Mostrando entradas con la etiqueta telepatía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta telepatía. Mostrar todas las entradas

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La aventura por antonomasia




Imagínese el mundo del siglo XXI. No el de principios (la actualidad, que de sobra conocemos), sino el que se nos viene encima. El mundo de los decenios de los años 30, los 40, los 50..., al final del cuál... 

(esto tiene lugar durante el solsticio de verano del año 2050, o el solsticio de verano del 50, como dice la negra: [...] así que la primera noche, también la primera noche de aquel verano, el verano del cincuenta, mientras la civilización llegó a buscarnos la pasamos solos [...] ),

... sucede el milagro, que milagro fue y estupefactos dejó a los miles de millones de habitantes de nuestro planeta Tierra.
¿Qué fue ello? No lo desvelaré, claro está, pero allí intervinieron fuerzas de las que aún no tenemos noticia. ¿Cómo íbamos a tenerlas, si los seres que las produjeron desdeñaban a la humanidad como interlocutora? ¿Para qué nos iban a necesitar, si ya existen los cetáceos?... Y es que no somos el centro del mundo, como muchos piensan, sino una especie que, aparentemente, está dando sus últimos suspiros.
La aventura de las luces azules es la última de las novelas que estoy publicando, una narración futurista (una fantasía, por lo tanto, y una fantasía bonita), en la que se aborda el problema de la evolución (de la evolución de la materia, se entiende, que desde el big bang no ha cesado de reelaborar sus estructuras, galaxias, estrellas, seres vivos...), lejos, muy lejos de las coordenadas hoy cotidianas, toda esa anticuada e inane jerga de izquierdas, derechas y demás zarandajas con que se entretiene a las por definición acríticas sociedades actuales. Es preciso traer a colación asuntos nuevos, pues el mundo que nos espera no se va a componer de lugares comunes y baladíes y trasnochadas frases hechas.
La aventura de las luces azules es un título que lo define a la perfección. Es una aventura, vaya si lo es –una innumerable sucesión de ellas–, y amén de otros elementos (la superficie de los continentes, sí, pero también la del océano, sus más profundos abismos y la inmensidad de los yermos espacios interplanetarios...), está aderezada por los efluvios –de los que no sabemos nada– de las ondas telepáticas, es decir, las que se supone que emiten –aunque aún no las hayamos detectado– máquinas tan complicadas como los cerebros de los animales superiores. ¿Y quiénes son los animales superiores? Pues se supone que las personas... y los cetáceos. Hay más, y tampoco habría por qué circunscribirse a ellos, pero para no complicar el asunto, los personajes principales de la historia son tres: un europeo que nace el 1 de enero de 2001 –justo con el milenio–; una negra procedente de la selva caribeña y cuya mayor afición es el mar, y un cachalote del océano Atlántico; telépata, por supuesto. Entre los tres dan cuerpo a esta ingente historia –La aventura de las luces azules–, que se extiende durante 100 años y 800 páginas.
Esta no es una narración de ficción científica (impropiamente llamada ciencia ficción), puesto que aquí no se habla de ciencia (o se habla muy poco), pero que inevitablemente cuenta con elementos de ese género, como la telepatía y la presencia de inteligencias extraterrestres. Entendámonos, la presencia, que no quiere decir su aparición en escena en carne mortal, puesto que no creo que estos seres sean tan tontos como para descender a la Tierra que conocemos, y menos con la que está cayendo en la sociedad de analfabetos informáticos que caracteriza los tiempos actuales. Sin embargo, allí están, contemplándonos con estupor desde el lugar que ocupan...

La que publico ahora es la segunda parte, subtitulada Rondeau, y luego, con intermedios de unos meses, seguirán las restantes, Scherzo allucinante y Andante con moto e finale.
¿Qué más quieren que les cuente?, porque podría hablar de tantas cosas... De las aventuras abisales de la negra; de los conciertos de puertas chirriantes en alta mar –puesto que la música es parte fundamental en esta historia; del astronauta perdido para siempre en órbita solar; de la bienaventuranza, especie vegetal de allende los espacios siderales; de la boda por ondas electromagnéticas y los coloquios con seres que están lejos, muy lejos... pero no diré más. El que esté interesado en leer semejante cuento, que cuento es, y provisto de colosal fantasía desbordada (es el mundo del futuro), ya puede hacerlo AQUÍ

La primera parte (Allegro vivace) se puede ver AQUÍ


lunes, 10 de septiembre de 2018

Novela fantástica y futurista: ya está aquí, y gratis



En esta narración –ya lo he dicho en otros sitios– aparte de los protagonistas (Eduguá, la negra y el cachalote) aparecen muchísimos personajes, y siendo como es una novela en gran parte futurista, estos no son normales, personas con las que te puedes cruzar en la calle, sino figurantes fantásticos, aunque no por eso menos reales, pues nuestro mundo, el cotidiano, sólo es uno de los muchos que existen. He aquí algunos de ellos:
Los posaderos del fin del mundo (al final enterrados bajo calizas lastras arrancadas al acantilado...); cachalotes telépatas; astronautas abandonados a su albur en órbita solar; sacofaríngidos y melanocetos (habitantes del fondo del mar), y cómo no, extraterrestres todopoderosos e invisibles que hacen lo que nadie puede hacer sin pedir nada a cambio.
La historia es complicada, ya se ve, como complicada e imprevisible será nuestra suerte durante la época en que transcurre, este siglo, el XXI.


Bueno (que a eso iba). Pues resulta que la primera parte de este libro se podrá descargar libremente del 10 al 14 de este mes de septiembre en el siguiente enlace: 


Como se ve, esto se hace en Amazon, por lo que podéis andar descuidados, que no os van a meter virus o troyanos.
 

---------------------------------

Además, si queréis ver otros libros (cosas de todo tipo, aunque sobre todo novelas), id a ESTE ENLACE.






 

Además, si se quieren ver otros libros (cosas de todo tipo, aunque sobre todo novelas), hay que ir a ESTE ENLACE.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Vídeo clip sobre "Europa barroca"

-

He hecho una peliculita (más bien un vídeo clip) en la que se intenta describir cómo es esa novela de la que he puesto algunos trozos en este blog: "Europa barroca".
Es muy corta, y para verla no hay más que ir al siguiente enlace:

miércoles, 15 de abril de 2009

Yo me llamo Cacho Madera

-

Traigo hoy unas páginas de "Europa barroca", esa novela (la he escrito yo; lo digo por los nuevos) que cuenta la fantástica vida de tres personajes, Eduguá, la negra y el cachalote telépata y habitante del océano Atlántico. Eduguá tiene un hermano, Cacho Madera, un tipo que mide más de dos metros y ha hecho de su vida un sayo, y como ha pillado una de esas enfermedades "nuevas y misteriosas para las que no existe cura", acaba donde cualquiera se puede imaginar, aunque incluso a las puertas de la muerte aún tiene ganas de broma...
Esta no es una novela normal, de las de ahora, de esas que empiezan con el protagonsita entrando en un bar y encontrándose con alguien del sexo opuesto... (¿Por qué la mitad de las narraciones que veo por ahí empiezan de semejante manera? Misterio). No, esto es otra cosa, y para ilustrarlo (aunque esto no es el principio, sino un fragmento de su misma mitad), ahí van mil palabras.


Yo me llamo Cacho Madera

Desde el control me dijeron que me fuera despidiendo, entró la monja y me dijo que me fuera despidiendo, debió de escapársele. Esta monja es muy grande y desconsiderada, aunque yo lo prefiero. El otro día el médico le echó una bronca de padre y muy señor mío...
Yo no sé cómo es esto de la técnica. A veces creemos que puede hacerlo todo... Sin embargo, yo aquí y las estrellas, sí, yo aquí y las estrellas, y si me descuido, sólo un descuido, vendrán hasta los de Recursos Humanos, los Asistentes Sociales o comoquiera que se los conozca ahora. Esos también hacen pajas, pero unas pajas muy raras; yo prefiero las normales.
Ahora veo la superficie del mar, la veo en ocasiones y cuando menos me lo espero. De repente allí aparece la azul superficie del mar plagada de bichos saltarines que croan como ranas y circulan ante mi punto de vista; deben de ser delfines. Una vez vi a un oso blanco paseando nerviosamente por la orilla de un mar glacial, un salmón se comía a un arenque, una foca se comía al salmón, y luego el oso se comía a la foca... Luego no sé qué sucedió, porque entró la monja y me despertó: ¡su inyección! Entonces yo puse el culo, como de costumbre... Me parece que estas medicinas modernas, esos líquidos rojos y transparentes, no sirven para nada, o por lo menos a mí no me sirven para nada. Yo sigo aquí, en la cama, a veces en el sillón, pero las fuerzas no me vuelven. En ocasiones parece que sí, y entonces me torno optimista y le digo a Sandy,
–Cuando todo esto acabe tenemos que dar la vuelta al mundo; yo no la he dado nunca. No sé a qué estaba esperando, pero ahora que estás tú aquí lo podemos hacer. A lo mejor es que me daba pereza hacerlo solo, pero eso se acabó. ¿Quieres ir a Ceilán? Sí, primera parada en Ceilán, y luego, ya que estamos allí, podemos intentar subir en el teleférico del Everest. Dicen que hay mucha cola, pero si se va con dinero por delante te la saltan y pasas el primero. También podemos ir a Pelotas. Está en el sur de Brasil y he oído decir que allí están las mejores playas del mundo. ¿Tú no sabes esa que dice, mi tío, que es brasileño, pasa en Pelotas el mes de abril...?
–No le digas eso a la niña.
–¿La niña...? ¡Pero si es muy mayor! Sandy, díselo a tu tía... Hermana mía, pareces una de los de Recursos Humanos.
Bueno, y otras veces, en vez de la azul y espejeante superficie del mar, lo que he visto ha sido la totalidad del Cosmos. Yo no sé si esto tiene que ver con lo que sucede cuando te ponen la inyección y ves las estrellas, porque con algunos de esos líquidos ves las estrellas. Como la monja debe de ser un poco sádica, tarda más de la cuenta en enchufármela y dice, aguante, aguante, sí, aguante, ¿eso no se puede hacer mejor?, y ella me dijo, no, es así como hay que hacerlo.
En cierta ocasión una voz me habló.
–Hace veinte millones de sus años que arribaron las primeras Oleadas, los primeros torbellinos de luces azules. ¿Azules...? Sí, ¿por qué no? Las primeras luces azules se produjeron hace cierto tiempo, algo después de nuestra toma de contacto con este lugar apartado.
Yo no sé si fue la abuela; la abuela hablaba con el pensamiento y la voz que oí me pareció la suya. Esto es difícil de determinar, más en mis circunstancias, pero aquella voz me pareció la suya, aunque la abuela nunca me habló de las estrellas ni de los misterios que encierra el Universo; eso lo he aprendido yo solo hace poco.
–No, hija, a las estrellas no iremos, por lo menos tú y yo. Iremos mejor a alguna playa de una isla desierta. Las estrellas son lugares demasiado complicados para nosotros, los seres humanos del siglo veintiuno. Están demasiado lejos, y una vez allí, cuando llegas, no sabes qué hacer. ¿Cómo te vas a pelear con el principio de exclusión entre neutrones? Las fuerzas son demasiado poderosas y no hay nada de comer.
Claudia me mira alucinada. Seguro que se está preguntando dónde he aprendido eso del principio de exclusión. Pues lo leí en un libro que me trajo el guarro. El libro estaba muy bien, muy claro. Era un poco antiguo, pero me ha dado igual porque tenía muchísimas fotos y dibujos; lo explica todo claramente. Ahora resulta que al guarro, que era tan tímido de pequeño, le ha dado por la física, y yo, desde que leí el libro, empecé a tener visiones cosmológicas...
Cuando me entró el bicho, el bisonte dentro del organismo, y lo digo ahora que ya sé que la luz del mundo se acaba, me dije, adiós mates, adiós pases y asistencias, ¡con lo bueno que era yo en esto de las asistencias...! Lo aprendí de pequeño, cuando jugaba de base, y engañas a todo el mundo. Miras hacia la derecha y lanzas el balón al que tienes a la izquierda. También lo puedes hacer poniéndote de espaldas y soltando el balón hacia atrás y por encima de tu cabeza, así sí que engañas a todo el mundo, nadie se espera semejante pase. Yo engañaba hasta a los de mi equipo, y el balón se iba fuera del campo y lo perdíamos. Cuando se juega hay que estar muy atento, menudas broncas tuvimos por ello... ¿Y qué me dicen del corte Ucla? Esto del corte Ucla es antiguo, muy antiguo, se descubrió el siglo pasado pero se sigue usando. Para hacerlo bien hay que tenerlo muy ensayado, pero para eso están los entrenamientos. Yo no sé cuando podré volver a entrenar. Entre unas cosas y otras lo tengo un poco abandonado, aunque en realidad es lo único que sé hacer, ¿o debería decir, que sabía hacer?

---------------------------------------------

Últimas entradas en mis blogs:

Alubias con langostinos y mejillones

Calatrava en el siglo XII

El cuento del gnomo vestido de rojo

sábado, 15 de noviembre de 2008

Concierto marítimo

El texto que pongo hoy pertenece a la novela denominada "La aventura de las luces azules", continuación y final de "Europa barroca", de la que ya puse tantas cosas en este blog. En él se cuenta lo que sucedió una de las veces en que Eduguá (uno de los protagonistas de esta ingente historia) fue al océano a visitar a su amigo, el cachalote de la mancha blanca en la frente.





Concierto marítimo
Cuando, aquella vez, llegamos Javi y yo al lugar de la cita, un lugar cercano a la costa en un mediodía radiante del mes de mayo, Eudoxio ya estaba allí; fue la primera vez en que llegó antes que nosotros. Estaba con dos congéneres, dos cachalotes tan grandes como él y de los que, por la mañana y con la voz de la abuela, me había dicho,
–No te preocupes, son amigos míos, los conozco desde hace muchos años. Uno de ellos es Crispincín. No es hijo mío, pero le eduqué yo en la manada que fundé. Ahora él tiene la suya propia, aunque al Ártico solemos subir juntos. El otro es el patriarca del grupo más grande que jamás conocí, ¡una manada de más de doscientas hembras!, aunque para manejarla tiene ayudantes, claro es. Él no emite luces azules pero está muy interesado en nuestra relación. Se lo conté, y me pidió que alguna vez le llevara a uno de nuestros encuentros. No te importará, ¿verdad?
Yo contesté,
–No, en absoluto. ¿Son también músicos tus amigos?
–Bueno, en los viajes solemos cantar juntos, pero no se puede decir que conozcan la música de los humanos. Se lo he explicado, y me ha dicho que tomará buena nota de lo que suceda.
Luego yo me acordé de algo.
–¿Has vuelto a tener noticias de los que nos miran desde la estrella?
–No, ya sabes que ellos no se molestan por nosotros. Cuando se manifiestan, lo hacen de manera inequívoca. ¿Por qué me preguntas eso?
–No, en realidad por nada. Yo aproveché aquella ocasión para pedirles un favor y no sé qué habrá sucedido. Fue mi madre quien apareció en su nombre, pero de momento no han dado señales de vida.
–Bueno, hay que tener paciencia, el olvido no entra en sus planes. Si deciden complacerte, te darás perfecta cuenta.
Cuando llegamos al lugar convenido, los tres cachalotes nos hicieron un recibimiento propio de su especie, la denominada Physeter macrocephalus, expresión latina que significa "soplador cabezón". Nos recibieron con un gran concierto de bocinazos, mugidos y resoplidos en todas las frecuencias, y luego nos rodearon y mostraron bien a las claras su alegría, y para que no quedara duda ejecutaron una serie de danzas y saltos, a los que mejor habría que calificar de panzazos, que dejaron al barco y a nosotros chorreando. Javi levantó las manos y gritó, ¡eeeeehhh, quietos, nos rendimos!, y aunque no entienden el español lo comprendieron perfectamente. Bucearon un poco y se colocaron simétricamente, mirándonos con atención y ronroneando como gigantescos gatos. Javi y yo nos bañamos en el mar, un baño siempre viene bien para relajar el cuerpo y despejar la cabeza, y luego empezamos a pensar en comer algo, porque lo que nos había llevado hasta allí, la música, no comenzaba hasta el atardecer. No sé cuál es el motivo de que a los cachalotes les gusten los cánticos vespertinos, pero es así. Entonces Eudoxio levantó la cabeza, soltó uno de su horripilantes gritos y se sumergió, desapareció bajo las aguas y sus amigos no tardaron en seguirle, desaparecieron los tres. Javi, sorprendido, dijo,
–¿Tú crees que se han ido? –y yo contesté,
–No, en todo caso habrán bajado a comer. Cuando se van, siempre avisan antes. Podíamos aprovechar también nosotros. ¿Qué tenemos por ahí?
–Todavía queda guiso de la marmita de Petra.
–Bueno, pues vete calentándolo.
Yo estaba mirando la superficie del mar cuando uno de ellos apareció de improviso. Apareció lejos, a media distancia, y se quedó allí, observándonos. Yo le hice señas con la mano y luego apareció el otro, que se puso a su lado. Me miraban como si estuvieran muy interesados en algo, yo me preguntaba en qué, y miré a mi espalda..., y en ello estaba, cuando de repente oí un ruido conocido. ¡Eudoxio, y sus inconfundibles trompetazos, emergía junto a nosotros!
Aquello fue como un huracán, y en un primer momento creí que nos hundía. La cabeza del cachalote apareció sobre las aguas tumultuosamente, muy cerca, y de ella salió una ola, o eso me pareció. Salió muchísima agua que me cayó encima, me empapó y llenó el barco, escurrió y volvió a caer por los imbornales a su lugar de procedencia mientras miles de objetos culebreaban en todo lo que me era dado ver, todo se había llenado de pequeños objetos blancos que se movían e intentaban huir desesperadamente. Javi subió las encharcadas escaleras corriendo, ¿qué ha pasado?, ¿qué es esto...?, y yo solté la carcajada. ¿Cómo no se me había ocurrido antes...? Eudoxio nos había llenado el barco de calamares.
Efectivamente, lo que había en la bañera eran unos cefalópodos pequeñitos, maravillosos, de los que yo no había vuelto a ver desde que era pequeño, cefalópodos de verdad, sin ningún cruce genético de tipo industrial, sin conservantes ni colorantes ni atomizantes ni nada de eso, y vivos, a juzgar por el follón que había en la bañera. La gran mayoría había caído al mar, porque el escupitajo de Eudoxio había sido monumental, pero los que habían quedado en el fondo, que Javi y yo, tan estupefactos como es de imaginar nos apresuramos a recoger, estaban vivos; debían de ser abisales y frescos, vamos, recién pescados. Eudoxio, que debía de subir directamente desde abajo, desde varios centenares de metros, a lo mejor más, había cogido un puñado, para él un bocadín, para nosotros un banco entero, y sin más nos los había escupido encima.
–Los humanos prefieren los maganos porque tienen la dentadura sensible, esto ya se apuntó, y ahora vais a saber vosotros, humanos de vuestro tercer milenio, lo que es el pescado fresco; de esto ya no se acuerda casi nadie. ¡Ahí va...!
Acto seguido nos metimos en la cocina con aquel tesoro, y con lo que teníamos almacenado hicimos un guiso de los que poca gente ha conocido. Lo he dicho mil veces, ya nadie se entera de nada, y de aquello tampoco porque Javi y yo, en cuanto la preparación estuvo a punto, media hora después, nos apresuramos a comérnosla, y eso que nos salió una enorme sartén que incluso rebañamos con pan duro. ¡Maganos con toda la tinta!, pimiento verde, aceite de alguna aldea de Zamora, ajos de la ristra, un montón de tomates que previsoramente llevábamos, una gran cebolla roja..., aquello fue todo, y para cocerlos añadimos agua del mar, así que, ¿qué más querrían oír ustedes...? Pues aún diré que guardamos con todo cuidado los sobrantes para ocasión posterior, y que mientras estuvimos merendando aquella maravilla Eudoxio y sus amigos desaparecieron, debieron de irse a merendar ellos también, se sumergieron y estuvieron un rato por allí abajo, y luego, cuando hubimos acabado, con el buen cuerpo que te dejan estos alimentos, volvieron a subir y se dedicaron a dar vueltas alrededor de nosotros muy despacio, como esperando algo, y entonces Javi cogió la gaita y yo la trompeta, y mientras se desarrollaba el crepúsculo, mientras el Sol se ponía allá lejos con sus acostumbradas luces, primero naranjas y luego más rojas, y al fin, cuando desapareció del todo, ante un público formado por dos catodontes adultos y expectantes dimos un concierto como nunca antes oyeron las olas del mar ni ninguna de las ninfas del océano, un concierto marítimo y crepuscular, un concierto en trío para trompeta, gaita y continuo. El continuo lo hacía Eudoxio, que a veces parecía un órgano de tubos y a veces un violonchelo cósmico, ¿o era una viola de gamba cósmica...?, no sé, e incluso a veces el instrumento del continuo por excelencia, el clavicémbalo. A partir de ahora te voy a llamar Juan Sebastián. Para algo tenían que servir las conversaciones de puerta chirriante, y modulas con suficiencia, parece que te ha enseñado alguien. Claro, que después de tanto tiempo ensayando juntos, algo habrás aprendido...
Esta idea se la brindo a futuros músicos, o a músicos del futuro. Yo creo que se puede desarrollar mucho.

miércoles, 23 de abril de 2008

Yo no soy una foca que está en una placa de hielo

Traigo hoy un texto de "Europa barroca", novela de la que hay otros fragmentos en este blog. En él se describen los pensamientos de un cachalote durante uno de sus anuales viajes a veranear en el océano Ártico. Este cachalote es amigo (telepáticamente hablando) de otro de los personajes de la novela, Eduguá, que nació con el milenio, es decir, el 1 de enero de 2001. Lo que se cuenta podría suceder durante el 2025, más o menos.
-

-------------------------------------------------

Yo soy una foca que está en una placa de hielo. El hielo es delgado, pero como no peso mucho, no me hundo. El hielo se desgajó de un témpano más grande, se desgajó un trozo y yo aproveché para subirme en él. Hizo un ruido como de sierra, como de juguete roto, un crrraaaac prolongado, y luego se desgajaron otros. Yo, en realidad, no soy una foca subida en una placa de hielo, encaramada en un diminuto témpano flotante, pero es como si lo fuera.
Miro a mi alrededor y veo agua azul, agua salada, agua helada aunque aún líquida. La placa de hielo no es muy grande ni muy gruesa, y voy a contar lo que sucede con ella. Mis enemigos me acechan. El gran y perezoso oso blanco, el gigantesco y peludo oso blanco, las garras y los dientes y el instinto, la poderosa mandíbula del gran y peludo oso blanco, todos ellos me acechan, todos ellos me contemplan, me observan desde lejos, desde el firme hielo de la orilla. Allí están los osos blancos, el oso blanco que me ha señalado el Destino; esto está escrito desde el principio de los tiempos. Sí, allí está el oso blanco, mirando, oteando, husmeando. El oso blanco no está contento, está nervioso y pasea por la orilla...
Yo no soy una foca que está en una placa de hielo flotante, pero hago su papel. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que se dirige al océano boreal, que va de viaje hacia el refrigerante océano Ártico mientras en la orilla el oso husmea el aire... Sí, allí está la foca subida en su placa de hielo. La placa de hielo no aguantaría mi peso, y por eso no me puedo subir encima. Si lo hiciera, la foca, que es lenta y pesada de movimientos, se zambulliría al instante por el agujero que ha excavado a su lado, ¡qué listas son las focas! La placa de hielo es ancha, y la foca, mi foca, está en medio tomando el sol. Las focas son perezosas y holgazanas, comen peces, se tiran al agua y nadan un poco, esperan, ya vendrá la comida, ya pasará por aquí, sólo hay que esperar, es todo lo que hay que hacer. De repente, ¡zas!, pasa un salmón. Los salmones son rápidos y escurridizos. Nuestro salmón, éste del que hablamos, buscaba la desembocadura del río de su nacimiento, pero ya nunca la encontrará. El salmón nadaba rápido. Él también estaba nervioso porque no encontraba la desembocadura del río de su nacimiento. Allí es; no, allí no es, es allí; no, tampoco; este banco de hielo no permite que me introduzca... El salmón da vueltas y más vueltas y en su camino se cruza un arenque, ¡ñam!, ya está; ahora la desembocadura. El salmón bordea la placa de hielo y de repente se encuentra al Destino encarnado en boca de agudos dientes. Ahora es él quien siente desgarrarse sus carnes, y yo oigo voces lejanas desde el lugar en que me encuentro. Yo, el cachalote de la mancha blanca en la frente, desde la más alta de las altamares oigo voces y entreveo luces azules...
¡Oscuridad sólo rota aquí y allá por destellos fosforescentes...! ¿Qué es aquello...? Nada, nada importante, nada que se pueda comer. ¿Quién es...? Silencio, silencio, nadie contesta..., y sin embargo sé que estás ahí, al otro lado de la pared azul. ¿Quién eres? ¡Hola...!, ¿y esa puerta de tijera? ¿Qué es esto? Estoy viendo una puerta metálica corredera y no sé lo que es. Estoy viendo una corredera puerta metálica, pero no sé adónde lleva. La tengo ante mí, y al otro lado hay una pared blanca que se desliza desde arriba hacia abajo. En el suelo hay objetos verdes y blancos, y también veo oscuras bolas de color marrón. ¿Bombones, dices...? Sí, bombones, bombones que las humanas uniformemente ataviadas me van dando. Ahora uno de esos, ahora otro de esos...; bien, bien. Además son amargos, amargos como las algas marrones... No, amargos como la tinta de los calamares, como los intestinos de los peces, como las desparramadas entrañas del salmón...
La foca está satisfecha. Se lame los bigotes manchados de sangre y bucea, aquí está la placa de hielo a la deriva. La foca se sube encima, se encarama dificultosamente a la placa de hielo a la deriva mientras desde la orilla el oso blanco, el rey, husmea y husmea. Luego se arrastra hasta el centro de su mínimo témpano y con las uñas horada un agujero suficiente. Le cuesta, pero lo hace porque es su salida de socorro, la puerta de su futuro. Si el oso se encaramara a su placa de hielo a la deriva, si el oso, el rey, llegara nadando desde la orilla y se encaramara a su placa de hielo, ella no tendría salvación. Ella es lenta en su reptar y el oso puede correr, puede hasta galopar, si así lo exigen las circunstancias. Si el oso se encaramara a su refugio ella no tendría salvación y sería devorada. El oso empezaría por el cuello, en un segundo habría llegado hasta su lado y comenzaría por su cuello..., pero con el agujero de la salvación esto no va a suceder. Si el oso se encaramara a mi témpano flotante yo sólo tendría que arrojarme por el agujero y volver al agua, dejar al rey atrás compuesto y sin comida, bucear y bucear hasta encontrar otra placa de hielo, ¡hay tantas!, en la que seguir con mis eternas siestas al sol de medianoche... ¡Arenques, salmones, focas, osos!, todos somos eslabones de una misma cadena, que no se le olvide a nadie. Los gusanos son los últimos, o los primeros, eso no está claro, pero tampoco es cierto del todo; también hay gusanos de gusanos, gusanos que se comen a los gusanos, sólo que son más pequeños y no se ven.
Yo no soy una foca subida en una placa de hielo. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que navega hacia la estrella polar, hacia donde están mi amigos, los solteros que aún no hemos conseguido imponernos. Allí nos esperan los cefalópodos de las profundidades, los ingentes bancos de peces prestos a ser devorados, albacoras, bacalaos, abadejos, merlanes, merluzas, anchoas, sardinas primigenias... Sé que es una puerta, pero ¿quién me lo dice? ¿Sois vosotros, los Reyes del Cielo, quienes me habláis así? No, no lo creo. Vuestros signos, por lo que he oído, son inconfundibles, y esto resulta sumamente confuso. Esa masa de piedra negra..., y tú, hongo blanco, ¿quién eres...? Esa puerta de tijera, esos bombones amargos, ese armario que no puedes volver a armar, lo desarmaste y ahora no puedes volver a armarlo... Allí están las paredes, los montantes, los tornillos, todo está allí, caído en el suelo marrón, y tú te desesperas, lloras como un niño porque no te queda más remedio, pero ya no importa. Ahora vendrá tu padre y te despertará, tu padre, que suele venir en pijama...
Yo no soy una foca subida en una capa de hielo, pero la veo. Sus azules luces se transmiten instantáneamente a través del tejido universal y me lo cuentan. Aquí estoy, perezosamente tomando el sol y haciendo la digestión. A mi lado hay un agujero que he hecho en el hielo. Así, si viene el oso blanco, el emperador de estas latitudes, el más temido, yo me zambullo y el oso se queda con un palmo de narices, tiene que dar media vuelta y volver nadando a la orilla; otra vez será. Yo me subo a otro de esos objetos planos y fríos y hago un nuevo agujero. Con dificultad repto hasta el centro y allí hago un agujero que me permitirá zambullirme en el salvador líquido salado; mejor será que no llegue el caso, pero nunca se sabe. Luego me estiro y me duermo, me coloco panza arriba. Los rayos del sol de medianoche son muy buenos para la piel. Casi no los siento, porque mi capa de grasa me aísla del mundo exterior, pero mi piel... La placa de hielo se mece suavemente siguiendo el ritmo que le marcan las olas, arriba, abajo, arriba, abajo, y yo dormito con un ojo abierto. Estoy al lado del agujero, y si aconteciera algún peligro sólo tendría que zambullirme...
El oso nada y nada hacia la placa de hielo. Lo hace mansamente porque no tiene prisa y ya casi sabe cual es su misión. Lo único que asoma sobre la superficie del agua es la punta de su hocico y de vez en cuando una oreja, porque el oso también piensa, no va a ser sólo la foca. El oso nada lentamente y piensa, ya la huelo, ya estoy cerca, la sangre de salmón huele a mucha distancia, ya estoy llegando. El oso blanco sigue nadando y se topa con la placa de hielo, le tropieza en la nariz, ya ha llegado. No la empuja para no darse a conocer, no hace ruido para no descubrirse. El sigilo es su arma, y el silencio. El oso mete la nariz en el agua y mira por debajo de la placa de hielo a la deriva. La placa es blanca, y un poco más allá, al lado del burbujeante agujero, hay una sombra negra, la sombra de una foca que duerme ajena al peligro. Entonces, al oso blanco le llega una idea...
El oso, el terror blanco, no se encarama al borde de la placa de hielo sino que emerge por el agujero rompiéndolo todo y gruñendo de satisfacción. El oso blanco surge del hielo como una montaña y la foca se queda aterrorizada. Instintivamente retrocede, pero ya es tarde: el oso surge como un alud rugiente. El oso blanco lo ha roto todo y ya está encima de ella, ya la ha alcanzado. El oso blanco ha sacado todo su cuerpo del agua y me ha alcanzado... No, yo no soy una foca del Ártico, yo soy un cachalote con una mancha en la frente y desde el fondo del mar observo las luces azules, permito que sus rayos me atraviesen. El oso blanco ya está a dos metros ya está a un metro sus ojos ya están a medio metro sus dientes ya están a menos de medio metro su mandíbula ya casi me toca su lengua husmea golosamente sus caninos me rozan me hieren se hincan se clavan me penetran perforan mi cuello la sangre roja el sentido se va todo se va..., los aullidos azules traspasan los tejidos universales y se expanden en todas direcciones cruzando las células de mi corteza cerebral...
¡Ayyy...!, sólo eso, ¡ayyy...! A lo mejor no es ¡ayyy!, a lo mejor es ¡urghhh!, es ¡aggghhh! Ello es como un fogonazo, como la luz de los meteoros, una estrella fugaz que cayera, una lágrima del cielo, allí, se acabó, allí, a la derecha, allí fue, un instante, no duró más, un relampagueo en medio de la ancha y estrellada noche, una traza, ¡ayyy...!, eso fue todo, un fogonazo azul y luego el silencio y la compasión. ¿Quién inventó la compasión? Esas son ideas modernas. ¿Tienen porvenir o todo es una momentánea ilusión de los sentidos? Compasión, piedad, misericordia..., palabras huecas que llenan las bocas, pues no hay más amor que el propio...
El oso, seguramente, nada de vuelta a la costa, y yo sigo en mi viaje hacia las latitudes septentrionales. El oso no me cuenta nada. El oso no emite emanaciones de luces azules. El oso no tiene tales habilidades porque la naturaleza no le dotó de esas artes. El oso es blanco y nada de vuelta a la costa, satisfecho, saciado, ahíto, colmado. El oso no sabe que existo, pero ha comido.