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miércoles, 12 de mayo de 2010

Una botella en el océano

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Todo el mundo ha oído hablar de botellas en el océano. Unos las arrojan y otros las encuentran. Es lo mismo, o tan improbable una cosa como la otra, porque hoy en día poca gente tira botellas al mar, y no digo nada de los que casualmente se topan con ellas, que se pueden contar con los dedos de la mano... Esto serviría como metáfora de lo que sucede en internet con las cosas que escribe la gente (los pocos que ponemos algo aquí, que los demás se limitan a chupar rueda), y es que navegan en un océano tan enorme que encontrarlas es parecido a lo de la aguja en el pajar.
Bueno, pues el caso es que yo he escrito acerca de ambas situaciones, las dos veces en la misma novela ("Europa barroca"), y para que veáis que no me tiro faroles, ahí van los trozos a los que me refiero:


Cuando alguien las arroja (página 363 de Europa barroca):

Sandy y yo tuvimos una temporada, una temporada cortita, de rollo macabeo, de rollo patatero, ¿qué íbamos a tener?, yo le llevaba casi veinte años... Sandy vivía en su casa de siempre, con Claudia y Pedro, pero tenía otra alquilada, un ático viejo en un tejado que daba a un patio, y fuimos allí a veces. Tal y como quería le hice un montón de fotos, fotos caminando por la calle, fotos en las mesas de los bares, fotos al lado del mar una vez que hicimos una excursión hasta un lugar desde el que, aunque lejos, se veía África, una excursión que duró varios días y en la que lanzamos al mar un mensaje en una botella. Esto era algo de lo que habíamos hablado cuando era pequeña pero nunca habíamos llevado a cabo.
–¿Quieres que lo hagamos ahora?
–¡Huy, sí!
–Bueno, pero ¿cuál va a ser el mensaje?, ¿qué vamos a escribir...? Escribe tú algo, que ya eres mayor.
Sandy lo estuvo pensando durante una mañana tumbada en una playa de piedras, y luego, tras buscar un papel marrón que parecía antiguo, con un pincel y su fantástica letra, toda llena de adornos y jeribeques, escribió,

¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,
reputándolo yo por desvarío,
vi mi mal entre sueños, desdichado!
Soñaba que en el tiempo del estío
llevaba, por pasar allí la siesta,
a beber en el Tajo mi ganado;
y después de llegado,
sin saber de cuál arte,
por desusada parte
y por nuevo camino el agua se iba;
ardiendo yo con la calor de estiva,
el curso, enajenado, iba siguiendo
del agua fugitiva.


Sandy me miraba ávidamente.
–¿Te gusta? ¿Tú crees que sirve...?
Yo me quedé por completo ensimismado. Cuando lo leí estaba sentado en una terraza mirando al mar solitario, y de repente me encontré totalmente distendido, como si me hubiera enchufado al bálsamo de las huríes... Siempre he tenido mucho miedo a la magia propia de las mujeres, de forma que la miré, me reí y le dije,
–Tú me quieres liar.
Sandy me miró también; mejor dicho, se me arrimó.
–¿Sabes de quién es?
Yo contesté,
–Sí... Bueno, de alguien del Siglo de Oro.
A Sandy no le costó nada decirlo, y lo dijo como hay que decir estas cosas.
–En realidad lo he escrito para ti. ¡Tú eres el del agua fugitiva! ¡Y el que ve su mal entre sueños, desdichado!
A mí me dio la risa. Sandy era una verdadera artista, todas sus manifestaciones lo eran.
–Hija mía, haz algo mal, que no quiero enamorarme de ti.
Sandy se apoyó aún más.
–¿Ah, no? ¿Y yo qué...? Cuando era pequeña estaba enamorada de ti, y no me hiciste ningún caso.
–Ja, ja... ¡Pero tú eras una niña!, y las niñas...
Sandy me agarró de un brazo.
–¿Quieres saber quién eras tú? Cuando yo era pequeña, tú eras el demonio. Tú eras un tío que, cuando te cortaban el pelo, a los pocos días ya volvías a tenerlo todo disparado; te salían rabos por todas partes, igual que a los demonios en los cuadros del Bosco... ¡Esa era una facultad tuya diabólica!
Allí, en la hamaca, al final, medio agarrados, le dije,
–Oye, vamos a portarnos bien, ¿verdad?
Conseguimos una botella vieja, una botella buenísima y de cristal gordo, encerramos dentro aquel poético pergamino que glosaba las asechanzas del maligno, la cerramos con un corcho que casi no cabía y nos costó mucho meter, y la lanzamos al mar desde la orilla de la playa.
–¿Qué pensará el que la encuentre?
–¿Tú crees que la encontrará alguien?
–A lo mejor... O a lo mejor un pez martillo rompe el cristal y el papel es recogido por una sirena...
Todo esto sucedió al atardecer, sentados en una duna, mirándonos de reojo y cogidos de la mano, mirándonos incluso demasiado...
Al fin, ¿quieren saber ustedes cómo se resolvió aquella azarosa y volandera relación? Muy sencillo: Sandy, que era muy lista, tenía una amiga en California, y resultó que se casó de repente, o sea, que desapareció de la noche a la mañana; Sandy, fue Sandy la que desapareció de mi vida, y su amiga la que se casó. Tardó cerca de un mes en volver –un mes en el que me sorprendí comiéndome ligeramente los puños y mirando por la ventana, buscándola...–, y cuando volvió, un día en que me la encontré en su casa, la de Claudia, sonriente como ella era me dijo, oye, ¿sabes que mañana me voy?, ¿adónde, mujer?, a Noruega; ¡fíjate!, ¡vamos a hacer cabañas de troncos!, y de aquel viaje tardó tres meses en volver. Bueno, yo la entendí perfectamente, y lo de los puños se me pasó en seguida. Sandy siempre fue un modelo de discreción y buen hacer, siempre fue una niña buenísima.


Cuando alguien las encuentra (pagina 591):

María, mimada por sus padres, creció como crecen todos los seres vivos, y una tarde en que habíamos ido a dar nuestro vespertino paseo, una tarde cualquiera en que, haciendo tiempo para contemplar la imaginable puesta de sol transitábamos por la interminable playa que había frente a nuestra casa, encontramos una botella tirada en la arena. La botella era verde y oscura, pequeña y gruesa, vieja y pulida, y tenía un tapón de corcho, un tapón muy bueno, porque seguramente había resistido tempestades y turbonadas. La botella había llegado conducida por las olas, y tras rodar por la playa se había quedado milagrosamente frenada en el lugar más visible por la presencia de una piedra oportuna. María, que más que pasear, correteaba, fue hasta ella y se agachó a mirarla. Yo llegué a su lado, me agaché a mi vez y allí permanecimos los dos un rato, contemplándola sin saber qué decir.
–Tiene dentro un papel... ¿Tú crees que estará escrito? ¡Mira que si es un papel en blanco!
María me miraba ansiosamente sin atreverse a tocarla, pero yo la cogí y dije,
–Ven, vamos a abrirla –y fuimos hasta la duna y nos sentamos en su falda.
Me costó sacar el corcho, para lo que tuve que utilizar una herramienta que llevaba en el bolsillo, pero al final la destripamos sin romperla.
–¿Y ahora qué?
En su interior, doblada y húmeda, había una inconfundible hoja de amarillento papel.
–Sácala –y María, con los nervios a flor de piel, la sacó y me la dio.
Con toda la prosopopeya de que fui capaz, y muchísimo cuidado de no romperla, la desplegué y la miramos. Desde el ángulo superior izquierdo, una nereida dibujada por algún artista, una nereida burbujeante y muy finamente trazada con tinta que seguramente era china, nos contó un cuento de nereidas redactado en un idioma muy sencillo, tan fácil que hasta yo pude leerlo de corrido.
«A quien pueda interesar este mensaje escrito en papel de algas por una nereida del Mar de India. Aquí estoy con mis compañeras. Nuestro atolón no viene en las cartas, pero eso no importa; es un arrecife carmesí rodeado por lobos marinos que son nuestros amigos, que nadie tema nada. El Firmamento nos observa y atentamente escucha nuestros cantos, los cantos de las nereidas del Mar de India. A vosotros que me habéis encontrado, os pregunto: ¿tenéis vosotros también un sátrapa? El sátrapa es a quien hay que temer. Es un patricio gordo, sí, un patricio entrado en años, de escaso pelo blanco y túnica palmada. Estos eran personajes muy importantes durante el Imperio Romano; quienes fabricaban las armas, todo el armamento que utilizaban las legiones romanas, que eran muchas y nutridas. El patricio está recostado en un triclinio, y a su alrededor varias diminutas cortesanas le rendimos pleitesía. El patricio, que es gigantesco comparado con su entorno, y gordo y calvo, está a punto de comerse un bocadito. El bocadito es un ser humano convenientemente churruscado del tamaño de las cortesanas, del tamaño de nosotras mismas: este es nuestro sátrapa, y sólo come bocados escogidos. A veces se siente magnánimo y se nutre a base de cabras y niños diminutos, pero cuando se le va quedando caducada la munición, se molesta y suele llevarse a la boca el cadáver, convenientemente preparado, de una de nosotras; para eso es quien fabrica las armas...»
Llegado a este punto miré al horizonte marino, en donde con gran derroche de colores se ocultaba el sol, y tras dudarlo, dije,
–Una vez hice algo de esto con Sandy. ¿Alguien lo encontraría...? Nuestro mensaje era aún más raro que este. Sucedió hace mucho tiempo y también estábamos en una playa, y se ponía el sol. Fuimos hasta la orilla con otro enigmático papel metido dentro de una botella parecida a la que hemos encontrado –lo escribió ella con su fantástica letra–, y lo lanzamos al mar abierto lo más lejos que pudimos. Luego se perdió en lontananza y nos estuvimos mirando a los ojos. ¡Hija, qué tiempos aquellos...! ¿Tú no sabes quién era Sandy? Pues Sandy no era, que es tu seudoprima y anda por ahí con sus estudios a cuestas. Sandy la etimóloga y Sandy la polígrafa...
»Sí, en esta familia, que es la tuya, a las mujeres les ha dado por estudiar y a lo mejor a ti te sucede lo mismo. Por si acaso ya sabes leer, y dentro de poco aprenderás a escribir, que no conviene dejar pasar el tiempo en balde. La negra, tu madre, me dice que no te maree, ¿no crees que es muy pequeña?, y yo le digo, no, no lo creo, para la ilustración nunca es temprano, y más valdría que, paralelamente, tú le enseñaras a leer en inglés; los niños tienen ansia de aprender, y si tienen alguien que los contemple, les haga caso y les enseñe... Eso fue lo que Claudia y el jefe hicieron conmigo, y no es difícil; basta con adornarse y disfrazarlo de cuento de hadas.
Además, yo, al propio tiempo, le he enseñado a leer música, lo que tampoco es difícil porque la música es un lenguaje más, otro lenguaje con sus reglas y signos. Con el mismo esfuerzo que se aprenden las letras, y para un niño esto no es un esfuerzo insuperable, se pueden aprender las notas musicales. A, e, i, o, u ó do, re, mi, fa, sol, ¿qué más da...? Si lo hubieran hecho conmigo no me hubiera costado tanto aprenderlo de mayor. Además, estos idiomas son intercambiables y se puede jugar a las traducciones.
–¿Be a ce hache? Pues... –y María me miraba asombrada.
–¿Qué es hache?
–La siguiente a la ge.
–¡Ah, sí! ¿Es esta? –y golpeaba con saña el si de la octava superior; lo hacía en el piano, entendámonos, y sentada encima de mí, y yo le decía,
–Sí, esa es. Toca be a ce hache –y María, con la envidiable soltura de quien ha aprendido de muy pequeña, tocaba be a ce hache, be a ce hache, be a ce hache...
–¿Te suena a algo?
María volvía a tocarlo y decía,
–No... Bueno, sí... ¿A la música de las estrellas? –porque yo le había compuesto, naturalmente fusilándolas de los maestros, una serie de piezas a su alcance.
Las escribimos en un auténtico cuaderno de papel pautado, en la tapa caligrafiamos, «Música del cielo estrellado», y ella lo iluminó, según su recto entender, con lápices de colores. Allí se hablaba de la música de Orión, de la música del Centauro, de la música de Casiopea, de la música de los Planetas y de la de los Cúmulos Estelares... ¿Quieren ustedes oír más? Pues también estaba la Música de la Galaxia del Remolino, que era mi preferida y estaba basada, lógicamente, en un coral de Bach endiabladamente difícil. Ella, mi niña, aun antes de aprender a escribir, juntaba las manos y tocaba el acompañamiento tan pronto con la izquierda como con la derecha. Yo me quedaba embobado, pero ya se sabe que las niñas...
Cuando miré, por ver el efecto que todas aquellas solemnes palabras le habían causado, me encontré con que se había quedado dormida apoyada en la pared de la duna y el dedo gordo metido en la boca, su embetunado aspecto, su incipiente coleta, sus gafas y su parche de pirata, y tal era su expresión de placidez que no me atreví a interrumpir mi arenga. Antes bien añadí,
–Además, ya lo dice la canción: una voz bella quién la tuviera para cantarte toda la vida, pero mi estrella me dio este acento y así te canto, niña querida... –y acto seguido, procurando que no se despertara, la levanté en vilo, y con ella en brazos y nuestro fabuloso tesoro en el bolsillo, la botella verde conteniendo la fábula del sátrapa armamentista de las nereidas, tomé el camino de casa.
Sí, mucha gente lanza mensajes a la inmensidad marina, y otra mucha acaba encontrándolos en una playa desnuda y se vuelve a casa pensándolo. Yo, por si acaso, por si aquel fuera alguna suerte de mensaje cósmico, coloqué la botella, con el mensaje en su interior, en una vitrina en la que conservaba algunos fetiches: dos antiguas máquinas de fotos que me habían hecho harta compañía, una maqueta de nuestro barco, una navaja que tenía cuatrocientos años y varios objetos más de este jaez. Aquella fue una tarde enriquecedora, porque estas no son cosas que sucedan todos los días.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Vídeo clip sobre "Europa barroca"

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He hecho una peliculita (más bien un vídeo clip) en la que se intenta describir cómo es esa novela de la que he puesto algunos trozos en este blog: "Europa barroca".
Es muy corta, y para verla no hay más que ir al siguiente enlace:

lunes, 16 de marzo de 2009

A mí no me desvirgó mi padre...

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Fragmento de la novela denominada "La efímera vida de Nastasia". El texto que va a continuación ha sido muy celebrado (tiene gracia) por los lectores de blogs, muchos de los cuales andan buscando términos como "desvirgar" y otros por el estilo. Bueno, pues que nadie se frote las manos, que aquí no hay nada verde, sino un trozo de una historia real como la vida misma.

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A mí no me desvirgó mi padre... 
¿Ya dije que a mí no me desvirgó mi padre porque no le dejó mi madre? Bueno, pues si no lo dije antes, lo digo ahora: a mí no me desvirgó mi padre porque no le dejó mi madre, que si no..., porque él lo intentó, bien lo sabe Dios, o lo medio intentó, pero una vez más mi ángel guardián, o sea, mi madre, apareció en el momento oportuno y le chafó la operación. Además, aquello fue con premeditación, porque aunque el día en que sucedió estaba borracho, llevaba tiempo pensándolo, eso lo sé seguro, y con nocturnidad, y de la alevosía no voy a decir nada porque no estoy segura de lo que significa, pero seguramente también; allí concurrió todo.
Era por la noche, como a las diez, y yo estaba a punto de meterme en la ducha cuando se oyó la puerta de la calle, mi padre, evidentemente, porque mi madre solía cerrar de otra forma, y luego unos pasos misteriosos, unos pasos raros... Yo pensé que a lo mejor había entrado alguien y abrí un poco, lo justo para mirar, con tan mala suerte que en aquel momento él pasaba por allí tambaleándose. Mejor dicho, él estaba ante la puerta con una expresión rarísima, una expresión que nunca le había visto. Venía como una cuba, y aunque solía beber bastante, cubatas y todo eso, no era de los que se les nota. Sin embargo, aquella vez fue diferente. Me miró de medio lado, empujó la puerta de un manotazo, la abrió del todo y, balbuceando con una extraña y aguardentosa voz, me dijo, a ver..., qué estás haciendo... Se vino hasta mí con rápidos pasos, me agarró por una muñeca, y yo, pasmada, intenté soltarme, pero con tan mala suerte que lo único que conseguí fue que me retorciera el brazo.
–¡Ayyy...! –chillé–, ¿qué haces...? –pero el no me soltó, todo lo contrario.
De repente me encontré cara a la pared e inmovilizada y sólo tuve un segundo para pensarlo, porque, acto seguido y antes de que pudiera hacer o decir nada, con la mano que le quedaba libre me bajó de un tirón las bragas por detrás, no digo más. Yo me quedé tan sorprendida que pegué un grito. Intenté volverme, o sea, darme media vuelta, pero él no me dejó. Como me tenía agarrada por la muñeca sólo pude darme un cuarto de vuelta y forcejear, y él gritó, ¡estate quieta...!, y con las mismas me dio un azote bastante fuerte en todo el culo.
Yo me quedé helada; vamos, que me quedé paralizada. En la vida me había sucedido algo semejante, y mucho menos con mi padre. De acuerdo en que él era una bestia, y se comportaba conmigo de la forma más grosera posible, pero aquello era distinto. Estaba fuera de sí y había perdido por completo el control, bastaba con verle. No podía ni articular y se tambaleaba, y además me echó una mano al cuello, me agarró con fuerza por el cuello, por detrás, y me hizo daño, tanto que chillé histéricamente, ¡ayyy...!, ¡suéltame...!, pero claro, entre unas cosas y otras resulta que yo estaba pegada a él, y al apoyarse noté en el sitio justo..., ¿se imaginan ustedes lo que noté? Pues sí, eso fue. Entonces creí llegada mi última hora y me dije, las tijeras de las uñas, ¿dónde están las tijeras de las uñas?, porque las tijeras de las uñas eran unas tijeras curvas que conocía desde que nací, unas tijeras pequeñitas y medio oxidadas que siempre estaban en un cestito en una de las baldas, lo que seguramente sucede en muchas casas. También había unas limas y otros adminículos para estos menesteres, todos muy viejos, pero a mi cabeza vinieron las tijeras, las tijeras curvas, las tijeras curvas y como muy a propósito para metérselas a alguien sabe Dios por dónde, por donde pudiera... Sin embargo, era tal mi ofuscamiento que aquella idea, tal como me vino, se fue. Ni me atreví ni me dio tiempo a hacer nada. Yo sólo quería salir de aquella marea ascendente que amenazaba con ahogarme y empecé a dar tirones y a contorsionarme, y como el suelo estaba mojado, me caí, y él encima. Ya no digo que se tirara, no, pero era tal la confusión que se cayó, y claro, como el cuarto de baño era pequeño, se me cayó encima. Sin embargo, yo había conseguido soltarme y me puse a manotear sin saber ni lo que hacía...
La situación era desesperada, calculen ustedes. Yo allí, tirada por el suelo y con el culo al aire, forcejeando, pataleando y chillando como una condenada. ¡La ola gigante me había alcanzado, una de esas olas gigantes y asesinas...! Cuando viene la ola no se puede hacer nada, sólo encaramarte al lugar más alto que tengas a mano, y si tienes suerte la ola pasa por debajo y ni te toca. Si tienes una montaña cerca, lo mejor es subir a ella; lo más seguro es que hasta allí no sea capaz de llegar la ola gigante y asesina... Yo tenía que subir a algún lado, sí, pero en mi ofuscamiento no sabía cómo hacerlo..., y entonces, de repente, se oyeron nuevos ruidos.
Se oyó la puerta de la calle cerrarse y otros ruidos por el pasillo, pasos acelerados que culminaron con la entrada de mi madre en donde estábamos. Entonces los gritos se redoblaron, y aunque yo, desde mi nube, no entendí casi nada de lo que se dijo, dos palabras sí se quedaron por allí flotando como si rebotaran en las paredes. Estas dos palabras eran, hijoputa y niña.
–¡Hijoputa!, ¡niña...!, ¡hijoputa!, ¡niña...! –era como si tuvieran eco.
Luego abrí los ojos y vi la cara de mi padre que, histéricamente y como si le estuvieran haciendo mucho daño, se retiraba de mí, se elevaba, se alejaba..., porque mi madre le había agarrado por los pelos y le estaba levantando a pulso, o a tirones, y que te levanten por los pelos a tirones, más estando borracho y babeando, no debe de ser una situación envidiable. Total, que le debió de hacer tanto daño, o que se le revolvieron las tripas aún más de lo que ya las traía revueltas, que, ¡plas!, soltó una vomitona monumental que me cayó encima entera, un poco en la cara pero casi todo lo demás en el cuello y zonas colindantes, y de allí se escurrió al suelo. Yo solté un berrido como no oyeran los siglos. Cerré los ojos y la marea de antes me cubrió por completo, aquella vez sí que casi me ahogo.
Yo tosí, escupí, rugí..., ¿qué más podría decir...? Los líquidos de mi cuerpo se convulsionaron de tal manera que me pareció que me hinchaba y elevaba... Sin embargo, el que se elevaba era él. Hacia allá arriba se iba su cara descompuesta, su cara irreconocible. Se levantaba más y más y yo pude al fin respirar, pero no sin tan mala fortuna que tragara alguna de aquellas miasmas que sobre mí había arrojado, y que me supieran a rayos, de suerte que, aterrorizada, me incorporé demasiado deprisa y me golpeé con el canto del lavabo, que por allí cerca me aguardaba, quedándome por un momento aturdida y confusa.
Luego se oyeron más golpes, portazos, gritos lejanos, en fin, todo lo que a ustedes se les ocurra, y al cabo de un momento entró mi madre muy apresurada en el baño, en donde yo, balbuceando, moqueando y tosiendo como si me ahogara, intentaba vanamente ponerme del todo en pie, pero ella me ayudó y me dijo,
–Métete a la ducha, venga –y cuando lo conseguí me regó de arriba abajo.
El agua debía de estar fría, pero de eso no me di cuenta. Yo noté el agua que me quitaba la mierda, que se la llevaba hasta el desagüe, y por un momento estuve quieta, aunque balbuciente...
Pocas veces había oído chillar a mi madre, que habitualmente se comportaba de la manera más exquisita, incluso en situaciones que no lo merecían, pero aquella vez lo hizo por todas las anteriores, y es que las circunstancias no eran para menos.
Yo había oído un berrido que no comprendí, vamos, sí, entendí dos palabras, hijoputa y niña, y lo demás lo supongo. Luego asistí a un terremoto del que no salí descalabrada por pura casualidad, y como colofón me encontré sumergida en una considerable inundación de jugos gástricos ajenos, imagínense ustedes, ¡como para no gritar...!, y todo esto sucedió cuando yo acababa de cumplir los trece años, la mejor edad, según muchos hombres, entre ellos mi padre, pero lo que cuento –algo más común de lo que puede parecer a simple vista, según me he enterado después–, tampoco me parece tan raro porque mi padre se cogía unas cogorzas considerables, esta era una de sus facetas más características, y yo, a la edad que dije, tenía un culo como un balón de fútbol, más o menos, sobre todo por lo redondo, aunque seguramente también por las patadas que me había llevado precisamente de él. La naturaleza es sabia y nos defiende, crea capas de grasa acolchada en los lugares adecuados..., y con lo que a mi padre le gustó siempre eso del fútbol...
Esta sería una explicación, aunque ya sé que no entera, pero para resumir diré que si mi madre no llega a casa en el momento oportuno, a mí no me salva ni la caridad; ya me tenía cogida por todas partes, y lo siguiente iba a ser... Yo entonces lo vi venir claramente, llegué a pensarlo, pero yo era pequeña, y cuando se es pequeña todo resulta muy confuso. A lo mejor no se hubiera atrevido, por ejemplo, o no hubiera podido, porque los borrachos casi nunca pueden hacer esas cosas... En fin, cualquiera sabe, y por ello prefiero no decir una sola palabra más; en estos asuntos es mejor ni pensar.
¡Pobre mamá!, con lo que tuvo que lidiar. Mi padre borracho y devolviendo, y, presumiblemente, revolcándose en su propia mierda en la cama, ¡en su cama...!, y yo, histérica y descompuesta en el cuarto de baño, gritando, balbuceando, sin saber lo que hacía ni lo que decía, ¡vaya panorama...!, pero mi madre era una persona única. Ella sola pudo con todo. No sé lo que haría con mi padre, aunque aún fue un par de veces a su cuarto con toallas y jofainas y volvió renegando, pero a mí, cuando me harté de dejar que corriera el agua sobre el cuerpo, me dijo,
–Nastasia, vete a la cama, anda, que ahora voy yo –y despavorida y desnuda salí del baño, recorrí el escaso trozo de pasillo a la carrera, entré en mi cuarto, cerré de un portazo y me senté en la cama a llorar.
Allí fue donde me encontró ella al cabo de un momento, medio lloriqueando, temblando y con un gran susto en el cuerpo, y lo único que, entre hipos y otros estremecimientos, podía decir, era, ¡y me tenía cogida por las muñecas!, ¡y me tenía cogida por las muñecas...!, y mi madre, después de hacerme acostar, estuvo durante mucho rato pasándome un pañuelo mojado por la frente, lo que debe de ser un remedio muy bueno contra los ataques de histeria porque en seguida empecé a encontrarme mejor. Ya no respiraba afanosamente, y pronto me fui quedando relajada y como medio dormida..., aunque lo que sucede es que en una situación como la que describo no te puedes quedar dormida, por lo menos dormida del todo. En cuanto cierras los ojos una nueva convulsión te agita, algo que tienes dentro de la cabeza te asusta y te incorporas como si la casa se cayera, ¡mamá...!, pero mi madre seguía allí, sentada en la cama y mirándome..., aunque al final sí que me quedé dormida, porque ella, viendo cómo estaba, me dio una pastilla que sacó de no sé dónde y me quedé frita en brevísimo, y además se quedó conmigo y me estuvo tocando la cabeza como en los viejos tiempos... Eso es lo último que recuerdo, mi madre me acariciaba la cabeza y...
Aquello se olvidó pronto. Vamos, quiero decir que yo, tras unos días en casa de tía Conchita, adonde me mandó mi madre a la mañana siguiente...


(continuará)


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Y si alguien quiere leer una novela divertida en la que aparecen muchas mujeres (gratis, es claro, puesto que la he escrito yo), puede ir a esta dirección:

https://sites.google.com/site/novelasgratisdecamargorain/home

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domingo, 15 de febrero de 2009

A la negra la rescatan del fondo del mar

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"La aventura de las luces azules" es la continuación (y final) de "Europa barroca" , novelas en las que se describen aventuras sin fin en escenarios de todas las clases, desde la tierra firme y sus humeantes ciudades al más profundo de los océanos. Como dice la negra (la protagonista) al final del libro,
"... pero ahora ya acabo porque sé que lo que ustedes querían era que les narrara lo que sucedió con esta historia, cómo acabó esta historia, misión cumplida, y esto lo digo excusándome por haberme ido tantas veces por las ramas. Todo ello se lo dicté a la máquina, y espero que no haya puesto muchas faltas de ortografía, aunque si las ha puesto, ¿qué importa?, se entenderá lo mismo porque este fue un grandioso drama per música profusamente orquestado, una historia complicada y sinuosa sobre criaturas que heredaron diversas clases de sabidurías, un tipo confuso y contradictorio aunque cabal habitante de su tiempo, un cachalote del océano Atlántico, un dentista que vivía en un cometa y yo misma, una negra como cualquier otra. También aparecían las familias y los novios y novias de todos, y las pasiones incontroladas; aparecían hasta los extraterrestres, y dicho así parece de risa...".

(Espero que la parrafada anterior sea una buena descripción de lo que más arriba dije).

A esta chica, que ha pasado quince años en el fondo del mar, la sacan de su cárcel los extraterrestres, puesto que los humanos son incapaces de ello, pero –no nos confundamos– unos extraterrestres muy particulares, puesto que nunca se les ve. Hacen un par de milagros y para de contar, y quien se tiene que enterar, se entera; los demás no se dan cuenta de nada, como de costumbre. Pues el caso es que cuando tal sucede, mientras acontece este episodio del rescate, aparte de otras muchas cosas se dice lo siguiente:

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Mi pánico era tal que me caía y me levantaba sin saber por qué ni cómo. Durante un buen rato algo o alguien pareció perseguirme y asaetearme con sus flechas luminosas, pero luego los chispazos se ordenaron siguiendo patrones en movimiento continuo y se concentraron en puntos que giraban y giraban alrededor del centro del Universo; todo esto sucedía en medio de la habitación. Al final sólo era un punto, y todo giraba alrededor de él. ¡Aquel sí que era el Centro del Universo, y todas las luces confluían en el lugar que ocupaba! ¿Era uno de los legendarios agujeros de gusano de que hablaban los físicos...?
Yo estaba en el fondo del mar, tan tranquila, y ahora, de repente y merced a fuerzas que nada tenían que ver con los terremotos, aunque puede que sí con el fin del mundo, ¿alguien me llevaba hacia uno de los más insondables misterios de la materia...? No, yo no creía tal, sino que la explicación debía de ser mucho más sencilla, pese a que el tobogán de fosforescencias se extendiera hasta el infinito..., porque eso fue todo lo que pude ver durante un instante, aunque luego también se borró y el fragor de las sierras mecánicas decreció simulando irse hacia el horizonte de sucesos y esconderse tras él. Las tinieblas, el silencio y la desaceleración más cruda y repentina parecieron adueñarse del lugar en que me encontraba, y tan sólo aquel punto brillante ...
Esto era lo que yo pensaba, allí, flotando, al fin sentada en el suelo, con las manos apoyadas atrás y mirando confiada y atentamente al centro de la habitación, un lugar en lo alto, el Centro del Universo...
–Ven ahora, Salvador de los Gentiles... ¡Cristianos, grabad este día! –me dije por último y con admiración, porque esta fue otra de las muchas ocurrencias que tuve en momentos tan críticos.
Aún hubo un rato de oscuridad total en el que el estruendo que me había acompañado desapareció por completo y mi cerebro pudo volver a estabilizar sus funciones, y luego, en medio del repentino silencio, un extraño resplandor grisáceo comenzó a extenderse por las inmediaciones y el agua negra que había más allá del cristal se tiñó de azul oscuro. Era difícil verlo porque la nueva luz era muy tenue, pero como aumentaba y aumentaba, al cabo de un momento no me quedó duda: mi camino me llevaba directamente a los dominios de Pedro Botero, la más cercana a mis latitudes orilla de la laguna Estigia. ¿Aparecería de un momento a otro Caronte con su barca y su pértiga de gondolero más allá de la ventana, o aparecería algo peor...?, pero quien apareció no fue Belcebú con su tridente, su rabo y sus patas de cabra, sus cuernos y su mirada de psicópata. Las que repentinamente aparecieron fueron las plantas, los bulbos, los racimos oscuros y marrones, el mundo vegetal, las algas rojas. Aparecían como antes los peces, pero muy despacio y reposadamente. Trozos de algas teñidas de rojo se asomaban por la pared de agua y permanecían allí colgando durante un instante. Los racimos entraban y salían y yo las miraba sin entender qué era aquello ni qué estaba sucediendo, aunque de repente me dije,
–¡Las algas...! Sólo hay algas por encima de quinientos metros y hace un momento estaba tres kilómetros por debajo de la superficie. Sí, ya sé que vamos hacia arriba, lo noto en todas las articulaciones. Vamos hacia arriba, pero ¿tan rápido? ¿Cuánto tiempo ha transcurrido...? Da igual, esto son algas y no hay algas en el fondo del mar. Las primeras deben ser rojas, oscuras, y éstas lo son... –y entonces, como si la revelación llegara descendida de lo alto, lo entendí .
El resplandor que creí anuncio del Infierno no era tal, sino la escasa luz del sol que podía penetrar hasta aquellas profundidades. Lo había olvidado, pero todo acudió impensadamente a mi cabeza.
–Si esto fuera así, negra, si esto es así –me dije–, y parece que lo es, ¿qué va a suceder ahora...? La luz será amarilla dentro de un momento... No, antes será verdosa, y mira, ya lo es, ya tiende a clarear, y dentro de muy poco tendrá un tinte anaranjado... ¡Levántate, no te quedes ahí tirada! No sabes el cómo ni el porqué, pero La Luz se está haciendo –y como la velocidad decrecía y casi me sentía flotar, me puse en pie sin dificultad y me preparé, temblorosa y expectante, para asistir al último acto del retablo de las maravillas.
Luego ya no sucedió nada más. Sólo que, de repente, tras todos aquellos cambios de color, la luz aumentó tanto que la boca se me abrió involuntaria y me tuve que tapar los ojos con las manos, y de la única manera que pude, es decir, entre mis dedos y por el cenagoso cristal, a través del turbulento observatorio, mi gran ventana al mundo exterior, observé cómo lenta y tenuemente la gran masa de agua verde y luminosa volvía a salpicar el cristal y a chapotear en las paredes, y aquella línea blanca, fina y burbujeante, la por tanto tiempo esperada línea de la superficie, el lugar en donde el agua y la atmósfera se abrazan, pausadamente comenzaba a atravesarla, y aparecía entre nieblas y manchones de turbios y adheridos materiales cenagosos el inconfundible azul, el antiguo color azul, el casi olvidado azul del cielo terrestre.

EL MÓDULO TRES SURGE DE LAS AGUAS
Los altavoces de la plataforma voceaban como nunca lo habían hecho. ¡Ahí va!, ¡ahí va nuestra prisionera marina de tantos años!, ¡elevemos los ojos a lo alto!, ¡aleluya!, ¡¡aleluya...!! El pánico colectivo en la superficie se desató de tal modo que todos aquellos seres ateológicos, los científicos, todos aquellos seres que decían creer sólo en lo que medían, rendidos ante la evidencia cayeron de rodillas en sus respectivos lugares y unos se pusieron a temblar, otros comenzaron a reír y la mayoría empezó a rezar a toda velocidad. Esto me lo contaron luego algunos, una vez que hubo transcurrido cierto tiempo.
–Yo, cuando vi todo aquello, cuando vi al módulo tres salir del agua lentamente y elevarse por los aires, abrí la boca, me caí al suelo sentado y me eché las manos a la cabeza sin poder apartar la mirada. ¡Adiós, Newton!, me dije, ¡adiós, Einstein!, ¡adiós todo! ¿Qué es esto...? Yo buscaba y rebuscaba porque por algún lado tenía que haber algo, por algún lugar tenía que haber una grúa o por algún lugar tenía que haber un avión, pero es que allí no había nada, no había nada, y si lo hubiera habido yo habría estado enterado. Yo nunca he creído en milagros, esas cosas siempre me han hecho mucha gracia, pero es que aquello..., y después empecé a reírme, al principio flojo pero a cada momento más fuerte, más alto, y me quedé allí sentado, en el suelo, con las manos pegadas a la cabeza, durante diez minutos, sin pestañear, sin poder dejar de reírme, sin poder apartar la mirada de aquel objeto que nos sobrevoló y luego se alejó hacia occidente mientras el griterío generalizado, y la mayor parte de la gente gritaba de pánico, aumentaba y aumentaba...
... sí, mientras los turistas que habían ido en el mega tour, desde sus barcos de colores, atónitos ante un espectáculo por el que no habían pagado, veían surgir de las aguas en aquella primera mañana del nuevo verano, y elevarse sobre ellas, a mi autobús, mi módulo tres, al que colgaban excrecencias marinas por todos los costados, casi oculto por los sargazos y las caracolas, escamas fósiles y restos de minerales, chorreante cieno de los fondos marinos, dientes de todos los peces que a mi lado murieron... ¡Qué espectáculo no les daríamos...! ¡Se debieron de hartar de hacernos fotos!

(continuará, pero de momento puede echar una ojeada a esto ).

sábado, 15 de noviembre de 2008

Concierto marítimo

El texto que pongo hoy pertenece a la novela denominada "La aventura de las luces azules", continuación y final de "Europa barroca", de la que ya puse tantas cosas en este blog. En él se cuenta lo que sucedió una de las veces en que Eduguá (uno de los protagonistas de esta ingente historia) fue al océano a visitar a su amigo, el cachalote de la mancha blanca en la frente.





Concierto marítimo
Cuando, aquella vez, llegamos Javi y yo al lugar de la cita, un lugar cercano a la costa en un mediodía radiante del mes de mayo, Eudoxio ya estaba allí; fue la primera vez en que llegó antes que nosotros. Estaba con dos congéneres, dos cachalotes tan grandes como él y de los que, por la mañana y con la voz de la abuela, me había dicho,
–No te preocupes, son amigos míos, los conozco desde hace muchos años. Uno de ellos es Crispincín. No es hijo mío, pero le eduqué yo en la manada que fundé. Ahora él tiene la suya propia, aunque al Ártico solemos subir juntos. El otro es el patriarca del grupo más grande que jamás conocí, ¡una manada de más de doscientas hembras!, aunque para manejarla tiene ayudantes, claro es. Él no emite luces azules pero está muy interesado en nuestra relación. Se lo conté, y me pidió que alguna vez le llevara a uno de nuestros encuentros. No te importará, ¿verdad?
Yo contesté,
–No, en absoluto. ¿Son también músicos tus amigos?
–Bueno, en los viajes solemos cantar juntos, pero no se puede decir que conozcan la música de los humanos. Se lo he explicado, y me ha dicho que tomará buena nota de lo que suceda.
Luego yo me acordé de algo.
–¿Has vuelto a tener noticias de los que nos miran desde la estrella?
–No, ya sabes que ellos no se molestan por nosotros. Cuando se manifiestan, lo hacen de manera inequívoca. ¿Por qué me preguntas eso?
–No, en realidad por nada. Yo aproveché aquella ocasión para pedirles un favor y no sé qué habrá sucedido. Fue mi madre quien apareció en su nombre, pero de momento no han dado señales de vida.
–Bueno, hay que tener paciencia, el olvido no entra en sus planes. Si deciden complacerte, te darás perfecta cuenta.
Cuando llegamos al lugar convenido, los tres cachalotes nos hicieron un recibimiento propio de su especie, la denominada Physeter macrocephalus, expresión latina que significa "soplador cabezón". Nos recibieron con un gran concierto de bocinazos, mugidos y resoplidos en todas las frecuencias, y luego nos rodearon y mostraron bien a las claras su alegría, y para que no quedara duda ejecutaron una serie de danzas y saltos, a los que mejor habría que calificar de panzazos, que dejaron al barco y a nosotros chorreando. Javi levantó las manos y gritó, ¡eeeeehhh, quietos, nos rendimos!, y aunque no entienden el español lo comprendieron perfectamente. Bucearon un poco y se colocaron simétricamente, mirándonos con atención y ronroneando como gigantescos gatos. Javi y yo nos bañamos en el mar, un baño siempre viene bien para relajar el cuerpo y despejar la cabeza, y luego empezamos a pensar en comer algo, porque lo que nos había llevado hasta allí, la música, no comenzaba hasta el atardecer. No sé cuál es el motivo de que a los cachalotes les gusten los cánticos vespertinos, pero es así. Entonces Eudoxio levantó la cabeza, soltó uno de su horripilantes gritos y se sumergió, desapareció bajo las aguas y sus amigos no tardaron en seguirle, desaparecieron los tres. Javi, sorprendido, dijo,
–¿Tú crees que se han ido? –y yo contesté,
–No, en todo caso habrán bajado a comer. Cuando se van, siempre avisan antes. Podíamos aprovechar también nosotros. ¿Qué tenemos por ahí?
–Todavía queda guiso de la marmita de Petra.
–Bueno, pues vete calentándolo.
Yo estaba mirando la superficie del mar cuando uno de ellos apareció de improviso. Apareció lejos, a media distancia, y se quedó allí, observándonos. Yo le hice señas con la mano y luego apareció el otro, que se puso a su lado. Me miraban como si estuvieran muy interesados en algo, yo me preguntaba en qué, y miré a mi espalda..., y en ello estaba, cuando de repente oí un ruido conocido. ¡Eudoxio, y sus inconfundibles trompetazos, emergía junto a nosotros!
Aquello fue como un huracán, y en un primer momento creí que nos hundía. La cabeza del cachalote apareció sobre las aguas tumultuosamente, muy cerca, y de ella salió una ola, o eso me pareció. Salió muchísima agua que me cayó encima, me empapó y llenó el barco, escurrió y volvió a caer por los imbornales a su lugar de procedencia mientras miles de objetos culebreaban en todo lo que me era dado ver, todo se había llenado de pequeños objetos blancos que se movían e intentaban huir desesperadamente. Javi subió las encharcadas escaleras corriendo, ¿qué ha pasado?, ¿qué es esto...?, y yo solté la carcajada. ¿Cómo no se me había ocurrido antes...? Eudoxio nos había llenado el barco de calamares.
Efectivamente, lo que había en la bañera eran unos cefalópodos pequeñitos, maravillosos, de los que yo no había vuelto a ver desde que era pequeño, cefalópodos de verdad, sin ningún cruce genético de tipo industrial, sin conservantes ni colorantes ni atomizantes ni nada de eso, y vivos, a juzgar por el follón que había en la bañera. La gran mayoría había caído al mar, porque el escupitajo de Eudoxio había sido monumental, pero los que habían quedado en el fondo, que Javi y yo, tan estupefactos como es de imaginar nos apresuramos a recoger, estaban vivos; debían de ser abisales y frescos, vamos, recién pescados. Eudoxio, que debía de subir directamente desde abajo, desde varios centenares de metros, a lo mejor más, había cogido un puñado, para él un bocadín, para nosotros un banco entero, y sin más nos los había escupido encima.
–Los humanos prefieren los maganos porque tienen la dentadura sensible, esto ya se apuntó, y ahora vais a saber vosotros, humanos de vuestro tercer milenio, lo que es el pescado fresco; de esto ya no se acuerda casi nadie. ¡Ahí va...!
Acto seguido nos metimos en la cocina con aquel tesoro, y con lo que teníamos almacenado hicimos un guiso de los que poca gente ha conocido. Lo he dicho mil veces, ya nadie se entera de nada, y de aquello tampoco porque Javi y yo, en cuanto la preparación estuvo a punto, media hora después, nos apresuramos a comérnosla, y eso que nos salió una enorme sartén que incluso rebañamos con pan duro. ¡Maganos con toda la tinta!, pimiento verde, aceite de alguna aldea de Zamora, ajos de la ristra, un montón de tomates que previsoramente llevábamos, una gran cebolla roja..., aquello fue todo, y para cocerlos añadimos agua del mar, así que, ¿qué más querrían oír ustedes...? Pues aún diré que guardamos con todo cuidado los sobrantes para ocasión posterior, y que mientras estuvimos merendando aquella maravilla Eudoxio y sus amigos desaparecieron, debieron de irse a merendar ellos también, se sumergieron y estuvieron un rato por allí abajo, y luego, cuando hubimos acabado, con el buen cuerpo que te dejan estos alimentos, volvieron a subir y se dedicaron a dar vueltas alrededor de nosotros muy despacio, como esperando algo, y entonces Javi cogió la gaita y yo la trompeta, y mientras se desarrollaba el crepúsculo, mientras el Sol se ponía allá lejos con sus acostumbradas luces, primero naranjas y luego más rojas, y al fin, cuando desapareció del todo, ante un público formado por dos catodontes adultos y expectantes dimos un concierto como nunca antes oyeron las olas del mar ni ninguna de las ninfas del océano, un concierto marítimo y crepuscular, un concierto en trío para trompeta, gaita y continuo. El continuo lo hacía Eudoxio, que a veces parecía un órgano de tubos y a veces un violonchelo cósmico, ¿o era una viola de gamba cósmica...?, no sé, e incluso a veces el instrumento del continuo por excelencia, el clavicémbalo. A partir de ahora te voy a llamar Juan Sebastián. Para algo tenían que servir las conversaciones de puerta chirriante, y modulas con suficiencia, parece que te ha enseñado alguien. Claro, que después de tanto tiempo ensayando juntos, algo habrás aprendido...
Esta idea se la brindo a futuros músicos, o a músicos del futuro. Yo creo que se puede desarrollar mucho.

miércoles, 23 de abril de 2008

Yo no soy una foca que está en una placa de hielo

Traigo hoy un texto de "Europa barroca", novela de la que hay otros fragmentos en este blog. En él se describen los pensamientos de un cachalote durante uno de sus anuales viajes a veranear en el océano Ártico. Este cachalote es amigo (telepáticamente hablando) de otro de los personajes de la novela, Eduguá, que nació con el milenio, es decir, el 1 de enero de 2001. Lo que se cuenta podría suceder durante el 2025, más o menos.
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Yo soy una foca que está en una placa de hielo. El hielo es delgado, pero como no peso mucho, no me hundo. El hielo se desgajó de un témpano más grande, se desgajó un trozo y yo aproveché para subirme en él. Hizo un ruido como de sierra, como de juguete roto, un crrraaaac prolongado, y luego se desgajaron otros. Yo, en realidad, no soy una foca subida en una placa de hielo, encaramada en un diminuto témpano flotante, pero es como si lo fuera.
Miro a mi alrededor y veo agua azul, agua salada, agua helada aunque aún líquida. La placa de hielo no es muy grande ni muy gruesa, y voy a contar lo que sucede con ella. Mis enemigos me acechan. El gran y perezoso oso blanco, el gigantesco y peludo oso blanco, las garras y los dientes y el instinto, la poderosa mandíbula del gran y peludo oso blanco, todos ellos me acechan, todos ellos me contemplan, me observan desde lejos, desde el firme hielo de la orilla. Allí están los osos blancos, el oso blanco que me ha señalado el Destino; esto está escrito desde el principio de los tiempos. Sí, allí está el oso blanco, mirando, oteando, husmeando. El oso blanco no está contento, está nervioso y pasea por la orilla...
Yo no soy una foca que está en una placa de hielo flotante, pero hago su papel. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que se dirige al océano boreal, que va de viaje hacia el refrigerante océano Ártico mientras en la orilla el oso husmea el aire... Sí, allí está la foca subida en su placa de hielo. La placa de hielo no aguantaría mi peso, y por eso no me puedo subir encima. Si lo hiciera, la foca, que es lenta y pesada de movimientos, se zambulliría al instante por el agujero que ha excavado a su lado, ¡qué listas son las focas! La placa de hielo es ancha, y la foca, mi foca, está en medio tomando el sol. Las focas son perezosas y holgazanas, comen peces, se tiran al agua y nadan un poco, esperan, ya vendrá la comida, ya pasará por aquí, sólo hay que esperar, es todo lo que hay que hacer. De repente, ¡zas!, pasa un salmón. Los salmones son rápidos y escurridizos. Nuestro salmón, éste del que hablamos, buscaba la desembocadura del río de su nacimiento, pero ya nunca la encontrará. El salmón nadaba rápido. Él también estaba nervioso porque no encontraba la desembocadura del río de su nacimiento. Allí es; no, allí no es, es allí; no, tampoco; este banco de hielo no permite que me introduzca... El salmón da vueltas y más vueltas y en su camino se cruza un arenque, ¡ñam!, ya está; ahora la desembocadura. El salmón bordea la placa de hielo y de repente se encuentra al Destino encarnado en boca de agudos dientes. Ahora es él quien siente desgarrarse sus carnes, y yo oigo voces lejanas desde el lugar en que me encuentro. Yo, el cachalote de la mancha blanca en la frente, desde la más alta de las altamares oigo voces y entreveo luces azules...
¡Oscuridad sólo rota aquí y allá por destellos fosforescentes...! ¿Qué es aquello...? Nada, nada importante, nada que se pueda comer. ¿Quién es...? Silencio, silencio, nadie contesta..., y sin embargo sé que estás ahí, al otro lado de la pared azul. ¿Quién eres? ¡Hola...!, ¿y esa puerta de tijera? ¿Qué es esto? Estoy viendo una puerta metálica corredera y no sé lo que es. Estoy viendo una corredera puerta metálica, pero no sé adónde lleva. La tengo ante mí, y al otro lado hay una pared blanca que se desliza desde arriba hacia abajo. En el suelo hay objetos verdes y blancos, y también veo oscuras bolas de color marrón. ¿Bombones, dices...? Sí, bombones, bombones que las humanas uniformemente ataviadas me van dando. Ahora uno de esos, ahora otro de esos...; bien, bien. Además son amargos, amargos como las algas marrones... No, amargos como la tinta de los calamares, como los intestinos de los peces, como las desparramadas entrañas del salmón...
La foca está satisfecha. Se lame los bigotes manchados de sangre y bucea, aquí está la placa de hielo a la deriva. La foca se sube encima, se encarama dificultosamente a la placa de hielo a la deriva mientras desde la orilla el oso blanco, el rey, husmea y husmea. Luego se arrastra hasta el centro de su mínimo témpano y con las uñas horada un agujero suficiente. Le cuesta, pero lo hace porque es su salida de socorro, la puerta de su futuro. Si el oso se encaramara a su placa de hielo a la deriva, si el oso, el rey, llegara nadando desde la orilla y se encaramara a su placa de hielo, ella no tendría salvación. Ella es lenta en su reptar y el oso puede correr, puede hasta galopar, si así lo exigen las circunstancias. Si el oso se encaramara a su refugio ella no tendría salvación y sería devorada. El oso empezaría por el cuello, en un segundo habría llegado hasta su lado y comenzaría por su cuello..., pero con el agujero de la salvación esto no va a suceder. Si el oso se encaramara a mi témpano flotante yo sólo tendría que arrojarme por el agujero y volver al agua, dejar al rey atrás compuesto y sin comida, bucear y bucear hasta encontrar otra placa de hielo, ¡hay tantas!, en la que seguir con mis eternas siestas al sol de medianoche... ¡Arenques, salmones, focas, osos!, todos somos eslabones de una misma cadena, que no se le olvide a nadie. Los gusanos son los últimos, o los primeros, eso no está claro, pero tampoco es cierto del todo; también hay gusanos de gusanos, gusanos que se comen a los gusanos, sólo que son más pequeños y no se ven.
Yo no soy una foca subida en una placa de hielo. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que navega hacia la estrella polar, hacia donde están mi amigos, los solteros que aún no hemos conseguido imponernos. Allí nos esperan los cefalópodos de las profundidades, los ingentes bancos de peces prestos a ser devorados, albacoras, bacalaos, abadejos, merlanes, merluzas, anchoas, sardinas primigenias... Sé que es una puerta, pero ¿quién me lo dice? ¿Sois vosotros, los Reyes del Cielo, quienes me habláis así? No, no lo creo. Vuestros signos, por lo que he oído, son inconfundibles, y esto resulta sumamente confuso. Esa masa de piedra negra..., y tú, hongo blanco, ¿quién eres...? Esa puerta de tijera, esos bombones amargos, ese armario que no puedes volver a armar, lo desarmaste y ahora no puedes volver a armarlo... Allí están las paredes, los montantes, los tornillos, todo está allí, caído en el suelo marrón, y tú te desesperas, lloras como un niño porque no te queda más remedio, pero ya no importa. Ahora vendrá tu padre y te despertará, tu padre, que suele venir en pijama...
Yo no soy una foca subida en una capa de hielo, pero la veo. Sus azules luces se transmiten instantáneamente a través del tejido universal y me lo cuentan. Aquí estoy, perezosamente tomando el sol y haciendo la digestión. A mi lado hay un agujero que he hecho en el hielo. Así, si viene el oso blanco, el emperador de estas latitudes, el más temido, yo me zambullo y el oso se queda con un palmo de narices, tiene que dar media vuelta y volver nadando a la orilla; otra vez será. Yo me subo a otro de esos objetos planos y fríos y hago un nuevo agujero. Con dificultad repto hasta el centro y allí hago un agujero que me permitirá zambullirme en el salvador líquido salado; mejor será que no llegue el caso, pero nunca se sabe. Luego me estiro y me duermo, me coloco panza arriba. Los rayos del sol de medianoche son muy buenos para la piel. Casi no los siento, porque mi capa de grasa me aísla del mundo exterior, pero mi piel... La placa de hielo se mece suavemente siguiendo el ritmo que le marcan las olas, arriba, abajo, arriba, abajo, y yo dormito con un ojo abierto. Estoy al lado del agujero, y si aconteciera algún peligro sólo tendría que zambullirme...
El oso nada y nada hacia la placa de hielo. Lo hace mansamente porque no tiene prisa y ya casi sabe cual es su misión. Lo único que asoma sobre la superficie del agua es la punta de su hocico y de vez en cuando una oreja, porque el oso también piensa, no va a ser sólo la foca. El oso nada lentamente y piensa, ya la huelo, ya estoy cerca, la sangre de salmón huele a mucha distancia, ya estoy llegando. El oso blanco sigue nadando y se topa con la placa de hielo, le tropieza en la nariz, ya ha llegado. No la empuja para no darse a conocer, no hace ruido para no descubrirse. El sigilo es su arma, y el silencio. El oso mete la nariz en el agua y mira por debajo de la placa de hielo a la deriva. La placa es blanca, y un poco más allá, al lado del burbujeante agujero, hay una sombra negra, la sombra de una foca que duerme ajena al peligro. Entonces, al oso blanco le llega una idea...
El oso, el terror blanco, no se encarama al borde de la placa de hielo sino que emerge por el agujero rompiéndolo todo y gruñendo de satisfacción. El oso blanco surge del hielo como una montaña y la foca se queda aterrorizada. Instintivamente retrocede, pero ya es tarde: el oso surge como un alud rugiente. El oso blanco lo ha roto todo y ya está encima de ella, ya la ha alcanzado. El oso blanco ha sacado todo su cuerpo del agua y me ha alcanzado... No, yo no soy una foca del Ártico, yo soy un cachalote con una mancha en la frente y desde el fondo del mar observo las luces azules, permito que sus rayos me atraviesen. El oso blanco ya está a dos metros ya está a un metro sus ojos ya están a medio metro sus dientes ya están a menos de medio metro su mandíbula ya casi me toca su lengua husmea golosamente sus caninos me rozan me hieren se hincan se clavan me penetran perforan mi cuello la sangre roja el sentido se va todo se va..., los aullidos azules traspasan los tejidos universales y se expanden en todas direcciones cruzando las células de mi corteza cerebral...
¡Ayyy...!, sólo eso, ¡ayyy...! A lo mejor no es ¡ayyy!, a lo mejor es ¡urghhh!, es ¡aggghhh! Ello es como un fogonazo, como la luz de los meteoros, una estrella fugaz que cayera, una lágrima del cielo, allí, se acabó, allí, a la derecha, allí fue, un instante, no duró más, un relampagueo en medio de la ancha y estrellada noche, una traza, ¡ayyy...!, eso fue todo, un fogonazo azul y luego el silencio y la compasión. ¿Quién inventó la compasión? Esas son ideas modernas. ¿Tienen porvenir o todo es una momentánea ilusión de los sentidos? Compasión, piedad, misericordia..., palabras huecas que llenan las bocas, pues no hay más amor que el propio...
El oso, seguramente, nada de vuelta a la costa, y yo sigo en mi viaje hacia las latitudes septentrionales. El oso no me cuenta nada. El oso no emite emanaciones de luces azules. El oso no tiene tales habilidades porque la naturaleza no le dotó de esas artes. El oso es blanco y nada de vuelta a la costa, satisfecho, saciado, ahíto, colmado. El oso no sabe que existo, pero ha comido.

domingo, 14 de octubre de 2007

Nuevo fragmento de "EUROPA BARROCA"

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Seguimos con "Europa barroca", la novela con la que iniciamos este blog. Hoy traigo de la página 188 a la 198. Que lo paséis bien.

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La negra a los once años

A los once años tenía una pandilla de pibas, todas del colegio y de mi misma clase, con las que salía los fines de semana y también alguna vez entre semana. La mayoría eran catiras o mulatas, como Andrea o Rosa, y la única negra era yo. Además era la más alta, aunque no la más bruta; la más bruta, con diferencia, era Rosa. Rosa era bachatera y agalluda hasta la consunción; utilizaba unas expresiones que nos escandalizaban a las demás, y sin embargo era buena y cariñosa y fiel. A su padre no le podía ni ver, pero con nosotras, y conmigo en particular, siempre fue como una seda. Ponía todo su dinero encima de la mesa –y a veces tenía bastante; desde luego, bastante más que yo– y nos decía, hoy nos lo vamos a gastar todo en mojitos; así lo decía y así lo hacíamos. Nos tomábamos uno cada una, porque al principio éramos muy prudentes, y bajábamos a la playa, aunque estaba muy contaminada. La arena a veces parecía negra y había manchas de chapapote, manchas muy gordas y repugnantes, pero nosotras nos pasábamos allí la tarde, primero entre las rocas del extremo y luego en mitad. Durante la estación de las lluvias la playa estaba desierta, sobre todo por las tardes, y se estaba bien. Nosotras nos hartábamos de hablar de los pavitos del colegio –Rebeca, que era gallega, los llamaba niños– y de jugar al fútbol. Llevábamos un balón y estábamos mucho rato dándole patadas y tirando penaltis, y yo, como era la más grande, me ponía de portera. Jugábamos muy mal pero lo pasábamos muy bien, y a veces algunos que pasaban por allí bajaban a jugar con nosotras.
Una tarde en que volvíamos del colegio y aún era temprano para ir a casa, resultó que bajaron dos pavos y estuvieron un rato. Jugamos un partido contra ellos, ellos contra todas nosotras, y nos ganaron. Nosotras éramos más pero ellos jugaban bien, la daban de tacón y todo, se veía que habían jugado mucho, nos metieron un montón de goles y nosotras acabamos histéricas y jadeantes, y al acabar nos dijeron que nos invitaban a unas cervezas en una pulpería que conocían, un sitio que estaba calles más allá. Uno era mayor y alto e iba como bien vestido, con el pelo pegado, y ni al jugar se había despeinado, y el otro también era mayor aunque no tanto, debía de tener trece o catorce años, y como nosotras estábamos muy cansadas y sudorosas, recogimos los libros, aunque yo sólo llevaba un cuaderno y un bolígrafo, y nos fuimos con ellos. La pulpería estaba cerca y era un antro oscuro en donde no había nadie, sólo el cantinero, que tenía un mandil de rayas y nos miró con cara de pocos amigos porque nosotras llegamos gritando. Los pavos pidieron cervezas y a mí me apeteció probarla porque había visto beber muchas y quería enterarme de cómo era su sabor, y luego pidieron arepas, medio riéndose, y el cantinero nos puso unas cuantas en un plato, aunque eran unas arepas raras. Estaban metidas en una fuente de barro con mucho líquido y olían fuerte, como a vinagre y otras cosas desconocidas, pero a mí no me extrañó porque estaba acostumbrada al ají caribe y después de lo del balón tenía hambre, así que me tragué una y mis amigas hicieron lo mismo, ¡uff!, ¿qué pasa...?, pero a Rebeca no le salían las palabras y tosió, y las demás por un estilo. Durante un momento nos contemplamos muertas de risa...
Los que nos habían llevado se habían dividido. El alto estaba apoyado en la barra, al lado del cantinero, y nos miraba, pero el otro, que era enano y contrahecho, aunque jugara bien al fútbol, se sentó en un taburete que había al lado, y sin pedir permiso ni nada cogió a Andrea por la cintura e intentó sentarla encima de él. Ella pegó un respingo y Rosa un grito.
–¡Sanano, deja a mi amiga!
Meterse con Rosa, la reina de las Amazonas, era peligroso, pero aquel enano desguañangado no lo sabía, fungía de guapo y debía de creer que estaba haciendo alguna gracia, así que no hizo caso y agarró a Andrea otra vez por la mano y tiró de ella, lo que ya fue excesivo para Rosa, nuestra amiga Rosa, que era de armas tomar.
–¡Mamahuevo, fuera las manos...! –chilló, y uniendo la acción a las palabras se lanzó hacia su cuello, y como estaba en un taburete, se cayó al suelo, y Rosa encima.
Las demás, entre los chillidos que son de suponer, nos afanamos en levantarla, pero lo único que conseguimos fue caernos todas en montón, gritar aún más y atizar de lleno y en donde pudimos a aquel mentecato, y en mitad de todo el lío, el canijo, al que debíamos de haber hecho daño, se levantó y se revolvió y con la ira pintada en su cara vino hacia nosotras, pero como estaba entre todas, y le llovían las puñadas, tropezó y volvió a caerse al suelo, me empujó, se intentó agarrar, me levantó las faldas y casi me rompe el uniforme. A mí me dio tanta rabia que grité y acabamos en el suelo, yo aquella vez debajo...
Ante la tángana y los gritos mis amigas salieron corriendo y me dejaron encampanada, pero yo ni me enteré porque estaba histérica, disponiéndome a sacar a relucir mi furia y estrellarle la rodilla entre las piernas a aquel cerdo, y cuando conseguí levantarme y darme la vuelta, que lo veía todo raro y como entre nieblas... –sí, eso me sucedió; de repente se me revolvió el estómago, no sé si del mejunje de la arepa o de la excitación, y los objetos se movían desproporcionadamente mientras por la boca me brotaba fuego–, al que me encontré fue al cantinero, que había salido de detrás de la barra y agarraba por el cuello al títere.
–¡Vete, vete de aquí, nina! –decía nina, no niña, y muy serio e impaciente me señalaba la puerta mientras con el otro brazo sostenía por los pelos al canijo de los dientes de conejo.
El que quedaba, el alto, se reía pero no se había movido de su sitio, seguía allí apoyado aunque se había despeinado un poco, ya no tenía el pelo tan pegado, y el canijo, el pequeñajo, que estaba inmovilizado, ponía una cara horrible, con todos los dientes fuera, aunque no se atrevía a soltarse.
Yo miré a la puerta, y sin pensar en nada eché a correr hacia ella. Al salir no calculé bien y me estrellé contra el marco, de resultas de lo cual me hice mucho daño en el hombro derecho, y luego, como mis amigas habían desaparecido y no encontré a ninguna, ya fui todo el camino hasta casa con la mano en el hombro, medio corriendo, quejándome, devolviendo y lloriqueando. La poca gente con la que me crucé me miró muy extrañada. El uniforme se había llenado de polvo y por el camino se llenó de vomitonas, y además perdí el cuaderno y el bolígrafo; no sé qué sucedió con ellos, se debieron de quedar en la cantina.
Cuando llegué a casa no había nadie, y primero fui al baño entre nubes de color grisáceo y vomité sin querer, sin proponérmelo, todo me salió allí. No era mucho, era la arepa, que a saber con qué había sido bautizada y salió casi entera, y algo de líquido, seguramente la poca cerveza que había tragado. Luego me dirigí a mi cama con aquellas nubes entre grises y rosáceas bailando ante mi vista. ¿También estarían detrás...? Me di la vuelta repentinamente y las pillé. ¡Allí estaban aquellas mismas nubes rosáceas y grises riéndose de mí por la espalda...!, y luego debí de caerme al suelo en el pasillo, porque lo siguiente que recuerdo es a Liria y a Cati de uniforme tirando de mí por los hombros.
Yo les decía,
–¿Qué hacéis? Dejadme... ¡Se está tan bien aquí! –pero ellos me llevaron hasta la cama en donde Liria se puso muy pesada tomándome el pulso, y yo empecé a reírme y a quitar la mano porque me hacía cosquillas.
Lo que sucedió fue que Liria se comportó muy discretamente. No dijo nada –y yo creo que acertó, que pensó que había bebido algo–, y Cati tampoco, y yo menos, claro. Yo, de aquello, en casa no dije una palabra, porque de sobra sabía que si mi padre, nuestro padre, Coriandro, o Jonás, se enteraban, lo primero que iban a hacer era llegarse a la pulpería y preguntar, y Dios sabrá lo que en tal caso hubiera podido suceder, porque en este planeta casi nunca ocurren cosas buenas.
A mí me pegó el telele a los once años, eso sí que era un acontecimiento para todas nosotras, y el telele cualquiera se imagina lo que es. A mí me pegó a los once años, pero tuve suerte porque tenía una hermana mayor que se llamaba Liria y me explicó todo. En fin, todo tampoco se puede explicar, en esto no hay reglas, a unas les toca de capitanas y a otras sólo de sargentas, pero cuando me llegó la hora yo ya sospechaba lo que iba a suceder porque llevaba unos días con el estómago revuelto y aquello no me había sucedido nunca. Además, me pesaban las piernas y tenía la cabeza a pájaros. Los pájaros eran tucanes y guacamayos de colores como los que mucho más adelante Eduguá había de contarme que tenía su abuela en casa. Los pájaros revoloteaban, subían y bajaban y todo el día los tenía ante los ojos. Cuando ves tucanes azules quiere decir que el negocio va a ir mal, que te vas a pasar quince días embobada y sin poder ni silbar, pero cuando los ves colorados, o verdes o amarillos, lo que sucede es que no va a ser tan grave; el azul es el peor color para estos casos, y si son multicolores es que ni te va a doler. Yo los vi al principio colorados, pero luego se tornaron en unos pájaros gigantescos y policromados que parecían cóndores más que tucanes... Yo sólo sé que aquello me vino de repente y una mañana tenía un montón de sangre entre las piernas, ¡Dios mío, qué es esto!, porque como yo siempre he dormido desnuda, puse todo perdido, pero Liria me dijo que no me preocupara.
–La sangre es lo de menos. Si no te duele, mejor; eso es que estás de suerte. Ahora, lo que sucede es que vas a tener que empezar a ir con cuidado. ¿Tú has hecho el amor alguna vez?
–¿El amor...?
Yo sabía de sobra lo que me estaba diciendo porque en la televisión casi no hablaban de ningún otro asunto, pero una cosa es haberlo oído y otra muy distinta haberlo experimentado, haberlo hecho. Mis amigas decían que sí, que alguna ya lo había probado.
–Yo, a los diez años, me tiré al ciego de la esquina. Mejor, como era ciego no se enteraba de lo que estaba sucediendo ni de quién era yo. Por el olfato no creo que lo notara porque yo siempre le había rehuido, nunca pasaba a su lado. Un día, cuando tenía diez años y me había enfadado con mi padre porque no me dejaba salir de casa, me escapé por la ventana, me quité las bragas, iba sólo con la falda, agarré al ciego por una mano y lo arrastré hasta el corral, allí no nos veía nadie, y él menos. Como era ciego le costó entender, pero en cuanto notó un par de tirones en la bragueta me cogió por la tripa con manos de hierro, me puso de espaldas y contra la pared, me mordió en la nuca y me la metió por donde pudo. Menos mal que acertó, que si me la llega a clavar por detrás me desgracia. La tenía como un hierro al rojo, o por lo menos a mí me picó muchísimo, y no te digo nada del semen, debía de ser como salfumán. Cuando noté todo aquello intenté salir corriendo, pero no hubo forma. Me tenía tan cogida por las tetas que no me pude escapar, y menos a los diez años. Él se puso a vociferar, pero yo no podía abrir la boca porque no quería que supiera quién era, y no aflojó lo más mínimo. Cuando se corrió casi me desmayo, me quedé totalmente bloqueada, pero no me soltó, ni me soltó ni se le bajó, sólo se le bajó un poco y yo creí que ya iba a poder irme, pero ¡que te crees tú eso! Acto seguido le volvió la locura, se le volvió a poner dura y me tuvo allí otros diez minutos p'alante y p'atrás, y aquella vez sí que vociferó y pataleó. Yo creía que los tíos sólo se podían correr una vez, pero ya ves; a lo mejor es que era un superdotado. Al ciego todo aquello le debió de parecer un milagro. Luego me dio tanto asco que me estuve lavando un mes con jabón del fregadero y agua de Getsemaní, y menos mal que no sucedió nada.
Todo esto lo decía Rosa, que era mulata y las cosas le venían muy adelantadas. Rosa no se llamaba Rosa, se llamaba Generosa, pero eso es lo de menos.
Hay gente que se trastorna y no sabe ni lo que hace con su cuerpo, pero yo no soy tan bruta. Yo, de eso, lo único que sé es que cuando un tipo te empieza a llamar hija, malo, malo malo. Eso quiere decir que te ha tomado bajo su protección y a lo mejor lo único que pretende es casarse contigo, pero a lo peor lo que quiere es ponerte a trabajar en un burdel o cualquier otro lado, una mercería, una agencia de exportación-importación o incluso una mina de sal. Cuando un tipo te protege deberás pagar el impuesto revolucionario, esto no tiene vuelta de hoja y sucede todos los días, sucede a cada momento aunque no nos demos cuenta ni pensemos en ello, y si cuando un tipo que no tiene nada que ver contigo te empieza a llamar hija, el negocio es para echarse a temblar, que he escrito, no digo nada de si lo que sucede es que te da su saco para que te lo pongas, para que lo huelas. Cuando un tipo te dice, ¿tienes frío?, toma, ponte mi saquito, a ti seguro que te queda mejor que a mí..., entonces ya puedes darte por perdida y lo mejor es que salgas corriendo y no te detengas hasta que el horizonte haya borrado su presencia. Lo siguiente suele ser la vicaría, eso los que se casan, y menos mal que yo no suelo tener frío.
Algunas de mis amigas, y no voy a decir quiénes, no voy a decir sus nombres porque a nadie le interesan, se dedicaban a meterse mano. Lo hacían a menudo y lo contaban, o bueno, lo medio contaban, y a veces, cuando no había mucha gente, iban hasta agarradas. Luego, en cuanto crecieron y empezaron a fijarse en los pavitos, dejaron de hacerlo, aunque aquello era más o menos lo que hacíamos todas; lo que ocurría es que no le dábamos publicidad, lo hacíamos más a escondidas.
Andrea se enrollaba mucho conmigo cuando teníamos diez años, y no sé por qué me eligió a mí porque ella era blanca; sería que le gustaba mi piel negra. Su especialidad era darme crema en la playa. La primera vez que lo hizo me sobresalté pero no dije nada, algún aspaviento sí se me debió de escapar, aunque procuré permanecer inmóvil, y luego, otro día, me dio un beso y se puso toda colorada, me miró a los ojos y, mientras lo hacía, se puso roja como el tomate. Luego bajó la mirada y no se atrevía ni a mirarme. A mí me dio tanto apuro que le acaricié una mano, una mano que se había quedado suelta por allí, se la acaricié un segundo, o dos, pero ella me entendió. En realidad no me disgustó porque las niñas nos besamos mucho –esto no lo sabe casi nadie, pero es así–, y luego el negocio fue ya más rodado y tuvimos una temporada de inocentes magreos a escondidas. Aquello era amor, claro, aunque no ese del que nos hablan los místicos o los poetas, no, ni mucho menos el de las instituciones eclesiásticas. Era la natural curiosidad humana, las ansias de exploración tan de moda hace muchos años, incluso siglos. Debió de ser en el Barroco, la Era del Iluminismo, aunque yo creo que esto lo he leído de mayor.
También resulta que Paula, o Paola –la llamábamos indistintamente–, tuvo un niño. Un día nos dijo que estaba embarazada y todas nos lo creímos, y a la mayoría nos ilusionó mucho. Además, nos contó cómo había sido. El padre de la criatura era un amigo de su familia, pero aquello era un secreto.
–Por lo que más queráis, no se lo digáis a nadie; si mis padres se enteraran... ¿Sabéis lo que me ha dicho? Pues que no me eche más perfume porque su mujer ya lo ha notado. Ahora, con lo del niño, me parece que se va a acabar. Bueno, la verdad es que una se siente tan rara... Yo cambio esto por lo del colegio... –y al cabo de seis meses tuvo un niño con los ojos redondos y los labios como un negrito, aunque en realidad era cobrizo.
A Paula no la volvimos a ver. Sólo venía de vez en cuando, una vez cada dos meses, más o menos, y traía al niño, que se llamaba Jesusín, y nosotras lo acunábamos. Yo lo tuve mucho tiempo en brazos y las demás igual, pues a veces incluso nos lo disputábamos, pero a Paula no la volvimos a ver, se esfumó, fue tener al niño y desaparecer del espacio-tiempo, ¡hay que ver los azares que nos depara la existencia! La maternidad está bien pero sus efectos suelen ser imprevisibles, sobre todo para las niñas de once años, aunque Paula, ahora que lo pienso, quizá fuera ya un poco mayor.
Algo después de aquello, cuando ya teníamos once o doce y habíamos cruzado la primera de las fronteras de la vida, íbamos a los bodegones, es decir, a las pizzerías, y a veces bebíamos tanto ron que acabábamos las cinco cogidas por los hombros alrededor de una mesa y cantando, al principio bajo pero luego a voz en cuello. Cantábamos muy mal y muchas veces nos echaban, y entonces nosotras salíamos corriendo, chillando histéricamente y tirándolo todo, y en aquellas ocasiones, como los camareros se quedaban pasmados y sin saber qué hacer, aprovechábamos para irnos sin pagar, pero en otros lugares les hacía más gracia y no decían nada –aunque esto solía suceder más en el extrarradio–, y en algunos hasta la marchantía cantaba con nosotras.
Una de aquellas tardes, que nos habíamos pintado aún más que de costumbre, fuimos a una discoteca. Yo iba como un semáforo, con la frente blanca, los ojos verdes y rojos y los labios azules, pero de un azul rabioso, un azul añilado, y las demás por un estilo. Andrea se había pintado los pezones con una barra de labios encima de la camiseta, se los pintaba como si fueran dos ojos y en el sitio justo porque decía que así no había pérdida, el que quiera mirar que mire, se me ponen tan duros, se me notan tanto, que es casi mejor pintarlos, para qué vamos a andar con disimulos. La discoteca a la que fuimos no era a la que íbamos siempre, en donde nos daban a oler aguarrás en la puerta. Fuimos a otra muy grande que había en un barrio distante, y fuimos a ella porque a alguna de nosotras, ya no recuerdo a quién, le habían dado invitaciones con bebidas gratis. Cogimos un ómnibus, y en él ya tuvimos la primera bronca con el conductor, que quería que pagáramos. Nosotras entramos por la puerta de atrás atropellando a los que bajaban, porque así el conductor no sabía quiénes eran las que se habían colado, y él se levantó de su asiento y vino a ver qué ocurría, pero como éramos todas muy altas, no lo debió de ver muy claro y nos dejó en paz, se volvió a su sitio y arrancó. En la discoteca estuvimos toda la tarde. Había una promoción de ron y nos bebimos casi toda la cosecha. También una piscina de superlujo en la que no se bañaba nadie, y a su alrededor mucha gente mística que nos miraba como si estuviéramos locas, pero a mí me faltó tiempo para desnudarme y tirarme al agua. Bueno, todo no me lo quité, me quité casi todo y me metí dentro, al tercer ron no me importaba nada lo que pensara la gente, y cuando salí, al cabo de un cuarto de hora de chapuzones, se me había corrido toda la pintura y ya no tenía la cara como un semáforo sino como uno de esos cuadros modernos que se ven en las consultas de los médicos o los vestíbulos de las instituciones respetables, un montón inconexo de manchas de color sin orden aparente, pero mis amigas dijeron que aquello me sentaba todavía mejor y allí se quedó. Me volví a vestir toda mojada, pero hacía mucho calor y al rato estaba otra vez chorreando de sudor, y las demás igual. Entonces fue cuando descubrimos que había una pista de baile de esas que se mueven, que se inclinan. Nos fuimos a ella, y al que ponía la música le debimos de gustar porque estuvo todo el rato poniéndonos máquina y dando grititos ridículos por el micrófono, dijo unas simplezas que prefiero no repetir, y moviéndonos la pista a lo bestia. Nosotras seguimos dándole al ron y al cabo teníamos todas un guayo guapo. Entonces a mí se me ocurrió, no sé por qué se me ocurrió pero estos pensamientos llegan siempre sin avisar, de repente surgen en tu cabeza y ya no te los puedes quitar, pues de repente me acordé de mi madre, la pobre, que se murió para que yo naciera. Esto a lo mejor es decir mucho y lo que sucedió fue inevitable, porque si no hubiera habido un terremoto no se hubieran roto las carreteras y las ambulancias habrían podido pasar, a saber, pero yo me acordé de mi madre, de cuando mi madre me tuvo a mí, la pista se movía como si hubiera un terremoto, y yo, en mi estado, me caí al suelo y no me podía levantar, así que me puse a representar el teatro de la parturienta abriendo las patas, dando gritos y demás. Fue un homenaje a mi madre. Me subí las faldas hasta la cintura e hice todas las contorsiones que se me ocurrieron mientras las demás me jaleaban hasta lo indecible. Mis amigas estaban tan descompuestas como yo y gritaron y chillaron histéricamente hasta la extenuación. Estábamos todas metidas en faena hasta el culo cuando vinieron los guardias, los de seguridad, y nos echaron a palos de la discoteca. Al final nos encontrábamos en la calle, en aquel gran paseo marítimo lleno de palmeras, todas chorreando y muertas de risa, y nos volvimos a casa andando porque era muy tarde y ya no había guaguas. Pasaban autos que nos tocaban la bocina, pero nosotras no les hacíamos ningún caso sino que les tirábamos cortes de mangas, y ellos tocaban aún más la bocina y aceleraban... A aquella discoteca nunca más volvimos. A mí no me quedó buen sabor de boca, sobre todo al día siguiente, pero de todas formas no creo que nos hubieran vuelto a dejar entrar.
Esto, y cosas peores, era lo que mis amigas y yo hacíamos, ejemplar conducta, en la América central durante aquellos años arrebatados. En aquella época todos estuvimos muy locos, y lo que habíamos de estar, y mis amigas tampoco eran tan malas, eran muy pequeñas, todas éramos muy pequeñas y nos comportábamos como tales. De mis amigas ya he dicho mucho, pero he hablado muy poco de Andrea, la catira de Maracaibo, la maracucha. Esta era la mejor. Era blanca y con el pelo rojo y siempre nos llevamos muy bien. La verdad es que luego me he acordado mucho de ella. ¿Dónde estarás ahora? Ha pasado tanto tiempo y sucedido tantas cosas... ¡A lo mejor ha oído hablar de mí...! Tanta gente ha oído hablar de mí en este planeta...

jueves, 20 de septiembre de 2007

La aventura de las luces azules




El texto de la entrega anterior (está a continuación) es el principio de "Europa barroca", una de mis novelas. En ella se cuenta la historia de Eduguá (que es quien ha hablado y narrado su nacimiento); la de "la negra" (una chica muy guapa, eso lo dice todo el mundo), negra de las Antillas que nació poco después, vivió en la selva y el opulento paraíso de la sociedad occidental e hizo carrera contra todo pronóstico, y la de un cachalote del océano Atlántico que, entre sus habilidades (los cachalotes son muy listos, ¿no lo sabían ustedes?), participa de la ventajosa cualidad de telépata significado, con lo que ello puede suponer.

En Europa barroca se da cuenta de la infancia y juventud de estos tres seres, y de sus aventuras a lo largo y ancho del complicado planeta Tierra -incluido el océano-, pero la historia no acaba aquí, ni mucho menos, sino que continúa durante, al menos, otros cincuenta años. Al final los tres llegarán a conocerse..., y muchos se preguntarán, ¿cómo podría darse tan improbable suceso?

Averigüelo leyendo el segundo y último tomo de esta sin igual epopeya, "La aventura de las luces azules". Y para quienes sientan curiosidad por ello, a continuación añado el principio y el final de este libro, que sin duda interesará a más de uno.


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ESTE ES EL PRINCIPIO:

EL ASTRONAUTA SE PRESENTA
Me llamo Al Ceccato, Al es de Alfred, y estoy aquí arriba, entre las estrellas, y no las de Hollywood, no fuera malo. Hace muchos años, cuando era pequeño, vivía en una casa que tenía enfrente de la puerta dos magnolios monumentales, de esos que aparecen en las guías de botánica, y ahora estoy aquí arriba, entre las estrellas, y no las de Hollywood, precisamente...
Ahora voy a presentarme.
Yo, en realidad, aunque estoy aquí arriba representando a mi país, los Estados Unidos de América, no soy yanqui, ni un poco ni nada, y tampoco soy sureño; yo soy de origen semichino y semifrancés. Mi padre es chino. Nació en la China comunista del siglo pasado y vivió allí hasta bastante mayor, los cuarenta; no llegó a conocer la Gran Marcha, pero casi. El que sí la conoció fue mi abuelo, su padre. La conoció tanto que acabó sus días en un campo de concentración, acabó tísico pasado y nadie le curó, antes al contrario dejaron que se muriera, por rebelde. Esto de ser rebelde está bien, sobre todo de joven, pero hay que saber serlo. Si te va la vida en ello es mejor dejarse de fantasías y tragar con lo que haya, aunque sobre esto ya sé que hay opiniones encontradas porque en este planeta ha habido muchísimos mártires. Unos lo fueron por razones de principio, otros por cabezonería y otros por motivos sexuales; lo de mi abuelo creo que fue por cabezonería. Mi padre, como era un químico muy bueno, logró que le fichara la Standard Oil y se vino a vivir a California, se fue de China por diez años y no ha vuelto; además, dice que no piensa volver. Ahora allí la situación se ha normalizado, ya no hay Grandes Marchas ni cosas por el estilo. Lo que hay es un montón de hamburgueserías, drugstores y gasolineras, y los desiertos de Mongolia parecen el Valle de la Muerte; hasta hay una carretera que se llama Route 69, aunque yo creo que ese nombre se lo pusieron de cachondeo; desde luego hay muchas casas de citas, pues para ello es el lugar ideal. Como es un sitio apartado nadie va allí a fisgar lo que está ocurriendo, o sea que los clientes se sienten seguros, algo fundamental en este negocio, en el que la discreción es todo. Mi padre, además, cuando recaló en América se occidentalizó el apellido. Él se llamaba algo así como Chi-Ka-Tou. No se escribe así, claro, sino con caracteres chinos, pero esto no lo puedo poner aquí, entre otros motivos porque yo no tengo ni idea de chino. No le quedó mal, la verdad, pero todo el mundo piensa que es italiano, o de ascendencia italiana. Bueno, lo piensan antes de verle, porque en cuanto le ven ya notan que es chino o japonés o algo de eso; se nota que es oriental. Mi padre, como no le gustaba la comida de su país de adopción y en cuanto comía algo fuera de casa se le descomponía el sistema digestivo, hizo una recopilación de comidas regionales, eligió lo mejor de cada una y aprendió a hacerlas todas, a cocinarlas, y lo tenía todo apuntado. Sabía hacer cientos de platos distintos de todos los países, armenios, peruanos, lituanos, españoles; chinos también, por supuesto, y tanzanos –su estofado de buey al curry era famoso en la vecindad entera, aunque yo creo que se parecía mucho al guiso de carne nigeriano que lleva caracoles y ñame–, lapones, brasileños como el rodicio, etc.; aquí no los voy a poner todos porque no acabaría nunca, y, además, el que quiera enterarse que se compre su libro, que en las librerías de la Tierra debe de haber muchos. Como sabía tantas cosas le editaron un libro de cocina que se llamaba "A la salud por el cosmopolitismo". El título era un poco largo pero se vendió bien; no había libros como ese en el mercado, así que tuvo bastante éxito.
El chino, mi padre, fue el que inventó un aparato mecánico para cortar las tortillas redondas –como las españolas, por ejemplo– en la cantidad de trozos que uno desee. Es un aparato muy sencillo. Lleva un transportador circular y de su centro parte una cuchilla con una bisagra, una cuchilla que puede girar alrededor de ese centro. Una vez hecha la tortilla, y colocada en semejante artefacto, sólo hay que efectuar unos simples cálculos, o sea, dividir los trescientos sesenta grados sexagesimales que tiene una circunferencia entre los trozos que uno quiera conseguir, así sale el ángulo, aunque lo malo es que a veces hay que usar la calculadora porque no todo el mundo puede hacer estos cálculos de memoria. Por ejemplo, si hay que partirla en cinco trozos, el ángulo debe ser de setenta y dos grados, y si son tres o cuatro, o seis, los trozos, entonces es fácil, eso lo puede hacer cualquiera de memoria e incluso sin aparato. Lo malo es si son trece o diecisiete o veintitrés o cualquier otro número primo o complicado, entonces ya puede usted tirar de calculadora. Casi nunca se parte una de estas tortillas en diecisiete o veintitrés partes iguales, pero esto es lo de menos, así y todo quedaban muy bien cortadas, y el chino, mi padre, estaba muy contento. Luego lo patentó, mandó fabricar mil, para empezar, y se dedicó a venderlos en las tiendas de los pueblos de Wisconsin. Se vendían bien, y eso que en los EEUU no hacen muchas tortillas redondas –yo creo que los usan para las tartas–, pero bueno. Por qué le dio por Wisconsin, no lo sé; lo mismo podía haber sido en Massachusetts.
Yo ahora no tengo huevos, aunque con el aparato de la materia se puede conseguir huevo; en realidad se puede conseguir cualquier cosa, por más que el huevo salga con un extraño aspecto. No sale un huevo normal sino una especie de polvillo amarillo y blanco. Es huevo, y para algunas cosas sirve, pero uno no puede hacerse huevos a la plancha, con lo buenos que son. Eso sí, uno puede decirle a la máquina de qué quiere el huevo, de gallina, de perdiz, de codorniz, de paloma, de avestruz y hasta de cocodrilo, siempre sale un polvillo y lo único que cambian son los porcentajes de los diversos componentes, más grasa, más albúmina, etc., cosas de esas. Cuando uno tiene el polvillo fabricado, le echa agua y consigue huevo batido. A partir de ahí se puede usar para lo que se desee, como un revuelto, por ejemplo.
Mi madre era canadiense, no es que fuera francesa de pura cepa, mucho menos del París de la Francia. Mis bisabuelos eran de una región remota y medio salvaje que se llama Laburdi. Allí todos tienen el rh no sé cómo, de una forma rara, me parece que es como los beréberes, y se distinguen por su afición a la buena mesa. Ocas cebadas a la fuerza con un embudo, esas setas que nacen bajo tierra y se buscan con un cerdo amarrado a una cuerda, langostas a la basquaisse, etc.; todo ello hacía las delicias de mi padre, hizo un verdadero descubrimiento, y algunas de estas recetas las puso en el libro, en particular el bacalao a la bozatesa. Con semejantes antecedentes a mí tenía que haberme gustado mucho la cocina elaborada, pero la verdad es que no me atrajo nunca. De pequeño sólo comía pollo criado con harina de pescado. La cebolla, ni verla. Del ajo o los pimientos para qué voy a hablar. Las legumbres eran mi principal horror, ni siquiera las tragaba como puré, y al arroz chino y a la fruta los odiaba a muerte. Por eso, cuando hice el examen físico, los ingenieros me dijeron que padecía unas carencias alimentarias propias de los individuos aborígenes de la Tasmania Occidental –ya no quedan, porque los europeos, en la época de los descubrimientos, en el siglo XVIII, se las apañaron para matarlos a todos–, aunque a esto le puse remedio rápidamente. Me dediqué seis meses a nutrirme a base de la mejor dieta que hay, la dieta mediterránea. En seis meses me comí medio buey, decenas de kilos de lenguados y muchísimas judías. Al principio me las comía con azúcar –esto es lo que hacen los ingleses, según creo–, pero luego, a fuerza de experimentar y siguiendo los consejos de mi padre, descubrí que como están buenas es con longanizas. El resultado fue que engordé unos quince kilos, y claro, me volvieron a suspender las oposiciones en la prueba física: no pude correr los cien metros en menos de dieciséis segundos, y eso que lo intenté tres veces. Esto sucedió la segunda vez que me presenté, pero la tercera ya aprobé.
Mi madre, aparte de ser de origen medio francés, después de tenerme a mí empezó a sufrir de desarreglos del sistema nervioso central que se le tradujeron en graves deficiencias inmunitarias: se volvió terriblemente enfermiza. Cogía cualquier enfermedad, cualquiera que se le pusiera a tiro, y todo ello causado por los nervios, ese mal para el que no existe cura. Por ejemplo, ahora que estoy aquí, entre las estrellas, y mi situación se ha trocado en difícil y forzada estadía en los espacios exteriores, ha cogido la pelagra. Ya sé que agarrar la pelagra es difícil, muy difícil. De hecho, si te alimentas bien resulta imposible, pero para que vean que lo que estoy diciendo es la pura verdad, que mi madre puede pillar cualquier cosa a causa de los nervios, lo anoto: mi madre ha cogido la pelagra, y los médicos le dijeron, vamos, se lo dijeron a mi padre, que ello se debía a esta nueva situación familiar, mi comprometido hospedaje entre las estrellas.
Mi padre, el chino, escribió una vez un libro, un libro de cocina, pero aquello fue más bien una recopilación de fusilamientos y tampoco lo escribió él, ni siquiera literalmente, pues lo pasó a máquina una secretaria que tuvo en casa durante una temporada. En la época que cuento mi madre resultó afectada de malaria, y como se suponía que aquella enfermedad estaba erradicada del planeta, se la llevaron al hospital para analizar las causas. La malaria es muy peligrosa, muy contagiosa. Puede causar una de las diez plagas bíblicas en menos que canta un gallo, y con estas cosas no se puede jugar porque los políticos arriesgan su carrera; el motivo tampoco es otro, no se me entienda mal. Cuando a mi madre la llevaron al hospital, mi padre –en la vecindad le decían el chino– se trajo a la secretaria a vivir a casa para que no tuviera que venir todos los días porque debía de vivir algo lejos; además cocinaba muy bien, y eso siempre es interesante, sobre todo si te está mecanografiando un libro de cocina. Yo entonces tenía once años e hice mis primeras armas con ella, con la secretaria de mi padre. A mí no me daba ningún cargo de conciencia. Lo que hay que procurar es que de estos asuntos no se entere nadie, pero allí no fue el caso porque la verdad es que no hicimos nada, nada gordo, se entiende, sólo alguna broma. Como estaba escribiendo en un teclado que estaba encima de una mesa, me sentaba en sus piernas –esto lo hacía cuando no estaba mi padre, cuando estaba en la fábrica, que era por las mañanas–, bueno, pues alguna vez me sentó entre sus piernas y me decía, ¿quieres que te enseñe a escribir? Mira, esta es la e, tú le das a esa tecla y aparece una e en la pantalla; esta otra es la s, y mira, sucede lo mismo, ya tienes ahí la s; esta de encima es la t y esta la u, esta la p, etc. Así estuvimos un rato y al final teníamos la palabra estuprar. A mí no me pareció una palabra que tuviera que ver con los libros de comida, pero no dije nada. Entonces ella empezó a reírse estruendosamente y a abrir y cerrar las piernas a toda velocidad, pero como llevaba pantalones no sucedió nada digno de mención, y luego se quedó quieta y me dijo, ¿tú no sabes lo que es estuprar? Yo no tenía ni idea, así que dije, no, ni idea, y me quedé mirándola. Lo dije así para que me lo explicara, a lo mejor me lo explicaba, pero no se me arregló, por lo menos aquella vez, la primera, porque no debía de ser la mejor ocasión. Era tarde, como la una, y mi padre podía aparecer en cualquier momento.
Yo, hasta que tuve veintiocho años, fui dentista; lo mío no era lo de astronauta, eso se me ocurrió de mayor. Yo era dentista, dentista de verdad, odontólogo, no mecánico dentista, pero yo no soy un sádico, no me gustaba nada lo de hacer daño a los demás, y cuando eres dentista siempre estás haciendo daño a los demás y eso es un corte. Los primeros años no, claro, los primeros años te limitas a cobrar y a vivir, y si haces daño a la gente ni te enteras. Durante los primeros tiempos, durante el aprendizaje, no te das cuenta de nada, pero luego, cuando ya tienes una clientela establecida, una clientela fiel, todos esperan de ti milagros, aunque algunos, cuando se sientan en el sillón, en el potro, no quieren ni abrir la boca; otros vociferan y los más protestan, y mientras tanto el reloj sigue corriendo. A veces te dan ganas de matar a alguien. Además, todos te riñen. Doctor –te llaman doctor–, que usted me dijo..., es que el puente..., y ahora qué hacemos..., resulta que mordí una manzana... Cuando eres dentista te tienes que proteger, lo que sucede casi siempre que eres médico. Yo tenía un amigo que era ginecólogo y decía que adivinaba el sexo de los que iban a nacer. Lo que hacía era preguntarle a la futura madre lo que prefería, mostrarse de acuerdo con ella y, a continuación, apuntar en la ficha médica lo contrario. Si la madre acertaba nadie le decía nada, pero si no, sacaba la ficha y proclamaba, ¿ve usted?, lo que yo le dije, niño, y niño ha sido. Esto de ser médico te obliga a utilizar la astucia, qué remedio, a la fuerza ahorcan.
Bueno, yo era dentista, pero como me reñían mucho, y eso que era bueno, yo creo que no pegué más de diez o doce infecciones a mis pacientes en cinco años que estuve ejerciendo (eso es muy poco; sale a una cada seis meses), lo dejé, y al dejarlo pensé, y ahora qué hago, ya tengo casi treinta años, ya que no voy a ser dentista tendré que pensar en algo diferente. Un día vi en el periódico que la NASA andaba buscando futuros astronautas, gente que quisiera ir al espacio, lugar al que te suelen mandar a reparar satélites y otros asuntos menores, nada comprometido, así que me apunté a unas oposiciones, y ya en el primer examen me suspendieron; fue cuando me dijeron lo de que parecía de la Tasmania Occidental. La segunda vez estaba completamente fuera de forma y no fui capaz de correr los cien metros en menos de ya ni me acuerdo cuánto tiempo, y eso que lo intenté varias veces, pero a la tercera fue la vencida, a la tercera aprobé. Lo malo fue que entonces tuve que hacer la mili. Si aprobabas las oposiciones de astronauta tenías, lo primero, que hacer la mili, eso que ya no hace nadie, pero era obligatorio, así que pasé tres meses en un campamento en las Montañas Rocosas en donde nos enseñaron a disparar. Yo ya sabía porque tal actividad en mi país es gratis; todo el mundo sabe disparar, o casi todo el mundo. Incluso hay una ciudad –bueno, no pasa de ser un pueblo– que se llama Gun City, la Ciudad de las Armas, en donde están todo el día tirando tiros, entrenando, y los padres que son muy aficionados llevan a sus hijos pequeños, hasta de cuatro y cinco años, para que se vayan familiarizando con el negocio. Los pobres se deben de quedar medio sordos, pero eso a los padres no les suele importar. Lo que les interesa es que se vayan haciendo a la idea de lo que hay por la calle, de lo que se van a encontrar cuando sean mayores. La mayoría son wasps, claro. Negros o latinos casi no hay; algunos sí, pero pocos.
Otra cosa que aprendí en aquel campamento fue que en esta vida nadie quiere trabajar, y mucho menos tus jefes. De lo que se trata es de hacer tú su trabajo, o si no puedes, por el motivo que sea, que no sepas, o que no te dejen, resolverles los asuntos domésticos, limpiarles el coche, llevar a los niños al colegio, regarles el jardín, en fin, se pueden hacer muchas cosas; beber cerveza delante de ellos no, eso no les gusta, ni tampoco que te dirijas a sus mujeres. Yo no veo que sea nada malo ser amable con la gente, pero hay algunos que se disgustan, te miran de mala manera y le dicen al administrador que te ponga guardia un día sí y otro no, ya va a ver este listo, y como lo de las guardias es una faena, sobre todo en invierno, de las mujeres es mejor mantenerse apartado. También interesa hacer mucho la pelota: buen tiro, mi capitán, se ve que tiene usted una magnífica puntería, le ha dado al águila imperial en toda la cabeza; a la orden, mi teniente, etc.; decir muchas cosas de esas.
Yo, de todo esto, me enteré en el servicio militar, porque cuando era dentista no tenía jefes, sólo tenía subordinados, es decir, subordinada, ayudante. Tenía una enfermera que también hacía de secretaria, cogía los recados, recibía a los clientes y los pasaba a la salita de espera, y cuando la intervención se complicaba venía a poner la servilleta al paciente, a meterle el aspirador o a darle el vaso de agua, y a veces, entre cliente y cliente, o sea, nos metíamos en la parte de atrás y nos echábamos mutuamente un polvo vertiginoso, urgente, una cosa rápida. Yo entonces tenía unos veinticinco años, de forma que tampoco es tan raro, y ella debía de tener algunos más, no sé, a lo mejor ya tenía treinta. Además estaba casada, pero no importó porque lo que hacíamos nunca se lo contamos a nadie.
Cuando acabé la mili, y tras unas vacaciones de dos meses, me mandaron al Centro Especial de Entrenamiento, que fue la primera fase de todo aquel largo asunto. Yo no creí que fuera tan complicado, creía que iba a ser mucho más sencillo, pero me tuve que conformar, porque si vas a ser astronauta –o te vas a dedicar a cualquier otra profesión– tienes que pasar por el aro, es ley de vida.
Lo primero que nos hicieron en el Centro Especial de Entrenamiento fue un examen médico a fondo. Se suponía que todos los que llegábamos lo hacíamos en un estado de salud excelente, pero allí no se debían de fiar y nos sometieron a varias sesiones de tortura que no le deseo ni al indio Satanás; el indio Satanás no es mi principal enemigo, pero casi. Diría que si uno se imagina cuantos agujeros tiene el cuerpo humano, y lo que se puede profundizar en ellos, se puede hacer una cierta idea –esto lo dijo el legendario Glenn–, y el motivo de fondo no es otro que el de asegurar los detalles. Luego resulta que uno se sube allá arriba, y cuando está en plena faena le da la peritonitis... Si te acomete semejante dolencia y no tienes abierta la ventana del aterrizaje, ya puedes ir despidiéndote, de forma que para evitarlo te hacen vivir lo de la centrifugadora, la piscina o las condiciones de gravedad nula, pruebas todas ellas muy movidas, mucho mejores que lo de las barracas de feria, ejercicios mucho más completos.
Con ello estuvimos cerca de dos años –no es una carrera de ingeniería técnica, pero casi–, al cabo de los cuales empezamos a subir en aviones como paso previo a lo que había de venir después, los vuelos estratosféricos en sí. De los vuelos normales, los que hicimos en avión, no hay mucho que decir. Allí aprendí yo a tirarme en paracaídas, industria que nos enseñó un sargento a base de patadas en el culo. Era un sargento mayor con el pelo al cero y voz de trueno que no se andaba con rodeos, sobre todo con los novatos, porque la verdad es que, al menos la primera vez, si no te animan un poco, no te tiras. Te sientes tan inseguro, tan en el aire..., como esos turistas que aún se atreven a pasear en descapotable por ciudades de países extranjeros; nunca se sabe si te va a caer una piedra o una bomba de mano casera desde un balcón. A mí esto no me ha ocurrido nunca, pero una vez tuve una novia que me contó que, cuando estaba en la guerrilla, hacía cosas parecidas, y teniendo en cuenta lo que sé de ella, me lo creo.
Una vez sobrepasada esta etapa comienzas a montar en los camiones, los camiones espaciales, que no son los de la basura pero lo parecen. Te suben hasta unos mil kilómetros por encima de la superficie terrestre, y allí te hacen salir al exterior embutido en uno de esos trajes que aparecen en los noticiarios. Visto en la 3D aquello parece muy divertido, sobre todo con ese fondo tan bonito de la Tierra azul y blanca vista desde el espacio. Parece que el que está dentro del traje lo está pasando muy bien con los alicates y las llaves inglesas, incluso saluda a la cámara con torpes movimientos de la mano, pero la realidad es muy otra. El traje es sumamente incómodo, lo que quizá esté causado por el evacuatorio químico, y cuando vas a mover un dedo, y no digo nada de si es un brazo o una pierna, tienes que pensarlo. A veces intentas mover un pie y resulta que lo que has movido es la cabeza; luego echas una mano y se disparan los riñones... En fin, ya digo que es un lío y no me voy a extender.
Yo, como era muy bueno en estas labores, saqué uno de los primeros números de mi promoción y de inmediato me hicieron firmar unos contratos leoninos en los que se especificaba que debía subir al espacio tres veces por año, lo que implicaba un entrenamiento continuo –todos los días debía caminar al menos ocho kilómetros, por ejemplo–, y en los ratos libres, o sea, entre vuelo y vuelo, trabajar haciendo relaciones públicas, dando conferencias y todo eso, para nuestra empresa madre. Esto quizá se debía a que, por lo menos según algunas mujeres, no soy mal parecido del todo, no sé, a lo mejor fue algo de eso, porque al pobre Pancratos, el que todo lo puede, que tenía varias verrugas en la cara y le encantaba hablar, no le querían ni ver, no, usted ya dará conferencias en cuanto tengamos alguna en un zoológico, no se preocupe que ya le avisaremos. Esto se lo decía el oficinista trescientos catorce –llevaba el número en una etiqueta prendida en el bolsillo de la camisa, y me acuerdo de él porque son las tres primeras cifras de pi–, que tenía muy poca caridad. Pagaban bien, eso sí, pero no sé si compensa, y a veces pienso que tenía que haberme ido a una isla desierta o haber conseguido una pensión del systema. Eso no es tan fácil en los USA como en algunos países de Europa, pero si te sale bien no vuelves a trabajar nunca. Claro, que esto ya no tiene remedio, y lo de la isla desierta en cierto modo lo he conseguido; lo que no sé es cuanto duraré aquí.
Luego, cuando ya llevaba tres o cuatro años subiendo y bajando a las capas altas de la atmósfera, me seleccionaron para algo mucho más gordo, a mí y a otros cuarenta y siete. Todo empezó cuando decidieron explorar el Ulises, un oscuro y acabado cometa pequeñito que habían descubierto veinte años atrás, un cometa de tercera o cuarta fila en el final de su vida, no más que un guijarro volante, ¡mi inaccesible isla desierta!, pero a los mandamases del mundo científico les pareció el objeto del deseo, una ocasión única para conservar sus empleos unos años más, y organizaron una expedición, que tal fue el motivo de que me encuentre en este lugar. Ahora todo el planeta me conoce, todo el mundo sabe mi nombre, Alfred, aunque algunos me llamen robinsón estelar –esto es en plan héroe cósmico– y otros el colgado de la gravedad.
Toda la aventura, desde su principio, fue una continua chapuza, así que tampoco me sorprende lo que ha sucedido. Ya en la selección de personal hubo múltiples errores e irregularidades, y yo aparecí en una lista, la de los suplentes, en donde no debía haber estado, y luego, durante los largos y tediosos entrenamientos, que hicimos en la Antártida, hubo una noche un incendio causado por un exceso de calefacción en uno de los barracones. Como se llevaban mujeres, a veces hasta en helicóptero, para que la gente no se acabara peleando, el alcohol –y las anfetaminas, y el paracetamol, y el alprazolan y tantas otras sustancias– corría como el agua en las torrenteras de los deshielos primaverales, y los del control perdían completamente los papeles con el resultado previsible. En una de aquellas orgías polares se incendió una de las calderas y nadie se dio cuenta hasta que ya no se pudo hacer nada, porque los que vigilaban por los monitores estaban con unas suecas que habían llegado por la tarde. Eran de una misión científica que había cuarenta millas al oeste, pero ellas robaban uno de los cremalleras que tenían en la base para los desplazamientos y, tras una hora de traqueteo, llegaban adonde estábamos nosotros y se quedaban hasta que amanecía. En fin, esta es una forma de hablar, porque ya saben ustedes que en los polos en invierno no amanece, es siempre de noche, pero se quedaban hasta que daba la hora de incorporarse al trabajo, hasta un poco antes. Los grandes jefes vivían en unas construcciones que estaban algo apartadas y se suponía que no se enteraban de nada, pero yo más de una vez vi alguno por allí, y además las suecas decían que no les gustaban los suecos, no, hombre, demasiado rubios, mucho mejor los negros, y allí otra cosa no habría, pero lo que es negros... Bueno, pues en el incendio hubo varios heridos e intoxicados, sobre todo por quemaduras causadas por el hielo. Como nos tuvimos que salir al fresco en plena noche polar, y más de uno, y de una, iba desnudo, la enfermería al día siguiente rebosaba, y el que iba a ser el comandante de la misión, que era de los más lanzados en esto de las chavalas, se congeló los pies, no se los cortaron de milagro, de resultas de lo cual se corrió el escalafón y a mí me incorporaron al grupo de futuros exploradores del cometa.

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... continúa durante unas 350 páginas, y finaliza de la siguiente manera:

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¿Qué más quieren que les cuente? Juan Sebastián se había muerto, los ets desaparecieron y no se volvió a saber de ellos, y María ya había crecido, era mayor y hacía mucho tiempo que tenía su vida, incluso su propio hijo. Los demás también se fueron quedando por el camino. Su amigo Louis llegó a viejo, pero un día recibimos la noticia de su desaparición, aunque aquello no le afectó demasiado porque cuando eres viejo sabes que estás expuesto a quedarte solo, y su otro amigo, Javi, el experto en fabulosas construcciones, se ahogó tiempo atrás en una de sus correrías marítimas; un día cogió la canoa y no se le volvió a ver. Yo estuve quince años en el fondo del mar y no me sucedió nada, pero el mayor y él se fueron a dar un paseo en piragua y se los tragaron los vientos. Mis hermanos nunca aparecieron, ¿se los comería el jaguar americano, como pensé a veces?, a lo mejor, y Alfred, el astronauta medio chino, el astronauta del Ulises, duró mucho, casi tanto como Eduguá, y durante todos aquellos años llevó a cabo muchísimas bromas de las suyas, lo leíamos en los periódicos y nos reíamos. ¿Sabes la última de tu marido en las ondas electromagnéticas? No sé con quién vivirá, pero guarda el foie en la caja fuerte, lo dice aquí, y eso que de pequeño sólo comía pollo alimentado con harina de pescado, siempre fue un pitiyanqui, y hasta Ton, Easymonde el incorruptible, se fue y nos dejó solos, ya no quiero más tierra que la de los gusanos.
Los personajes que pasaron por estas páginas han desaparecido todos. Claudia aguantó hasta el final con los suyos, los matemáticos. No escurrió el bulto ni mucho menos, y sus descendientes, a los que sólo conocí de oídas, ¿serán ellos gente de las estrellas...? Sí, seguro, y si no lo serán los que vengan detrás, y Pepe y Petra –¿se acuerdan ustedes de Pepe y de Petra, los posaderos del fin del mundo, a quienes muchas veces, cuando ya éramos mayores, fuimos a visitar?– están enterrados en el desierto cementerio de su pueblo de la Costa de la Muerte bajo calizas lastras arrancadas al acantilado. El pueblo pesquero estaba abandonado, y tan sólo dos o tres vecinos, tan viejos como nosotros, nos dieron razón de lo que fuimos a preguntar aquella última vez. Ya sólo quedo yo, criolla; yo, dientimellada y tocada por el dedo de los extraterrestres; yo, marciana o neptuniana, no lo sé muy bien; yo, bicho raro, la del fondo del mar, aunque de aquello nadie se acuerde. Los libros de historia hablan de ello, sí, pero ¿quién lee los libros de historia?
María no está aquí, ahora vive en la Ciudad de las Luces. No está lejos, pero tampoco es para venir todos los días, así que lo que hace es venir todos los meses en el tren; esto del tren no es literal, pero lo digo así para que ustedes me entiendan. Viene y se queda unos cuantos días. Dice que no soporta ser una persona importante, que se va a retirar en cuanto se lo permitan y que lo único que quiere es poder estar otra vez a solas con su instrumento. Hay que cambiar de ocupación cada veinte años, por lo menos, lo dicen todas las reglas del Universo, y me parece que a ella le gustaría irse de la Tierra; no la van a dejar pero da igual, lo piensa. Yo no, yo ya no pienso en nada, ¿adónde iría a estas alturas? Yo me moriré aquí abajo, eso es seguro, y en seguida, y los que vengan detrás..., como nuestro nieto, porque nosotros tuvimos un nieto, ¿lo oyeron antes?, el mencionado Ulises. Después de mucho pensarlo María le puso un nombre poético, Odiseo, Ulises, porque es seguro que la vida de este ser estará llena de peripecias. Las cosas ya no son como eran. En los últimos cien años todo cambió mucho, sí, pero ni punto de comparación con lo que va a suceder a partir de ahora; las estrellas son infinitas y están muy lejos. ¿Qué encontraréis allí? Tu vida será una odisea, de forma que para que te vayas habituando te llamaré Odiseo, aunque a tu padre no le guste. ¿Llegarás a las estrellas? Lo veremos, pero en todo caso yo te podré dar desde aquí alas con mi violín...
Ya no hay nadie, nadie habla, nadie dice cosas, nadie cuenta sus aventuras, Eduguá y los demás se fueron, se han ido todos. Yo sigo en la luminosa granja isla, sólo que ahora con un poco de reuma; claro, de tanto estar metida en el agua... Encorvada no estoy mucho, y las constantes vitales las mantengo dentro de unos límites que son la admiración de la vecindad...
No me miren, no digan nada, ya sé que somos todos muy viejos, la isla granja parece un asilo; mejor. Cuando vienen Perico, Gerry, Juan y las otras, siempre hay que decir lo mismo, qué es eso de irse todos al baño, ja ja, parecemos tontos, yo ya lo dije una vez, venga, no vamos a disimular ahora, sacad las pastillas, todas las pastillas encima de la mesa, nada de ir al baño a esconderse, a ver qué tomas, no te ocultes... Aquí somos todos muy mayores, bueno, los que quedamos, porque los demás se murieron..., pero es bien cierto que yo no tomo pastillas ni me doy rayos de ninguna clase porque tengo una conexión mejor. Lo que yo tengo es un Pittosporum selvaticum que, de momento, me está ayudando en lo que puede. Durante mucho tiempo tuve una pila de bismuto a mi servicio, lo recordarán, pero ahora tengo un Pittosporum selvaticum que es una máquina mucho más perfecta que una pila atómica en miniatura, y lo más probable es que dure más que yo; eso me tranquiliza.
Yo estuve amaniguada toda mi vida, sí, y arrimándole coplas a quien pude... Siempre lo hice, aunque en el fondo del mar me convirtiera en una niña, eso ya lo dije demasiadas veces, nieta de esclavos que llegó a lo más profundo, si bien esto no es ningún timbre de gloria porque todos somos nietos de esclavos, alpargatúos nietos de esclavos de la materia..., pero ahora ya acabo porque sé que lo que ustedes querían es que les narrara lo que sucedió con esta historia, cómo acabó esta historia, misión cumplida, y esto lo digo excusándome por haberme ido tantas veces por las ramas. Todo ello se lo dicté a la máquina, y espero que no haya puesto muchas faltas de ortografía, aunque si las ha puesto, ¿qué importa?, se entenderá lo mismo porque este fue un grandioso drama per música profusamente orquestado, una historia complicada y sinuosa sobre criaturas que heredaron diversas clases de sabidurías, un tipo confuso y contradictorio aunque cabal habitante de su tiempo, un cachalote del océano Atlántico, un dentista que vivía en un cometa y yo misma, una negra como cualquier otra. También aparecían las familias y los novios y novias de todos, y las pasiones incontroladas; aparecían hasta los extraterrestres, y dicho así parece de risa. Los sucesos se pueden contar de muchas maneras, pero a fin de cuentas el que más razón tenía era mi novio, el de la termodinámica: todos somos sus siervos, amén.
A lo mejor algún día las cosas cambian para los seres humanos, como cambiaron para aquellos que en un ya muy lejano tiempo consiguieron reducir el fuego a la obediencia, o incluso los europeos del siglo XVIII que inauguraron la Era de las Máquinas; a lo mejor algún día dejamos de ser esclavos de la materia, ¡quién sabe!, pero mientras ese momento llega... Sí, es lo que les decía, ya no queda nadie, hasta el hijo de María, Odiseo, Ulises, se fue a las estrellas... Mejor, era lo lógico, ya nos lo anunciaron, lo mismo pasó con la mayoría, la Humanidad ha vuelto a las estrellas, al final todos hemos cumplido nuestra función.


En el Reino de los Sueños, al principio del siglo XXI



CONSUMACIÓN
Aquí concluye la sin igual aventura que nos inspirara la Europa barroca, cuando todos nuestros amigos murieron..., pero no se extingue el más fabuloso de los fenómenos que este planeta vio producirse, la clase de vida que conocemos, ni la evolución de la materia. Aquí finaliza la existencia de nuestros amigos, sí, pero queda la de sus descendientes, como Odiseo, Ulises y sus coetáneos, que en un futuro también serán Reyes de los Cielos, al menos para algunos seres vivos tan ignorantes como nosotros mismos cuando fuimos visitados por los que nos correspondieron durante un segundo de su tiempo.
¿Y después...? Cabe que si usted siguió el desarrollo de los acontecimientos desde su comienzo haya concebido falsas esperanzas en lo que se refiere a los últimos actos del Grandioso Drama que se representa en el Teatro Universal, el futuro que espera a la inteligencia, incluidas manifestaciones tan revolucionarias como las de las luces azules..., pero intentemos decir una vez más la verdad: al Universo sólo le quedará la Muerte Térmica o la Inversión de Principios, ¿quién puede saberlo?, y tras ello, suceda lo que suceda, todo será olvidado, hasta las Pirámides y las cuevas prehistóricas.
De cualquier forma, y por lo que a nosotros toca, gracias por este notable intervalo en el que fue posible la vida. Gracias a Bach, por supuesto, pero también a Newton, a Cervantes, a Spinoza, a Goya..., a tantos otros que no conocimos, anteriores y posteriores, y a Eduguá, la negra y el cachalote, que entre todos y con sus esfuerzos hicieron posible aquello tan famoso de "el corazón, la boca, el acto, la vida".

(Nota final: "El corazón, la boca, el acto, la vida", descriptiva e inconfundible expresión que lo resume todo, no es sino el título de la cantata BWV 147 del gran amigo de todas las personas, Johann Sebastian Bach).