un hijo de un cometa y un lobo solitario )...
-¿Cómo dice...?
-¡Ah, sí! Pues dice,

(Téngase en cuenta que esto sucede a principios del siglo XIX, alrededor de la cama de un herido y en la recién liberada [de los ocupantes franceses] plaza de Ciudad Rodrigo, texto que está en la "Era de las máquinas", tercer libro de las memorias de Juan Evangelista).
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    La voz blanca simuló no hacerme caso y continuó con su letanía.
    -Hace trescientos años, cuando los barcos portugueses iban a traficar a Oriente, como moneda de cambio no llevaban dineros de una u otra nación, no, que allí no les interesaba el metal acuñado en lugares tan lejanos, sino una mercancía infinitamente más preciosa, y esta mercancía, ¿sabe Su Ilustrísima cuál era? Pues yo se lo diré, que era opio castellano, la emanación de las majestuosas Papáver somniferum que en sus llanuras crecen, la mejor y más poderosa variedad del planeta.
    -¡Opio castellano...! -dijo con admiración Mendoza, el maestro y constructor de vías de comunicación, que sin duda conocía aquel asunto.
    -Sí, opio castellano -continuó la voz-, preciosa materia prima de mis experimentos. Yo vivo para rescatar a los soldados de su dolor, ya sean ingleses, españoles, franceses...
    -¿Franceses? -dijo Juan Amadeo, el primero de mis hijos peruanos, que de alguna forma había conseguido colarse también en aquella habitación-. La canalla no merece estos cuidados, y son sus ínfulas imperiales quienes les han colocado en tales circunstancias.
    -¿Sus ínfulas imperiales? -terció la criada de la princesa, que aún seguía allí-. De ninguna manera se puede hablar de un pueblo que elige su Destino, sino de las decisiones de quien les gobierna. ¡Nadie, excepto los muy locos, van a la guerra con entusiasmo, sino que son arrastrados a ella por los poderosos y la amenaza de sus represalias!
    Hubo un hondo silencio, y cuando creí que se había disuelto aquella tertulia que tan inopinadamente se había formado alrededor de mi cama, la voz, la voz cristalina que yo no sabía de quién era, dijo,
    -Sí, así es, y aún añadiremos otras cosas, porque parece que Su Señoría cree que la Revolución Francesa fue la más importante de las revoluciones, pero en ello se equivoca, pues, ¿no es preferible para el pueblo, que todo lo paga con sudor y sangre, la Revolución comercial que al compás de los tiempos y merced a sus barcos han puesto a punto los atrasados e incultos ingleses? Piénselo. Esa revolución hará crecer la riqueza de las naciones, no solamente la de las clases privilegiadas, como siempre sucedió hasta ahora, y todos participaremos de ella. Uno de sus frutos es este reciente producto, esta decantación milagrosa de los principios activos de la planta que nos ocupa y que desde los laboratorios de Inglaterra han hecho llegar a mis manos, la panacea con la que siempre hemos soñado quienes batallamos para que decaiga el dolor que asola el Universo..., y a ti te aliviará mejor que los remedios antiguos, la endemoniada Datura stramonium o los inanes cocimientos de cresta de gallo.
    Una mano muy fría pasó de nuevo por mi frente.
    -Tu cabeza, por otra parte, ni siquiera se rompió del todo; la tienes muy dura .
    Hubo una pausa durante la que ella, como buena mujer, fuera la que fuera, arregló los embozos de mis sábanas, y al fin, contemplando su obra, dijo,
    -Yo no soy esa Marifló por la que suspiras, sino miss Gold, ayudante de farmacia del ejército inglés, que me admitió por mis méritos..., aunque tú puedes llamarme Alessandra.
    Yo abrí los ojos y miré a aquella chica rubia que no era Marifló, aunque quizá fuera una de las criadas de la princesa.  
  -¿Cómo se llama? -dije débilmente, y ella me contempló con sorpresa.
   -¿Como se llama quién?
    Yo dudé.
    -Esa panacea maravillosa de que hablabas...
    -Se llama morfina.
    -¡Ah...!
    ... y volví a mi ya largo sopor, en el que permanecí un cuantioso tiempo que no podría precisar.
    Luego, cuando desperté de aquel sueño inacabable y creí que en seguida podría abandonar el lecho, me encontré con que no podía ni tomar la cuchara que me ofrecían, tal era mi debilidad. No podía ni incorporarme, casi ni abrir la boca, de forma que era alimentado con lo que parecían purés y otras preparaciones cremosas. Eran mujeres quienes me atendían, y algunas de ellas fueron quienes me contaron lo que había olvidado.
    -¿Dónde estoy? -pregunté en una ocasión a dos muchachas, casi niñas, que barrían mi habitación haciendo muchísimo ruido.
    -¡Anda éste..., qué cosas dice! -dijo una de ellas mirándome pasmada, y muertas de risa salieron corriendo de la estancia.
    Una señora mayor que vi después, no obstante, accedió a informarme sobre algunos extremos, pero sospecho que ella no sabía mucho más que yo.
    -¿Dónde está la chica?
    La señora me contempló maternalmente.
    -¿Qué chica?
    -Esa chica rubia que a veces viene a verme. ¿Es de veras Marifló?
   ... y ella no contestó a mi pregunta, pero se irguió y dijo,
    -Descanse. Descanse y no hable -y salió.

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El que quiera enterarse del conjunto de la historia, que vaya a este enlace: